Una jugada arriesgada Capítulo 18
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Capítulo 18

Un buen negociador

Aria

¿Qué acabo de hacer? ¡He besado a Liam! ¡Bueno, más bien Liam me ha besado a mí!

¡O nos hemos besados los dos! ¡Yo qué sé!

Lo único innegable es que, a pesar de que todo mi cuerpo permanece alerta y mis pulsaciones se aceleran al pensar en lo que acaba de suceder, ese beso ha sido una cagada, y no una cagadita cualquiera, no, ¡ha sido la mayor de las cagadas!

Y no porque no me apeteciese, sino más bien por todo lo contrario: me apetecía demasiado, me hizo sentir demasiado…

Me aparto del árbol antes de que alguien más nos vea, o quizás para evitar ser yo quien se abalance sobre él porque si lo pienso, si me permito pararme a pensarlo con sinceridad, ese beso fue…

Aparto a empujones el recuerdo de mi cabeza y cruzo los brazos sobre mi pecho.

—Deberíamos volver con los demás —comento evitando a toda costa fijarme en la forma en que su camisa, manchada de pintura, enfatiza su fibroso y trabajado cuerpo o en la sonrisa ladeada que me dedica al colocarse a mi lado .

—Por supuesto —responde sin inmutarse—, Pero lo que ha pasado…

—No ha pasado nada —replico con celeridad.

—Tu concepto de «nada» es bastante particular.

—No ha pasado nada que tengamos que comentar —matizo.

—Si tú lo dices…

—Lo digo —reitero—. Por supuesto que lo digo.

Acelero el paso y, en cuanto llegamos junto a los demás, me aparto de forma sutil de Liam y me uno a las chicas, que continúan bailando sin parar.

La atmósfera es tan agradable y estoy disfrutando tanto que, a pesar de que de vez en cuando todavía noto sus ojos clavados en mi espalda, poco a poco la pesadez que siento en la boca del estómago se va diluyendo y me permito tranquilizarme y volver a respirar.

Casi dos horas más tarde, con los pies destrozados y las mejillas doloridas de tanto reír, todos estamos listos para volver a casa.

—Me ha encantado teneros aquí —dice la abuela a modo de despedida abrazando a Ryan con aprecio—. Logan, has tenido buen ojo fichando a estos chicos, son encantadores.

—Abuela, aunque eso no voy a discutirlo, comprenderás que no fue ese el motivo por el que decidí incorporarlos al equipo.

—Ya lo imagino, pero gracias a eso esta familia ha ganado un nuevo y maravilloso grupo de amigos.

—¿Tú también eres amiga de todos ellos, abuela? —pregunta mi primo Marcelo frunciendo el ceño.

—Por supuesto que lo soy —responde ella con orgullo—. Una gran amiga.

—¿Y por qué nunca les has dado un beso? —cuestiona el niño al mismo tiempo que siento que mi cuerpo se tensa—. Si son tus amigos, deberías darles un beso.

Ella lo observa con sorpresa durante unos segundos, sin embargo, enseguida sonríe y, asintiendo, se acerca a Brad y deposita un sonoro par de besos en sus mejillas.

—Esos besos no valen —protesta el pequeño .

—¿Y por qué se supone que no valen? —se interesa mi abuelo mientras yo, que lo estoy viendo venir, comienzo a impacientarme.

—Porque ese no es el tipo de besos que se dan los amigos cuando son mayores —le explica Marcelo como si fuese evidente mientras, a su lado, Thiago me observa de reojo con gesto guasón.

—Ah, ¿no? —insiste mi abuelo.

—No —le asegura él—. Los amigos mayores se dan besos en los labios, abriendo mucho la boca.

Para mayor bochorno, el niño decide hacer una demostración y comienza a besar y babear su mano de forma exagerada.

—¿De dónde has sacado esa información? —le pregunta mi madre elevando las cejas asombrada.

—Aria me lo contó —responde él señalándome con el dedo.

A estas alturas el color de mis mejillas ha pasado del tono fresa al del pimiento morrón, sobre todo, al sentir las miradas de todos los presentes sobre mí.

—¿Cuándo te dijo eso tu prima? —le pregunta mi madre lanzándome una mirada reprobatoria.

—Cuando los vi a ella y a Liam haciéndolo detrás del árbol grande del jardín —confiesa él.

Mi abuela abre mucho la boca, formando una o perfecta, y los ojos de mi abuelo brillan divertidos.

