Una jugada arriesgada Capítulo 28
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Capítulo 28

¿Te firmo un papel?

Aria

En cuanto entro en el baño, suelto un gruñido exasperado y me agarro con tanta fuerza al lavabo como si acabase de convertirme en Hulk y tuviera toda la intención de triturarlo.

Inspiro un par de veces para calmarme y levanto la mirada buscando mi reflejo en el espejo.

Estoy roja como un tomate maduro, uno de esos que la abuela usa para que la salsa quede en su punto justo… ¡Normal! ¡Como para no estarlo! ¡Entre la vergüenza y la rabia que me recorren por dentro siento que estoy a punto de explotar!

¡Malditos Brad y Ryan! Voy a cargármelos, a ellos y puede que a mis amigas también.

Por bocazas. Pero primero voy a ocuparme de ellos…

Y no va a ser algo rápido e indoloro, no, no, todo lo contrario, voy a torturarlos y, cuando me haya divertido lo suficiente, voy a despedazarlos hasta convertirlos en un mal recuerdo.

Eso sí, todo después de asegurarme de que también ellos recuperen sales minerales metiéndoles a cada uno una de esas latas de bebida isotónica por el cu …

La puerta se abre de repente, interrumpiendo mis enrevesados pensamientos, y me giro sobresaltada para encontrarme con Liam cara a cara.

Durante unos segundos los dos nos quedamos estáticos, sin decir nada, y aprovecho para intentar averiguar qué significa ese careto que se gasta.

¿Está enfadado, decepcionado, tal vez un poco de ambas? Desde luego contento no está; me importa un bledo, yo tampoco.

—Tus amigos son idiotas —le espeto en un tono poco amistoso cuando él cierra la puerta.

—Primero, te recuerdo que también son tus amigos, y segundo, no he venido aquí para hablar de ellos.

Su tono es duro; el mío, bastante insolente cuando me aventuro a preguntar:

—¿Y de qué se supone que quieres hablar?

—De nosotros.

—No hay un nosotros.

Liam avanza un paso a la vez que yo retrocedo hasta chocar con la mampara de la ducha.

Su mirada es intensa, su sonrisa ligera pero letal.

—Siempre ha habido un nosotros —afirma con rotundidad—. Aunque no hayamos sabido verlo hasta hace poco.

Trago saliva cuando avanza un nuevo paso en mi dirección, con seguridad, sin dudar.

—Estás viendo cosas que no hay. Creo que la vista te está empezando a fallar —replico sin dar mi brazo a torcer.

—He estado ciego, creo que los dos lo hemos estado, pero ahora por fin veo las cosas con total claridad.

Sus palabras me aceleran el pulso, y esa forma de mirarme, su forma de mirarme… me nubla la mente y emborracha mis neuronas de tal forma que incluso me cuesta seguir el hilo de la discusión.

—Lo que hubo entre los dos… —Trago saliva con fuerza antes de continuar hablando—. Estuvo muy bien…

—Estuvo genial, de puta madre, fue una pasada —me interrumpe a la vez que sus ojos peligrosos y salvajes se adueñan de los míos .

—Es cierto, pero fue solo sexo. —Me cuesta incluso pronunciar la palabra, que parece atragantárseme en la garganta.

—Mentirosa.

—No miento.

—Sí que lo haces. Estás intentando engañarnos a ambos: a mí y a ti misma.

—Te equivocas, no tengo ningún motivo para eso. —Trato de mantener la mirada fija en la suya, pero al hacerlo me siento desnuda, vulnerable, como si tan solo con mirarme pudiese adentrarse en mi alma.

—Lo haces porque estás buscando la salida fácil, la cómoda, la que te permite mantenerte en tu zona de confort sin arriesgarte. Lo haces —reitera en un tono tan gélido que, con solo escucharlo, desciende varios grados la temperatura de mi cuerpo— porque estás siendo una cobarde.

Su acusación se clava en mi pecho y, sin poder evitarlo, me estremezco, porque en lo más profundo de mi ser, aunque no piense reconocerlo, sé que está en lo cierto.

—Estás equivocado —insisto cada vez con menos seguridad.

El vello se me eriza al verlo avanzar un nuevo paso, acercándose demasiado, bloqueando mi cuerpo con el suyo, robándome el aire, acelerando mi ritmo cardiaco e impidiéndome pensar o hilar más de tres palabras con un mínimo de sentido.

