Capítulo 9 #2
—¿Qué puedo hacer para ayudar? —pregunto.
—Hemos trasladado a los perros a la nave que normalmente hace las funciones de zona de aislamiento y almacén. Los pobres están asustados, sucios y empapados. Hay que limpiarlos, secarlos y tranquilizarlos. Las chicas están allí, les vendría bien que les echases una mano —me explica.
—Claro —asiento.
Liam baja la mirada para enfocar sus ojos en los míos y, cuando me sonríe e n señal de agradecimiento, siento que durante un segundo mi corazón se olvida de que debe seguir latiendo.
Aparto la mirada con cierta brusquedad, me doy la vuelta y, a pesar de que siento sus ojos clavados en mi espalda, me alejo para acercarme a la nave contigua sin decir nada.
Incluso con la puerta cerrada, del interior me llega con claridad el sonido de secadores, ladridos, voces y risas mezclándose.
Empujo el portalón y me quedo pasmada contemplando el panorama.
Debe de haber por lo menos cincuenta o sesenta perros: claros, oscuros, enormes, pequeños… La mayor parte de ellos continúan mojados, algunos permanecen quietos y asustados y otros, sin embargo, no paran de interaccionar o jugar mientras mueven alegremente el rabo.
—¡Aria, a buenas horas! ¡Las he visto más rápidas!
—Acuclillada en el suelo mientras intenta secar el abundante pelaje de un perro que por lo menos debe de ser tan grande como un sambernardo, Maddy me saluda a la vez que se cae de culo cuando el animal apoya las patas delanteras sobre sus hombros, intentando lamer de forma amistosa su mejilla y arrancándole una sonora carcajada.
—El mensaje de SOS me pilló en la bañera, tuve que vestirme y venir hasta aquí —me justifico.
Al escucharla, Savannah, quien está de lo más entretenida intentando peinar a tres cachorros que no cejan en su empeño de trepar por su cuerpo, vuelve la mirada hacia mí.
—Pues no te quedes ahí parada, otro par de manos nos vendría bien por aquí —resopla haciendo malabares para que uno de los cachorrillos, muy similar al que Liam tenía en brazos cuando llegué, no consiga escaparse.
Cierro el portalón para evitar fugas indeseadas y me apresuro a acercarme a mis amigas.
—¿Qué puedo hacer?
—Habla con Allison, es la responsable del refugio y la que se encarga de organizar todo esto —me explica Maddy señalando a una mujer qu e, en uno de los laterales, se ocupa de preparar cuencos de comida para los animales.
Me acerco hasta ella y la saludo.
—Hola, me han dicho que te pregunte en qué puedo ayudar —digo a su espalda.
Al escucharme, ella se da la vuelta y me dedica una enorme y sincera sonrisa cargada de agradecimiento.
Su aspecto es agradable, rondará los cincuenta, tiene el pelo corto y salpicado de canas, unos bonitos ojos castaños y la piel dorada. Y, en cuanto a su complexión, aunque no está gruesa, tampoco podría definirla como delgada.
—Tú debes de ser Aria —me saluda.
Asiento, un tanto sorprendida, ante lo que la mujer se echa a reír.
—Las chicas me dijeron que no tardarías en llegar —manifiesta—.
Voy a ponerles la cena a los perros que ya hemos conseguido secar y después tengo que darles el biberón a los cachorros más jóvenes.
Si te parece bien, puedes echarme una mano —sugiere, cogiendo unos cuantos cuencos antes de apartarse para dejarme hacer lo mismo.
—Claro —respondo imitándola, y la sigo hasta un pequeño espacio cercado por una bonita valla de madera en tono natural que Allyson atraviesa intentando abrirse paso a través de los saltos y ladridos de los emocionados animales, que la reciben exaltados.
El lugar es bonito, tiene varias camitas mullidas en una esquina, un cesto con juguetes e incluso una pequeña zona de césped artificial.
—Esta suele ser nuestra zona de aislamiento; por suerte, estos días no tenemos ningún perro convaleciente y podemos usarla para ir apartando a los que vamos limpiando y secando —me explica una vez las dos hemos colocado los cuencos en el suelo y todos los animales están comiendo.
