Una jugada arriesgada Capítulo 25
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Capítulo 25

Cuerpo, cabeza y corazón

Liam

El portalón de la casa de Aria se cierra y un ligero malestar me recorre por dentro.

Ahora ella debería bajarse y yo marcharme, pero no quiero hacerlo, no me apetece irme, no tengo ningunas ganas de alejarme porque siento una extraña necesidad de alargar un poco más el momento, y por ello, apago el motor y me giro para contemplarla.

No quiero que abra la puerta, ni que se baje del coche, ni que se meta en su casa, todavía no, no estoy preparado para dar por finalizada esta velada.

Ya pasa de la una de la madrugada, llevamos horas juntos, hablando, riendo, compartiendo momentos y miradas, y, sin embargo, tengo la sensación de que el tiempo ha pasado tan rápido que nos hemos dejado demasiadas cosas en el tintero y que no nos ha dado tiempo de nada.

Debería decirle que me encanta estar a su lado, que esta tarde los segundos han volado, que las agujas del reloj han girado demasiado deprisa y que cada vez que me sonríe me quedo embobado .

Debería confesarle que me muero por besarla de nuevo y que no he dejado de pensar ni un solo segundo en el sabor de sus labios; no obstante, en lugar de decir cualquiera de esas cosas, me quedo callado, embelesado, con la mirada perdida primero, en esa maraña de rizos desordenados y revueltos que necesito atrapar entre mis dedos y después, en esos salvajes ojos verdes que al posarse sobre los míos me mantienen completamente hipnotizado.

Ninguno de los dos dice nada, pero el ambiente se enrarece con velocidad y la atmósfera a nuestro alrededor se va espesando.

La intensidad de su mirada aumenta y sus dedos se crispan sobre la tetera que tiene en el regazo, a la vez que yo siento que me estoy ahogando, naufragando en un mar de sensaciones apabullantes que ninguna otra chica me ha hecho sentir antes.

Nervios, deseo, anhelo, necesidad… Todo aliñado con una dosis considerable de urgencia que cada vez me cuesta más disimular.

Soy un tipo con un autocontrol considerable, en mi profesión es indispensable saber mantener la cabeza fría dentro del campo y controlar mis instintos y emociones es algo que domino a la perfección… Por lo visto, siempre y cuando Aria no entre dentro de la ecuación.

Ella se muerde el labio inferior y se revuelve en el asiento; se nota que también está nerviosa y algo afectada, pero, lejos de amilanarse, sigue con la mirada clavada en mí, consumiéndome como si yo fuese la madera y ella el fuego de una hoguera que nunca se apaga.

—¿Quieres entrar? —Su voz apenas es un susurro, pero retumba en mi pecho con potencia.

—Ahora mismo no existe nada que quiera más —respondo con total sinceridad.

Los escasos pasos que nos separan de la puerta principal se me antojan interminables, los pocos segundos que Aria tarda en abrirla me resultan eternos; tengo tantas ganas de besarla de nuevo, de acariciarla.

Quiero hacerla tocar el cielo, quiero ver sus ojos en llamas y su cuerpo temblando por el deseo.

Un deseo que, en cuanto ponemos un p ie dentro, soy incapaz de mantener a raya durante más tiempo, un deseo que manda a la mierda todo mi autocontrol y que provoca que, sin esperar ni un segundo más, me abalance sobre ella como un animal hambriento que acaba de encontrar su presa.

Enmarco su rostro con mis manos, enredo mis dedos en su pelo, asalto su boca con mis labios, reclamando y entregando mucho más de lo que se puede dar en un solo beso.

Con sus brazos entrelazados alrededor de mi cuello y mi lengua recorriendo el suyo, comenzamos a subir las escaleras sin molestarnos en mirar el suelo.

Tropezamos con varios escalones, nos golpeamos contra la pared, pero toda mi atención está puesta en la forma en que sus dientes atrapan el lóbulo de mi oreja y en el camino que por su piel traza mi lengua.

Llegamos a su habitación y, con la respiración agitada, se quita el jersey y la camiseta.

La visión de su sujetador negro de encaje hace que cualquier resquicio de pensamiento racional que pudiese quedar en mi cabeza se esfume.

Ahora mismo en mi mundo solo existe ella.