—No fue solo sexo para mí, y tampoco lo fue para ti —murmura inclinándose sobre mi rostro.

Su aliento resbala por mi piel en una tenue caricia, y aspiro con fuerza, embriagándome de su cautivadora presencia.

—Te crees muy listo —lo acuso.

Sus dedos se enredan en un mechón de mi pelo y, al apartarlo, rozan la expuesta y sensible piel de mi cuello con lentitud.

El roce, ese simple roce es devastador y el detonador que hace explotar la bomba de sensaciones y sentimientos que tanto he tratado de mantener a raya en mi interior.

—No necesito serlo para saber que lo que había en tus ojos al mirarme anoche no solo era atracción, ni siquiera lujuria o pasión —susurra a la vez que sus dientes atrapan el lóbulo de mi oreja, haciéndome temblar de los pies a la cabeza—.

O para comprender que, cuando estabas entre mis brazos, era tu corazón quien mandaba, y no tu cabeza.

—Sus labios recorren mi mandíbula y una de sus manos se ancla en mi cadera—.

Ni para darme cuenta de que no solo son tu cuerpo y el mío, sino también nosotros los que encajamos como las piezas de un rompecabezas.

El calor que desprende su mano al tocar mi piel me atraviesa; la necesidad de tocarlo, de sentirlo se vuelve imperiosa y devastadora, y el anhelo por volver a unirme a él me hace perder completamente la cabeza.

—Liam… —Su nombre sale de mi boca en forma de tormento.

Su respiración está tan agitada como la mía, tiene la mandíbula apretada y la mirada oscurecida.

Incapaz de contenerme por más tiempo, intento apoderarme de su boca, pero él baja sus labios al hueco de mi clavícula, impidiéndomelo.

—Aria… —El mío en la suya suena a súplica, a lamento—. No hay nada que desee más que volver a hacerte mía en este baño, en este momento, pero solo si los dos nos entregamos por completo.

—Liam —repito con la voz entrecortada.

No tiene ni idea de lo que me está pidiendo…

Su mano acaricia mi vientre y la descarga eléctrica que recorre cada milímetro de mi interior me deja paralizada.

—Contigo no me vale tener un poco. No quiero solo sexo, contigo tiene que ser todo o nada.

Su mirada se funde con la mía, y me siento abrumada, pero también, quizás por primera vez en mi vida, estoy convencida de que no solo lo amo con el cuerpo, sino con los sentimientos, el corazón y el alma.

Liam es especial, él me lleva al límite en todos los sentidos, a su lado siento que he encontrado la pieza que me completa y que ni siquiera sabía que me faltaba, pero… ¿Y si sale mal? Hay demasiadas cosas que nos unen: están los chicos, el equipo… Nos jugamos demasiado…

Su índice y su pulgar se colocan debajo de mi barbilla, obligándome a elevar la mirada hasta que me sumerjo en sus ojos; me adentro en e sa selva verde, profunda e impenetrable y, al sentirme en casa, comprendo que, aunque no sé en qué momento exacto sucedió, hace tiempo que mi corazón tomo por mí esa decisión.

—Todo. —Una simple palabra que arranca el fuego de sus ojos—. Yo también lo quiero todo.

Mi cuerpo arde bajo sus manos, que me acarician y me quitan la ropa que se interpone entre los dos; mis dedos desabrochan con ansia su vaquero sin dejar de besar sus labios casi con violencia, sin pudor ni una pizca de contención.

El deseo se instala entre mis piernas incluso antes de que consiga deshacerme del pantalón.

Su cara se hunde en mi pecho para torturar con sus dientes mi endurecido pezón por encima del encaje rojo del sujetador.

—Todo tu cuerpo, de los pies a la cabeza es pura provocación —murmura acariciándome por encima del tanga ya húmedo.

Un gemido escapa de mi garganta y echo la cabeza hacia atrás buscando un oxígeno que no consigo encontrar.

Mi mano rodea su miembro y comienza a deslizarse arriba y abajo, primero despacio, y después con más fuerza.

Siento como se agita su respiración a la vez que sus dedos rodean mi muñeca, deteniendo el movimiento justo antes de que sus labios desciendan por mi estómago, trazando el camino que posteriormente recorre su lengua hasta llegar al borde de mi ropa interior.

