Capítulo 11 #2
—Me encantan; si por mí fuese, tendría un zoológico entero en casa .
—¿Y por qué no lo haces? —repito la misma pregunta que ella me hizo anoche a mí.
—¿Tener un zoológico?
—Igual eso es un poco exagerado —admito riendo entre dientes—. Pero podrías empezar adoptando un perrito.
Ella parece meditarlo durante unos segundos antes de contestar.
—Que la vida de un ser indefenso dependa de ti me parece una gran responsabilidad, no es algo que se pueda decidir a la ligera, un perro es familia y formar una familia es una decisión que hay que meditar muy bien.
Asiento, porque no puedo estar más de acuerdo con ella.
—Sin embargo, algún día me gustaría hacerlo —añade.
—¿Tener una familia? ¿Pareja estable, hijos, perro…? —indago un poco más.
—Perro y puede que hijos… Lo de la pareja estable no entra en la ecuación.
—Yo creo que va bastante unido a lo de los hijos… —dejo caer—. Hasta donde yo sé, para hacer un niño se necesita ser dos.
—No me seas antiguo, estamos en el siglo veintiuno, se puede criar perfectamente a un niño feliz de forma monoparental, yo soy la prueba de ello —me contradice.
Quiero saber más, pero ella se adelanta y pierdo la oportunidad.
—¿Y tú? ¿Cuál es tu historia? —me pregunta dejando a Mazapán, que ya ha terminado de comer, de nuevo en su sitio para coger a Luna y colocarla sobre su regazo.
—¿A qué te refieres? —pregunto sin saber muy bien a dónde quiere ir a parar.
—¿Por qué estás tan implicado con este sitio?
—Me encantan los perros —respondo restándole importancia.
—Eso no lo pongo en duda, pero tiene que haber algo más.
—¿Por qué piensas eso?
La observo de reojo.
—Llámalo intuición —dice encogiéndose de hombros.
Me quedo unos segundos en silencio.
—Cuando era pequeño, antes de conocer a Ryan, un par de casas más allá t uve un vecino que tenía un perro —comienzo a relatar—.
Se llamaba Rufus y era un animal precioso, noble y superinteligente y, como mis padres me tuvieron siendo bastante mayores y no tenía hermanos ni primos, me encantaba pasar el tiempo jugando con él.
Los recuerdos se abren paso en mi cabeza y todos esos recuerdos brillan en mi mente con una asombrosa nitidez, tanta que, a pesar de que han pasado años, parece que fue ayer.
—Su dueño no lo cuidaba en absoluto, nunca lo bañaba, ni mucho menos lo desparasitaba, por lo que yo me encargaba de bañarlo a escondidas de vez en cuando y cada día le llevaba de comer —sigo diciendo—.
Algunas veces el animal cojeaba o aparecía con heridas y, a pesar de que yo tan solo era un niño, pronto llegué a la conclusión de que el cabrón de mi vecino lo maltrataba.
Hago una parada al sentir que se me cierra la garganta y las palabras se me atragantan.
—Una tarde Rufus apareció con un gran corte en la para trasera y decidí esconderlo en nuestro garaje para curarlo, le compré una cama mullida y le preparé un buen plato de comida.
—Suspiro con pesadez—. Nunca olvidaré cómo me miraba cuando me senté a su lado a acariciarle el lomo mientras la devoraba y yo le aseguraba que ya había pasado todo, que ya estaba a salvo.
Era mi amigo y estaba decidido a quedármelo, a cuidarlo para impedir que ese hombre volviese a hacerle daño, pero al día siguiente, mientras estábamos desayunando, el vecino llamó a nuestra puerta reclamando al perro.
—Soy incapaz de esconder la amargura que brota de mis labios—.
Les dijo a mis padres que sabía que yo lo había cogido, que era suyo y que, si no se lo devolvíamos, iba a denunciarnos.
Mi mirada busca la suya y me reconforta encontrarla cargada de rabia y empatía.
—Se lo llevó a rastras mientras el animal aullaba intentando apartarse de él y yo lloraba de impotencia.
Bajo los ojos al cachorrillo que tengo sobre las piernas y los cierro con fuerza.
—¿Qué pasó después? —Su voz es apenas un susurro.
—Estuve dos días enteros sin verlo y al final decidí colarme en la casa d el viejo. Al entrar en el garaje me encontré con Rufus… —Elevo la mirada de nuevo hacia ella—. El despreciable tipejo que tenía por dueño le había dado una paliza terrible y estaba muerto.
Han pasado años y todavía me tiembla la voz por el recuerdo.
—La persona que debía haberlo protegido y cuidado lo había asesinado, y yo no pude hacer nada por ayudarlo.
—La rabia me empaña la mirada—. Mis padres lo denunciaron, pero no sirvió de nada, y lo único en lo que yo podía pensar una y otra vez era en que Rufus estaba muerto y yo no había podido salvarlo.
—No comprendo cómo puede existir en el mundo gente tan cruel —farfulla, afectada por lo que le acabo de contar.
