Capítulo 21
El plan
Liam
Cuando paro el coche delante de la casa de Aria estoy tan nervioso como un jodido adolescente a punto de tener su primera cita.
A pesar de que nunca he sido demasiado partidario de los líos de una noche o de las relaciones pasajeras, evidentemente, las he tenido y jamás había estado tan atacado antes.
Pero es que esto es diferente, Aria es distinta por más motivos de los que me apetece enumerar y soy consciente de que en este momento nuestra relación, o lo que sea que hay entre nosotros, porque está claro que algo hay por mucho que ambos nos empeñemos en negarlo, se encuentra atravesando arenas movedizas y, si quiero hacerla llegar a tierra firme, no puedo permitirme dar ni un solo paso en falso.
Y esa es justo la pregunta: ¿Quiero hacerla llegar a tierra firme?
En cuanto el portalón se abre y la veo salir, con la melena suelta y vestida con zapatillas de deporte, vaqueros, jersey azul claro y una cazadora corta de lana, la respuesta se abre paso en tamaño XL y brillante como una luz de neón en mi mente .
¡Joder, claro que quiero!
Con paso firme y decidido se acerca el coche, se desliza en el asiento del copiloto y se abrocha el cinturón.
—¿A dónde vamos? —pregunta volviéndose hacia mí.
Mis ojos descienden a sus labios y, durante unos segundos, me quedo mudo al recordar su sabor y su tacto…
Como si acabase de leerme la mente, un suave rubor tiñe sus mejillas provocando que una oleada de anhelo me recorra de la cabeza a los pies.
—Es una sorpresa —respondo aclarándome la voz mientras me pregunto si desde ayer ella habrá pensado en ese momento detrás del árbol la mitad de lo que lo he hecho yo.
—No me gustan las sorpresas —murmura frunciendo el ceño a la vez que devuelve la mirada al frente.
Contengo la risa, porque soy consciente de ello.
Aria es extrovertida y jovial, y eso puede hacer que algunas veces la imagen que proyecta sea despreocupada y relajada, pero nada más lejos de la realidad; debajo de esa capa de diversión con la que se cubre, se enconde una chica perfeccionista a la que le gusta tenerlo todo bajo control sin que nada, y mucho menos a nivel laboral, escape a su supervisión.
—Te prometo que esta es de las buenas y que te va a gustar —le aseguro.
—Las promesas se las lleva el viento —replica enredando uno de sus rizos en su dedo índice con aire distraído.
—Las mías no, jamás prometo algo que no vaya a cumplir —lo digo con tal convicción que toda la atención de Aria recae de nuevo sobre mí—. Es cierto —añado cuando por el rabillo del ojo observo que me estudia con atención—. No soporto ni las mentiras ni a los mentirosos. Es algo superior a mí.
—Mira, algo tenemos en común, porque ya somos dos —declara con voz suave mientras su mirada se gira de nuevo en dirección a la ventana.
Me detengo en un semáforo y aprovecho para estudiarla un poco más. A simple vista parece serena, si no la conociese, me atrevería a asegurar que está relajada, sin embargo, como la tengo calada, sé que no es así.
La forma en que juega con su pelo, la manera en que evita el contacto visual conmigo, como si le fuese la vida en ello, la sutil rigidez de su espalda… Está nerviosa y, por estúpido que suene, percibirlo me hace sentir algo menos patético y un poco más seguro al ver que no soy el único.
Aunque estoy convencido de que ella no se ha tirado la noche sin pegar ojo, dándole vueltas a lo ocurrido como he hecho yo.
Y lo peor es que, cuanto más pensaba en ello, cada vez que lo recordaba, sentía más y más calor, justo el mismo tipo de calor que estoy sintiendo ahora al pensar que la tengo a mi lado y que solo con estirar un poco el brazo podría acariciar la suave piel de su cuello o sus receptivos labios.
—¿Manhattan? ¿Estamos yendo a Manhattan? —pregunta con cierta decepción, arrancándome de mis fantasías.
—¿Qué tienes en contra de Manhattan? —cuestiono.
—Absolutamente nada, me gusta, pero no imaginé que lo que sea que vamos a hacer estuviese ahí, es una zona bastante conocida, y se trata de dar visibilidad a otros lugares menos mediáticos.
Una sonrisilla se abre paso en mi cara y, dando la callada por respuesta, tomo la desviación hacia el este. Ella tampoco dice nada más, pero me observa con desconfianza hasta que, pocos minutos después, todas sus dudas se despejan y su expresión cambia de suspicaz a horrorizada.
—No. Ni de coña —afirma negando con la cabeza.
—Claro que sí —respondo a la vez que aparco el coche y apago el motor.
—Estás peor de lo que pensaba si piensas que voy a subirme ahí —me advierte señalando hacia delante.
—Venga, te prometo que será divertido —le aseguro—. Confía en mí.
