Capítulo 7
El chocolate del delito
Aria
—Hola, holaaa... ¡Ya estoy aquí! —anuncio cerrando la puerta con la punta del pie para no tener que dejar en el suelo ninguna de las bolsas que llevo en las manos—.
¿Abuela? —la llamo en voz alta al no recibir respuesta—.
¿Abu? —repito mientras me encamino hacia la cocina y coloco las bolsas sobre la encimera.
—No está, ha salido a dar un paseo con tu madre y tus tías. —La voz de mi abuelo me llega desde la despensa.
Me dirijo hacia allí y, al asomarme a la puerta, lo veo rebuscando en la parte trasera de los estantes.
—¿Qué haces desordenándole los tarros a la abuela?
—No estoy desordenando nada, solo intento encontrar el chocolate, cada vez que lo compra lo cambia de sitio para que yo no lo encuentre, y quiero prepararme una taza —confiesa volviéndose hacia mí.
Lo contemplo con cariño.
Es un hombre entrado en años, de abundante cabellera blanca, no demasiado alto y cuya complexión delgada podría hacerle parecer poca cosa; sin embargo, nada más lejos de la realidad: su cuerpo es pura fibra y tiene una sorprendente agilidad para su edad.
Mi abuelo Carlos derrocha inteligencia, sus ojos de color verde agua, muy parecidos a los míos, brillan de curiosidad y avidez, su sonrisa continúa siendo traviesa a pesar del paso de los años y las arrugas que surcan su piel son el testimonio de todos los baches y caminos que a lo largo de su vida ha tenido que sortear y recorrer.
Es un hombre hecho a sí mismo que no dudó en abandonar su tierra natal con una maleta, su mujer y sus hijos pequeños renunciando a un país al que todavía lleva en el corazón y del que siempre habla con cariño y orgullo con el único objetivo de darle a su familia un futuro mejor.
Trabajador, divertido, orgulloso, cabezota y observador… Así es mi abuelo, un hombre que no se rinde, que piensa que hay que exprimir al máximo cada segundo del día y, sin ninguna duda, una de mis personas favoritas.
—El chocolate no te va bien —le recuerdo.
—¿Y eso quién lo dice?
—Tus últimos análisis. Tienes el azúcar alto.
—Por un día no pasa nada…
—La abuela solo te deja tomarlo en ocasiones especiales.
—Que tú hayas venido a verme me parece un momento digno de celebración —afirma de lo más zalamero.
—Podría haber colado si no fuese porque ya tenías intención de tomarlo antes de que yo pusiese un pie en la cocina.
—Porque mi sexto sentido me decía que andabas cerca… —murmura volviendo a rebuscar entre las botellas y las conservas.
—Como vuelva la abuela y te pille, se va a liar una buena.
—Tengo tiempo, acaban de salir hace nada; si te apuras, igual las alcanzas —sugiere señalando la puerta que da al jardín trasero con un movimiento de cabeza—.
Eso sí, como se te ocurra chivarte, voy a encargarme personalmente de echarle pepinillos durante todo lo que queda de año a cada bandeja de comida que llegue a la mesa .
Pongo una mueca de asco; odio los pepinillos, no los soporto, su simple olor me provoca arcadas y soy incapaz de comer nada que haya estado en contacto con ellos.
—Deja, prefiero quedarme contigo, creo que necesitas mi ayuda si quieres encontrar ese chocolate.
—¿Vas a ayudarme? —pregunta con los ojos chispeantes.
—Ya que voy a ser cómplice quiera o no, mejor disfrutarlo contigo.
—Esa es la actitud. —Me guiña un ojo—. ¿Dónde lo habrá metido esta mujer? —murmura rascándose la cabeza a la vez que devuelve la mirada a la estantería que tiene delante.
—Permíteme… —le digo colocándome a su lado para ponerme de puntillas y coger uno de los botes en los que supuestamente se guardan los garbanzos.
Lo abro y una sonrisa de satisfacción asoma a mi rostro al enseñarle el contenido.
