Una jugada arriesgada Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Caminamos cuarenta pasos en línea recta, lo sé porque sí, los he contado… Y no es que esté loca, es que necesito una distracción para olvidar cómo me siento al ir tan pegada a él .

Al torcer a la derecha escucho el sonido de agua cayendo con claridad.

—¿A dónde me has traído? —pregunto sin esconder mi curiosidad.

—Ahora lo verás, puedes quitarte el antifaz —susurra muy, pero que muy cerca, demasiado cerca de mi oído.

Su voz me provoca un escalofrío y contengo el aliento un par de segundos antes de hacer lo que me ha pedido.

Lo que aparece ante mí cuando abro los ojos me impresiona tanto que el antifaz se me cae de las manos y se me corta la respiración a la vez que me obligo a parpadear con fuerza repetidas veces para asegurarme de que lo que estoy viendo es real y no una mala pasada de mi imaginación.

Liam permanece a mi lado, observándome con expresión expectante, por lo que imagino que debería decir algo. Lo que ocurre es que soy incapaz, no puedo hacerlo porque mi capacidad de articular palabras parece haberse volatilizado.

—Esto es… —musito al fin.

El sonido de la reja cerrándose a nuestra espalda me hace echar un vistazo atrás.

—Lo he reservado solo para nosotros —me explica Liam, dejándome más boquiabierta todavía.

Enseguida vuelvo a zambullirme en cada esquina, memorizando cada pequeño detalle, sumergiéndome de lleno en esta especie de fantasía.

—¿Te gusta? —pregunta él sin ocultar el anhelo que siente.

¿Que si me gusta? ¿De verdad me acaba de preguntar que si me gusta?

Lo contemplo durante un segundo como si estuviese viendo a un alienígena recién llegado de Júpiter y me estuviese hablando en un lenguaje incomprensible y extraño.

¿Cómo no me va a gustar? Estamos en el Greenacre Park, un parque escondido entre los edificios de Manhattan, lo cual ya es increíble, porque este sitio es uno de los más especiales de la ciudad para mi familia .

Desde que tengo uso de razón, en este mismo lugar han celebrado su aniversario cada año mis abuelos.

Es un parque pequeño en comparación con la mayoría de los que pueden encontrarse en Nueva York, y puede que precisamente sea eso lo que le confiere este ambiente tan íntimo y relajado que se respira en su interior.

Desde pequeña me ha parecido como un escondite sacado de un cuento, y lo cierto es que hoy más que nunca, iluminado por la luz de los cientos de velas blancas de diferentes tamaños esparcidas por todo el espacio y por la multitud de lucecitas del mismo color que se entrelazan con las ramas, las flores, las plantas y las copas de los árboles sigue pareciéndomelo.

—Ven —me pide Liam entrelazando sus dedos con los míos para guiarme a la terraza inferior, justo a los pies de la poderosa cascada que es la joya del lugar, convirtiendo este pequeño escondite en un oasis al que el agua le aporta frescura y una belleza digna de admirar.

Me detengo en seco, con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta cuando, al acercarnos a la única mesa del lugar, rodeada de pétalos y cubierta con un delicado mantel blanco, descubro sobre ella mi tetera, mi vieja, algo descascarillada y adorada tetera, una pieza de lo más especial que mi bisabuela le regaló a mi abuela, uno de los pocos recuerdos que esta se trajo con ella desde Colombia y que terminó convirtiéndose en mi regalo más especial cuando cumplí los dieciocho años, que durante todos estos años he guardado como oro en paño y que hoy hace las funciones de un jarrón improvisado para dar cabida a un precioso y sencillo ramo de lirios rosas del valle, que son y siempre han sido mis flores favoritas.

—¿Cómo has conseguido…? —De verdad que intento terminar la frase, pero boqueo una y otra vez, como un pez.

—Le dije a Ryan que le pidiese a Maddy que la cogiese de tu casa anoche, cuando fueron a visitarte, y me la dio esta mañana —explica con cierto aire de culpabilidad.

—Así que anoche, cuando vinieron a verme… —comienzo a decir atando cabos .

—Llevaban una misión muy concreta —ataja él—. No te enfades con ella, solo cumplía órdenes —añade enseguida.

¿Enfadarme? Lo miro como si estuviese desvariando de nuevo.

—¿Cómo podría enfadarme? Esto es… perfecto —admito elevando mis acuosos ojos hacia los suyos—. Me encanta.

Su sonrisa, cálida y tierna, me sacude como un terremoto de magnitud ocho en la escala Richter, provocando en mi interior un sinfín de destrozos.

—Quería hacer algo especial para ti —confiesa apretando un poco más mis dedos entre los suyos—. Para nosotros.

Ese «nosotros» hace explotar algo en lo más profundo de mi pecho.

La intensidad de sus ojos al fundirse con los míos me desarma, y la sensación de vértigo y deseo que me recorre por dentro me hace sentir más vulnerable de lo que me he sentido nunca, y aparto la mirada.