—Lloré durante una semana entera —confieso—. Y poco después mis padres compraron una casa y nos mudamos; ahí es donde conocí a Ryan y fue un alivio no volver a ver a mi vecino, pero siempre me quedé con la pena de no haber podido salvar a Rufus.
—Eras solo un niño —murmura ella al mismo tiempo que coloca su mano sobre la mía.
El roce de su piel me resulta calmante y electrizante a la vez.
—Lo sé. Pero ahora no lo soy —respondo con firmeza.
—Por eso procuras que no haya otros perros que pasen por la misma situación.
—Solo intento ayudar a que otros tengan la segunda oportunidad que no pude brindarle a Rufus.
—Eres un buen tipo, Liam Jackson —lo dice con una sinceridad y una cercanía que me destrozan, me recomponen y me vuelven a destrozar.
—Tú tampoco estás del todo mal —respondo guiñándole un ojo.
Aria abre la boca para contestar, pero justo entonces su móvil comienza a sonar.
—Es una videollamada de las chicas —anuncia antes de que las caras de Maddy y Savannah aparezcan en pantalla.
—¡Al fin! —resopla la entrenadora—. ¡Llevamos un rato escribiendo por el grupo y no das señales de vida!
—Lo siento —se disculpa ella—, estábamos ocupados y se me pasó leer los mensajes .
—¿Estábamos? ¿En plural? —pregunta Savannah alzando las cejas.
En lugar de responder, Aria gira un poco la pantalla para que yo también pueda aparecer, y las saludo a ambas con la mano.
—¿Dónde estáis? —inquiere la fisioterapeuta.
—En el refugio —respondo.
—¿No ibais a primera hora? —pregunta Maddy con cierta preocupación—. ¿Todavía estáis ahí? ¿Va todo bien?
—Todo genial —la tranquiliza Aria—. Vinimos a primera hora a hablar con Allyson, pero nos hemos entretenido dándoles de comer a los cachorros.
Mueve el móvil para que sus amigas vean a los perritos y de inmediato oímos un «oooooooh» seguido de varios suspiros al otro lado.
—¡Son tan monos! —afirma Savannah.
—¿Quiénes? ¿Los perritos o ellos? —bromea Maddy.
—Ambos —responde su amiga.
—Ja, ja, ja, no tiene gracia —replica Aria enfocándonos a nosotros de nuevo para ponerles mala cara.
—No pretendo que la tenga, es la verdad. Ahí sentados, juntitos, con todos esos perritos correteando a vuestro alrededor.
—No corretean, apenas pueden arrastrarse —la corrijo, conteniendo las ganas de echarme a reír.
—Y no estamos juntitos —recalca Aria.
—Pues yo muy separados no os veo —comenta Maddy con guasa.
—Esto es pequeño, ¿qué queréis, que estemos uno en cada esquina? —protesta la Relaciones Públicas, molesta.
—No, no, por nosotras podéis juntaros todo lo que os apetezca —responde al momento la entrenadora, dedicándonos una sonrisa cargada de malicia.
¡Estas dos son tremendas! Hago un esfuerzo para no soltar una carcajada, porque se nota que a Aria la conversación no le está haciendo ni puñetera gracia.
—¿Queríais algo más aparte de tocarme las narices? —las increpa ella .
—Solo preguntarte si querías venir a comer con nosotras, tenemos hambre y vamos a ir a picar algo, pero olvídalo, te vemos ocupada —dice Savannah.
—Eso, comed, comed, a ver si así tenéis la boca cerrada —murmura ella a mi lado mientras acaricia al perrito que tiene sobre sus piernas.
—Sentimos la interrupción, hasta luego, chicos —se despiden las dos con una sonrisa inmensa atravesándoles la cara.
—La madre que las parió —sisea al colgar la llamada a la vez que se coloca un rizo detrás de la oreja.
—Solo estaban bromeando —le digo quitándole importancia.
—A nuestra costa —me recuerda.
—Puede que un poquito sí, pero en algo estoy de acuerdo con ellas —anuncio.
Aria me mira sorprendida.
—Yo también estoy muerto de hambre, apenas he desayunado y ahora mismo sería capaz de devorar un elefante. Si no estás muy ocupada, te invito a un sitio genial.
Ella parece sopesarlo durante unos segundos.
—Tengo bastante lío —murmura.
—Por muy ocupada que estés, algo tendrás que comer… —trato de persuadirla, porque lo cierto es que cada vez estoy más a gusto a su lado y me apetece seguir disfrutando de su compañía.
—Está bien, puedo concederte un poco más de mi tiempo.
—Me siento honrado.
—Deberías. El tiempo vale más que el oro —declara—. Eso dice siempre mi abuelo.
—Pues entonces no debemos perderlo —respondo al mismo tiempo que coloco al perrito en la cama al lado de sus hermanos, y me levanto para tenderle la mano.
El roce de sus dedos, suave y tenue, me hace contener el aliento al provocar por segunda vez que una sensación tan electrificante como reconfortante me recorra por dentro. Sé que es una contradicción, pero es que últimamente todo se vuelve contradictorio cuando estoy con ella.