—Yo no he dicho nada, así que todavía me debes lo que acordamos —interviene Thiago.

—De eso nada —le digo cruzando los brazos sobre mi pecho.

—Un trato es un trato —me recuerda frunciendo el ceño.

—Pues por eso mismo —me reafirmo—. El trato era que te asegurases de que ninguno de los dos abría el pico.

—He cumplido la mitad del trato, así que tienes que darme al menos la mitad de lo prometido —negocia el muy sinvergüenza que, por lo visto, debe de pensar que soy medio tonta.

—¡Aria María! —exclama mi abuela pronunciando mi nombre completo—. ¿Le has hecho chantaje a tu primo?

—A grandes males, grandes remedios —admito, porque ya no tiene sentido seguir negándolo.

—¿En qué momento se te ha ocurrido sobornarlo? ¡Es un niño! —exclama mi madre.

Mi primo despliega una enorme sonrisa angelical y yo lo atravieso con la mirada.

—No te equivoques, él fue quien me chantajeó a mí —especifico.

—¡Madre mía! —resopla mi abuela volviéndose en dirección a Thiago—. No entiendo qué le pasa a la gente de hoy en día.

—Somos de la generación Z, abuela, sabemos buscarnos la vida —responde él con bastante gracia y desparpajo.

—¿Generación Z? —repite ella alzando las cejas mientras niega con la cabeza—. Desde luego, tengo que reconocer que os pega la letra; visto lo visto, no me extraña que con vosotros se acabe el abecedario.

Estamos perdiendo de vista lo más importante —interviene Logan cachondeándose—. Que es el detalle de que tú —añade señalándome con el dedo— te hayas dejado chantajear por un niño de nueve años.

—Casi diez, y soy muy bueno negociando —le responde el aludido algo ofendido.

Voy a decirle que cierre el pico justo en el momento en que Ryan se inclina para susurrarle algo, y mi primo le contesta en el mismo tono.

El primero silba y asiente con admiración antes de decir alto y claro el muy traidor:

—Diez sobres de cromos y cuatro cookies es un buen botín. Lo admito, eres un buen negociador.

El niño sonríe orgulloso de su hazaña y ambos chocan el puño de forma nada disimulada.

Le dedico una mueca al renegado de mi amigo y a puntito estoy de cantarle las cuarenta cuando mi abuela alza la voz atrapando toda mi atención.

—¡Eres adulta! ¡Si quieres besar a Liam, hazlo! —exclama—. Pero no te dejes sobornar por un niño para ocultar tus actos.

—¡No quiero besar a Liam! ¡No tenía ninguna intención! —grito, advirtiendo por el rabillo del ojo que el otro implicado en la ecuaci ón está bastante abochornado y, por lo visto, prefiere mantenerse callado.

Podría decir que lo siento por él… Pero mentiría. ¡Que sufra! ¡No solo voy a pasarlo mal yo!

—Ah, ¿no? —inquiere mi abuela con malicia—. ¿Y entonces qué se supone que estabas haciendo detrás del árbol?

—Eso fue por el alcohol —me justifico a toda prisa.

—¿Qué alcohol? ¡Si desde que llegaste, solo has bebido zumo de naranja! —exclama Logan encantado de echar más leña al fuego.

—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Es que ahora resulta que te dedicas a controlarme?

—No lo necesito, solo hay que tener ojos en la cara —me espeta—. Y tú, querida prima, no has probado ni una gota de alcohol desde que pusiste un pie en esta casa.

—Pues yo me alegro de que os hayáis decidido de una vez —anuncia Maddy—. Mira que os estaba costando, ya parecíais los amantes de Teruel: tonta ella, tonto él.

Aprieto los labios y le dedico a mi amiga una mirada fulminante ante la que ella se encoge de hombros y añade:

—¿Qué? Es cierto, tanta miradita y tanta tensión sexual empezaba a resultar insoportable. Al menos ahora que estáis juntos…

—¡Y dale! ¡Que no estamos juntos! —protesto mientras veo como mi abuelo se acerca de forma disimulada a Liam y le hace un gesto para que lo siga hacia el interior de la casa.

Él me dedica una mirada resignada y, mientras sigo intentando justificar lo injustificable y quitarle importancia a ese beso que nunca debió pasar, observo como ambos se escabullen juntos por el jardín con una cautela y un sigilo dignos del mismísimo Jackie Chan.