Tengo la sensación de que estoy a punto de arrojarme al vacío desde un precipicio interminable, en plan kamikaze, sin paracaídas ni parapente, ni siquiera unas pequeñas alas de papel con las que intentar mantener el vuelo y salvarme y, con todo, sigo corriendo hacia el borde, incapaz de detenerme, ansiosa por lanzarme, con una inconsciencia y una temeridad dignas de estudiar, porque sé que al estamparme contra el suelo el golpe será brutal y va a despedazarme y, aun así, no puedo parar.

—Son mis flores favoritas —lo digo solo por intentar alejarme un poco de ese abismo, buscando una zona segura y rompiendo el hechizo del momento, a pesar de que estoy convencida de que, si están encima de esta mesa, es porque él ya es consciente de ello—. Aunque creo que ya lo sabes.

Su sonrisa lo delata y me aprieta un poquito más el corazón.

Sonreír así, con esa mezcla de dulzura y picardía, tiene que ser delito, debería serlo si las leyes tuviesen algo de sentido.

—Tu abuelo me contó que fueron las flores que le regaló a tu madre cuando naciste y que desde entonces te las regalan cada año por tu cumpleaños .

—Lo dicho: ese hombre no sabe tener la boca cerrada.

—Fue un intercambio —responde acercándose a la mesa para apartar con amabilidad una silla e invitarme a sentarme.

—¿Qué tipo de intercambio? —me puede la curiosidad.

Tomo asiento y él hace lo propio frente a mí.

—Él compartió conmigo una pequeña parte de su Aria y yo le mostré a él una pequeña parte de la mía.

—No sé si quiero saber que más te dijo…

Su sonrisa se amplía al mismo tiempo que mis ojos se convierten en una fina línea.

—No, en serio. —Dejo escapar un gemido—. ¿Qué más te dijo?

—Nada —responde conteniendo la risa.

—No te lo crees ni tú —rezongo.

Un camarero se acerca y mis ojos se abren de forma desorbitada cuando pone ante nosotros un plato de…

—¿Macarrones con queso? —pregunto.

—Yo pretendía algo un poco más elaborado, pero tu abuelo me dijo… —Se frota la cabeza mientras habla, en tono dubitativo.

—Que es mi comida preferida —termino por él—. Y no te mintió; me flipan los macarrones con queso, sobre todo, si están bien hechos. Y estos tienen una pinta espectacular.

—Pruébalos —me pide señalando el plato.

No me hago de rogar, tengo hambre y el plato que tengo delante huele fenomenal, así que me llevo una cantidad generosa a la boca y cierro los ojos, deleitándome con el sabor que se extiende por mi paladar.

—Están increíbles —admito una vez he tragado—. Probablemente una de las mejores recetas de macarrones con queso que he probado nunca.

Su rostro se ilumina.

—Pero eso no te va a librar de contarme qué más te dijo ese chivato. Aparte de que me vuelven loca los macarrones con queso.

—Poca cosa…

—Sorpréndeme .

—Solo que lo llamase si te ponías muy cabezota y no querías acompañarme, para que él te hiciese entrar en razón.

—Manda narices lo que hay que escuchar… —resoplo, tratando a duras penas de contener una carcajada al imaginarme conspirando a este par.

—Por suerte, no hizo falta. No sé si haber tenido que recurrir a tu abuelo para traerte hasta aquí me habría dejado en muy buen lugar —bromea probando su comida—. Tienes razón. Están buenísimos.

—Me alegro de estar aquí… contigo —susurro provocando un nuevo choque de miradas de esos que me hacen estremecer y me aceleran las pulsaciones hasta puntos poco saludables y sin ninguna duda nada recomendables.

El resto de la cena es perfecto… Hay quien pensará que la perfección no existe; siento decirle que se equivoca, esto, lo que estoy viviendo en este momento, es la definición exacta de ese concepto.

La atmósfera íntima y tranquila propiciada por la luz de las velas, el aroma de los lirios y el sonido del agua de la cascada cayendo y mezclándose con nuestra suave conversación.

Una conversación en la que no faltan las bromas, las anécdotas y las confesiones y que se ve salpicadas por miradas y sonrisas que no hacen más que provocarme un sinfín de sensaciones. Lo dicho: «perfecto» es la palabra para describirlo, no se me ocurre otra mejor.

Sin apenas darnos cuenta, los minutos se convierten en horas y, para cuando miro mi reloj de pulsera, es más de medianoche.

—Deberíamos irnos —comenta él con cierta pereza al percatarse de lo tarde que se nos ha hecho.

—Eso parece —respondo frotándome los brazos.

No contaba con estar fuera hasta tan tarde, y el jersey que llevo puesto no resulta suficiente abrigo para la temperatura que hace.

Me pongo en pie y Liam, quien se ha dado cuenta, hace lo mismo, se acerca a mí y me coloca su cazadora sobre los hombros.

Lejos de protestar, me la ajusto al cuerpo. Huele a él; aspiro de forma disimulada, emborrachándome de su aroma, y disfruto del contacto con la prenda a la vez que lo veo inclinarse sobre la mesa para sacar el ramo del interior de la tetera y coger ambas cosas.