Una jugada arriesgada Capítulo 27
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Capítulo 27

La tía Lizeth

Liam

La pequeña Molly entra corriendo en la cocina, seguida por su abuelo quien se ríe a carcajada limpia mientras finge ser algún tipo de monstruo aterrador y porta una varita mágica de juguete.

Ver de esa guisa al reputado entrenador me arranca una sonrisa involuntaria.

Dylan Ward, el padre de Maddy y Kevin, es el entrenador jefe de los Blue Boys de Washington y, gracias a su intachable trayectoria y a todos sus años de desempeño, a día de hoy es casi una leyenda, y también es un hombre de apariencia estricta y seria, algo totalmente fuera de la realidad, al menos cuando su nietecita está cerca.

Falta poco para que se nos acaben las vacaciones y Kevin ha decidido organizar una barbacoa en su casa a la que, además de a sus padres y a su hermana, también nos ha invitado a nosotros y, a excepción de la entrenadora, soy el único de nuestro grupo que ha llegado.

Ni siquiera Ryan ha venido con ella porque antes tenía que hacer algún recado .

—¿Por qué no salís al jardín un ratito mientras preparamos la cena? —sugiere Maddy sin dejar de sazonar la ensalada.

—Me parece una gran idea —la apoya su madre, Darla, frunciendo el ceño cuando tanto ella como la fuente de costillas que lleva entre las manos casi terminan en el suelo al tropezar con la pequeña.

Al contrario que su marido, ella destila dulzura, calidez y elegancia. Es una mujer afable que siempre tiene para todos un gesto o una palabra amable, aunque, cuando se enfada o se le mete algo entre ceja y ceja, todavía no ha nacido quien le lleve la contraria.

Abuelo y nieta intercambian una mirada y, lejos de amedrentarse, salen de la cocina corriendo, dispuestos a seguir con el juego por toda la casa.

—No sé cuál de los dos tiene más peligro… —murmura Maddy poniendo los ojos en blanco.

—Pues yo no tengo ninguna duda —replica Kevin, que permanece en un lateral de la isla preparando la salsa—. Papá es mucho peor… Molly es una niña, él no tiene excusa.

—Os estoy escuchando —grita el hombre desde alguna parte.

—Esa era la idea —responde Kevin de buen humor en voz alta—. Y ya que estamos, ayuda a Molly a preparar sus cosas, su madre debe de estar a punto de venir a buscarla.

—Yo no quiero irme. ¿No podemos quedarnos un poco más? —pide la pequeña a grito pelado.

—Si tu madre no tiene prisa, a mí me parece perfecto —responde él.

Kevin y Sheila, la madre de Molly, nunca han tenido una relación de pareja propiamente dicha. Por mal que suene, la pequeña es el fruto de una noche de borrachera en un bar cuando ella empezaba su carrera como modelo y él todavía jugaba en el equipo de la universidad.

Sin embargo, pese a no ser el resultado de una relación romántica, la forma de proceder de ambos desde que se enteraron de que iban a ser padres siempre ha sido ejemplar.

Nunca volvieron a estar juntos; no había chispa ni química ni amor, solo fue atracción momentánea y mucho, pero que mucho alcohol, por lo que ni siquiera lo intentaron, pero la pequeña es lo más importante para ambos, así que siempre han procurado ponerse de acuerdo en lo que a ella se refiere y, aunque, como es lógico, han pasado algunos momentos complicados.

Compartir su custodia y la toma de decisiones conjuntas con respeto y cordialidad, buscando un punto medio, es algo que llevan a rajatabla y que, al menos hasta ahora, les ha funcionado.

—¡Hola! ¡Ya estamos aquí! —La voz de Ryan nos llega desde la entrada.

—En la cocina —responde Maddy.

Pocos segundos después los cuatro aparecen en mi campo de visión, pero mis ojos se van directos hacia Aria.

Ella también me busca de reojo y, al menos durante unos segundos, nuestras miradas conectan y la ansiedad que lleva revoloteando en mi pecho desde que esta mañana salí de su casa se calma.

No tengo tiempo de decir nada porque enseguida escuchamos de nuevo el sonido de la puerta y a la pequeña Molly gritar emocionada.

—¡Tía Lizeth! Pensé que mamá iba a venir a buscarme.

—Tenía tantas ganas de verte que me ofrecí voluntaria para recogerte —le responde una voz alegre y suave.

—¡Ven a la cocina a conocer a todo el mundo! —prosigue diciendo la niña que, sin darle demasiada opción, la arrastra hasta donde estamos todos.

—¡Esta es mi tía! —exclama con los ojos brillantes por la emoción sin soltar la mano de una chica pelirroja, de piel pálida y expresivos ojos color avellana.

—Hola —saluda ella con cierta timidez y un movimiento de mano a la vez que sus mejillas se colorean ocultando de forma parcial las innumerables y graciosas pecas que le cubren la nariz.

—¿Así que tú eres la famosa tía Lizeth? ¿La fotógrafa? —Maddy se acerca a ella de inmediato para darle un amistoso apretón de mano.

—Fotógrafa sí, famosa… Yo no diría tanto —responde la recién llegada regalándole una ligera sonrisa.

—La tía Lizeth viaja por todo el mundo sacando fotos —nos explica Molly alzando la barbilla con orgullo .

Es evidente que la adora y, por cómo la contempla su tía a ella, está claro que el sentimiento es mutuo.