Ella los observa durante unos segundos con cara de satisfacción. Se nota que disfruta y se emociona con lo que hace.
—Vamos a por los biberones —me indica cerrando la cerca de madera para dirigirse a una voluntaria rubia y jovencita que nos tiende cuatro pequeños biberones de leche tibia .
Atravesamos la nave hacia el lado contrario y justo enfrente de unas estanterías repletas de pienso y latas de comida húmeda nos encontramos con una puerta.
Al abrirla descubro un pequeño cuarto caldeado por un radiador donde en una camita dormitan cuatro preciosas bolitas de pelo que, a juzgar por su tamaño y porque ni siquiera han abierto los ojos, deben de tener días de vida.
—Qué pequeñines son —murmuro enternecida.
—Nos trajeron a su madre a punto de dar a luz, la habían golpeado antes de abandonarla y estaba tan desnutrida que por desgracia no sobrevivió al parto —me cuenta sentándose en el suelo con las piernas cruzadas.
Hago lo mismo mientras siento un fuerte pellizco en el corazón. ¿Quién puede ser tan desalmado para hacer algo así?
—Pobrecita —susurro apenada, con la voz algo rota—. Hay que ser muy cabrón para actuar de esa forma con un ser tan indefenso.
—Es una lástima, pero, por desgracia, no será ni la primera ni la última vez que nos tocará pasar por un trance así.
—Los ojos de la mujer se empañan por las lágrimas—.
Lo único que podemos hacer por ella es intentar sacar adelante a sus bebés —añade colocándose una suave mantita sobre las piernas y tendiéndome luego otra a mí.
En cuanto la tengo en la posición adecuada, me entrega a uno de los pequeñines y me muestra cómo debo colocarlo para darle el biberón.
El animalillo se arrastra hasta enganchar la tetina y come con fruición mientras yo lo observo ensimismada.
—Son tan lindos… —comento.
—Los cachorros siempre lo son —admite—. Por eso es mucho más fácil conseguirles una adopción.
Lo que la gente no se para a pensar —añade segundos después— es que dan el triple de trabajo que un perro adulto.
Hay que tener mucho cuidado de que no cojan frío, todavía no tienen puesta ninguna vacuna, por lo que no pueden acercarse a los otros perros, y hay que darles de comer cada tres horas y controlar que no bajen de peso.
Por no hablar de la etapa en la que les da por morderlo todo .
La observo con admiración.
—¿Cuántos perros tenéis? —me intereso.
Ella pone una mueca de disgusto.
—Este invierno fue duro: solo de diciembre a marzo tuvimos setenta y dos entradas y, aunque por suerte también tuvimos bastantes adopciones, a día de hoy contamos en el refugio con cuarenta y siete perros.
—Tu labor me parece encomiable —digo con sinceridad.
—Gracias —responde—, pero solo soy una pieza más, el mérito es de los voluntarios que están dispuestos a regalarnos su tiempo libre y dedican a los animales horas y horas. Sin ellos sería impensable e imposible mantener todo esto en funcionamiento.
—¿Liam es voluntario? —pregunto con curiosidad.
El rostro de la mujer se ilumina al escuchar su nombre.
—Es mucho más que eso.
—¿Qué quieres decir?
—Hay muchas personas que aportan donaciones, y realizamos actividades para recabar fondos varias veces al año, pero sin la ayuda de Liam no podríamos hacernos cargo ni de la quinta parte de los perros que llegan aquí.
—Hace una pausa y continúa hablando—. Además de dedicar buena parte de su tiempo libre a ayudarnos con los animales, es nuestro principal benefactor.
Él se encarga de pagar todas las reformas y mejoras necesarias; en muchas ocasiones, corre con los gastos veterinarios, compra comida…
Es un gran chico y tiene un corazón enorme.
Me quedo callada, estoy impresionada por lo que acabo de escuchar. Ni siquiera sabía que a Liam le gustasen los perros, mucho menos podía imaginarme que estuviese tan implicado con una causa tan noble como esta. Y eso me lleva a preguntarme qué otros secretos esconderá…