Capítulo 11
Biberones y confesiones
Aria
Son las nueve y treinta y dos cuando veo aparecer por la esquina el coche de Liam.
La música de The Weekend retumba por los altavoces y pongo los ojos en blanco mientras el coche se para justo delante de mí y a toda prisa abro la puerta del copiloto y me deslizo dentro.
Él baja el volumen y me saluda desplegando una sonrisa tan atractiva y encantadora que siento la necesidad de apartar la mirada de forma inmediata.
¿Desde cuanto las sonrisas de este tío causan este efecto sobre mí…? ¡Es Liam! Li-am, ¡por el amor de Dios! ¡Ni siquiera debería fijarme en si sonríe o deja de sonreír!
Mis ojos, traicioneros, vuelven de nuevo a sus labios, aunque enseguida me obligo a desviarlos hacia el cinturón, el cual trato de abrochar con más fuerza de la necesaria mientras murmuro malhumorada.
—Llegas tarde.
—Solo dos minutos —replica con excesivo buen humor .
El aroma fresco del jabón que suele utilizar lo inunda todo, aumentando mi crispación.
Es el mismo de siempre, el que usa cada puñetero día desde que lo conozco. Entonces, ¿por qué narices hoy me resulta tan embriagador?
—Eso son ciento veinte segundos de mi vida desperdiciados esperando por ti —farfullo.
A pesar de que resulta evidente que en este momento no me estoy esforzando lo más mínimo por mantener viva nuestra recién iniciada tregua, Liam no entra al trapo; todo lo contrario, me contempla con cierta diversión antes de volverse para coger una bolsa del asiento trasero.
—Cierto, pero como compensación te he traído esto —admite ofreciéndome un vaso de cartón.
Lo cojo con cierta desconfianza y, al quitarle la tapa y oler el contenido, lo contemplo con incredulidad.
—¿Es…?
—Chocolate caliente con nata y naranja caramelizada de Jacques Torres —anuncia sin dejarme terminar la pregunta.
—Mi…
—Tu preferido, lo sé —vuelve a interrumpirme.
Lo estudio con atención.
—¿Cómo lo sabías?
—No eres la única que escucha —responde encogiéndose de hombros, y sé que se refiere a mi acierto con la tarta de manzana, su preferida.
Esto sí que no me lo esperaba.
—¿Fuiste hasta la chocolatería de Jacques Torres a comprarme esto? ¡Hay que atravesar media ciudad! ¡Has tenido que levantarte prontísimo para ir hasta allí y volver, y dijiste que no querías madrugar! —exclamo recordando sus protestas de anoche cuando le propuse quedar antes.
—Eso no es cierto. —Niega con la cabeza.
—¡Sí que lo es! ¡Tengo testigos!
—Para nada, yo dije que las nueve de la mañana era demasiado temprano par a quedar, madrugar no me supone ningún problema, de hecho, me gusta, siempre lo hago.
Sus ojos verdes me parecen más intensos de lo normal y bastante abrumadores al posarse sobre los míos y, buscando una distracción, le doy un trago a la bebida que tengo entre las manos.
—Está delicioso —suspiro a la vez que apoyo la cabeza en el asiento y disfruto del exquisito sabor—. Gracias por traérmelo.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, me siento absorbida por su mirada cálida y transparente.
—Anoche en el refugio te escuché decirle a Maddy que estabas a punto de tomarte un chocolate cuando recibisteis mi mensaje, así que te debía uno. Gracias por venir a ayudar.
Lo observo con intensidad.
—No me debes nada, me gustó ir a echar una mano. —Lo digo seria y con convicción, porque es la verdad.
—Aun así, gracias —insiste con voz suave y aterciopelada.
Mis ojos recorren su cara y, al igual que me ocurrió anoche, cuando lo vi allí, de pie, lleno de barro con Oreo entre sus brazos, siento algo raro en mi interior, una sensación extraña pero agradable que me seca la garganta y me altera la respiración.
—Deberíamos irnos ya… —comenta carraspeando tras unos segundos en los que los dos permanecemos inmóviles, evaluándonos, sin decir nada, contemplándonos como si fuese la primera vez que, al mirar al otro, de verdad viésemos algo más allá de la fachada.
Me giro hacia delante y doy un nuevo sorbo al chocolate. Él sube el volumen de la música e intento distraerme de la confusa neblina que me enturbia la mente, observando el paisaje que vamos dejando atrás por la ventana.
No añadimos ni una sola palabra, nos limitamos a ir callados uno junto al otro, cada cual sumido en sus pensamientos, y me siento todavía más extraña porque, a pesar de que por norma general me incomoda estar con gente en un espacio tan pequeño en completo silencio durante demasiado tiempo, con Liam, sin embargo, el silencio resulta confortable y agradable…
, como si su simple compañía ya me bastara .
Liam
Cuando llegamos al refugio nos encontramos el gran portalón abierto, porque algunos voluntarios todavía están abandonando el lugar.
—¡Allyson! —exclama Aria, que poco más y salta del coche en marcha al distinguirla en medio del patio.
La mujer, a pesar de su gesto cansado, sonríe en cuanto la ve correr hacia ella, y la recibe con un efusivo abrazo por el que cualquiera que observase la escena pensaría que se conocen de toda la vida y no tan solo desde hace algunas horas.
