Una jugada arriesgada Capítulo 14
39%

Capítulo 14

Los archienemigos

Aria

El mal humor que me ha provocado el comentario de Liam desaparece en cuanto llegamos al merendero, que resulta ser un inmenso espacio verde con mesas, bancos de piedra y árboles de diferentes tamaños donde podemos soltar a los perros para que jueguen y corran en libertad.

Cuando la mano de Liam se acomodó sobre la mía sentí una corriente recorrerme de arriba abajo, y eso hizo que su desafortunado comentario me sentase todavía peor. Sé que no lo dijo para mofarse de mí ni con mala intención, pero igualmente me molestó.

Sin embargo, ver a los perros jugar felices y saber que, aunque sea en una pequeña parte, yo soy la responsable de esa alegría me provoca una intensa sensación de bienestar que enseguida consigue desbancar mi enfado inicial.

—¿Has conseguido buenas fotos? —La voz de Liam justo a mi espalda me sobresalta cuando estoy concentrada intentando captar una instantánea de Molly abrazando al cachorro, que no ha soltado en ningún momento .

—No hay queja —respondo en tono hosco.

—Sabes que no me estaba riendo de ti —me asegura.

—Lo sé —reconozco de forma escueta a la vez que contemplo la imagen que aparece en la pantalla de mi cámara.

—Entonces no te enfades —me pide, acercándose un paso más.

Lo siento cerca, demasiado cerca, tanto que puedo aspirar su aroma y sentir los escasos centímetros que separan su pecho de mi espalda.

Echo un vistazo rápido a los demás que, por lo visto, están demasiado enfrascados en su conversación y en los buñuelos de crema y chocolate que Brad ha cocinado como para prestarnos atención.

—No estoy enfadada.

—Te conozco, sé cuándo estás enfadada.

—Igual no me conoces tanto como crees.

—Te aseguro que sí —susurra aproximándose de tal forma que recibo con un escalofrío su aliento en forma de caricia en mi cuello; los músculos de mi espalda se tensan uno a uno y siento como el calor que desprende su cuerpo atraviesa sin pizca de esfuerzo las capas de ropa que me cubren.

—Lo dudo —titubeo con menos seguridad que antes mientras mi respiración se agita de forma casi imperceptible.

—Te conozco tanto que sé que no soportas el color negro.

—No es que no lo soporte, es que me parece deprimente —lo corrijo entre susurros.

—También sé que adoras ducharte con el agua de la ducha muy muy caliente.

¿Me lo parece a mí o de repente su voz se ha vuelto de lo más sugerente?

—Como a la mayoría de los mortales —musito en un tono apenas perceptible.

Echo un nuevo vistazo a nuestros amigos y confirmo que siguen a lo suyo, sin percatarse de que, por mucho que intento evitarlo, a pocos metros de donde se encuentran mi cuerpo comienza a arder como si yo fuese un árbol seco y Liam el rayo que incendia el bosque en mitad de la tormenta .

—Por supuesto, también soy consciente de que, aunque te gusta presumir de que no le temes a nada, en realidad te aterra la oscuridad.

No me toca, ni siquiera me roza, pero lo siento tan cerca que mi corazón se acelera como si estuviese acariciando cada centímetro de mi piel.

—O que cuando un tío que no te interesa trata de ligar contigo frotas con tu dedo índice la uña de tu pulgar.

Sus labios permanecen a pocos milímetros del lóbulo de mi oreja y, de forma inconsciente, contengo durante unos segundos la respiración.

—¿Es que acaso te dedicas a vigilarme? —balbuceo, tratando a duras penas de mantener el control de mi propio cuerpo.

Incluso teniéndolo a mi espalda, percibo de forma nítida la sonrisa ladeada que asoma a sus labios, a esos puñeteros labios que últimamente no sé cómo ni por qué se cuelan en mis pensamientos en más de una ocasión.

—Y también sé que estás enfadada —añade sin contestar mi pregunta—. Si sirve de algo, lo siento, el idiota de Ryan me cogió por sorpresa con su comentario —se excusa en un tono de voz que al menos en mi cabeza suena de lo más sensual.

—No es el único idiota que hay por aquí —dejo caer tratando de fingir que no me afecta lo más mínimo su proximidad.

De nuevo intuyo como la sonrisa que toma forma en su boca se amplía, y trago repetidas veces con fuerza al sentir el nudo que me oprime la garganta impidiéndome respirar.

—Eso no te lo voy a negar —admite—. Aun así, lo siento, enfadarte no era lo que tenía en mente para esta tarde.

«¡No preguntes, no preguntes!», me grita mi sentido común y, a pesar de ello, no tardo ni dos segundos en preguntar:

—¿Y qué es lo que tenías en mente?

Mis palabras suenan aceleradas, y me encuentro conteniendo de nuevo la respiración y con cada partícula de mi cuerpo en tensión.

