Una jugada arriesgada Capítulo 24
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Capítulo 24

Más y más sorpresas

Aria

El viaje en barco me resulta corto, demasiado corto, y en lo más profundo de mi ser tengo la certeza de que no es solo porque me encante la sensación del viento húmedo enredándose en mi pelo, o porque me quede extasiada contemplando los asombrosos tonos que las luces del final de día crean al incidir sobre el agua, sino porque disfrutar de ello al lado de Liam lo vuelve más especial todavía.

No tenía demasiadas ganas de acudir a esta cita, tenía dudas de como discurrirían las cosas entre nosotros después de nuestro «inesperado acercamiento» detrás del árbol del jardín de mis abuelos, porque una parte de mí temía que ambos estuviésemos incómodos o que el ambiente se hubiese enrarecido entre nosotros.

Por suerte, nada más lejos de la realidad.

Todo, absolutamente todo ha sido un acierto: el paseo por la isla, el helado, el viaje en barco… En todo momento me he sentido cómoda y a gusto a su lado, tanto que por increíble que parezca incluso disfruté del viaje en teleférico .

—Lo de hoy ha estado bien —declaro una vez los dos pisamos tierra firme y echamos a andar para alejarnos del muelle.

—¿Te ha gustado? —pregunta él observándome de medio lado.

—Me ha gustado —afirmo.

—¿Todo? ¿Incluso el paseo en teleférico? —insiste.

—No ha estado mal —admito.

Su expresión muestra todo su escepticismo y sus labios se tuercen en una sonrisa contenida sin apartar la mirada de mí.

—Valeee —concedo alzando las cejas y negando con la cabeza—. Me encantó, fue una pasada.

—Sabía que te iba a gustar —responde regalándome una sonrisa tan resplandeciente que siento la necesidad de ponerme unas gafas de sol para poder mirarlo de frente.

—Te crees muy listo —resoplo.

—Lo soy —afirma divertido.

—Lo que eres es un poquito sabelotodo —protesto.

—Puede que eso también —concede echándose a reír—. Pero creo que hemos conseguido añadir una nueva actividad perfecta y bastante original para nuestra yincana.

—Es cierto —acepto—. Además de que el día ha sido perfecto.

—Está siendo perfecto. —Su sonrisa se vuelve enigmática y su voz adquiere un tono de lo más misterioso.

—¿Qué quieres decir? —pregunto con curiosidad.

—Que aún no se ha terminado. Hay otro sitio al que quiero llevarte.

—¿Otra ubicación para la yincana?

Él niega con la cabeza.

—Esto es diferente, no tiene nada que ver con el trabajo, es algo que quiero compartir contigo, solo contigo, no con el resto de Nueva York.

—Siento su voz aterciopelada como una caricia electrizante que me eriza la piel y me acelera las pulsaciones.

Mis ojos ascienden hasta encontrarse con los suyos, y me quedo en silencio, como si en esa selva verde, impenetrable e intensa que da forma a su mirada se hubiesen perdido todas las respuestas y cada una de mis palabras .

—A no ser que ya no me soportes y no aguantes pasar ni un minuto más a mi lado —añade con aire juguetón al ver que me quedo callada.

Trago saliva mientras una revolución de hormonas parece amotinarse en mi interior.

—Puedo tolerar tu presencia un poquito más —sigo su broma, tratando de que mi voz no suene tan ahogada.

—¡Bien! —exclama—. ¡Entonces vamos allá!

—¿A dónde?

—Es una sorpresa —anuncia.

—¡Y dale! ¡Que no me gustan las sorpresas! —exclamo poniendo los ojos en blanco.

—Siempre dices lo mismo y terminan encantándote —objeta.

—¿No deberíamos coger un taxi? —pregunto al ver que caminamos en sentido contrario a la parada.

—No es necesario, tenemos mi coche en el aparcamiento —me explica.

—Tu coche lo dejamos en la terminal del teleférico —le recuerdo, convencida de que se está confundiendo.

—Cierto, pero Ryan y Brad me hicieron el favor de traerlo hasta aquí mientras estábamos en la isla.

—¿Los hiciste venir a los dos para que te trajesen el coche? —murmuro un tanto sorprendida de que se haya tomado tantas molestias.

—Decidieron venir los dos porque así después se volvieron en el coche de Brad.

—Parece que lo tienes todo pensado… —musito.

—Aquí donde me ves soy un chico de recursos.

—Ya veo, ya… Fíjate que siempre pensé que eras más de fluir y dejarte llevar —comento deteniéndome delante de la puerta del copiloto cuando, en efecto, llegamos a su coche.

—Y lo soy, pero cuando se trata de algo importante, no me gusta dejar nada al azar.

—¿Importante? —repito con cierto escepticismo.

—Importante —afirma abriendo la puerta del coche para sacar algo d e la guantera que comienza a ondear delante de mis ojos.

Es un antifaz; uno negro, de terciopelo, con pinta de ser muy suave.

—¿Eso va con esposas a juego? —bromeo.

—Póntelo —me ordena tendiéndomelo.

—Ni de coña —me niego en redondo retrocediendo un paso.

—Venga, te prometo que no tardaremos mucho.

—No veo la necesidad de ir a ciegas a ningún lado.

