Una jugada arriesgada Capítulo 15
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Capítulo 15

Una locura de familia

Liam

En cuanto pongo un pie en la casa familiar de los Rodríguez Gómez, me doy cuenta de que por mucho que Aria o Logan tengan mansiones de lujo y vivan en un barrio exclusivo, esta modesta casa de dos plantas, césped cuidado y naranjos plantados en el jardín es el verdadero corazón de la familia, su nave nodriza, el refugio de todos ellos y el lugar al que, pase lo que pase, saben que siempre podrán regresar.

Un hogar cálido, lleno de alegría, voces y risas donde se respira vida y en el que enseguida te hacen sentir que eres uno más de ellos.

Reconozco que cuando toqué el timbre estaba ridículamente inquieto; por alguna extraña razón, era importante para mí causar una buena impresión, sin embargo, en cuanto Logan apareció al otro lado de la puerta principal con un niño de unos cuatro o cinco años enganchado a su pierna izquierda, otro incluso menor acomodado en sus brazos y con la cara manchada de chocolate, toda esa sensación de nerviosismo desapareció .

—¡Liam! Ryan me dijo que ibas a venir, pero no sabía si serías tan valiente o insensato como para atreverte —me dice animado mientras trata de caminar de forma graciosa provocando las risas de los dos pequeños—.

Entra —me indica, echándose a un lado y haciendo un gesto con la cabeza para invitarme a pasar.

Lo hago mientras lo contemplo esbozando una disimulada sonrisa. Como dueño de Los Lobos de Nueva York, su apariencia suele ser mucho más formal: traje y corbata o pantalones de vestir con jersey o americana.

Incluso en las barbacoas que organiza en su casa con el equipo de vez en cuando suele mostrarse contenido y guardar las formas, a pesar de que el ambiente es más relajado.

Aquí, sin embargo, vestido con un pantalón de deporte blanco y una camiseta del mismo color que cubre con un delantal azul de nubecitas, se le ve relajado, a gusto y en su salsa.

—Traigo unas botellas de vino —anuncio elevando la caja de la bebida que he escogido con esmero.

—Las chicas están en la cocina, es al fondo del pasillo, acércate a saludarlas y dáselas para que las metan en la nevera —me indica, cerrando la puerta tras de mí.

Paso por delante del salón donde un par de adolescentes intentan reproducir un peinado de lo más elaborado y una niña de unos ocho años permanece tumbada en el suelo viendo un programa de televisión, y me encamino a la cocina.

Ni siquiera he llegado a la puerta cuando la música que suena con fuerza por los altavoces y las desacompasadas voces que hacen los coros a la canción a pleno pulmón llegan a mis oídos como advertencia de lo que me voy a encontrar y, a pesar de ello, no me espero para nada la escena que se desenvuelve en la estancia que sin duda es el núcleo de la casa familiar.

Una escena que me maravilla y me atrapa y que contemplo sin perder detalle, inmóvil y casi sin respirar, como si tuviese miedo de que mi mera presencia bastase para romper la magia.

Apoyadas en la enorme encimera lateral, Savannah y Maddy cortan verduras ataviadas con sendos delantales de color azul chillón sob re sus vestimentas blancas mientras mueven las caderas al ritmo de la alegre melodía.

Un poco más a la izquierda, dos mujeres adultas se han apropiado de la campana extractora y de una mesa de madera, convirtiéndolas en una improvisada batería que tocan con el cucharón y la espumadera, haciendo gala de un sentido del ritmo digno de admiración.

Justo en el medio de la habitación, la pareja de ancianos que recuerdo de la videollamada del otro día baila, agarrados y con gracia, y mientras, Aria, vestida con un pantalón blanco suelto y una camiseta ajustada del mismo color con un escote barco que deja sus bonitos hombros al aire, canta desinhibida, desafinando a grito pelado y completamente entregada, empuñando el palo de la escoba cual micrófono y ganándose toda mi atención.

Es preciosa. Lleva un moño deshecho en lo alto de la cabeza del que escapan varios mechones rebeldes que enmarcan una cara sin apenas maquillaje; tiene la mejilla derecha manchada de harina y sus labios forman una sonrisa brillante y tan luminosa que, cuando mis ojos se posan sobre ella, se me acelera de forma inesperada el corazón.

—Tú debes de ser Liam. —La voz del hombre que por lo visto acaba de pillarme contemplando embobado y con cara de pánfilo a su nieta me devuelve a la realidad.

—¡Liam! ¡Qué bien que ya estés aquí! —exclama Savannah soltando el cuchillo para acercarse presurosa a darme un abrazo al que correspondo con cariño.

—¡Bienvenido! —exclama Maddy guiñándome un ojo.

—Muchas gracias por invitarme, es un placer conocerlos en persona —comento a modo de saludo porque, cuando las miradas de todos los presentes recaen sobre mí, no sé qué más decir—. He traído vino —añado levantando la bolsa por segunda vez desde que llegué.

—Esas formalidades me levantan dolor de cabeza, así que más te vale que empieces a tutearnos —resopla su mujer poniendo los ojos en blanco—.

En cuanto al vino, es un bonito detalle —dice acercándose para agarrarme de los hombros y posar dos sonoros besos en mis mejillas—.

Pero no era necesario, lo importante es que estés aquí .

Hace una pausa y me estudia con curiosidad.

—El otro día no nos presentamos como Dios manda. Mi nombre es María, mi marido —añade señalando al hombre, que permanece un par de pasos por detrás de ella— se llama Carlos. Y esas de ahí son dos de mis hijas: Guadalupe y Diana, la madre de Aria.