—Pues …

El sonido de mi teléfono vibrando y sonando en el bolsillo trasero de mi pantalón nos hace pegar un respingo a los dos y, mientras llevo la mano atrás para cogerlo, nos apartamos de un salto; él, revolviéndose el pelo con una mano, yo, intentando calmar las pulsaciones de mi corazón, que laten desenfrenadas como si en lugar de una adulta responsable y autosuficiente me hubiese vuelto a convertir en una quinceañera a la que acaban de pillar en medio de un calentón.

—Es mi abuela —anuncio.

—¿Y no vas a cogerlo? —Parece sorprendido.

—Es una videollamada.

—¿Tu abuela te hace videollamadas?

—Desde que Logan le regaló un móvil de última generación y le enseñó a usarlo, ya no llama de otra forma —le explico a la vez que me aparto unos pasos y coloco la pantalla delante de mi cara.

—¡Abuela! —la saludo con demasiado entusiasmo.

—Hola, tesoro. ¿Estás trabajando?

—No, estoy con las chicas, hemos venido a un refugio para…

—¿Savannah y Maddy están contigo? —me interrumpe acercándose la pantalla a la cara como si por hacerlo fuese a aumentar su campo de visión.

—Sí —corroboro.

—Pues que se pongan también, así mato tres pájaros de un tiro.

—Abuela, se dice mato dos pájaros de un tiro —la corrijo.

—Pero vosotras sois tres, así que yo mato tres pájaros, no dos —afirma llena de razón—. ¿Te encuentras bien? —añade de repente, acercándose de nuevo el móvil a la cara.

—Claro. ¿Por qué no iba a estarlo? —cuestiono mientras me aproximo a las chicas, las cuales, al escuchar su voz al otro lado del teléfono, se dan la vuelta para verla en la pantalla.

—Estás un poco colorada —anuncia logrando que las miradas de todos los demás se centren en mi cara.

—No estoy colorada —replico.

—¿No tendrás fiebre? A ver si te vas a estar poniendo mala.

—Que nooo —rebato, a pesar de que bajo el escrutinio de mis amigos e l calor de mis mejillas aumenta al menos hasta los cuarenta grados.

—Abuelaaaaa. —La voz de la pequeña Molly, que llega corriendo con su cachorro en brazos, la distrae del interrogatorio.

De inmediato pongo el teléfono en horizontal para que entren todos en pantalla.

—¡Pero si está ahí una de mis niñas preferidas! —exclama ella a la vez que su semblante se dulcifica—. ¿Y qué es eso que tienes en los brazos? ¿Un perrito?

—Papá no me deja llevármelo a casa —se chiva la pequeña en voz baja.

—Estoy segura de que conseguiremos hacerlo cambiar de idea —declara mi abuela guiñándole un ojo.

Kevin lanza un gemido por lo bajo.

—Ahora, vamos a lo importante —añade poniéndose seria—. Yo llamaba para recordaros que este viernes os quiero en mi casa para la celebración de nuestra fiesta del color.

—¡Por supuesto, ahí estaremos! —exclama Savannah.

—Hace mucho que no venís de visita —los regaña ella—. Así que el viernes a las ocho os quiero a todos aquí. No hagáis que tenga que daros un tirón de orejas. Y acordaos de que debéis venir vestidos de blanco.

—Tranquila, te los llevaré, aunque sea a ras…

—Espera un momento —me corta ella arrugando la nariz.

—¿Tú quién eres? —pregunta.

Todos nos quedamos callados.

—Tú, el de la esquina, el rubito.

Todas las cabezas se vuelven en dirección al aludido.

—Ehhh… Liam —responde él con cierta timidez.

—Liam —repite ella frunciendo el ceño como si estuviese tratando de recordar si alguna vez ha escuchado ese nombre con anterioridad.

—Liam juega en el mismo equipo que el tío Ryan y Brad. Son suuuperamigos y siempre están juntos —le explica Molly, encantada de tener toda su atención .

—Así que son superamigos, ¿eh? —La veo frotarse la barbilla con aire pensativo y siento la irreprimible tentación de colgar la videollamada y dar la conversación por terminada.

—¿Y entonces como es que yo no lo conozco? ¿Por qué nunca ha venido cuando lo habéis hecho vosotros? —le pregunta la mujer directamente a la niña, alzando las cejas con suspicacia.

Por la forma en que Liam cambia el peso de su cuerpo de un pie al otro es evidente que está tan incómodo como yo.

—La tía Aria nunca lo ha invitado —explica la niña con total naturalidad, encogiéndose de hombros.

—¿Pero no acabas de decir que son todos superamigos? —insiste mi abuela, que cuando se pone en este plan podría hacer temblar al mismísimo Sherlock Holmes.

—Sí, pero la tía Aria nunca ha querido invitarlo —repite la niña.