—¿Cómo es posible que vosotras dos no os conocieseis? —cuestiona Aria sorprendida.

—Hasta hace nada el tiempo de Molly se repartía entre Washington y Nueva York, por lo que las celebraciones de cumpleaños se duplicaban… —explica Maddy—. Por lo que no teníamos la oportunidad de coincidir demasiado.

—Entre eso y que yo paso bastante tiempo fuera… No hemos tenido la ocasión —añade la pelirroja—. Pero Molly habla tanto de vosotros que casi es como si os conociese a todos.

Su mirada se pasea por nosotros y comienza a enumerar:

—Aria, Savannah —las nombra, señalándolas a ambas— y, en cuanto a vosotros dos… Aunque Molly no os hubiese mencionado, cosa que hace a menudo, sería imposible no reconoceros —dice refiriéndose a Brad y a mí.

—¿Sigues la NFL? —le pregunta Brad.

Su cara de disgusto me resulta de lo más cómica, porque es evidente que le sale de manera involuntaria.

—No me gusta demasiado —confiesa.

—La tía Lizeth odia el fútbol americano —interviene Molly con inocencia.

—Eso no es exactamente así… —trata de justificarse ella.

—Sí lo es —corrobora la niña, quien no comprende por qué de repente su tía parece haber cambiado de parecer—. Siempre dice que los jugadores son un puñado de neandertales peleándose por un balón y que la mayoría de los animales son más civilizados.

Darla se echa a reír por la salida de su nieta y la pobre muchacha se pone tan roja que me recuerda a uno de los tomates de la despensa.

Aria carraspea, tratando de cambiar de tema de conversación.

—¿Vosotros dos tampoco habíais coincidido antes? —cuestiona señalando a la chica y a Kevin.

—Solo nos vimos un par de veces en el hospital, cuando nació Molly —responde él de forma escueta y un tanto cortante y, aunque de forma cas i imperceptible, el gesto de Lizeth cambia al escucharlo, y tengo la sensación de que mi amigo no le cae demasiado bien.

—Tía, ¿podemos quedarnos a cenar? —le pregunta la niña con total naturalidad, como si el comentario que acaba de hacer fuese lo más normal del mundo y no un bombazo.

La pelirroja niega con la cabeza.

—Tenemos que marcharnos, tu madre nos está esperando —se excusa.

—Porfa, porfa, porfa… —insiste la pequeña—. A mamá no le va a importar.

—Mejor otro día —trata de convencerla su tía con incomodidad.

—¿Dentro de otros seis años? —protesta la niña poniendo un puchero.

La chica duda y Darla aprovecha para echarle una mano a su nieta.

—Si no tienes prisa, nos encantaría que te quedases y nos hablases un poco más sobre ti y sobre tus viajes.

—Te lo advierto…, eso suena a amenaza de tercer grado —le advierte en broma Maddy por lo bajo.

Ella le dirige a Kevin una mirada dubitativa, pero él se mantiene en silencio y al margen.

—¡Porfa, tía Lizeth! —pide de nuevo Molly al verla dudar.

—Está bien, pero no podemos irnos muy tarde —le advierte a la niña, que aplaude, encantada de haberse salido con la suya.

—¡Perfecto! —exclama Dylan asomando la cabeza por la puerta de cristal de la cocina—. La comida está lista, id saliendo al porche.

Nos sentamos en la gran mesa de madera en la que las humeantes costillas huelen que alimentan.

Tomo asiento entre Ryan y Brad, y Aria lo hace justo frente a mí.

—Bradley, ¿qué llevas en esa bolsa que no has soltado desde que llegaste? —pregunta Darla con curiosidad.

Mi amigo intercambia con Ryan una mirada que no presagia nada bueno, y me tenso de forma inmediata, sobre todo, cuando el quarterback baja la mirada al mantel, tratando de mantener a raya la sonrisa vacilona que se forma en su cara.

—Ah, nada, solo esto —responde Brad encogiéndose de hombros a la vez que saca un paquete de seis bebidas isotónicas que coloca justo delante de mí.

El resto de la mesa las observa con sorpresa, tratando de comprender a qué viene este numerito.

—¿Y eso? —pregunta Savannah frunciendo el ceño con aire desconfiado.

—Nos preocupa que Liam no haya conseguido recuperar todas las sales minerales que ha perdido esta noche —responde Ryan con candidez.

El codazo que Maddy le propina en las costillas lo hace doblarse y echarse la mano al costado, sin embargo, lejos de callarse, el muy cabronazo sigue hablando con una inocencia tan falsa que no se la cree nadie.

—Ha sido un desgaste importante, tío, hay que hidratarse —se guasea, dedicándome un gesto burlón.

—¡No me digas que estás mal del estómago! —se interesa Darla, estudiándome con cierta preocupación—. Ahora que me fijo, tienes las ojeras algo marcadas, seguro que has dormido fatal. ¿Prefieres que te prepare algo más suave para comer?

—Malo lo han puesto, y no ha pegado ojo en toda la noche, eso seguro… —murmura Brad, y esta vez es Aria quien, roja como un tomate, intenta propinarle por debajo de la mesa una patada que no alcanza su objetivo, pero que, por desgracia, tampoco pasa desapercibida para Kevin.

—¡Espera! —exclama el hermano de Maddy con los ojos muy abiertos—. ¿En serio? ¡¿Vosotros dos?! —pregunta señalándonos a ambos con el dedo índice.

—Y repetidas veces, por lo que tengo entendido —especifica Brad.