Capítulo 22 #2
—Cuando me di cuenta, me sentí tan vacío y manipulado que decidí no volver a tener ninguna relación con alguien a no ser que estuviese seguro de que la persona que esté conmigo me quiere por quien soy y no por mi estatus o mi profesión —afirma—.
Por eso, a excepción de algún lío esporádico, no he vuelto a tener nada con nadie.
—Lo siento mucho, Liam —le digo con sinceridad.
—Lo único que siento yo es no haberme dado cuenta antes.
—Sus ojos impactan en los míos y siento que me atraviesan por completo—.
Tú y yo somos diferentes —lo dice muy despacio, arrastrando cada palabra—.
Tú no te das la oportunidad de tener algo real, yo, en cambio, solo quiero encontrar algo que de verdad merezca la pena .
No lo cuestiono, no lo hago porque hacerlo sería mentir, y puedo ser muchas cosas, pero nunca me he considerado una mentirosa.
Así que me limito a seguir caminando hacia el norte, en el paseo que circula por la costa junto al río en dirección a nuestra próxima parada, que no es otra que el faro de Blackwell.
Reconozco que nunca había estado aquí, y el faro, a pesar de que no es de los más grandes ni imponentes que he visto, me parece muy bonito.
—Por lo que veo, piensas que me conoces bien —murmuro sin apartar la mirada del monumento.
—¿Sabías que se construyó en el año 1872 y que fue diseñado por la misma persona que diseñó la Catedral de San Patricio sobre la Quinta Avenida? —me informa.
—No tenía ni idea —reconozco admirándolo—. Podríamos hacernos aquí la foto para la actividad de la yincana.
—Todavía no, hay muchas otras cosas por ver —rechaza mi propuesta negando con la cabeza—. Y en cuanto a lo que acabas de decir, sí, tal y como te dije el día que sacamos a pasear a los perros de la protectora, estoy seguro de que te conozco mejor de lo que crees.
—¿En serio? —pregunto, echando a caminar de nuevo.
—Ponme a prueba —sugiere.
—¿Cuál es mi color favorito? —pregunto.
—El azul, pero para vestir prefieres el rojo —responde sin titubear.
La respuesta es concreta, pero me ha escuchado hablar tantas veces con las chicas sobre ropa que tampoco tiene demasiado mérito que lo sepa.
—¿Soy más de dulce o salado?
—Dulce, sin ninguna duda.
—¿Verano o invierno?
—Verano; no te gusta la lluvia.
—¿Café o chocolate?
—Eres adicta al chocolate, rasgo que, por lo que he descubierto recientemente, has heredado de tu abuelo. Sin embargo, en invierno te encanta tomarte un capuchino de vez en cuando a media tarde —responde con seguridad.
—¿Qué serie he visto más veces?
—La serie que más veces has visto es Modern Family, pero la que más te gusta es Las chicas Gilmore. —Ahora sí que ha conseguido impresionarme—. En mi opinión es porque empatizas con el personaje de Rory y te ves reflejada en la relación que tiene con su madre.
Me detengo y lo contemplo casi con la boca abierta.
—¿Sport o formal?
—Sport, pero si hay que ir formal, siempre vestido, nunca pantalón.
—Uno de los mayores placeres cotidianos de la vida es…
—Las duchas largas, con el agua muy, pero que muy caliente.
—¿Sin qué comida del día no podría sobrevivir?
—Sin el desayuno; estás de mal humor mientras no comes algo por las mañanas.
—Peli preferida.
—Lo mejor de mí. O cualquiera de Nicholas Sparks, eso sí, algunas las paras cinco minutos antes de que terminen para imaginarte un final alternativo.
Mi mandíbula desciende casi hasta el cemento de la acera.
—En serio, ¿me espías, tienes cámaras en mi casa, micrófonos o qué pasa contigo?
—Soy un tipo muy observador, es una de mis virtudes…
Arrugo el ceño.
—Tampoco te vengas tan arriba; con el tiempo que pasamos juntos, es normal que hayas aprendido algunas cosillas sobre mí.
—Algunas cosillas dice —repite él echándose a reír—. Te guste o no te conozco mucho, pero que mucho más de lo que podías llegar a imaginar.
Su carcajada llena el aire de una melodía que baila con el viento, caldeándome por dentro.
Escucharlo reír aumenta mi buen humor, y eso es algo que me cuesta interiorizar.
La verdad es que Liam está siendo todo un descubrimiento y compartir tiempo con él…
digamos que no es tan malo como me imaginé cuando descubrí que tendríamos que trabajar juntos.