Los contemplo a todos y no me cuesta encontrar el parecido entre las dos últimas. Mismo cabello rizado, facciones parecidas, aunque distinto color de ojos, rasgo que sin ninguna duda Aria ha heredado de su abuelo.

No tengo tiempo de añadir nada más antes de que Guadalupe y Diana se acerquen también y, al igual que su madre, depositen dos sonoros besos en mis mejillas.

Todos los miembros de la familia irradian entusiasmo y vitalidad, y ahora que los conozco ya comprendo de quién ha sacado mi compañera de campaña su inagotable energía.

—Ponte cómodo y siéntete como en casa —me pide Carlos, dándome unas palmaditas en el hombro antes de coger la bolsa con las botellas que le tiendo.

—¿Puedo ayudarles a preparar algo? —me ofrezco, olvidando por un momento que no debo tratarlos de usted.

—¿Qué te acabo de decir de las formalidades? No nos pongas encima más años de los que ya tenemos —me reclama María con tono serio, negando con la cabeza y señalándome con el dedo.

—Ehhh, lo siento —me disculpo.

—¡María, no asustes al chico! —la regaña su marido, logrando que a ella se le escape una pícara sonrisa—.

No le hagas caso, ahí donde la ves es una guasona y está bromeando —añade dirigiéndose a mí—.

En cuanto a lo de echarnos una mano, aquí ya está todo hecho, sin embargo, estoy seguro de que a Aria le vendría muy bien que la ayudases a poner la mesa.

Lanzo una mirada de reojo a la aludida quien, a pesar de estar observándome fijamente desde que se percató de mi presencia, es la única que todavía no ha dicho ni una palabra.

Maddy carraspea y le da un disimulado golpecito en la pierna que la hace sobresaltarse de forma casi imperceptible .

—Vamos —me ordena ella con voz seca, dirigiéndose a una puerta en la parte posterior de la habitación.

La sigo, preguntándome si estará molesta o disgustada porque me haya presentado, al fin y al cabo, no ha sido ella, sino sus abuelos, quienes me pidieron que viniese.

Si quisiera tenerme aquí me habría invitado antes igual que a los demás, así que quizás haya sido un error asistir; si lo he hecho, ha sido porque de verdad me apetecía estar aquí, no obstante, igual tendría que haber rechazado la invitación.

Accedemos a una anexo acristalado y cubierto que hace las funciones de comedor exterior.

No es grande en exceso, pero sí que tiene el suficiente espacio para dar cabida a una estufa de leña, una enorme mesa rectangular y el aparador, al que nos dirigimos para coger en silencio los manteles y los platos.

—Escucha, Aria, lo siento si te ha molestado que haya venido, puedo…

—¿Por qué piensas eso? —me corta, elevando sus ojos para enfocarlos en los míos.

Me encojo de hombros.

—Estás muy seria —afirmo.

Se queda callada, como si estuviese pensando la respuesta.

—No me molesta que estés aquí —dice tras unos segundos—. De hecho, creo que debería haberte invitado antes, igual que al resto de los chicos. Te pido disculpas por no haberlo hecho.

¿Una disculpa? Eso sí que no me lo esperaba, esta chica tiene la capacidad de descolocarme por completo.

—No es necesario que te disculpes, no tenías ninguna obligación —le digo restándole importancia.

—Lo sé, pero debería haber sido más considerada; al fin y al cabo, aunque tengamos nuestros más y nuestros menos, eres parte del grupo, no debería haberte excluido, somos amigos —murmura a la vez que alisa con mimo el mantel de hilo blanco que cubre la enorme mesa.

Es un detalle que se disculpe por dejarme fuera de sus planes con los chicos y, sin embargo…

En lugar de sentirme bien, un incómodo male star me recorre por dentro al escuchar la palabra «amigos», porque si algo estoy sacando en claro de todos los momentos que estamos compartiendo, es que no soy su amigo, porque yo no la veo como la vería un amigo…

Ryan y Brad son sus amigos y, definitivamente, no me imagino a ninguno de ellos teniendo cuando la ven el tipo de pensamientos que se me pasan a mí por la cabeza últimamente cuando está conmigo.

—No te preocupes, en serio, lo comprendo —digo con sinceridad, acercándole los platos.

—Me alegra que hayas venido. —Sus ojos se elevan buscando los míos y su mirada, clara e intensa, me golpea con fuerza durante un par de segundos antes de volver a centrarse en los platos y los vasos que estamos colocando.

—Y a mí estar aquí —confieso—. Tu familia es…

—Una locura.

La sonrisa que ilumina su rostro deja patente lo mucho que los quiere y lo importantes que son para ella.

—Una bendita locura —matizo—. Eres afortunada de tenerlos. Yo apenas cuento con familia.

—Lo sé. —Su sonrisa se hace más amplia—. Son especiales en lo bueno y en lo malo.

—Tú también lo eres. —Las palabras salen de mi boca sin que mi cerebro tenga tiempo de procesarlas.

La sorpresa se refleja en su rostro y sus mejillas se sonrojan, dándole un toque de lo más adorable.

No es una reacción a la que me tenga acostumbrado; Aria es una persona que rebosa seguridad y no es fácil hacerla enrojecer, sin embargo, últimamente la he visto sonrojarse en más de una ocasión, y lo cierto es que ese rubor le da un aire aún más atractivo.

Su mirada se prende en la mía, y aprieto con fuerza los vasos que sostengo entre las manos para reprimir el impulso de enredar los dedos en esos mechones rebeldes que escapan de su recogido y besar sus apetitosos labios mientras en mi cabeza se repiten una y otra vez dos palabras que hasta hace poco hubiesen carecido de todo sentido:

«Estoy jodido».