Capítulo 29
Camino a Kentucky
Liam
Tengo la sensación de que desde que «oficializamos» nuestra relación en el baño de la casa de Kevin, los días, en lugar de tener veinticuatro horas, han pasado a tener doce.
O eso o que cuando estoy con Aria el tiempo no me da para nada, y eso que exprimimos cada segundo del día como si no fuese a haber un mañana.
Hemos conseguido terminar las pruebas de la yincana.
Para los últimos emplazamientos visitamos la estación de metro fantasma de City Hall; también descubrimos en el Upper Manhattan la Hispanic Society of America, un elegante edificio de estilo Beaux Arts en cuyo interior nos encontramos con la colección de arte hispano más importante del mundo fuera de España y, por último, disfrutamos de la que sin duda fue una de mis actividades favoritas: una puesta de sol en Pebble Beach, una pequeña playa rocosa que ofrece una vista mágica cuando los colores del atardecer descienden hasta acariciar el agua.
Lo dicho: hemos aprovechado cada segundo y lo hemos hecho juntos.
En mi casa, en la suya, en la protectora, con los chicos, solos…
Inc luso nos hemos pasado por la casa de su familia, la cual tengo que decir que se ha mostrado encantada y poco sorprendida al enterarse de que lo nuestro se ha convertido en oficial y que los dos hemos decidido ir en serio.
Todavía no me creo cuánto han cambiado las cosas.
A veces, no puedo evitar pensar que todo esto es un poco loco, pero ¡bendita locura!
Antes éramos incapaces de compartir espacio sin discutir, y ahora, en cambio, aunque reconozco que todavía me divierte picarla y hacerla saltar de vez en cuando, lo que más me cuesta es mantener las manos lejos de ella, contener el impulso de acariciarla o besar sus labios y, sobre todo, hacerla sonreír.
Muero por cada una de sus sonrisas, en especial, cuando me las dedica a mí.
Me encanta ver su pelo desparramado sobre la almohada cuando abro los ojos por la mañana, verla pelearse con la cafetera, protestar cuando no encuentra lo que quiere en la nevera o escucharla reír de forma despreocupada por alguno de mis comentarios.
Aria es refrescante, tentadora y fascinante, y me abruma darme cuenta de cuánto la voy a echar de menos esta semana.
—Debemos irnos ya, Romeo —me dice Ryan cargando su bolsa en el maletero del coche.
Tenemos que ir al campamento de entrenamiento que todos los equipos profesionales de la liga llevan a cabo para ponerse a punto antes de empezar la pretemporada.
En este caso son siete días que pasaremos en Kentucky y, a pesar de que mi trabajo es parte esencial de mi vida y disfruto de cada instante que paso en el campo y, por lo tanto, estos campamentos suelen entusiasmarme porque suponen el pistoletazo de salida de la temporada, este año, por motivos evidentes, marcharme a Kentucky no me apetece nada.
Le dedico una mirada fulminante a mi amigo antes de volverme de nuevo para depositar un suave beso en los labios de Aria quien rodea mi cuello con sus manos y responde presionando su boca contra la mía.
—No seáis empalagosos, son solo unos días —insiste él—. Y vamos a llegar tarde —me advierte de mala gana.
Es cierto, vamos justos de tiempo; de hecho, hace rato que deberíamos habernos puesto en camino hacia el estadio para coger el autobús que nos conducirá al aeropuerto. No obstante, despedirme se me está haciendo más cuesta arriba de lo que esperaba.
—Eso lo dices porque tanto Maddy como Savannah viajan con el equipo —protesto.
—Por trabajo —me recuerda—. Es lo que tiene que sean la fisioterapeuta y la entrenadora. Sabes que el rol de Maddy durante los viajes es meramente profesional.
Lo contemplo con el ceño fruncido.
Es verdad, soy consciente de que cuando estamos en horario laboral o hacemos cualquier tipo de viaje con el equipo, tanto ellas como mis amigos actúan de una forma intachable.
