Capítulo 23
Una de patatas, por favor
Liam
Después de sacarnos la foto para la campaña publicitaria, seguimos recorriendo la isla con calma, uno al lado del otro, sin dejar de hablar en ningún momento.
—Está bien, lo reconozco —anuncia Aria cuando nos detenemos delante de un puesto callejero porque el olor de sus patatas fritas hace que me entre hambre.
—¿Qué reconoces? —indago mientras vierto una generosa dosis de kétchup sobre las humeantes patatas.
—Que igual me conoces un poco más de lo que yo pensaba —dice arrugando la nariz en una mueca de lo más graciosa.
—Gracias por admitirlo, es todo un detalle por tu parte. —Sonrío y le tiendo un pequeño tenedor de plástico. Ella lo coge y pincha un par de patatas que saborea con deleite.
—Sin embargo —añade al tragar—, yo también te conozco más de lo que crees, puede que incluso más que tú a mí.
—Siempre tiendes a convertirlo todo en una competición, ¿verdad? —bromeo divertido .
Ella se encoge de hombros.
—No siempre —contesta.
La contemplo de reojo, divertido.
—Está bien, ilústrame —le pido, haciendo una reverencia de lo más teatral.
—Eres un payaso —me acusa.
—Eso lo sabe todo el mundo, no tiene mérito —protesto.
Sus ojos se vuelven hacia mí para contemplarme con intensidad.
—Puede, lo que seguro que no sabe todo el mundo es que esa actitud de payaso, extrovertido, despreocupado y siempre alegre es la capa bajo la que escondes a un tío sensible, considerado y demasiado empático que no soporta ver sufrir a los que tiene a su lado.
Trago saliva y continúo caminando. Poca gente consigue atravesar esa capa de la que habla, y me emociona y sorprende a partes iguales que ella lo haya hecho.
—No sé de dónde sacas eso —murmuro haciéndome el duro.
—Fuiste el primero en hacer sentir a Savannah que formaba parte del equipo cuando comenzó a trabajar como fisioterapeuta del club y el resto de los jugadores la ignoraban, tampoco dudaste en mostrar tu apoyo a Maddy cuando era prácticamente una paria nacional —comienza a enumerar—.
Por no hablar de que te vuelcas con el refugio de animales porque consideras a esos perritos seres indefensos y vulnerables a los que tienes la necesidad de proteger y ayudar.
Me quedo en silencio.
—Tienes un profundo sentido de la lealtad, darías un brazo tanto por Ryan como por Brad y, aunque eres discreto y no buscas ser el foco de todas las miradas, no te incomoda captar la atención de los demás.
Aria se toma unos segundos y continúa hablando con naturalidad.
—Me acusas de ser competitiva, pero tú lo eres incluso más; te encanta ganar, pero ese no es tu objetivo principal.
—Ah, ¿no? —cuestiono.
Ella niega con la cabeza .
—Lo que de verdad te flipa es la adrenalina y la emoción de la propia competición.
Me llevo un par de patatas a la boca y la dejo seguir hablando.
—No te gusta nada ofender a los demás, por eso, aunque no mientes ni ocultas lo que piensas, eres muy cuidadoso eligiendo las palabras que usas, con todo el mundo menos conmigo, claro está. —Sonríe—. En ese caso, yo soy la excepción que confirma la regla.
—Tú eres la excepción en muchos casos —susurro sin darme cuenta de que lo estoy diciendo en voz alta.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada, continúa.
—Te gusta el sol, pero odias pasar calor, por eso tus estaciones favoritas son la primavera y el otoño y, aunque no le haces ascos al salado, porque te encanta comer, eres más de dulce. En eso coincidimos.
—¿Y luego soy yo el que tiene el diploma de acosador del año? —pregunto un poco abrumado por lo calado que me tiene.
—Podríamos decir que yo también soy observadora y me gusta tener estudiados a mis adversarios.
Me detengo y la encaro.
—¿Eso es lo que soy para ti? ¿Un adversario? —Mi voz suena densa, pero no hay acritud ni reproche en ella.
Los ojos de Aria sostienen mi mirada sin esquivarla ni evitarla.
—Lo eras. Ambos lo éramos —reconoce.
Asiento, porque tiene razón; nuestra relación hasta hace no demasiado se basaba en eso, un constante tira y afloja, una continua competición.
—¿Y ahora? —pregunto acercándome un paso más a ella.
—Me encantaría contestar, pero hay preguntas que no tienen respuesta —murmura mordiéndose el labio inferior.
Mis ojos descienden a ese punto exacto y los recuerdos de lo sucedido tras el árbol en el jardín de sus abuelos acuden de nuevo a mis pensamientos, nublándome la mente y removiéndolo todo en mi interior …
Ese beso… Nunca un beso me había hecho sentir de esa manera, jamás unos labios habían conseguido reconfortarme y alterarme tanto a la vez.
Las ganas de acariciar su piel, de enredar mis dedos en su pelo se vuelven tan intensas que tengo que obligarme a carraspear y retroceder un par de pasos para lograr contenerlas, porque, aunque me muero de ganas de volver a saborear su boca y tenerla entre mis brazos, para que todo salga como espero soy consciente de que debo ser paciente e ir paso a paso.
—Eso de ahí —anuncio señalando con el dedo hacia la zona que tenemos justo delante— es el Parque de las Cuatro Libertades.
