Una jugada arriesgada Capítulo 19
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Capítulo 19

¿Vivir o sobrevivir?

Liam

Sigo a Carlos en silencio y sin decir ni una palabra. No tengo ni idea de a dónde quiere llevarme, pero, con tal de alejarme de aquí, me sirve cualquier lugar.

Caminamos hasta la puerta trasera que da al comedor acristalado; de ahí pasamos a la cocina, atravesándola para llegar al pasillo, y lo recorremos en dirección a la escalera que conduce al piso superior.

Una vez arriba, el anciano, que en ningún momento se gira hacia mí ni dice nada, sigue andando con paso decidido hasta la última puerta que nos encontramos, y la abre, invitándome a entrar en lo que descubro que es un pequeño pero acogedor despacho.

La primera diferencia que noto con el salón principal es que aquí, hasta media altura, las paredes están cubiertas de tablones y la pintura, en lugar de ser blanca, es de un ligero color crema.

El escritorio es una pieza maciza fabricada con madera de nogal; detrás de ella descansa una butaca, la cual, a pesar de parecer cómoda, se ve algo desgastada.

Su color gris combina con los sillones orejeros de piel que se encuentran a la derecha, justo al lado de una enorme estantería de madera en la que no entra ni un solo libro más.

Se ve que a Carlos le gusta leer, porque la tiene a rebosar.

—Siéntate —me pide señalando unos de los sillones mientras camina hacia su mesa. Y, tras sacar una caja de madera de uno de los cajones, se acerca y se deja caer justo en el de enfrente.

El hombre me regala una sonrisa traviesa y abre la tapa de la caja para sacar de su interior un pequeño paquete de bombones.

—¿Quieres uno? —me ofrece.

—No, gracias —declino la oferta sin comprender cómo es posible que sea capaz de tomar algo después de la cantidad indecente de comida que nos hemos metido entre pecho y espalda—. Estoy a punto de explotar.

—Yo también —admite dedicándome una sonrisa que rebosa picardía—. Sin embargo, siempre hay sitio para un bomboncito más.

Me quedo con los ojos fijos en la caja de madera y él se recuesta en el sillón.

—Tengo que esconderlos porque María dice que lo mío con el chocolate es una adicción, y como en los últimos análisis el azúcar me salió un poco alto me lo tiene restringido a dos cuadraditos por día. ¡Dos! —exclama ofendido.

—Dos es poco —admito observándolo divertido.

—¿Poco dices? Dos no me llega ni para empezar a saborearlo —protesta—. Por suerte, para compensarlo tengo mi pequeño alijo de emergencia.

Sonrío con complicidad.

—Tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo —afirmo.

—Lo sé —anuncia—. Se nota que eres un buen chico.

Mis ojos se desvían hacia la enorme ventana, delante de la que no hay cortina ni estor ni nada que impida contemplar los tonos lilas y anaranjados que tiñen el cielo según el sol poco a poco se va escondiendo.

—Me gusta la luz y también ver lo que ocurre ahí fuera… —explica adivinando mis pensamientos—. No necesito que un trozo de tela me tape lo que pasa en el mundo exterior .

Sonrío y toda mi atención recae de nuevo sobre él.

—Imagino que estarás un poco… —lo piensa unos segundos, ladeando ligeramente la cabeza, como si estuviese buscando la palabra indicada— abrumado —dice al fin—. No te preocupes, es normal, mi familia puede resultar un poco intensa, pero te acabas acostumbrando.

—Para nada —respondo con sinceridad—. Me gusta vuestra familia.

—¿Alguno de sus miembros en particular? —pregunta con un brillo de emoción bailando en esos ojos que tanto me recuerdan a los de Aria.

La pregunta me deja un poco descolocado.

Teniendo en cuenta que acaban de pillarme enrollándome con su nieta detrás de un árbol, no le encuentro ningún sentido a negarlo, pero una cosa es que yo sea consciente de que siento cierta atracción por Aria; bueno, vale, una cosa es que yo sepa que me gusta Aria y otra muy diferente, admitirlo en voz alta y delante de su abuelo, así, sin anestesia ni preliminares, a bocajarro.

—Si lo dices por lo del beso… —atino a decir al fin—, es complicado.

—Las cosas más bonitas que te encuentras en el camino suelen serlo —me asegura.

—Lo nuestro es diferente.

—«Diferente» no suele significar «malo», sino «bueno» —rebate.

