Una jugada arriesgada Capítulo 17
45%

Capítulo 17

Muchos polvos de colores y un melocotonero

Liam

En cuanto María toma asiento, la comida se convierte en una maravillosa anarquía en la que todos, niños y adultos hablan, comentan y ríen a la vez, mezclando anécdotas y conversaciones de lo más dispares y creando un ambiente íntimo, relajado y de lo más agradable.

—Eso son arepas —me indica Ryan señalando una de las fuentes—; lo de allí, tamales, y aquella tartera contiene picada.

No te la puedes perder. Es uno de los platos más deliciosos que he probado en mi vida —me asegura mi amigo quien, por lo visto, es un experto en la materia, mientras se sirve una generosa ración de arepas en el plato.

—Y no te olvides de la empanada —interviene Brad—. Está de muerte.

—Abuela, ¿podemos empezar por el postre? —pregunta uno de los primos de Aria. Un niño de unos nueve años, un pelinegro de ojazos oscuros y sonrisa pícara que mira a su abuela con cara de angelito mientras espera una respuesta .

—Por supuesto, aquí cada uno come lo que le apetece —le responde ella guiñándole un ojo.

—¡Mamá, no deberías consentirlo de forma tan descarada! —protesta Guadalupe, la tía de Aria, resoplando.

—Cuando estamos de fiesta, estamos de fiesta —replica ella con voz cantarina.

—Con nosotros no hacías la vista gorda de esa manera —protesta Aria poniendo los ojos en blanco.

—Con los años la abuela se está ablandando —la apoya Logan, echándose a reír.

—No tanto como para no poder daros una colleja o lanzaros un zapatillazo —les advierte la anciana levantando las cejas.

—Mi abuela podría haberse presentado al Guinness de lanzamiento de zapatilla, y estoy seguro de que habría batido todos los récords —nos explica Logan—. Es una experta de mucho cuidado.

—Es cierto, tiene una técnica depurada y perfeccionada a base de práctica —lo apoya Aria.

—Porque vosotros erais unos trastos —se defiende su abuela disimulando una sonrisa mientras su marido, desde el otro lado de la mesa, se echa a reír a carcajadas.

—¿Te acuerdas de su lanzamiento con efecto? ¡Siempre acertaba! —manifiesta Aria señalando a su primo.

—Como para no acordarme, de esos me llevé más de uno —protesta él—. Maddy, podríamos ficharla para el equipo.

—Pues no me parece mala idea —responde la entrenadora—. Estoy segura de que tendría a esta panda rectitos como varas —asegura dirigiéndose a la mujer mientras nos señala con un movimiento de cabeza.

—Perro ladrador, poco mordedor —declara mi abuelo—. Pocos zapatillazos os llevasteis para lo mal que os portabais.

—¡No me digas que Logan, don serio y responsable de pequeño, era un trasto! —exclama Savannah divertida.

—No te haces una idea —le responde Carlos—. Estos dos —añade señalándolos tanto a él como a Aria— eran unos bichos de cuidado, andaban siempre juntos, confabulando para liarla en cuanto nos descuidábamos .

—Sois unos exagerados… —murmura la aludida cruzando los brazos sobre su pecho.

—Ah, ¿sí? —Su abuelo fija sus expresivos ojos en ella—. ¿Te acuerdas de cuando escondisteis un perro que encontrasteis en la calle en tu habitación durante tres días sin decir nada?

—Estaba hambriento y tenía frío —afirma ella—. Así que lo que tú llamas trastada yo lo llamo humanidad.

—Había tantas pulgas en el colchón de tu cama que hubo que tirarlo y, cuando tu abuela fue a ordenar la ropa de tu armario y el perro salió de repente, casi le da algo.

—El colchón ya estaba viejo y, en nuestra defensa, solo teníamos seis y siete años —le recuerda Logan.

—¿Y la vez que cortaron las flores del rosal de la vecina de al lado? —comenta María poniendo los ojos en blanco.

—No teníamos dinero y se nos ocurrió hacer un ramo para tener un detalle el Día de la Madre —se justifica Aria.

—¿Y aquella Navidad cuando tenían ocho años y se escaparon porque estaban empeñados en ir a patinar a la pista de hielo de Manhattan? ¡Menudo susto nos llevamos!

—No fue para tanto —protesta Logan.

—Tardasteis cinco horas en dar señales de vida, ya no sabíamos por dónde buscar y estábamos a punto de llamar a la policía —le recuerda su abuela.

—Estuvimos castigados sin postre y sin ver la televisión dos semanas —nos informa la implicada.

—Poco me parece para la que liasteis… —replica su madre.

—¿El primo Logan y la prima Aria eran unos gamberros? —pregunta uno de los más pequeños de la familia con los ojos muy abiertos y expresión emocionada.

—Desde el pelo más corto de sus cabezas hasta la uña del dedo meñique de sus pies —le aclara Carlos guiñándole un ojo.

El chiquillo les dedica a ambos una mirada de admiración.

—Y la vez que… —retoma la palabra la matriarca de la familia.

—Bueno, creo que ya se hacen una idea —la interrumpe Logan, resoplando .

