Capítulo 8
La maruja de Brad
Liam
La visita que Aria y yo hicimos al faro fue toda una sorpresa en más de un sentido, y esta mañana, cuando me levanté, estaba de un humor excelente y rebosaba energía por cada poro de mi piel, por ello se me ocurrió llamar a Brad para pedirle que se pasaran por mi casa con la excusa de entrenar e invitarlo a un buen desayuno después.
Hace un rato que estamos en la piscina climatizada, disfrutando de la luz de sol que entra por la cristalera del fondo que da al jardín posterior y, mientras Savannah permanece recostada en una de las tumbonas de la piscina y se entretiene con un libro, nosotros hacemos pesas acompañados de la música siempre inspiradora de David Guetta.
—Siento decirte, colega, que tu novia me está comiendo con los ojos —le digo a Brad, a pesar de que soy consciente de que cada una de las miradas furtivas que su novia lanza por encima de la novela que sostiene entre las manos van destinadas solo y exclusivamente a él .
Mi colega es tan tranquilo que intentar sacarlo de sus casillas es de lo más divertido, sobre todo, porque casi nunca lo consigo y para lograrlo tengo que estrujarme el seso y echar mano de toda mi imaginación.
—Savannah tiene demasiado buen gusto como para eso —responde con la voz algo entrecortada por el esfuerzo de levantar las pesas.
Mi amigo desvía la mirada hacia el lugar donde su prometida continúa ajena a nuestra conversación y por poco le salen corazoncitos por los ojos.
Suelto una carcajada que atrae la atención de la rubia, quien deja el libro sobre la tumbona y se levanta para acercarse a nosotros.
—Parece que hoy estas contento —me dice.
—Siempre lo estoy, «felicidad» es mi segundo nombre —replico guiñándole un ojo.
—Ya, claro… —Ella alza las cejas, divertida—. ¿Y estás seguro de que cierta cita en cierto faro no tiene nada que ver con tu estado anímico?
—¿Cita? ¿Qué cita? ¿Has tenido una cita? —interviene Brad la mar de interesado.
—Que sepas que tu futuro marido es una maruja… Te lo digo porque todavía no es demasiado tarde, aún estás a tiempo de cambiar de idea.
—No, gracias —responde ella acercándose más a Brad, que la sostiene por la cintura y besa su pelo con ternura.
—Como quieras, luego no digas que no te lo advertí. —Me encojo de hombros.
—No te vayas por la tangente. ¿Qué cita? —insiste mi amigo.
—Ayer fue con Aria al faro del puente George Washington —le dice ella dedicándole una sonrisa resplandeciente.
—¿En serio? ¿Fuiste con ella a tu faro? —pregunta él soltando un silbido—. Vaya, eso son palabras mayores.
—No es mi faro, ni que lo hubiese construido yo —protesto.
—Aria lo llevó allí —anuncia la rubia ilusionada.
—Fue un detalle bonito, una forma de firmar una tregua supongo —c omento tratando de quitarle importancia al mismo tiempo que me revuelvo el pelo con la mano, algo inquieto.
No soy tímido, ni mucho menos introvertido, así que por norma general no tengo ningún problema en hablar con los chicos o incluso con Maddy y con Savannah sobre estos temas.
Chicas, relaciones, citas son conversaciones en las que suelo fluir de forma natural; sin embargo, tratándose de Aria la cosa cambia.
Puede ser porque debido a nuestras peleas constantes solemos estar en el punto de mira y ser el centro de atención, o quizás también influye el hecho de que ella sea tan amiga suya como lo soy yo… No sé, el caso es que hablar de esto con ellos me resulta incómodo y chocante.
—Es la primera vez que vas con alguien a ese lugar, ¿verdad? —apunta Brad.
—Sí —admito de mala gana.
El cabronazo de mi amigo esboza una sonrisilla de lo más pedante y siento como mi buen humor comienza a evaporarse… Igual invitarlos a venir no ha sido tan buena idea después de todo.
—Ni siquiera nos has llevado a Ryan o a mí —insiste—. Has ido un montón de veces y nunca nos has dado la oportunidad de acompañarte.
