Capítulo 16
Mi legado
Aria
En cuanto lo veo entrar en la cocina con esos vaqueros blancos y una camisa del mismo color que se adapta a su cuerpo convirtiéndolo en una irresistible tentación, me quedo paralizada, enganchada al mango de madera que tengo entre las manos haciendo las funciones de micrófono y en shock.
Sus ojos contemplan la disparatada escena con curiosidad, diversión y diría que algo de anhelo, hasta que terminan aterrizando sobre mí en forma de mirada intensa, peligrosa y adictiva que me atraviesa y me sacude de un modo indescriptible que soy incapaz de gestionar.
No pasan más de unos segundos antes de que mi abuelo se percate de su presencia y, tanto él como el resto de los presentes se acerquen a saludarlo, no obstante, yo sigo inmóvil, anclada al suelo, con toda mi atención puesta sobre él mientras intento darle sentido al cúmulo de emociones extrañas y contradictorias que me asolan por dentro.
Liam está aquí, a mi lado, en la cocina en la que tantas veces me he sentado a merendar, en mi refugio, al lado de los taburetes donde en inn umerables ocasiones he reído y llorado, con mi madre, mis abuelos, compartiendo espacio y diversión con mi familia, rodeado de mis amigas y, por alguna razón que no soy capaz de comprender, siento que así es como debe ser y que lo raro es que no haya sucedido hasta ahora.
Y entonces me siento culpable, por haberlo mantenido lejos y por no haberlo invitado antes.
Demasiadas sensaciones tan abrumadoras que, por un instante, estoy tentada de escabullirme a la despensa en busca de un momento a solas para procesar esto que me altera, me escuece y a la vez me renueva.
Sin embargo, la voz de mi abuelo me devuelve a la realidad, arrancándome de mis pensamientos.
—Estoy seguro de que a Aria le vendría bien que le echaras una mano para poner la mesa. —Escucho la parte final de su frase y mi estómago se encoge como si acabasen de estrujarlo.
Cada músculo de mi cuerpo se tensa cuando sus ojos caen de nuevo sobre los míos.
—Vamos —digo en un tono bastante hostil y con la espalda envarada, dirigiéndome hacia la puerta posterior de la cocina, que conduce al anexo acristalado que hace la función de comedor en las reuniones familiares.
Voy directa al mueble en el que almacenamos la vajilla y demás utensilios y cojo el mantel de hilo cosido a mano que ha pasado por varias generaciones de la familia y que mi abuela siempre usa en las grandes celebraciones.
Liam sostiene los platos observándome de reojo. Su ceño fruncido es señal de que algo le ronda la cabeza.
—Escucha, Aria —dice de repente en voz baja—, lo siento si te ha molestado que haya venido, puedo…
—¿Por qué piensas eso? —lo interrumpo.
—Estás muy seria —afirma encogiéndose de hombros.
Detengo el movimiento de mis manos, que se afanan en alisar el mantel, y aprieto la mandíbula.
Poco se imagina él que lo que me mantiene seria no es que haya venido, sino todo lo contrario; lo que me desconcierta y me descoloca es lo mucho que me gusta que lo haya hecho, que esté aquí, a mi lado, compartiendo este momento conmigo y con todos los demás.
—No me molesta que estés aquí —admito tras tomarme unos segundos para medir mis palabras—. De hecho, creo que debería haberte invitado antes, igual que al resto de los chicos. Te pido disculpas por no haberlo hecho.
Su gesto se suaviza y su mirada se vuelve cálida y cercana.
—No es necesario que te disculpes, no tenías ninguna obligación —me dice con una voz tranquila y pausada que me acaricia con suavidad, erizándome la piel.
Trato de mantener a raya todos estos incómodos sentimientos nuevos e inesperados que su proximidad provoca en mí, y murmuro, intentando distraerme a la vez que comienzo a alisar de nuevo el mantel como si me fuese la vida en ello.
—Lo sé, pero debería haber sido más considerada; al fin y al cabo, aunque tengamos nuestros más y nuestros menos, eres parte del grupo, no debería haberte excluido, somos amigos.
—No te preocupes, en serio, lo comprendo —manifiesta en tono seco, pasándome los platos que sostiene entre las manos.
Su semblante cambia, casi diría que se torna hosco y se ensombrece y, como estoy convencida de que es porque sigue pensando que no lo quiero aquí, insisto.
—Me alegra que hayas venido —digo con voz queda, elevando la mirada para zambullirme en el profundo océano de sus ojos.
—Y a mí estar aquí —confiesa—. Tu familia es…
—Una locura —termino la frase por él mientras sonrío satisfecha.
—Una bendita locura —me corrige con un destello de alegría iluminando su mirada—. Eres afortunada de tenerlos.
—Lo sé —admito—. Son especiales en lo bueno y en lo malo.
—Tú también lo eres.