Volvemos a besarnos, a tocarnos, sin delicadeza, con urgencia, una urgencia que los dos sentimos y que nos atiza con fuerza.

Su mano desabrocha los botones de mis vaqueros y un gemido escapa de mi garganta al meter mis dedos por su pantalón para acariciarle la entrepierna y encontrarla receptiva y empapada.

—Joder —gruño deslizando el tirante del sujetador por su hombro mientras la empujo con suavidad hacia la cama.

Ella cae sobre el colchón y, sin apartar mis ojos de su precioso cuerpo, yo me apresuro a deshacerme del resto de mi ropa.

Sus ojos me recorren hambrientos y expectantes y, con el corazón martilleando dentro de mi pecho, prácticamente le arranco el pantalón y lo lanzo a una esquina de la habitación.

—Eres preciosa —susurro al colocarme a horcajadas sobre ella, justo antes de que mis labios desciendan hasta su pezón y su espalda se arquee en un acto reflejo, en busca de más contacto, de más fricción .

Mis dedos apartan la tela de su tanga y la miro a los ojos para ver cómo se le nubla la mirada cuando introduzco dos de ellos en su interior.

Sus piernas se separan para darme mejor acceso y comienzo a deslizarlos dentro y fuera a un ritmo constante mientras con el pulgar golpeo su clítoris y mis dientes torturan su pezón.

Aria jadea y me veo obligado a apretar la mandíbula con fuerza cuando rodea con firmeza mi erección.

La temperatura de mi cuerpo aumenta tanto que siento que estoy a punto de morir abrasado por una ola de calor.

La excitación me ciega por completo al escucharla susurrar entre gemidos:

—Quiero tenerte dentro ahora mismo.

Sin dejar de saquear su boca con mi lengua, me coloco en su entrada, y después mi mirada se entrelaza con la suya mientras la penetro de una fuerte estocada.

Permanezco quieto durante unos segundos aguantando estoicamente las ganas de repetirlo una y otra vez mientras sus labios se separan exhalando con suavidad y sus ojos se abren de manera desorbitada.

Es tan jodidamente perfecta que, cuando repito el movimiento, esta vez con una calma tortuosa y deliberada, intensas oleadas de placer me inundan con una fuerza descomunal recorriéndome entero.

Sus uñas se clavan en mis hombros y su pelvis se restriega contra mí, buscando más fricción.

—¿Eso es todo lo que tienes? —bromea con la voz entrecortada, y me dedica una sonrisa traviesa.

El brillo de sus ojos me ilumina por dentro y siento algo diferente y extraño que no sé definir, pero que no había experimentado antes de este momento.

Mis dientes responden por mí arañando la sensible piel de su cuello a la vez que comienzo a moverme de nuevo.

El sonido de mi cadera chocando con la suya, la sensación de sus manos recorriendo mi espalda, el eco de sus gemidos resonando contra mi o ído son la combinación perfecta para hacerme perder el poco control que me queda.

Necesito sentirla más, quiero hacerla enloquecer, no hay nada que desee más que verla deshacerse entre mis brazos de puro placer.

Mis embestidas cada vez son más rápidas y fuertes, nuestras respiraciones cada vez más erráticas y, tanto los besos como las caricias, se vuelven urgentes e insuficientes para calmar esta sed que nos sobrepasa.

Meto un dedo entre nuestros cuerpos y trazo círculos sobre su punto más sensible sin dejar de introducirme en su cuerpo, llenándola por completo una y otra vez.

—Liam —pronuncia mi nombre entre jadeos justo en el instante en que sus ojos se vuelven vidriosos y cada uno de sus músculos se tensa entre mis manos.

Aumento el ritmo todavía más; su cuerpo se mueve recibiéndome una y otra vez, y en el momento exacto que la veo dejarse ir, estoy seguro de que los espasmos de su orgasmo rodeando mi miembro van a conseguir matarme de placer.

Completamente fuera de control, me muevo de forma desenfrenada, sin dejar de mirarla, sin dejar de tocarla, hasta que, pocos segundos después, exploto y me corro en su interior, liberándome por completo dentro de ella, entregándole el cien por cien de lo que soy, quedando completamente deshecho por dentro y por fuera.