Capítulo 22
El acosador del año
Aria
Avanzo con paso lento y cierta reticencia hacia el punto de acceso al teleférico.
Liam camina a mi lado, condenadamente atractivo, con el pelo revuelto, unos vaqueros que parecen hacer sido confeccionados con el fin de hacer suspirar a toda la población femenina de la ciudad y una expresión de satisfacción que es incapaz de disimular.
Se ha salido con la suya y lo sabe, aun así, no me pierde de vista y me vigila de reojo, atento a cada uno de mis movimientos, como si temiese que de un momento a otro fuese a salir corriendo.
No está demasiado equivocado, ya que estoy haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad y de todo el valor que consigo encontrar en mi cuerpo para no hacerlo.
Todavía no comprendo en qué momento ni por qué me he dejado convencer para subir al puñetero teleférico…
Bueno, sí lo sé, lo cierto es que el hecho de que quisiese compartir la experiencia por primera vez conmigo me enterneció, me ablandó el corazón o más bien me nubló las neuronas y la capacidad de raciocinio, qué sé yo .
Subimos las escaleras de la terminal y accedemos a la plataforma donde un operario de la compañía nos espera al lado de la puerta que da acceso al cubículo, recibiéndonos con una sonrisa cortés a la que intento responder de igual manera, aunque lo que se forma en mis labios más bien sea una mueca que se debate entre la resignación, el pavor y el arrepentimiento.
Porque sí, así es justo como me siento en este momento, profundamente arrepentida de haber aceptado, a pesar de que ni siquiera he puesto todavía un pie dentro.
Por suerte, el hombre está tan obnubilado por la presencia de Liam, a quien contempla con ferviente admiración, que casi no repara en mí o en el evidente estado de nervios que apenas consigo disimular y que me está carcomiendo por dentro.
—Tranquila —susurra mi acompañante en mi oído, y coloca la palma de su mano en la parte baja de mi espalda para animarme a seguir avanzando cuando se da cuenta de que mis dudas van aumentando.
Si me diese la vuelta y echase a correr rápido, quizás podría…
—Buenas tardes, espero que disfruten del viaje —nos recibe el técnico, indicándonos que ya podemos entrar.
Demasiado tarde; cuando quiero darme cuenta, la puerta del monstruoso aparato rojo acaba de abrirse, y Liam ya está dentro tendiéndome la mano para invitarme a subir con él.
Lo miro a los ojos durante unas décimas de segundo y, consciente de que ya no tengo escapatoria, agarro su mano y me dejo arrastrar hacia el interior.
—¿Quieres sentarte? —propone señalando la fila de asientos delanteros.
—Sí, mejor —gimo al sentir que empezamos a movernos despacio para salir de la plataforma.
Tomamos asiento uno al lado del otro y contemplo por la ventana como comenzamos a elevarnos en el cielo.
—Respira —me ordena él con voz susurrante, inclinándose un poco hacia mí.
Su aliento y el breve contacto de su cuerpo al aproximarse al mío me envuelven como una caricia reconfortante que disipa el miedo y me p ermite darme cuenta de que el movimiento de la cabina, mucho menos brusco de lo que había imaginado, es más bien un tenue bamboleo que no me resulta tan desagradable.
El hermoso paisaje que nos ofrece la ciudad de Nueva York se graba en mis pupilas, arrancándome un suspiro y, ávida de no perderme ni un solo detalle, me pongo en pie y me acerco a uno de los grandes ventanales laterales.
—Es una vista preciosa —murmuro.
—Sí que lo es —corrobora Liam colocándose a mi lado.
Me vuelvo hacia él y un escalofrío me recorre la espalda cuando, al encontrarme con sus ojos, siento que, a pesar de que ni siquiera nos estamos rozando, su mirada, penetrante, adictiva y peligrosa está acariciando cada milímetro expuesto y escondido de mi piel.
Nunca nadie me había hecho sentir algo con tanta intensidad, jamás me habían desarmado con tanta facilidad y, sin embargo, a él le sale de manera natural.
—Gracias —consigo decir con la voz algo atascada—. Gracias por compartir esto conmigo.
Sus pupilas se oscurecen y su gesto se torna serio.
—No se me ocurre nadie más con quien me apeteciese vivir este momento. —Sus palabras y la sinceridad con que las pronuncia me elevan varios centímetros y, durante unos instantes, tengo la sensación de estar flotando en el aire en lugar de tocando el suelo.
Desvío la mirada hacia los ventanales y me empapo de la visión del río del este bajo nuestros pies.
El cielo está más despejado de lo que recuerdo haberlo visto en días, es casi como si las nubes hubiesen decidido hacerse a un lado para permitirnos disfrutar de un azul infinito y tan intenso como la mirada que últimamente se cuela de forma contante en mis pensamientos, en mis sueños y también en mis pesadillas.
Sacudo la cabeza para deshacerme de esas ideas…
No sé qué narices me pasa, yo no soy así, soy una tía práctica a la que le gusta disfrutar sin complicaciones, sin ataduras.