De rodillas ante mí, Liam desliza con delicadeza la fina pieza de lencería hasta el suelo, y su lengua enseguida comienza a trazar círculos sobre mi clítoris. Mis dedos se aferran a su pelo mientras, sin dejar de torturarme con su boca, introduce dos dedos en mi interior.

Jadeo con fuerza a la vez que entro en un estado de locura transitoria.

Aparto más las piernas; sus dientes rozan, sus labios succionan y yo siento que estoy a punto de explotar de excitación.

Sus dedos abandonan el interior de mi cuerpo y yo me siento vacía, quiero más, necesito más.

—Liam —murmuro mientras sus manos ascienden por mi costado y enmarcan mi cara a la vez que su lengua se abre paso en mi boca para unirse a la mía en un baile lento lleno de seducción y provocación.

Sus manos aprietan mis nalgas y, en un acto reflejo mis piernas, se enredan en su cadera y siento que me restriego contra su dura erección al sentirla en mi entrada.

A los dos nos falta el aire, los dos necesitamos dejarnos llevar por este deseo que nos consume, por esta pasión que nos desata… Así que pecho contra pecho, piel con piel, sin dejar de mirarnos a los ojos, Liam va entrando despacio, con una lentitud parsimoniosa y casi dolorosa en mi interior.

Cada acometida es más profunda que la anterior, cada embate nos eleva un poco más del suelo haciéndonos perder poco a poco el control.

Caricias, besos, miradas, gemidos, sudor; todo entremezclado con el placer de unas embestidas que nos llevan a la locura convirtiéndonos en uno solo por medio de unos lazos invisibles que unen nuestro corazón.

Siento que mis músculos se tensan y, justo cuando estoy a punto de correrme, lo escucho susurrar en mi oído:

—Todavía no.

Sus labios absorben mi quejido cuando sale de mi cuerpo y, sujetándome con cuidado, me hace poner los pies en el suelo.

—Arrodíllate —me pide con voz ronca.

Lo hago y él se sitúa detrás de mí, frotando su erección contra mi palpitante botón del deseo hasta que, de una estocada que me deja sin aliento, se introduce del todo dentro de mi cuerpo.

En esta posición la sensación es brutal.

Liam gruñe y enreda una mano en mi pelo, tirando de él con una suavidad que contrasta con la fuerza con la que me penetra una y otra vez, sin piedad.

El placer recorre mi cuerpo en oleadas que me ahogan y me impiden respirar mientras siento que mi corazón bombea a tanta velocidad que de un momento a otro va a explotar.

Los sentimientos se mezclan con sensaciones que nunca había experimentado y que soy incapaz de asimilar .

—Aria. —Mi nombre encierra una petición que no tardo en satisfacer cuando cada célula de mi ser grita su nombre, impidiéndome sentir cualquier otra cosa que no sea lo que me provoca el hombre que ahora mismo me tiene a su merced.

—Liam —gimo al sentir que me contraigo, y exploto en un orgasmo que durante unos segundos detiene el tiempo y pone todo mi mundo del revés.

Sus movimientos se aceleran todavía más, y aún no he conseguido volver a respirar cuando siento como también él se deja ir, vaciándose dentro de mí y llenándome de un amor profundo, sincero y aterrador pero hermoso que hasta ahora nunca había sentido ni había soñado con sentir.

Segundos después, ambos permanecemos tumbados en el suelo mientras recuperamos el aliento. Su espalda descansa contra el frío azulejo y mi cabeza lo hace sobre su pecho.

Me gusta escuchar el sonido de los latidos de su corazón contra mi oído mientras las yemas de sus dedos trazan suaves círculos en mi espalda.

Cierro los ojos, disfrutando del momento, de la sensación de plenitud que me recorre por dentro, y permanezco así hasta que su voz se hace escuchar en medio del silencio.

—Solo para que quede claro: estamos juntos —afirma con determinación.

—Estamos juntos —susurro sobre su piel.

—Pero juntos juntos —insiste incorporándose sobre un codo para mirarme a los ojos mientras me habla.

—¿Necesitas que te firme un papel? —bromeo al percibir en su rostro cierto aire de desconfianza.

Contiene una sonrisa y su mirada se aligera, dándome alas.

—Tendré que fiarme de tu palabra —murmura acariciando mi barbilla con ternura.

Sus ojos buscan los míos y me adentro en ellos a la vez que me pregunto cómo es posible que haya conseguido sobrevivir toda mi vida sin ellos.