Me resulta gracioso imaginarme al mandamás del equipo en tales tesituras.

A pesar de las protestas populares del resto de la mesa, la mujer accede a guardar la hazaña de esos dos terroristas que, por lo visto, tenía por nietos en el cajón de los recuerdos y, para mi fastidio, nos quedamos sin descubrirla, aunque eso no impide que la jornada siga discurriendo entre anécdotas, risas y mucha mucha comida.

Al final, termino comiendo por gula; estoy lleno, a punto de reventar, pero todo está tan sabroso que soy incapaz de parar.

Por suerte, cuando creo que si tomo un solo bocado más voy a explotar, la música empieza a sonar por los altavoces y todo se convierte en una locura en la que la comida pasa a un segundo plano.

Los niños se levantan y bajan corriendo las escaleras que los separan del césped y los adultos no tardamos en seguirlos.

El jardín trasero es amplio, con varios manzanos y un enorme melocotonero al fondo de la finca.

A lo largo del césped hay colocadas varias mesas con polvos de colores.

—Coge un puñado y ponte en el círculo —me indica Aria con los ojos brillantes de anticipación.

Pocos segundos después hemos formado un gran círculo donde todos se mueven al compás de la música y a cuyo centro no tardan en salir a bailar con una agilidad sorprendente para su edad María y Carlos.

Alucinado, contemplo como pocos segundos después todos los presentes lanzan sobre ellos una lluvia de polvos de colores.

—No entiendo nada —murmuro—. Pensaba que esto era típico de la India, no de Colombia.

—Y lo es —corrobora Aria sin dejar de bailar—.

El hermano mayor de mi abuelo se enamoró de Priya, una chica hindú, hija de un reputado arquitecto de la ciudad de Vrindavan que había viajado con su padre a Bogotá durante un viaje de negocios.

Fue un flechazo mutuo y mi tío no dudó en mudarse allí para poder casarse con ella .

»De todas las tradiciones que descubrió en su nuevo hogar, esta resultó ser una de sus preferidas y, por ello, cuando años después ambos regresaron a Colombia, la fiesta se instauró en la familia y empezaron a celebrarla cada año.

»Unos años después, mi tío, que era policía, murió a causa de un disparo. Priya decidió volver a su país y mis abuelos se mudaron aquí.

—Y decidieron mantener viva la tradición en honor a tu tío —adivino.

Ella sonríe abiertamente.

—Exacto, además —añade—, ¡no me dirás que no es divertido! —Una carcajada escapa de sus labios y, tras coger un puñado de polvos de colores con cada mano, los lanza hacia el interior del círculo, donde los niños más pequeños de la familia se han unidos a sus abuelos saltando y bailando extasiados.

Poco a poco el círculo se va deshaciendo a la vez que todos canturreamos e intentamos movernos como podemos, con más o menos acierto, al ritmo de la música, a la vez que nos lanzamos nubes de color los unos a los otros.

Savannah se agarra a mi brazo sin dejar de reír mientras Maddy se engancha al cuello de Ryan quien comienza a darle vueltas en el aire, haciéndola girar una y otra vez mientras le arranca un sinfín de sonoras carcajadas.

La alegría es contagiosa y mi pecho rebosa felicidad mientras entrelazo mis dedos con los de Savannah y, con unos movimientos bastante arrítmicos, ambos saltamos sobre un pie y el otro hasta que unos golpecitos en mi hombro me hacen detenerme y mirar atrás.

Al hacerlo me encuentro con Aria quien me contempla con una mirada traviesa y contiene la risa antes de estamparme un puñado de polvos de colores sobre la cabeza.

Por lo visto, mi pinta debe de ser de lo más divertida y le provoca un sincero y profundo ataque de risa.

—Ahora verás —le advierto arqueando las cejas a la vez que me apresuro a coger un enorme puñado de polvo de una de las cestas mientras ella lanza un grito y echa a correr sin dejar de reír .

El sonido de su risa me enciende y acelero, dispuesto a alcanzarla sea como sea.

Al llegar a la altura del melocotonero, se agarra al enorme tronco e intenta interponerlo entre los dos.

Un quiebro a la derecha, otro a la izquierda, un amago al lado contrario…

Alargo la mano intentando agarrarla del brazo, pero es rápida y consigue zafarse, al menos hasta que, adivinando su siguiente movimiento, me adelanto y, apoyando las manos sobre el tronco, consigo atrapar su cuerpo entre el mío y el árbol.

—Te tengo —jadeo por el esfuerzo.

—Me tienes —murmura ella con la respiración acelerada.

El hecho de seguir en el jardín, al abrigo del árbol y escondidos de las miradas ajenas, hace que la atmósfera entre los dos adquiera una tonalidad íntima y privada.

Varios mechones nuevos han escapado de su maltrecho moño; tanto su piel como su ropa aparecen salpicadas de rojo, amarillo, azul y rosa, y su blanca sonrisa destaca y adquiere un protagonismo especial dentro de la obra abstracta de vivos colores en la que se ha convertido su cara.