Le dedico una mirada más gélida que el océano Ártico, y Savannah, que percibe el cambio en mi estado de ánimo, le propina un ligero codazo de advertencia, pero, por la diversión que distingo en los ojos de Brad, tengo claro que no piensa dejarlo estar.
—Nunca pusisteis interés en venir —afirmo tratando de mostrar indiferencia.
—Porque siempre nos dejaste claro que era un sitio que querías guardarte para ti —rebate él.
—Me gusta ir allí para relajarme y pensar, y vosotros sois un par de bocazas que no os calláis ni debajo del agua.
Su sonrisa se ensancha y siento ganas de abofetearme a mí mismo por la tontería que acabo de soltar, ya que, sin ninguna duda, de los tres, es a mí a quien más le gusta hablar.
—Espero que no te haya molestado que le hablase del faro a Aria… —interviene Sav, que se muerde el labio con cierta preocupación—. Me dijo que quería tender un puente contigo, que sabía que se había pasado en la casa de Ryan y quería buscar alguna manera de disculparse.
—Tranquila, estuvo bien —le digo, en parte porque es cierto y en parte porque lo último que quiero es hacerla sentir mal o culpable.
—Por si te sirve de consuelo, lo de la tarta fue idea suya —añade.
Los ojos de Brad vuelan de inmediato del uno al otro.
—¿Tarta? ¿Hubo tarta?
Ella sonríe encantada.
—Tarta de manzana de Cassi’s.
—¡Nooooo! —exclama mi amigo echándose a reír de nuevo—. ¿Te llevó al faro y te invitó a tarta de manzana de Cassi’s?
Resoplo ofuscado mientras pienso en lo mucho que me gustaría estamparle la cabeza contra una buena porción de tarta solo para dejar de ver esa estúpida sonrisa dibujada en su cara.
—Tengo que hablar con mi padre para avisarlo de que igual terminamos celebrando una boda doble —se mofa.
—Eres un idiota —lo acuso, dándole la espalda para coger la toalla que tengo al lado del banco de pesas.
Él se carcajea de nuevo y, cuando echo a andar hacia las escaleras, viene detrás.
—Venga, no te enfades —me insta sin dejar de reír en ningún momento.
—No lo hago, es solo que eres imbécil.
—¿Por qué estás tan molesto? ¿No será que en el fondo tanto Aria como el detalle que ha tenido contigo te gustan más de lo que quieres reconocer?
—¡No digas gilipolleces! —exclamo.
—No son gilipolleces, sabes que llevo tiempo diciéndotelo…
—Ahí tiene un poco de razón —lo apoya Savannah.
Me detengo en seco y, volviéndome hacia ambos, la contemplo con incredulidad .
—¿Tú también? Puedo entender que te guste este tipejo —admito señalando a su novio con un movimiento de cabeza—. Pero de ahí a dejarte contagiar por su estupidez…
—Si tanto te molesta el tema, no diré ni una palabra más —afirma ella con seriedad.
—Es un detalle —asiento, y suspiro aliviado.
—Pero —añade levantando un dedo— creo que deberías plantearte muy en serio si no cabe alguna posibilidad de que todos vuestros continuos enfrentamientos en realidad escondan algo más.
—¡Y dale! —rezongo—. Agradezco la preocupación, pero estoy muy mayor para jugar al escondite.
Ella no parece conforme, pero, tal como acaba de asegurarme, tampoco insiste, así que me doy la vuelta y echo a andar de nuevo antes de que cambie de opinión.
—Ahora, vamos a desayunar, estoy muerto de hambre —murmuro.
—Genial, ¿habrá tarta de manzana? —El tono de recochineo de Brad me hace detenerme de nuevo, me giro hacia él y lo fulmino con la mirada, a lo que mi amigo responde encogiéndose de hombros con gesto inocente.
—Fue ella la que se ofreció a no sacar de nuevo el tema, yo no dije nada —me recuerda señalando a su prometida con un movimiento de cabeza.
—De donde no hay no se puede sacar —farfullo.
—Verás cuando se lo cuente a Ryan… Le va a encantar —comenta el muy cabrón, y aprieto los dientes porque, si ya es difícil aguantarlo a él por separado, verás cuando se enteren los dos.