Cuando llego a su lado, compruebo que mi acompañante ya está en modo relaciones públicas, informando a la directora sobre la idea que ha tenido para incluir al refugio en la campaña publicitaria y, como no podía ser de otra manera, Allyson la escucha entusiasmada.
—¡Ya verás, vamos a conseguir darle una visibilidad tremenda! —asegura Aria con expresión soñadora, dejándose llevar por la emoción.
—Ojalá, tenemos algunos perros que ya llevan mucho tiempo con nosotros y necesitan encontrar una casa. Al final, por muy bien que los tratemos y mucho cuidado que tengamos, ningún lugar es comparable a su propio hogar.
—La iniciativa no solo provocará que mucha gente se pase por aquí y por lo tanto pueda conocerlos en persona y pasar tiempo con ellos, es que, además, habrá miles de personas que los verán y conocerán su situación a través de la página en la que se irán actualizando las pruebas —intervengo.
—Además —añade Aria—, si la previsión de participación que tenemos en mente se cumple, tendréis tantas parejas para sacar a pasear a nuestros amigos peludos que durante los dos meses que durará el plazo para poder realizar las siete actividades, todos los perros podrán salir en numerosas ocasiones a pasear fuera del refugio y los volunt arios habituales tendrán ese tiempo disponible para ayudar en otras tareas.
—Eso es maravilloso —comenta Allyson—, porque, cuantas más veces salga su foto publicada con diferentes parejas y más personas los conozcan, más visibilidad les daremos —concluye—. ¡Va a ser genial! No sé cómo daros las gracias por esto.
—Yo no he hecho nada, todo el mérito es de ella —admito señalando a Aria, pero la directora niega con la cabeza.
—No es cierto, llevas mucho tiempo ayudándonos; sin ti, la situación de estos animales sería mucho más complicada, algunos ni siquiera hubiesen podido sobrevivir, porque nos habría sido imposible cubrir sus gastos veterinarios —declara con convicción—.
—Por no decir que, si ayer no hubieses mandado ese mensaje pidiendo ayuda, yo jamás hubiese conocido este lugar —la apoya Aria, que me dedica una sonrisa tan bonita y sincera que me deja más noqueado que un gancho directo a la yugular.
Durante unos segundos los dos nos sostenemos la mirada, la diferencia es que, mientras mi cuerpo permanece en tensión, ella parece de lo más relajada.
Mis ojos encuentran una pequeña, casi minúscula mancha de chocolate que descansa sobre la comisura de su labio superior y, al enfocar la mirada en esa parte concreta de su cuerpo, no puedo evitar preguntarme a qué sabrá o si será tan suave como parece el tacto de su boca.
—¿Y cómo va todo por aquí? —pregunto de repente, obligándome a centrar toda mi atención de nuevo en Allyson para tratar de distraer mi malintencionada mente.
—Por suerte, mucho mejor —responde ella echando un vistazo a su alrededor—.
Hemos tenido que tirar bastantes camas porque estaban irrecuperables, y todavía quedan algunas zonas húmedas, por lo que vamos a esperar unas horas para volver a recolocar a los perros en sus lugares habituales, pero, al reaccionar pronto, hemos conseguido mantener a salvo a todos los animales, y eso es lo importante.
—Me encargaré de comprar camas nuevas para reponer las que hemos perdido —le aseguro—. Mañana mismo las tendrás aquí .
—Muchas gracias, Liam, la verdad es que no sé lo que haríamos sin ti.
—¿Y los cachorritos a los que les dimos de cenar ayer? ¿Cómo están? —se interesa Aria.
—Hambrientos, porque ya les toca biberón. ¿Queréis dárselos vosotros?
—Nos encantaría —contesta ella sin dudar.
Seguimos a Allyson hasta el almacén donde se ha instalado a todos los ocupantes del refugio de manera provisional, cogemos los biberones de leche tibia que nos tiende y nos encaminamos hacia el pequeño cuarto habilitado para separar a los recién nacidos del resto de la manada.
—Hola, preciosos —los saluda Aria con voz suave, a la vez que se sienta en el suelo con las piernas cruzadas y se pone una mantita sobre ellas sin esperar siquiera a que se cierre la puerta.
Cuando me coloco a su lado ya ha acariciado a todos los cachorritos y sostiene a uno de ellos sobre su regazo.
—Tú coge a Ringo, yo voy a darle el biberón a Mazapán.
—¿Ringo y Mazapán? —repito alzando una ceja.
—Ese es Ringo, porque tiene cara de estrella del rock —me explica señalando a la pequeña bolita de manchas marrones y blancas que se arrastra buscando el calor de sus hermanos—. Este es Mazapán, porque es una dulzura.
—¿Has estado menos de una hora con ellos y ya les has puesto nombre a todos? —cuestiono divertido.
—Por supuesto. Ringo, Mazapán, Sura y Luna —anuncia señalándolos uno a uno—. Es evidente que la persona que los adopte puede cambiarles el nombre, pero mientras estén aquí, los llamaré así.
—No sabía que te gustasen tanto los animales —comento al observar la ternura con la que mira cómo el animalito engulle la leche.
Estoy empezando a pensar que la conozco bastante menos de lo que creía.