Eso de las maripositas, los suspiros y los hormigueos en la boca del estómago nunca ha ido conmigo.
«Nunca hasta ahora», me recuerda la molesta voz de mi conciencia que , por lo visto, está tan entusiasmada con este nuevo giro de los acontecimientos que incluso ha cogido pompones y se ha puesto en plan animadora.
El teleférico comienza a descender a medida que nos aproximamos a la isla de Roosevelt.
—Estamos llegando —comenta Liam—. ¿A que no ha sido tan malo?
—Seguimos vivos —me limito a decir, poco dispuesta a reconocer que ha acertado de pleno y que el trayecto, a pesar de ser corto, pues no ha durado más de cinco minutos, me ha encantado—. Y ha sido un detalle que lo reservases entero.
El teleférico se detiene y, cuando las puertas se abren, Liam salta al exterior y yo lo imito antes de darle tiempo a tenderme la mano para ayudarme.
No porque no me apetezca volver a sentir esa electricidad que se adueña de mi cuerpo cada vez que rozo su piel, sino porque, dado el cúmulo de sensaciones que se entremezclan en mi interior en este momento, evitar el contacto, por nimio que este sea, me parece lo más aconsejable.
Una sutil sonrisa asoma a sus labios haciéndome comprender que se ha dado cuenta del detalle.
—Te lo dije antes de subir y te lo repito: puedes confiar en mí. —Lo dice con convicción, sin un ápice de duda—. Soy consciente de que por norma tiendes a no tomarme en serio y a desconfiar de los de mi especie…
—¿Los de tu especie? —repito alzando las cejas, divertida—. ¿Te refieres a los jugadores de fútbol americano en particular?
—Más bien a los hombres en general —puntualiza.
—No sé de dónde sacas esa idea —contesto mientras los dos echamos a andar uno al lado del otro.
—¿De verdad me vas a negar que descartas de antemano tener cualquier tipo de conexión profunda con el género masculino? —cuestiona.
Lo contemplo de medio lado apretando la mandíbula.
Es cierto; a excepción de mis amigos, a los que considero parte de mi familia, nunca he tenido interés en tener relaciones profundas de ese tipo.
Confiar supone un alto grado de vulnerabilidad y una entrega que jamás he estado dispuesta a experimentar, entre otras cosas, porque no lo considero necesario.
Mi madre lo hizo, se dejó llevar, entregó su corazón y ¿para qué le sirvió? Para terminar criando sola y herida a un bebé. Así que no, gracias.
No esperar nada de nadie es la mejor manera de evitar decepciones, la diversión es diversión y todo lo que se salga de ahí son complicaciones.
—No tengo ningún problema para relacionarme con el género masculino, de hecho, es un género que me gusta bastante —le aclaro.
Liam pone una mueca que no sabría cómo calificar antes de murmurar:
—Sí, claro, siempre que esas relaciones, como tú las llamas, no impliquen perder ni una pizca de control, sentir o dejarte llevar.
Me detengo y lo enfrento con los ojos achicados.
No sé qué me molesta más, que me lo suelte así sin más o que haya dado en el clavo.
Lejos de amilanarse por la mirada de pocos amigos que le dedico, Liam sigue hablando.
—Por eso siempre eliges a tipos por los que sabes que no vas a sentir nada…
—Eso no es verdad —me defiendo.
—Es una verdad absoluta e incuestionable.
—No siempre elijo tíos por los que sé que no voy a sentir nada.
—Lo haces, siempre lo haces —me espeta cruzando los brazos sobre su pecho.
—¿Y qué me dices de ti? —La pregunta suena a ataque, porque lo es—.
Se te llena la boca hablando de las relaciones de los demás, pero ¿cuánto hace que no estás con nadie?
¿Quién fue la última? —Finjo hacer memoria, a pesar de que sé de sobra que Sara Méndez fue su última novia oficial—.
¡Ah, sí! Aquella modelo con la que estuviste un par de meses …
—Eso fue diferente; si esa relación no funcionó, no fue por falta de compromiso por mi parte.
—Ah, ¿no? —pregunto con cierto retintín.
—No —responde escueto.
Su semblante cambia, está claro que el tema le molesta… Que se aguante, fue él quien entró en aguas turbulentas, ahora que se las arregle para nadar y conseguir salir de ellas.
—¿Y entonces por qué fue?
—No encajábamos, además de que, por supuesto, Sara estaba conmigo como podría haberlo estado con cualquiera de los chicos del equipo —lo dice con resignación y cierto rencor.
Su respuesta me descoloca por completo.
—Te refieres a que…
—Me refiero a que no le gustaba yo como persona, lo que le gustaba era el hecho de estar con un jugador, le daba exactamente igual que fuese yo o cualquier otro —me interrumpe con un deje de amargura—. Ni siquiera tengo claro que elegirme a mí fuese su primera opción.
Su confesión me desarma por completo. Esa chica nunca me gustó, pero de ahí a sospechar que solo estaba con Liam por su posición, su fama o su dinero… Nadie merece ser utilizado de esa manera.