Capítulo 9
Bañus interruptus
Aria
Lo primero que hago al llegar a casa después de visitar a mis abuelos es llamar a Maddy para contarle lo del chocolate. La pobre se muere de la risa y me regaña por haber dejado vendido a mi abuelo, pero es lo que hay.
Después de hablar con ella durante unos minutos, subo al baño de mi habitación y comienzo a llenar la bañera, le echo unas sales y un poco de mi jabón preferido y, mientras se forma la espuma, enciendo unas cuantas velas.
Me chiflan las velas aromáticas, las tengo de multitud de olores, pero sin duda uno de mis preferidos es el de manzana, vainilla y canela.
Desde el móvil busco una de mis listas de reproducción de Spotify y le doy al botón para que la música fluya por toda la casa a través de los altavoces.
Cuando la bañera ya está lista, bajo a la planta inferior y me preparo un chocolate para compensar el que no pude terminarme en la casa de mis abuelos .
Sé que es el segundo que me meto hoy entre pecho y espalda, pero es que el dulce, y en especial el chocolate, es mi pequeña adicción, y otra de las cosas que mi abuelo y yo tenemos en común.
Subo de nuevo a la planta superior, coloco una pequeña bandeja anclada a la bañera, pongo sobre ella la humeante taza y el móvil, me desvisto y me hago un moño para no mojarme el pelo.
Dispuesta a regalarme un momento de relajación total, me sumerjo despacio en el agua y dejo escapar un suspiro de placer cuando el calor recorre mi cuerpo y la espuma acaricia mi piel.
A pesar de que mi casa está situada en la misma urbanización en la que viven mis amigos, no es tan grande ni lujosa como las suyas. No tengo gimnasio, ni cine, ni salón de juegos como ellos, pero tampoco los necesito.
Mi planta baja está distribuida de forma diáfana y la ocupan el salón comedor, abierto a la cocina, y un aseo. En la superior tengo tres dormitorios, cada uno con su propio aseo, aunque el de mi habitación es el más grande y el único que tiene bañera.
En la parte posterior disfruto de un jardín con una piscina de tamaño aceptable, y el ventanal de mi cuarto se abre a un balcón de generosas dimensiones.
La distribución es cómoda y muy similar a la de la casa que Maddy ocupó antes de irse a vivir con Ryan.
Cierro los ojos, apoyando la nuca contra la cuba al tiempo que los músculos de mi cuerpo se van relajando poco a poco, y una sonrisilla se dibuja en mi cara al recordar la expresión de fastidio de mi abuelo al ver cómo me escabullía de su cocina esta mañana.
Mi móvil vibra con el sonido de notificación que tengo asignado al grupo de WhatsApp «Amigos», que es el que los seis compartimos junto con el hermano de Maddy.
Al principio, cuando Maddy y Ryan empezaron su relación, solo lo formábamos ellos dos, Savannah, Brad, Liam y yo, pero después, cuando Kevin se vino a vivir a la ciudad, dado que participa en muchos de nuestros planes, decidimos incluirlo para que esté al tanto de dónde y cuándo quedamos sin que haya necesidad de avisarle .
Por supuesto, ese grupo tiene mucha menos actividad que el que comparto con Maddy y Savannah, «Las Juanas», nombre que adoptamos en honor a Juana de Arco quien, al igual que nosotras, era una luchadora que consiguió hacerse un hueco en un mundo de hombres.
El mensaje es de Liam y no podría ser más escueto.
Liam: Necesito ayuda. 350 West 45th Street
Una sensación rara me recorre por dentro. Espero que no esté en problemas. ¿Qué narices le habrá pasado? Porque vale que toca narices es un rato, pero ¿eso de mandar un mensaje pidiendo ayuda? Nunca lo había hecho hasta ahora. Tiene que haberle ocurrido algo.
Me dispongo a responder para preguntarlo, pero ya no está en línea, por lo que, lanzando un gemido resignado, echo un último vistazo a la taza de chocolate que ni siquiera voy a poder probar y me dispongo a salir de la bañera a toda velocidad.
Adiós baño relajante, adiós dulce aroma de las velas…
Me visto con prisa, poniéndome lo primero que pillo, que resultan ser unos vaqueros viejos que uso para andar por casa y una sudadera descolorida que hace mucho tiempo que ha pasado a mejor vida; me calzo unas zapatillas de deporte y, tras coger el abrigo, agarro de cualquier forma las llaves y salgo de casa.
Y sin pararme siquiera a deshacerme el moño, me subo al coche e introduzco en la pantalla la dirección que Liam nos acaba de facilitar.
Por suerte, no está lejos, a unos quince minutos en coche, por lo que no voy a tardar en llegar.
Arranco, me dirijo al puente Whitestone, el cual, al ser de noche, está precioso completamente iluminado, y sigo conduciendo, siguiendo con atención las indicaciones que la voz monótona y mecánica del GPS me va dando.
Al salir del puente giro a la derecha y, después de conducir durante cinco millas, llego a un camino de tierra.
—Tome la primera salida a su derecha —me ordena la voz .
Me detengo, porque estoy casi convencida de que la indicación es errónea, y compruebo si he metido bien la dirección.
El GPS repite por segunda vez:
—Tome la primera salida a su derecha.