—Cobarde —musita ella mientras una sonrisilla sutil y bastante provocadora toma forma en sus labios.
Me está retando, lo sé, me acaba de lanzar el anzuelo y me encantaría entrar a saco, picar y comerme el cebo, el sedal y la caña entera, pero, tal y como acabo de pensar hace tan solo unos segundos, debo ser paciente.
Así que hago como que no la he escuchado y sigo hablando, aferrándome al papel de guía turístico improvisado.
—Este parque se inauguró en el año dos mil doce.
—Hago una pequeña pausa y, al ver que tengo toda su atención, continúo con la explicación—.
Como ves, es un parque moderno —añado echando un vistazo a su llamativa forma triangular y al césped que rodea los senderos de granito blanco—.
El monumento que hay al final del parque rinde homenaje al discurso del presidente Roosevelt sobre las cuatro libertades de nuestro país.
La libertad de expresión, la religiosa, a libertad contra la miseria y la libertad contra el miedo —enumero.
—No me leas Wikipedia —comenta con guasa alzando las cejas.
—¿Wikipedia? —repito arrugando la nariz.
—A partir de ahora voy a llamarte así —afirma en tono de burla—. Confiesa, ¿cuánto tiempo has tardado en aprender todos esos datos?
—¡Oye, que soy un tipo culto! —protesto haciéndome el ofendido .
Ella cruza los brazos sobre su pecho y me observa con incredulidad.
—Aunque puede que haya investigado un poco para la campaña de publicidad —confieso de mala gana.
Mi acompañante deja escapar una risa suave que me suena a música celestial.
No es que sea raro escucharla reír, todo lo contrario; por norma general, es una persona de lo más risueña. Lo extraño es que esa risa la provoque algo que yo acabo de decir… Aunque, como la mayoría de las cosas en nuestra relación, últimamente eso también parece estar cambiando poco a poco.
—Ahora en serio —anuncia sin dejar de sonreír—. Has elegido bien, es un lugar precioso —admite echando un vistazo a su alrededor.
La certeza de que se lo está pasando bien conmigo me produce cierta euforia interior que me esfuerzo por no exteriorizar.
No pretendo parecer un desesperado ni demasiado emocionado, así que me limito a sonreír mientras ambos seguimos caminando, juntos, uno al lado del otro, pero sin llegar a rozarnos, intercambiando alguna que otra mirada furtiva, pero sin mirarnos.
El paseo es agradable, aunque no deja de existir cierta tensión latente en el aire.
—Creo que es hora de volver —anuncio un poco después, mirando la esfera de mi reloj.
—Es bastante antiguo, ¿no? —se interesa ella reparando en él—. Me sorprende que no uses uno de esos relojes carísimos que os dan las firmas y los patrocinadores.
—Era de mi padre —explico—. Me lo regaló cuando cumplí los dieciocho y desde entonces siempre lo he llevado. Por muy modernos y lujosos que sean otros, ni me he planteado ni me planteo cambiarlo.
Su semblante se conmueve.
—Eres un sentimental —lo dice con cierto cariño, diría que incluso admiración.
—No sé si yo diría tanto .
—Sí que lo eres, y no deberías ocultarlo, un poco de ternura te queda bien. —Su voz suena sinuosa y, cuando sus ojos se encuentran con los míos, a pesar de que sé que no es su intención, la atmósfera se caldea un par de grados entre los dos.
Ella es la primera en apartar la mirada y detenerse para aumentar un par de pasos la distancia entre los dos.
—El teleférico queda hacia el otro lado —dice oteando a su alrededor.
—Ahora no vamos a volver en teleférico, sino en barco —comento esperando a que vuelva a caminar para situarse otra vez a mi lado.
Su mirada vibra y se ilumina.
—Me encanta ir en barco —lo dice con la ilusión de una niña a la que acaban de hacerle un regalo muy esperado—. Mi abuelo me llevaba a navegar cuando era pequeña.
—¿En serio? —Finjo hacerme el sorprendido, pero se me escapa una sonrisa, porque es una información que tenía de primera mano.
Sus ojos se achican descubriéndome de inmediato.
—Voy a tener una seria conversación con ese hombre, está visto que se ha convertido en un auténtico acusica.
Me echo a reír.
—No es ningún acusica —replico—. Solo un alma caritativa dispuesta a compartir conmigo su sabiduría.
—Ya, claro… —Niega con la cabeza fingiendo estar molesta, aunque los dos sabemos que no lo está.
Aceleramos un poco el paso para llegar a la terminal del ferry. Compro los billetes y, en cuanto subimos al barco, Aria se dirige a la zona de la proa.
El barco comienza a alejarse del muelle; al principio va despacio, no obstante, poco a poco comienza a aumentar la velocidad.
La expresión luminosa de su cara parece querer competir con la belleza de los rayos del atardecer que acarician las aguas calmadas del río bajo nuestros pies .
El viento le revuelve el pelo y sonroja sus mejillas, pero, lejos de recogerlo o intentar arreglar ese remolino de rizos alborotados que tiene, ella echa la cabeza hacia atrás de forma despreocupada, cerrando los ojos mientras disfruta de la sensación y dejándome a mí contemplándola embobado y con el corazón latiendo acelerado.
¿Se puede ser más bonita, dulce y sensual a la vez? Va a ser que no.