Más bien todo lo contrario; para mi sorpresa, estar a su lado está empezando a gustarme demasiado…
—Y eso —añade con tono sugerente sacándome de mis pensamientos— que me he quedado en lo más superficial sin entrar a profundizar…
—¿A qué te refieres? —pregunto.
—Si quisiese profundizar más para demostrar lo mucho que te conozco, diría que sé que cuando te pones nerviosa acaricias tu dedo índice con la yema del pulgar sin parar.
Me detengo y lo contemplo con los ojos muy abiertos. Es un gesto tan sutil, tan imperceptible que estoy convencida de que pocas, muy pocas personas se han percatado de ello, y me asombra que una de esas personas sea él.
—Que tienes un pintalabios de color rojo que solo usas para las reuniones importantes de trabajo —continúa haciendo gala de todos sus conocimientos sobre mí.
—Me da buena suerte —murmuro cada vez más impactada.
—Que las lagartijas te dan pánico —añade con un deje de burla en su voz.
—No me dan pánico, solo repelús —lo contradigo, a pesar de que sé que estoy mintiendo de forma descarada—. Tienen el cuerpo áspero y escamoso… —Mi mueca de asco acompaña al tono de mi voz.
—Ni que te dedicases a acariciarlas —resopla.
—No me hace falta tocarlas para saber lo que es evidente a simple vista.
Sus ojos se posan sobre los míos y, durante un momento, se me olvida hasta nuestra conversación, hasta que vuelvo a escuchar su voz.
—También sé que tienes debilidad por tu abuelo y que por eso le subes a escondidas chocolate a su despacho.
—Me va a escuchar ese chivato —murmuro entre dientes.
Su carcajada nos envuelve de nuevo y me siento ligera.
—Felicidades, acabas de ganar el diploma a mejor acosador del año —bromeo .
—¿Acosador? Para nada, yo no me definiría como tal. —Niega con la cabeza, comenzando a caminar otra vez.
—Ah, ¿no? Y ¿cómo te definirías?
Aguardo en silencio mientras parece meditar la respuesta durante unos momentos.
—Yo me describiría como una persona que sabe prestar atención a lo que de verdad le interesa.
Sus palabras congelan mi respiración y aceleran el latido de mi corazón.
—¿Estas insinuando que te intereso? —pregunto con un aire juguetón que pretende quitarle intensidad a la situación.
—Yo no insinúo nada —afirma con voz clara—. No soy de andarme con medias tintas, me gustan las cosas claras.
Por lo visto, él no está muy de acuerdo con eso de aligerar la conversación.
—Eso sí que es una novedad —siseo.
—¿El qué? —pregunta con curiosidad—. ¿Que no me guste andarme por las ramas o que me intereses?
—Supongo que ambas.
Una sonrisa misteriosa que no sé cómo interpretar atraviesa su cara.
—Hemos llegado a nuestra siguiente parada —anuncia elevando la mirada hacia la fachada de piedra cubierta de musgo en algunas de sus zonas que aparece justo ante nosotros.
La estudio con atención: es un edificio de piedra en ruinas, no obstante, sigue siendo imponente y su estructura tiene cierta belleza.
—Esto fue el Smallpox Memorial Hospital. Era un hospital para tratar a enfermos de viruela —recuerdo en voz alta echando mano de mi memoria.
—Sí, y también se utilizó como cárcel de mujeres.
—Su historia es triste.
—Lo es, pero sigue en pie, ha resistido y quizás en algún momento vuelva a utilizarse con algún otro fin un poco más feliz.
—Con la de sufrimiento que han debido de albergar esas paredes, me cuesta imaginarlo —comento sin apartar la mirada del enorme edificio.
—Pues yo no veo por qué no —replica—. Es importante recordar nuestro pasado, pero también lo es evitar que este condicione nuestro futuro.
Lo que dice es una gran teoría que me parece complicado llevar a la práctica en la vida real; según mi forma de verlo, nuestro pasado siempre condiciona nuestro presente de una u otra manera, porque al final somos la suma de situaciones que hemos vivido y las decisiones que hemos tomado para superarlas.
Al menos eso es lo que pienso yo.
—Propongo que nos hagamos aquí la foto para la yincana —sugiere con voz alegre.
—Me parece bien. Es un sitio poco común y tiene un encanto y una historia que todo el mundo debería conocer —admito sacando el móvil de mi bolso a la vez que nos colocamos delante de la verja de forma que se nos vea lo máximo posible a nosotros, pero también el edificio, y disparo el objetivo.