—¡Es para no chafar la sorpresa! —exclama—. Además, te vendrá bien trabajar un poquito esa necesidad insana que tienes de tenerlo todo bajo control. Tienes que aprender que de vez en cuando no es malo ceder el mando de la situación.

—Yo no tengo ningún problema en ceder el control.

—¡Ja! —replica.

—Lo digo en serio —insisto.

—Entonces ponte el antifaz —me pica.

Sus ojos mantienen mi mirada en un duelo que, si estuviésemos en el viejo Oeste, podría considerarse mortal.

—Eres muy, pero que muy pesado —lo acuso, arrancándoselo de la mano a la vez que una mueca de disgusto se dibuja en mi cara.

—Esa es otra de mis muchas virtudes —bromea, feliz de haberse salido con la suya.

Me dejo caer dentro del coche y espero a que él haga lo mismo detrás del volante para dirigirle una última mirada de desagrado.

—Te prometo que no tardaremos mucho —me asegura colocándose el cinturón y encendiendo luego el motor.

—Más te vale —rezongo, colocándome la suave tela sobre los ojos sin dejar de refunfuñar.

Liam suelta una risilla y arranca.

Yo misma estoy sorprendida por haber cedido; Liam tiene la extraña habilidad de conseguir cosas de mí que la mayoría de la gente no lograría ni en el mejor de sus sueños.

¡Si incluso me convenció para subirme en el teleférico! Y tengo que reconocer que me encantó.

Estoy relajada. Me siento a gusto a su lado.

Tenerlo cerca es raro porque su presencia me produce una cálida sensación de serenidad que aumenta y aumenta sin parar en lo más profundo de mi pecho y se extiende por mi cuerpo y, sin embargo, también hace que todos mis sentidos se mantengan en un estado de alerta constante en el cual, incluso con los ojos tapados y sumida en la oscuridad más absoluta, soy terriblemente consciente de cada pequeño detalle que tiene que ver con él.

El aroma de su colonia, que parece intensificarse a medida que transcurren los minutos; la cercanía de su mano cuando la coloca sobre la palanca de cambios —porque sí, por lo visto, el tío es un clásico y le van los coches de cambio manual en vez de los automáticos—; el modo en que tararea de forma casi inaudible la canción de Bon Jovi que suena por los altavoces.

De repente me encuentro a mí misma recreando un retrato suyo en mi cabeza.

Su pelo, perfectamente desordenado, sus facciones rectas y atractivas, esos ojos que algunas veces parecen un bosque en plena primavera y otras, una selva profunda e intransitable en plena noche, sus labios…

Esos labios que disfruté tanto besando y que llevan todo el día causando estragos en mi cuerpo, provocándome y atormentándome…

Porque sí, en más de una ocasión, durante las horas que llevamos juntos, he tenido que hacer un verdadero esfuerzo para controlar la tentación de abalanzarme sobre él y robarle un nuevo beso.

Si soy sincera, dudo que Liam se hubiese mostrado demasiado quisquilloso al respecto; no es por ser creída, pero tengo ojos en la cara y estoy bastante convencida de que también a él le ha costado trabajo mantener sus ganas a raya en más de un momento.

Lo que ocurre es que, a pesar de la innegable atracción y la química que revolotea entre los dos, sigo convencida de que tener algo con él no es una buena idea; de hecho, por muchos motivos sé a ciencia cierta que sería una decisión pésima.

Me remuevo incómoda en el siento intentando alejar esos pensamientos.

—Ya casi hemos llegado —anuncia él que, casi con total seguridad, ha malinterpretado el gesto .

No digo nada, me limito a concentrarme en repetir la tabla del ocho una y otra vez, tratando de mantener mi calenturienta mente bajo control.

Mi método puede sonar extraño, pero lo uso desde pequeña para alejar los pensamientos desagradables de mi mente o mantener mis nervios bajo control. Y puedo decir que es prácticamente infalible y que siempre me ha funcionado, al menos hasta hoy.

—Ya estamos —anuncia con voz pausada deteniendo el coche.

—Por fin —farfullo llevándome la mano en dirección al antifaz con la intención de quitármelo.

—¡No! —exclama interceptando con sus dedos mi muñeca a la mitad del camino.

El contacto es suave, pero el cosquilleo que me recorre la piel es inevitable, y la forma en la que él exhala dejando escapar el aire visiblemente afectado… no hace más que empeorarlo.

Durante unos segundos, los dos nos quedamos inmóviles, sin saber qué hacer o qué decir, como si el momento se hubiese adueñado de nuestra voluntad impidiéndonos reaccionar y, en lugar de pensar, solo pudiésemos sentir.

—No te muevas, yo te abro la puerta —me ordena con la voz algo ronca antes de apartar los dedos de mi piel que, de inmediato, se siente fría y huérfana.

No pasan más de diez segundos cuando escucho el sonido de la puerta abriéndose.

—Sal despacio —me pide.

Una vez estoy de pie, Liam coloca su mano en la parte baja de mi espalda y, a pesar de la ropa que se interpone entre nosotros, siento como el calor asciende por mi cuerpo.

—Vamos —dice guiándome despacio—. Te prometo que falta poco.

Su voz tiene un toque sensual, pero también se puede percibir en ella un deje de expectación, esperanza e incluso diría que ansiedad.