Mis ojos recorren sus labios y, cuando se enredan con los suyos, me olvido de dónde estoy y el resto del mundo queda eclipsado por la sensación que me produce su mirada clavándose en mi alma.

La atracción que siento por ella, la necesidad de tocarla, de sentir el contacto de su piel se vuelve incontrolable y, olvidándome de todo lo que no sea el anhelo que siento, me inclino sobre ella, despacio, tan despacio que incluso puedo apreciar la pesadez con la que espira sobre mi cuello, y deslizo mi boca sobre la suya, arrancándole a sus labios un suave y casi casto beso.

Un beso que me descoloca por completo y me hace arder por dentro.

Un beso que no estaba planeado, ni era esperado, y que ni siquiera yo mismo era consciente de cuánto deseaba y deseo.

—Uuuuuuuuh. —En el instante en que escucho la voz infantil canturreando a mi lado, aparto mis labios de los suyos y, aunque durante unos segundos ambos permanecemos acelerados y con la mirada clava da el uno en la del otro, abducidos por las sensaciones y paralizados por lo que acaba de suceder, enseguida nos volvemos hacia la derecha para encontrarnos con dos de los primos pequeños de Aria.

Los niños, que si no recuerdo mal tienen cinco y nueve años respectivamente, nos observan con una sonrisa traviesa dibujada en su cara al mismo tiempo que el más alto de ellos repite mientras pone morritos burlándose de nosotros:

—Uuuuuuuh. —El chaval se abraza a sí mismo y mueve las caderas de un lado a otro de forma exagerada, burlándose de nosotros.

—Thiago… —dice Aria en tono de advertencia.

El otro niño nos contempla con los ojos muy, pero que muy abiertos.

—¿Sois novios? —pregunta el pequeño.

—No, Marcelo, somos amigos —le responde ella sin apartar la mirada del mayor quien, con la malicia propia de la edad, no parece demasiado dispuesto a dejar pasar la oportunidad de divertirse un poco más.

—¿Y por qué os dais besos? —insiste el pequeño, a quien la respuesta de su prima no parece convencerlo.

—Pues precisamente por eso, porque somos amigos —se reafirma Aria—. ¿Tú no le das besos a tus amigos?

El gesto del niño se trasforma en una mueca de asco y la miro de reojo.

—En la boca no, qué asco —responde.

—Eso es porque eres pequeño, los mayores sí lo hacen —trata de convencerlo su prima mientras Thiago cruza los brazos sobre su pecho con aire gamberro.

—Verás lo contenta que se va a poner la abuela… —comenta el niño como si tal cosa.

—Ni se te ocurra decirle nada —lo amenaza ella.

—¿Por qué no? —cuestiona Marcelo, que no parece nada conforme—. ¿No quieres que sepan que sois amigos?

—Sí, es solo que… —Ella lo piensa durante unos segundos y le guiña un ojo al niño—. Este podría ser nuestro secreto .

—La abuela dice que en esta familia no hay secretos. —El niño se muestra testarudo.

—Exacto, y estaría feo desobedecer a la abuela —anuncia Thiago como si tal cosa.

—Si cierras el pico, te compro cinco sobres de esos cromos de la NFL que estás coleccionando —trata de sobornarlo.

El niño la mira con fijeza.

—Diez sobres de cromos y seis galletas gigantes con pepitas de chocolate por asegurarme de que a ninguno de los dos se nos escape nada —hace su contraoferta.

—¡Ni de coña! —bufa Aria—. Diez sobres de cromos y dos cookies .

Thiago alza el mentón con seguridad.

—Diez sobres y cuatro cookies , y es mi última oferta —lanza el órdago el chaval que, por lo visto, es un negociador de primera.

Aria lo contempla con una mezcla de resignación y fastidio.

—Está bien, pero tienes que asegurarte de que ninguno de los dos —añade señalándolos a ambos— cuenta nada de lo que ha visto.

—Trato hecho —accede el niño, tendiéndole una mano que Aria estrecha con fuerza.

—Acabas de dejarte chantajear por un niño de nueve años —declaro mientras veo como los dos se alejan.

—Qué remedio —protesta ella poniendo los ojos en blanco—.

Desde que Savannah y Brad hicieron oficial lo suyo mi abuela está dándome el coñazo para que siga el ejemplo de mis amigas y me busque un buen chico.

Si Thiago le dice algo, igual salimos de aquí con la fecha para la boda y el banquete contratado.

Me echo a reír por su disparatada ocurrencia.

—No será para tanto —niego con la cabeza.

—¡Ja! Eso lo dices porque no la conoces —replica—. Te garantizo que ahí donde la ves, es una lianta de mucho cuidado.

Ella se muerde el labio inferior y mis ojos descienden hasta ese punto exacto.

Los dos seguimos al abrigo del árbol, cerca…

, quizás demasiado, por que las sensaciones que la conversación con los niños habían conseguido mitigar reviven con más fuerza, y lo único que se me pasa por la cabeza es que no sé lo que ese beso que acabamos de compartir habrá significado para ella, pero, en lo que a mí respecta, lo único que sé con certeza es que ahora que he probado sus labios solo puedo pensar en volver a saborearlos.