Observo el serpenteante camino de tierra, estrecho y poco iluminado.
—Como me haya hecho salir de la bañera por alguna especie de apuesta o broma de mal gusto se va a enterar… —murmuro desconfiada, porque no comprendo qué puede estar haciendo Liam a estas horas por este lugar.
Como no me queda otra, tomo el camino y avanzo despacio tratando de sortear los baches, que son muchos y de tamaño considerable.
—¿Dónde narices se supone que me estoy metiendo? —murmuro al llegar delante de un muro de cemento de varios metros de altura cerrado por un gran portalón con barrotes negros.
En uno de los laterales descubro los coches de Ryan y Brad; he sido rápida, pero, por lo visto, ellos lo han sido todavía más. No me extraña, sé que ambos entrarían sin pensarlo a una casa en llamas cuando de Liam se trata.
Me bajo y avanzo hacia el portalón justo cuando este se abre con un chirrido para dejar salir a un coche azul, pequeño y bastante antiguo y, al mirar hacia dentro lo veo, ahí parado, en medio de un enorme patio, sosteniendo a un perrito de manchas marrones y blancas entre sus brazos.
Impactada, lo recorro de arriba abajo. Esta sucísimo, despeinado, calza unas enormes botas negras de goma y, tanto sus brazos como su cara y su pelo, están embadurnados de barro y, aun así, cuando sus ojos, intensos y brillantes, se posan sobre los míos y me dedica una sonrisa sincera y desinhibida, siento que necesito dar un paso atrás y tragar saliva.
Nunca antes me había parecido tan guapo y atractivo como en este momento y, a pesar de que hago todo lo posible por ignorarlo, siento un ligero cosquilleo recorriéndome por dentro.
—¡Has venido! —me saluda acariciando sin parar al animalito, que parece encantado de recibir sus atenciones .
—Parecía que necesitabas ayuda —respondo de forma escueta, porque aún no me he recuperado del todo del impacto que acaba de provocar en mí.
—¡Y la necesitamos! —exclama resoplando—. Entra —me invita con un movimiento de cabeza—. Hay mucho trabajo.
Hago lo que me pide y, en cuanto llego a su altura, el perrito me saluda olfateándome con curiosidad.
—Dale un poco de espacio, Oreo —le dice él rascándole detrás de las orejas—. No queremos asustarla.
—¿Acabas de llamarlo Oreo? —pregunto ignorando el deje que me parece percibir en su voz.
—Es su nombre. Se lo puse porque es tan dulce como una galleta Oreo —me explica—. Le tengo cariño a todos los perros del refugio, pero este es especial para mí, tiene cuatro años y no ha llevado una vida fácil, me recuerda a uno que conocí de pequeño.
—¿Tú se lo pusiste? —Cada vez estoy más sorprendida, intentando asimilar toda la información, y me cuesta disimularlo.
—Sí, hace dos meses, cuando llegó.
Miro a mi alrededor, recorriendo con la mirada el gran patio y las dos naves que hay al fondo.
—Estamos en una protectora —afirmo comenzando a tomar conciencia de la situación y, a pesar de que hablo en voz alta, en realidad me lo estoy diciendo a mí misma.
—Exacto —me confirma Liam echando a caminar hacia las naves—. Un refugio en el que se recogen animales para intentar encontrarles su familia ideal.
—¿Y tú conoces este sitio porque…?
—De vez en cuando me paso a echarles una mano.
—¿Hablas en serio? —sueno incrédula.
Conozco a Liam desde hace ya algún tiempo y no tenía ni idea de que estuviese en contacto con ninguna protectora o refugio de animales, ni mucho menos de que colaborase de vez en cuando con ellos.
—Pareces asombrada.
—Lo estoy —reconozco—. No sabía ni que te gustasen los perros .
—Me encantan los perros. De hecho, me gustan más que muchas personas. ¿A quién no? Son fieles, leales, divertidos…
—¿Y no te has planteado tener uno?
—Me encantaría, pero con nuestros viajes… Vivo solo, no tengo familia con la que poder dejarlo y, por razones obvias, el perro no podría viajar conmigo. ¿Quién se encargaría de él cuando yo estoy entrenando o jugando?
Visto así, tiene lógica y me siento un tanto idiota por haberlo preguntado.
Me dispongo a hacer una nueva pregunta justo cuando él abre la puerta de la nave de la derecha y la escena que aparece ante mis ojos me deja perpleja.
Lo que parece un sitio bonito y agradable ahora luce convertido en un río de agua y porquería que cubre por completo el suelo hasta una altura más que considerable, inundándolo todo.
—¡Hola, Aria! —me saluda Brad con un movimiento de mano al percatarse de mi presencia mientras tanto él como Ryan, acompañados de cuatro voluntarios más, se afanan en vaciar de bebederos, comederos, mantas y camas los compartimentos, los cuales, en lugar de ser simples jaulas, están divididos por pequeños tabiques, lo que les da un aspecto mucho más estético y acogedor.
—Esta noche se rompió una de las tuberías generales; por suerte, tenemos cámaras y pudimos llegar a tiempo para sacar a todos los animales, sin embargo, ya ves el lamentable estado en el que ha quedado todo, y me temo que antes de achicar el agua y secarlo necesitamos despejarlo.