Una jugada arriesgada Capítulo 12
34%

Capítulo 12

La presidenta del club de fans

Aria

Detenemos el coche en una calle de dudosa reputación del distrito de Chelsea en la que no se me hubiese ocurrido poner un pie viniendo sola.

—¿Es que pretendes matarme y tirar mi cuerpo al río? —pregunto mientras avanzamos por un callejón con escasa visibilidad en el que varios grupos de chicos con apariencia poco amistosa nos observan con actitud desafiante.

Liam sonríe y, al verme dudar, coloca su mano en la parte baja de mi espalda para animarme a avanzar.

Ignoro de forma deliberada la manera en que el calor traspasa mi ropa justo donde él me toca para evitar ponerme más nerviosa y me concentro en procurar salir de aquí sin que nos hayan atracado, descuartizado o cualquier otra cosa.

Por suerte, ninguno de los dos vestimos de forma llamativa ni ostentosa, Liam incluso lleva la cazadora abrochada hasta arriba y una gorra con la que pretende camuflarse para que no lo reconozcan.

Espero que lo consiga, porque llamar la atención en un lugar como este dudo que sea lo más conveniente .

—Tranquila, no los mires y ellos no te mirarán —susurra inclinándose un poco hacia mí.

—Una afirmación estupenda como frase de taza, pero no me parece demasiado realista en la práctica —murmuro al comprobar por el rabillo del ojo que alguno de los chicos no nos quita el ojo de encima.

—Ya casi estamos —me asegura.

Giramos a la izquierda y descubro una hamburguesería en el lateral izquierdo de uno de los edificios.

Parece sucia, vieja y tiene un cartel de neón rosa y amarillo que parpadea anunciando el nombre del local, Hamburguesas Billy, que le da un toque todavía más escabroso y destartalado.

—Es aquí —anuncia Liam acercándose a la puerta. Y la mantiene abierta para invitarme a pasar.

—¿Estás de coña? —le pregunto en voz baja al observar las mesas viejas de madera y los taburetes desvencijados que las rodean.

—No te dejes engañar por su apariencia, estás entrando en la que sin ninguna duda es la mejor hamburguesería de toda la ciudad.

No me convence ni un poquito, pero ya que estamos, y sobre todo, teniendo en cuenta que ni loca pienso darme la vuelta y volver a pasar por ese callejón yo sola, no me queda más remedio que entrar.

El local es alargado y un tanto estrecho, las paredes son de ladrillo y la barra, de metal.

Varias parejas charlan de forma animada mientras esperan su comida, y Liam echa a caminar hasta la última mesa, la que está un poco más alejada dentro del local. Toma asiento, se quita la gorra y se revuelve el pelo con naturalidad.

Lo lleva despeinado como casi siempre; varios mechones caen sobre su frente, y siento el impulso de alargar los dedos y enredarlos en ellos para ver si es tan suave como parece.

Se le ve relajado, se nota que está cómodo en este lugar.

Poco después una camarera, que pasará de largo los sesenta años, se acerca para tomar nota de nuestro pedido y, en cuanto descubre a Liam, su rostro se ilumina y le sonríe con cariño .

—Liam, guapo, cuánto tiempo hacía que no te pasabas a vernos.

—Lo siento, Lili, ya sabes, la vida no me deja demasiado tiempo libre —se disculpa él encogiéndose de hombros.

—Billy se va a poner contento cuando sepa que estás aquí. ¿Os pongo lo de siempre?

—La duda ofende —responde él dedicándole una sonrisa con la que consigue ruborizarla.

—Eres tremendo —lo acusa ella.

—¿En el buen sentido o en el malo? —pregunta Liam cruzando los brazos sobre la mesa y apoyando a continuación la barbilla sobre ellos con una cara de niño bueno que no le pega ni de lejos.

La mujer se ríe de forma coqueta y se aleja, negando con la cabeza.

—Dudo que se pueda ser tremendo en el buen sentido… —musito al ver que ella no dice nada.

—Por supuesto que se puede.

—Ya… Lo que tú digas —murmuro sin entrar a debatir—. Parece que vienes mucho por aquí, lo cual es sorprendente, teniendo en cuenta que sigues vivo.

La carcajada que emana de su pecho se cuela en el mío, caldeándome por dentro.

Lo he escuchado reír muchas, muchísimas veces así, de esta forma tan desinhibida y natural, pero creo que nunca por mí, y me resulta extraño y agradable a la vez ser la causante de ese sonido.

—Conocí a Billy y a su mujer Liliana cuando fueron al refugio a adoptar un perro —me explica—.

Ese día yo estaba ayudando a varios voluntarios a bañar a los animales y me llamaron la atención porque, aunque su intención era llevarse un cachorro, acabaron adoptando a Chispas, un abuelete que hasta ese momento había tenido una vida de mierda y muy poca suerte.

»Me contaron que tenían un pequeño local en Chelsea y, desde la primera vez que vine, me convertí en un incondicional de sus hamburguesas .

Lili se acerca de nuevo a nosotros para depositar dos botellas de agua fría y un par de platos con unas hamburguesas que, a decir verdad, huelen de maravilla.

—¿Agua? —Lo miro extrañada, porque sé que es un adicto al Nestea.

—Por supuesto, en este caso, cualquier otra bebida sería un engaño para el sentido del gusto camuflando y distorsionando el sabor de esta obra de arte —me asegura señalando la hamburguesa.

Alzo las cejas, pero no digo nada. ¡Hay que ver lo intensito que se pone con la comida!