—La verdad es que el noventa por ciento del tiempo no nos llevamos excesivamente bien… Chocamos demasiado —confieso revolviéndome el pelo, que todavía sigue repleto de polvos de colores.

Una carcajada profunda que nace en su pecho y emana de su garganta inunda la habitación.

—Aria es igual a mi esposa —confiesa con la mirada rebosante de orgullo.

—¿A María? —pregunto con curiosidad.

Él asiente.

—Me moriría por cualquiera de mis nietos, pero, de todos ellos, Aria es la única que ha heredado el espíritu combativo de su abuela y por eso, aunque esté mal decirlo, siento debilidad por ella.

—En eso tengo que darle la razón: no hay duda de que combativa es un rato largo —resoplo con total confianza.

Me gusta conversar con Carlos, me siento tan a gusto en su compañía que hablo sin pensar y, solo tras decirlo en voz alta, me doy cuenta de que es de su nieta de quien estoy hablando y que con toda probabilidad debería medir más mis palabras porque, después de lo amables que han sido conmigo, lo último que quiero es disgustarlo o incomodarlo con un comentario desafortunado.

No obstante, lejos de molestarse, una sonrisa afable se despliega en su rostro acrecentando las arrugas que rodean las comisuras de sus finos labios.

—Como te decía, es igual a su abuela —repite en voz baja, como si estuviese desvelándome el mayor de los secretos—: cabezota, impulsiva y con un carácter de mil demonios cuando se enfada, pero tan inteligente, dulce e independiente como ella.

Lo escucho en completo silencio.

—Es un alma libre que no quiere ataduras, en parte, quizás, porque desde que tiene uso de razón vivió en primera persona todo lo que luchó su madre sin el apoyo de ningún hombre para sacarla adelante, y eso la llevó a interiorizar que ni sus éxitos o fracasos, ni mucho menos su felicidad, deben depender de nadie —añade recostándose en el sillón—.

Mi nieta es una chica valiente y dispuesta a todo por conseguir lo que quiere, a todo menos a exponer su corazón.

—Hace una pausa y sus ojos, sabios y avispados, se clavan en los míos—.

Porque, por mucho que por fuera pueda parecer segura, fría y fuerte, la realidad es que por dentro es vulnerable, sensible y delicada como una flor.

Permanezco callado, atento a sus palabras.

—Una flor bonita y única en el mundo que se rodea de espinas para sobrevivir y que solo será capaz de descubrir quien se atreva a adentrarse más allá de la fachada.

Su voz tiembla por la emoción y se me encoge el corazón. Se nota que, tal y como dice, tiene debilidad por ella .

—Si te digo todo esto es porque me he dado cuenta de cómo la miras —añade.

Intento intervenir, pero levanta la mano pidiéndome que lo deje continuar.

—Me he fijado en la forma en que tus ojos se posan sobre ella cuando crees que nadie te observa, y en todo lo que desprende tu mirada cuando se encuentra con la de ella.

Podría negarlo, pero no lo hago, ¿para qué? Está claro que Carlos me tiene calado, sin embargo, eso no quiere decir nada, eso no quita que, aunque estemos en medio de una tregua, por norma general, nos pasemos la mayor parte del tiempo discutiendo, sacándonos de quicio y peleando.

—Aun así, es complicado —murmuro.

Él asiente.

—Estoy seguro de que tienes razón —admite—.

No me cabe ninguna duda de que las personas, momentos y situaciones más especiales, inesperadas y maravillosas con las que te cruzas a lo largo de la vida lo son, sin embargo, si algo ha aprendido este viejo en el transcurso de los años es que siempre, absolutamente siempre, merece la pena luchar por ellas.

Porque hacerlo o no puede marcar la diferencia entre vivir o limitarse a sobrevivir.

Su sonrisa ilumina la habitación provocando que los pliegues de sus facciones se marquen incluso más, mientras, guiñándome un ojo, saca un nuevo bombón de la caja, se lo lleva a los labios y cierra los ojos deleitándose con su sabor.

Lo observo con sus palabras revoloteando en mi cabeza.

Vivir o sobrevivir, siempre he tenido claro que soy de los que eligen lo primero; de lo que no estoy seguro es de tener el suficiente valor para lo que ello conlleva en esta ocasión, y lo que es más importante, no tengo demasiada fe en que Aria vaya a estar de acuerdo.