Por supuesto, no comparten habitación e incluso durante los descansos o el tiempo libre guardan las formas y mantienen un trato de lo más profesional.
—Por lo menos podéis veros —resoplo—. Yo me conformaría con eso.
Mi amigo pone los ojos en blanco, dejándome por imposible, y yo le dedico a Aria una mirada de cachorrillo abandonado, a pesar de que sé que no me va a servir de nada.
—¿Estás segura de que no puedes venir con nosotros? Incluso Logan va a hacer acto de presencia en el campamento —trato de persuadirla.
Hay muchas ocasiones en las que Aria, sobre todo, cuando se trata de partidos importantes, viaja con nosotros en calidad de jefa del Departamento de Publicidad, pero esta vez, por lo visto, debe quedarse en Nueva York.
Ella niega con la cabeza y un gesto de fastidio enturbia durante unos segundos su bonito rostro.
Al menos, saber que la separación le apetece tan poco como a mí me consuela un poco.
—No puedo. Estoy hasta arriba ultimando los detalles de la campaña y concretando patrocinios, contratos y demás temas publicitarios de cara al comienzo de la pretemporada —explica molesta—.
Mi equipo de trabajo es estupendo, pero, aun así, si viajo sería imposible qu e consiguiese acabarlo todo a tiempo, por no hablar de que tengo varias reuniones presenciales programadas.
Asiento de mala gana y le doy un nuevo beso.
Lo comprendo. Tiene su trabajo, un trabajo importante y exigente en el que ahora mismo debe volcarse, pero la voy a echar de menos y me va a costar horrores no verla durante esta semana.
—En serio, o te subes al coche ya o te juro que te dejo en tierra —me amenaza Ryan encendiendo el motor.
—¡Eres un ansias! —lo acuso.
—Y tú un cansino —contesta antes de dirigirse a Aria—. Ya puedes respirar tranquila que me llevo a este pesado.
Ella se ríe y yo pongo una mueca, le doy un último y fugaz beso y, a toda prisa, meto la bolsa en el maletero y me dejo caer en el asiento del copiloto.
—Avisadme cuando lleguéis —me pide ella.
—Tranquila, dudo que este petardo aguante tanto sin hablar contigo —le contesta Ryan—. Estoy seguro de que antes de que pongamos un pie en el aeropuerto tendrás noticias suyas.
Mi novia (todavía no me acostumbro a lo bien que suena) se ríe entre dientes y mi amigo le guiña un ojo y arranca sin darme tiempo a decir nada.
—No sabía que eras tan intensito —me acusa cuando por fin dejamos atrás la urbanización.
—¿Lo dice el que cuando ve a Maddy va dejando un charco de babas allá por donde pasa? —replico en tono mordaz.
—Si vieses la cara de idiota que se te queda cada vez que aparece Aria, no tendrías los huevos de acusar a nadie de babear —comenta divertido.
—No es para tanto —resoplo un tanto incómodo.
Tengo confianza total con Ryan y, al igual que con Brad, sé que puedo hablar con él de cualquier cosa, pero de Aria… Hemos estado tanto tiempo asumiendo un rol diferente al que tenemos ahora que imagino que todavía es un tema que me cuesta abordar.
—Lo es, y me alegro mucho por ti, tío. Has encontrado la horma de tu zapato, estáis hechos el uno para el otro, eso está claro.
No digo nada, me quedo callado.
—¿O no? —insiste girándose hacia mí cuando nos detenemos en el primer semáforo.
—Eso creo yo —admito.
—Entonces… —me anima a continuar.
Me lo pienso durante unos segundos.
—Estoy pletórico, no me malinterpretes… Ahora mismo vivo en mi propia burbuja de felicidad, mi vida es una fantasía y no necesito nada más.
—¿Pero…? —insiste.
Lo contemplo de reojo; me conoce demasiado bien.
—A veces, cuando me paro a pensarlo, siento cierto vértigo.
—¿Vértigo? —repite un tanto desconcertado negando con la cabeza como si tratase de entenderlo.