—Adelante, pruébala —me anima.

Tengo hambre, y lo que tengo delante tiene una pinta espectacular, así que no me hago de rogar.

—¡Oh, madre mía! —exclamo tapándome la boca con la mano, porque todavía la tengo llena.

Suelto un gemido de placer y le doy otro bocado que arranca a Liam una nueva y sonora carcajada.

—En serio, esta hamburguesa debería tener su propio club de fans —afirmo señalándola—. Me ofrezco a fundarlo y presidirlo desde ya.

—Te dije que merecía la pena.

—Ya lo creo que la merece. ¿Crees que podríamos incluirla en nuestra yincana?

Él se lo piensa durante unos segundos.

—Dudo que sea una buena idea, Lili y Billy están solos al frente del local para cocinar y atender, por lo que no creo que tengan la capacidad de gestionar toda la demanda que supondría algo así.

—Se toma unos segundos, como si estuviese sopesando pros y contras, y continúa hablando—.

Son mayores y están cubiertos, no tienen la necesidad de agobiarse, de hecho, si siguen trabajando es porque les gusta, sé de buena tinta que sus hijos han intentado convencerlos varias veces para que se retiren, sin embargo, ellos no quieren.

—Se nota que disfrutan con lo que hacen —comento de forma distraída mientras le doy un nuevo bocado a la hamburguesa y observo a Lili, que habla de forma animada con una pareja que está sentada en una de las mesas próximas a la entrada .

—En serio, esto tiene que ser pecado, algo tan bueno no puede ser legal —añado disfrutando del contraste de sabores en el paladar.

Sus ojos se iluminan y su boca se curva en una sonrisa que capta toda mi atención.

Intento desviar mis ojos de sus labios, pero me resulta imposible; están anclados a esa parte de su cuerpo, pegados a esa sonrisa descarada y magnética que me recorre por dentro provocándome de repente un fogonazo de deseo, una inquietante sensación de desasosiego y calor, un calor abrasador.

No necesito mirarme a un espejo para saber que el color de mis mejillas ha comenzado a aumentar de intensidad, y eso me agobia todavía más.

Porque esto no es un cosquilleo como el que sentí cuando lo vi en medio del patio con Oreo en brazos, o la sensación que tuve cuando me rozó la mano… Esto va mucho más allá.

¿Qué narices me pasa? ¡Yo no me sonrojo! ¡No me pongo colorada! Esta reacción no es propia de mí, y mucho menos por una sonrisilla de nada.

El problema es que no es una sonrisilla de nada; es una sonrisa peligrosa, canalla, una sonrisa que debería estar prohibida, penada con cárcel y vetada.

—¿Estás bien? —Su voz es suave y contrasta con la intensidad de su mirada.

¿Desde cuándo el verde de sus ojos es tan profundo? Tan asfixiante.

Trago saliva antes de contestar, juro que casi siento mis neuronas echando humo, porque soy incapaz de pensar y mucho menos de articular algo coherente que no me deje quedar mal.

Me limito a asentir y le doy un nuevo bocado a la hamburguesa mientras me remuevo incómoda en mi taburete.

—¿Seguro? —insiste arrugando ligeramente el ceño.

Me fijo en las arruguitas que se le forman en la nariz y, por primera vez desde que lo conozco, me parecen adorables.

¿Adorables y Liam en la misma frase? En serio, ¡¿qué cojones le han echado a la hamburguesa?!

—Hace calor —respondo poniéndome la mano delante de la boca para mantener un mínimo de dignidad, porque todavía no he tragado del todo .

—¿Calor? ¿En serio? —repite alzando las cejas.

Juraría que se está divirtiendo, y eso me enciende todavía más por dentro.

—No sé por qué te sorprendes —le espeto.

—Porque eres una de las personas más frioleras que conozco y aquí no debemos de estar a más de dieciocho grados.

—No soy friolera.

—Anda que no, hasta te he visto con chaqueta en verano.

—Solo algunas noches, porque refresca.

—Lo dicho: eres una friolera —sentencia.

—El problema es que tú tienes el termostato jorobado —replico a la defensiva—. Porque aquí hace mucho, mucho calor. ¿A que vosotros también tenéis calor? —añado a la desesperada dirigiéndome a la pareja que tenemos más cerca un par de mesas más allá.

Los dos me observan como si acabasen de caerme dos tornillos de la frente delante de sus narices, e incluso yo misma comienzo a pensar que estoy perdiendo la cabeza.

—Termínate eso de una vez —le ordeno de mala gana señalando su hamburguesa, que está casi sin tocar. Claro, es mucho más divertido vacilarme que ponerse a masticar…

Él parece a punto de responder algo, pero al final obedece y se queda callado mientras hace lo que le he mandado y poco a poco va vaciando su plato.

Yo, por mi parte, evito a toda costa mirarlo y me entretengo saboreando lo que queda en el mío hasta que un rato después pagamos y por fin podemos salir del bar.

Ni siquiera la brisa que me acaricia el rostro consigue quitarme el sofoco; caminamos por el callejón uno al lado del otro y, aunque Liam me mira varias veces de reojo, ha debido de notar el cambio en mi estado de ánimo y opta por no hablar.

¡Chico listo! No comprendo qué me ha ocurrido ahí dentro y, por lo tanto, no me siento de buen humor para charlar. Lo único que me apetece es llegar a mi casa, darme un buen baño, ponerme una peli en la tele y olvidarme de lo que acaba de pasar.