—Eso mismo me dijiste ayer y, visto lo visto, es evidente que no debería haberte hecho caso, pero tranquilo, no pienso cometer el mismo error por segunda vez .
La contemplo comenzando a inquietarme. No pensé que fuese a negarse con tanta rotundidad, es cierto que sabía que era una jugada muy arriesgada y que a primera vista no iba a entusiasmarle el plan, pero estaba seguro de que no me costaría demasiado convencerla. Ahora, sin embargo, comienzo a dudarlo.
—¿Qué tiene de malo? —pregunto, a pesar de que sé de sobra cuál va a ser su respuesta.
—No me gustan las alturas —afirma—. Y estoy bastante convencida de que eres consciente de ello. Así que dime, Liam, ¿qué pretendes con esto? ¿Burlarte de mí? ¿Torturarme?
Sus palabras impactan contra mi pecho; sé que los que hablan son sus nervios, pero verla tan a la defensiva me hace plantearme una vez más que igual mi plan tiene más fisuras de las que pensaba y he metido la pata.
—Sé que no te gustan las alturas, pero has subido mil veces en avión y nuca te he visto pasarlo mal, sufriendo o agobiada —me defiendo.
—No es que lo disfrute, pero lo tolero —admite.
—¿Entonces? —insisto.
—Para cualquiera con dos dedos de frente sería evidente que un avión no tiene nada que ver con esto. —Hace un movimiento de cabeza señalando hacia delante.
—No imaginaba que fueses tan cagada —trato de picarla.
Sus ojos se achican y sus labios se convierten en una línea fina y algo pálida.
—Sé lo que estás intentando y desde ya te adelanto que no te va a servir de nada —me informa—. No pienso subirme en ese chisme —asevera señalando el teleférico que he conseguido que durante un viaje cierren solo para nosotros.
—Es cien por cien seguro —trato de persuadirla.
Ella bufa.
—Es una puñetera caja de metal que va colgada de un cablecito y se zarandea hacia todos lados —murmura con tono airado.
—Ese cablecito, como tú lo llamas, está hecho en acero de alto carbono , preparado para soportar pesos extremos y condiciones climáticas de lo más adversas.
—Por mí como si está confeccionado en oro —rebate—. No pienso subirme ahí.
Aria recoge con nerviosismo un mechón de pelo detrás de su oreja y alza la barbilla con obstinación.
—Siempre he pensado que eres una persona a la que le gusta superarse —lo sigo intentando, a pesar de que cada vez lo veo más complicado.
—Y lo soy, siempre y cuando esa superación tenga algún sentido.
—Lo tiene —afirmo.
—Permíteme que lo dude, hay mil actividades que se pueden hacer sin tener que subir en esto —dice con aire despectivo.
—Te prometo que si te subes merecerá la pena. Además, sabes igual que yo que estadísticamente es casi imposible que pase algo.
—Tú mismo lo has dicho: casi, ese es el quid de la cuestión —replica.
—Venga, Aria… Que no se diga que ni lo has intentado.
—Por mí pueden decir lo que quieran, prefiero mantener mi pellejo intacto.
—No va a pasar nada. —A estas alturas me falta poco para ponerme a suplicar.
—Ya lo sé, porque no pienso subir… —se muestra implacable—. Además, no lo comprendo, si tu idea era ir a la isla, podríamos haber cogido un ferry o incluso el coche.
—Es cierto, pero quería compartir un momento especial contigo —admito con sinceridad.
—¿Cuál? ¿El de ver mi cuerpo estrellado contra el suelo? —me espeta.
—Ryan me dijo que es una pasada; Maddy y él subieron juntos al poco tiempo de irse a vivir juntos y les encantó, por eso me pareció una buena idea, me apetecía disfrutarlo por primera vez contigo —confieso dejando escapar un pequeño suspiro de resignación.
Su gesto se relaja de forma gradual .
—¿Tú tampoco has subido nunca? —pregunta.
Niego con la cabeza.
—Creí que sería especial hacerlo juntos —señalo con total sinceridad.
Sus ojos se vuelven hacia el frente y durante unos segundos, ambos nos quedamos en silencio, ella estudiando el teleférico y yo estudiándola a ella.
—¿Y dices que ese cable está preparado para soportar grandes pesos? —pregunta al cabo de un par de minutos que se me hacen eternos.
Una sonrisa triunfal me atraviesa la cara de lado a lado.
—Es indestructible, te lo prometo —le aseguro.
—Te gusta mucho prometer cosas.
—Solo cuando sé que al hacerlo no miento —rebato.
—Como me pase algo, te prometo que reviviré solo para matarte a ti primero.
—Me parece justo —acepto contento.
¡No me puedo creer que la haya convencido! Por un momento pensé que todo se iba a ir a la mierda, pero, contra todo pronóstico, aquí seguimos: la partida continúa.