—Tengo miedo de que esto solo sea una ilusión y la burbuja me explote en la cara.
—Lo que dices es un sinsentido. Se nota que los dos estáis pillados hasta las trancas. ¿Has visto cómo te mira?
—Puede, pero… ¿Desde que conoces a Aria alguna vez la has visto mantener una relación seria? ¿Algo que le dure más de un par de días?
—Ya has batido el récord, contigo lleva una semana —bromea.
—Ja, ja, ja, no tiene gracia —replico.
Ryan me dedica una mirada compasiva.
—Es que eso que dices no significa nada —me asegura a la vez que niega con la cabeza—. Nunca ha tenido una relación seria, es cierto, pero eso solo era porque no había encontrado a la persona indicada, y tú eres esa persona. Siempre lo has sido.
Su seguridad es aplastante y reconfortante.
—Ojalá tengas razón… —murmuro.
—No puedes juzgarla por lo que ha hecho o dejado de hacer hasta ahora —afirma—. Además, también tú has tenido algunos rollos de una noche.
—No la juzgo —me defiendo de inmediato, porque casi me ofende que Ryan pueda pensar eso de mí—. No es eso, tú me conoces, sabes que ja más me atrevería a juzgar a nadie por cómo decide vivir su vida, y menos a Aria.
—¿Entonces?
—Es solo que me agobia un poco que no estemos en el mismo punto, que lo que hay entre nosotros no signifique lo mismo para ella que para mí, que se canse, se aburra o se agobie.
—¿Tú la quieres? —me pregunta a bocajarro.
—¿Qué pregunta es esa?
—Una muy sencilla de responder. Sí o no.
—¡Claro que la quiero, joder!
—Pues entonces no dejes que unas inseguridades absurdas y sin fundamento se interpongan entre vosotros o te amarguen el momento.
Tiene razón, sé que la tiene, pero es que el fuego que hay entre nosotros es tan vivo e intenso que por momentos tengo miedo de que tan rápido como se avivó se acabe consumiendo.
—Deja de pensar… —sugiere Ryan alzando las cejas.
—¿Qué? —pregunto.
—Puedo escuchar desde aquí los engranajes de tu cabeza dándole vueltas y más vueltas —me dice con seriedad—. Liam, ella no es Amara.
—Lo sé —me apresuro a responder con determinación—. Aria no tiene nada que ver con Amara, son como el día y la noche.
La imagen de la chica dulce y cercana de la que me enamoré en la universidad asoma de entre mis recuerdos más enterrados.
Amara era preciosa, destilaba ternura, todo en ella era delicadeza y elegancia.
La conocí durante mi primer mes de universidad y estuvimos juntos tres años, al menos, yo estuve con ella durante tres años; ella, sin embargo, estuvo conmigo y al mismo tiempo con alguno que otro más…
Lo peor fue que una de esas infidelidades sucedió con uno de mis compañeros de equipo, y me enteré justo antes de un partido importante.
La noticia me afectó tanto que no di pie con bola, mi equipo perdió y yo terminé en el banquillo y perdí la titularidad.
Su traición me destrozó, pero fue la frialdad con la que me lo reconoció, sin apenas inmutarse cuando la enfrenté, y la indiferencia que encontr é en sus ojos al mirarme lo que me remataron.
Me di cuenta de que ni le importaba lo nuestro ni le importaba yo y, durante mucho tiempo, me pregunté cómo era posible que no me hubiese dado cuenta de lo poco que significaba para ella lo que había entre los dos.
Estábamos en puntos diferentes y yo no supe verlo hasta que todo reventó.
—Amara era una zorra falsa y sin sentimientos —afirma Ryan devolviéndome al presente—. Aria, sin embargo, es una tía sincera y clara que no juega con los demás y tampoco se anda con jueguecitos ni rodeos.
Lo contemplo sin decir nada. No hace falta que lo haga, porque estoy de acuerdo con él: por Aria pondría la mano en el fuego, sé que ella jamás actuaría de una manera tan ruin y tan falsa.