Sus palabras me toman por sorpresa y un agradable calor se eleva por mi cuerpo hasta teñir mis mejillas de un suave rubor.
No lo comprendo; no soy una persona tímida, ni introvertida y, por supue sto, no es la primera vez que un chico me dice algo así, sin embargo, esta vez es distinto, esta vez se siente emotivo y real.
La atmósfera se carga entre los dos, estamos a pocos centímetros de distancia y, aunque ni él ni yo añadimos nada, mantenemos las miradas conectadas y ninguno de los dos parece dispuesto a apartarla.
Al menos hasta que la cantarina voz de Maddy hace acto de presencia, sobresaltándome y haciendo que me aparte de un respingo y me encamine de nuevo a toda prisa hacia el aparador.
—¿Aún estáis así? La comida está lista —dice mi amiga.
—Solo falta poner los vasos —le explica él.
—Y los cubiertos —añado.
—Y los cuchillos —concreta Liam, pasándose una mano por el pelo con gesto nervioso.
—Vamos, que falta todo —se mofa ella.
—Es que el mantel tenía arrugas —me justifico.
—Muchas arrugas —matiza Liam agarrando a toda prisa los vasos mientras yo coloco a toda velocidad la cubertería.
—Ya… —murmura Maddy, observándonos con suspicacia mientras nosotros, visiblemente apurados e incómodos, hacemos hasta lo imposible por mantenernos a distancia y no cruzar ni una sola mirada.
—Brad, Ryan y Kevin acaban de llegar aquí, ya podemos… —anuncia Savannah entrando de la mano de su flamante prometido y dejando la frase a medias al ver nuestras caras de circunstancias—. ¿Qué pasa? —se interesa al contemplar la escena.
—Están raros —anuncia Maddy.
—En Liam eso es lo habitual, lo sorprendente sería que estuviese normal —se burla Brad.
Le lanzo una mirada con la que le dejo claro que cuando lo pille a solas se va a cagar.
—No, en serio —insiste Maddy—: están muy raros.
—¿Quién está raro? —se interesa Ryan, que acaba de entrar y la toma por la cintura.
—Este par —le dice su novia, señalándonos con un movimiento de cabeza .
—¿Es que alguna vez fueron normales? —bromea él.
—Ni un poquito —responde ella.
—¿Os habéis fijado en que Aria tiene las mejillas encendidas? —pregunta Savannah en voz baja.
—Es cierto, las tiene rojas como dos señales de stop —afirma su novio—. Y mirad a Liam, está nervioso, y eso es raro de cojones porque es el tío más calmado que he visto en toda mi vida.
Cruzo los brazos sobre mi pecho y les lanzo una mirada de advertencia que, por desgracia, parece afectarles de poco a nada.
—Primero, no tengo las mejillas rojas y segundo, ¿os importaría dejar de hablar de nosotros como si no estuviésemos delante? —les exijo.
Maddy abre la boca dispuesta a contestarme, pero el batallón que entra en el comedor se lo impide.
—Venga, todos a sentarse que esto se enfría —ordena mi abuela con una sonrisa de oreja a oreja a la vez que coloca una fuente repleta de tamales en medio de la mesa.
Kevin, Molly, mis tías, tíos, primos y el resto de la familia comienzan a acomodarse mientras la matriarca, con mi ayuda, coloca los diferentes platos que hemos preparado sobre el mantel.
Y, para cuando acabamos, yo también me siento, evitando en todo momento mirar a mis amigas, lo que ocurre es que la única silla que queda libre es justo en medio de ellas y enfrente de Liam.
El abuelo ocupa una de las cabeceras de la mesa y la abuela, que se sitúa en la otra, da un golpecito con el tenedor en su vaso para reclamar nuestra atención.
—Como todos sabéis, hace muchos años que mi esposo y yo abandonamos nuestro querido país, Colombia, con nuestros hijos y nos establecimos aquí, en Nueva York y, a pesar de que este se ha convertido en nuestro hogar, las tradiciones que mantenemos vivas nos recuerdan de dónde venimos y todo el camino que hemos recorrido —comienza a decir, deslizando su mirada por cada uno de los presentes—.
Un extenso camino a lo largo del cual nunca nos hemos rendido y en el que, aunque no siempre ha sido fácil, estoy orgullosa de poder afirmar que nuestra familia ha ido creciendo y que siempre nos hemos mantenido unidos.
—Hace una pausa y continúa hablando—. Gracias a todos por estar aquí, me hace muy feliz teneros en esta mesa, os deseo que el color de esta fiesta llene vuestros días y alegre vuestros corazones de la misma forma en que vosotros, con vuestra presencia y vuestro cariño, alegráis el nuestro.
La escucho y no puedo evitar emocionarme, porque no puedo estar más de acuerdo con sus palabras. No siempre lo hemos tenido fácil, pero siempre nos hemos mantenido unidos… Y ese es el legado más importante que he heredado de los míos.