— Voilá —le digo.
—Tu abuela es tremenda —sisea negando con la cabeza—. ¿Cómo sabías que lo tenía ahí escondido? Yo llevo un rato buscando y no se me había ocurrido.
—¿Te olvidas de que Logan y yo nos pasábamos horas intentando descubrir todos sus escondites para las golosinas y las galletas? Este siempre fue uno de los preferidos.
—Dame eso, vamos a aprovechar antes de que vuelvan.
Sin perder un segundo, se acerca a la enorme cocina y pone a calentar leche en la que enseguida comienza a fundir el chocolate.
Después, cuando la mezcla espesa lo suficiente y el aroma inunda toda la habitación, sirve dos tacitas y las coloca ante nosotros.
—Esto es vida —asegura tras dar el primer sorbo.
—Te encanta el chocolate —afirmo soplando mi taza antes de imitarlo para evitar quemarme la lengua o los labios.
—¡Me chifla el chocolate! —reconoce con una sonrisa divertida, guiñándome un ojo—. Es uno de esos pequeños placeres que le dan sentido a la vida, no obstante, no lo decía por eso, sino por tener la oportunidad de estar disfrutándolo acompañado de mi nieta preferida.
—Eso nos lo dices a todos —protesto en broma, a pesar de que soy consciente de que es verdad; yo soy su preferida, igual que Logan es el favorito de mi abuela, esa es una realidad que no se puede negar.
Él se ríe con fuerza y me observa con cariño.
—Quiero muchísimo a todos tus primos, daría mi vida por cualquiera de ellos, pero por ti siento debilidad.
Sus palabras me calientan el corazón.
Nunca he conocido a mi padre, pero tampoco lo he extrañado y sé que en parte ha sido porque mi abuelo se encargó de ocupar ese hueco para que nunca lo echara en falta. Puede que ese sea el motivo de que siempre hayamos estado tan unidos.
—¿Qué tal en el trabajo? —se interesa.
Nos vemos mucho, pero, dado que cuando vengo a visitarlos la casa suele estar llena de gente y de niños corriendo de aquí para allá, hace tiempo que no disfrutamos de un momento a solas para poder hablar con tranquilidad.
—Va bien, pero estoy un poquito desbordada porque, además de ocuparme de los asuntos de Los Lobos, ahora también tengo que encargarme de la campaña que Logan me encasquetó a traición —lo digo con cierto tono de fastidio.
—Tu primo y tú formáis un buen equipo, siempre ha sido así.
—Ya, claro, qué vas a decir tú…
—Sabes que no pierdo el tiempo hablando por hablar.
Logan se parece a mí: pausado, tranquilo, reflexivo…
Tú, en cambio, me recuerdas mucho a tu abuela…
: demasiado Impulsiva, siempre echada para adelante, una cabezota que no cambia de idea con facilidad ni se deja impresionar o influenciar por nadie.
—No sé si me estás halagando o criticando.
—Un poco de ambas supongo.
—Así da gusto, abuelo, ¡tú sí que sabes levantarme el ego! —comento con sarcasmo—. Por cómo lo dices, en comparación con Logan no me ha tocado ni un gen bueno .
Él se echa a reír.
—Tu primo es un mar en calma, en cambio, tú siempre has sido una tormenta en medio del océano. Sois la combinación perfecta.
—Qué metafórico te me has vuelto, abuelo —bromeo.
—Solo quiero que entiendas que esa fuerza y arrojo que tienes son dos de las cualidades que te hacen tan especial, pero al mismo tiempo no debes olvidar que incluso las aguas más embravecidas necesitan calmarse de vez en cuando para no desbordarse y provocar un desastre natural.
—¿Me están comparando con un tsunami o un huracán?
—Te he visto enfadada… —me recuerda como si eso lo explicase todo.
La puerta se abre y mi abuela entra, acompañada de mis tías y mi madre.
—¿Eso que huelo es chocolate? —pregunta la buena mujer atravesándonos a ambos con la mirada y poniendo los brazos en jarras en cuanto pone un pie en la cocina.