—Y, sin embargo, hoy sí que estáis todo ahí… —murmura la anciana con gesto pensativo—. ¿Lo que está diciendo Molly es así? ¿Mi nieta nunca te ha invitado a venir? ¿Por eso no te conocemos todavía? —le pregunta mi abuela de forma directa a Liam, centrando su mirada de sabueso en él.

—Ehhh, sí—murmura él incómodo—. Supongo que sí —admite al final, echándome directamente a la boca de los leones, o lo que es peor, de la matriarca de mi familia.

—Aria María Rodríguez Gómez… —Mi abuela pronuncia mi nombre completo, con apellidos incluidos, y me encojo un poco, porque eso quiere decir que el rapapolvo va a ser épico—. ¿Dónde ha quedado tu hospitalidad colombiana? ¿Es que no te hemos enseñado nada?

—Lo que pasa, abuela—interviene Molly, decidida a echarme un cable. Lo malo es que el efecto es justo el contrario y lo único que consigue es añadir más leña al fuego—, es que la tía Aria y Liam son archienemigos.

—¿Archiqué? —repite mi abuela alzando la voz a la vez que esboza una mueca de lo más extraña.

—Archienemigos… —repite la niña—. Ya te lo dije: nunca se ponen de acuerdo, se pasan el día discutiendo, papá dice que son como el pe rro y el gato.

Pero yo no lo entiendo porque la vecina de mis abuelos en Washington tiene un perro y un gatito y yo nunca los he visto peleando, se llevan superbién y juegan juntos todo el rato.

—¿Qué pasa, tesoro? —La voz de mi abuelo me llega de fondo y pongo los ojos en blanco.

¡Lo que me faltaba!

—Nada, solo estoy conociendo a Liam, el archienemigo de tu nieta —le responde ella.

—¿El qué de mi nieta? —pregunta él observándonos a todos con sorpresa desde el otro lado de la pantalla.

—Su archienemigo —le repite ella con seguridad—. Al parecer, es muy amigo de los demás, pero él y tu nieta se pasan el día tirándose los trastos a la cabeza.

Mi abuelo busca a Liam entre el resto de los rostros conocidos y, en cuanto lo encuentra, una leve sonrisa asoma a sus labios.

—Mira, chico, sea lo que sea lo que mi nieta te haya hecho… —empieza a decir ese hombre que me ha criado y que se supone que debería estar incondicionalmente de mi lado, porque es sangre de mi sangre…

—¡Eh! ¿Por qué deduces que soy yo la que le he hecho algo? —protesto indignada cruzando los brazos sobre mi pecho.

—Porque te conozco —afirma con convicción antes de centrar su atención de nuevo en Liam—. Sé lo obstinada que puedes llegar a ser.

—Eso es cierto, a cabezota no la gana nadie —corrobora mi abuela.

—Por no hablar de su impulsividad —prosigue él.

—Nunca piensa antes de hablar —lo apoya su mujer, asintiendo muy seria—. Y desde pequeñita, cuando tiene sueño, se pone de lo más irritable y susceptible.

—¡Cierto! —asiente su marido—. Gruñe y gruñe sin parar.

—Y cuando… —Mi abuela hace el amago de seguir despedazándome, pero la interrumpo, molesta.

—¡Bueno, ya vale! ¡Menudo repaso me estáis dando !

—Sin embargo —mi abuelo me ignora y continúa dirigiéndose a Liam—. También es trabajadora, responsable, divertida, leal y tiene un corazón enorme, aunque ella se empeñe en esconderlo y parecer una borde, quisquillosa y antipática.

—Yo no escondo nada —resoplo—. Y mucho menos pretendo ser todo eso que me acabas de llamar.

—Ah, ¿no? ¿Entonces cómo es que nunca nos has traído un chico a casa? —replica mi abuela.

—¿Os sorprende después del repaso que me acabáis de dar?

—Los que más te quieren son los que te dicen la verdad —responde ella alzando la barbilla.

¡Manda narices! Y luego la terca soy yo.

—Lo que tú digas —murmuro poniendo los ojos en blanco.

—Lo importante, Liam —interviene mi abuelo—, es que nos encantaría que nos acompañases junto con todos los demás… Puede que sea una buena oportunidad para que mi nieta y tú liméis asperezas, si es cierto eso de que sois… ¿Cómo has dicho? —le pregunta a mi abuela.

—Archienemigos —interviene Molly.

—Eso, archienemigos —asiente mi abuelo.

—No creo que sirva de mucho —comenta la niña encogiéndose de hombros—. La tía Maddy dice que son un caso perdido.

Miro de reojo a Maddy quien, en lugar de mostrar un poco de arrepentimiento, está roja del esfuerzo que le está costando no ponerse a reír a carcajada limpia.

Voy a cargarme a mi amiga y, en cuanto a Molly, en serio, adoro a esa niña, la quiero como si fuese mi sobrina, pero a veces es demasiado resabiada para su edad y una auténtica listilla…