—Fue ella.
—Fue él.
Nos acusamos mutuamente y a la vez nos señalamos el uno al otro.
—Qué dos —comenta mi madre negando con la cabeza.
—No sé cuál es peor —ratifica mi abuela—. Desde luego, el día que repartieron el sentido común estos se olvidaron de hacer la cola.
Mi tía Guadalupe se echa a reír, sin embargo, a juzgar por la expresión de mi abuela, dudo que ella le encuentre la gracia.
Mi móvil suena y, al ver el nombre de Maddy en la pantalla, me apresuro a contestar.
—Hola, Maddy. ¿Qué pasa? —le pregunto sin apartar la mirada de mi abuela.
—Nada, solo quería saber cómo te fue con Liam.
—¿En serio? ¿Es tan urgente? —pregunto fingiendo estar contrariada.
—No, para nada… —responde mi amiga extrañada .
—No te preocupes, ahora mismo voy. Tú mantén la calma —añado mientras mi abuela cruza los brazos sobre su pecho con semblante de no creerse ni una palabra.
—¿Qué dices? ¿Que vas a dónde? —Maddy no sale de su asombro.
—No tardo nada, ya estoy saliendo —le digo—. Respira, sobre todo, tú respira.
—¿Has bebido? —me pregunta ella asombrada.
—Sobre todo, no pierdas los nervios —sigo.
—En serio, Aria, ¿estás borracha? —insiste.
—Salgo volando. Chao —me despido y, sin más, le cuelgo.
—Aria Mari, no pienses que te vas a librar… —me advierte mi abuela.
Me encojo de hombros.
—Yo solo venía a traer estas bolsas de verduras y a pasar el rato contigo, abu —le digo a mi abuela en tono de no haber roto jamás en mi vida un plato. Y anuncio, saltando de mi asiento—: Pero ha ocurrido algo superurgente y no me puedo quedar.
—Superurgente —repite mi abuela con ironía.
—Urgentísimo —exagero, porque, aunque sé que no cuela ni un poquito, mi único objetivo es escapar.
—Cobarde… —me acusa mi abuelo.
—Tú siempre me dices que de valientes está el cementerio lleno —le recuerdo entre dientes el dicho que tantas veces le he escuchado pronunciar.
—¿Podrías, por favor, contarnos qué es eso tan urgente que ha ocurrido? —cuestiona mi abuela achicando los ojos.
—Maddy me necesita. El gato de la vecina se ha colado en su casa. —Suelto lo primero que se me ocurre, sin pensar, a la vez que comienzo a caminar hacia atrás en dirección a la puerta principal, que es justo la contraria a la que ellas acaban de usar.
—¿Y? —pregunta mi madre, divertida al ver cómo me las ingenio para intentar colarle a la matriarca de la familia una trola descomunal.
—Tengo que ir a sacarlo de allí —aseguro con solemnidad .
—¿Y por qué se supone que no puede hacerlo ella? —protesta mi abuelo, molesto porque yo vaya a conseguir escaquearme de la bronca dejándolo vendido ante el enemigo, también conocido como mi abuela.
—No, por supuesto que no —respondo como si fuese obvio.
—¿Y eso por…? —murmura mi madre, conteniendo la risa a duras penas.
—¡Es alérgica! ¡Superalérgica! —exclamo—. Cuanto más tiempo pase ese animal en su cocina, más se arriesga la pobre Maddy a terminar en urgencias.
—Traidora —me acusa mi abuelo dedicándome una mirada nada amistosa.
—Es cuestión de vida o muerte —me justifico—. Piensa en la pobre Maddy.
—Ya, seguro —sisea él arrugando la nariz en una mueca de fastidio.
—Os quiero —grito mientras me doy la vuelta para salir a toda prisa de la cocina a la vez que una sonrisa asoma a mis labios cuando escucho como mi abuela empieza a regañarlo sin piedad…
Poco sabe ella que, si sube a su despacho, va a encontrar chocolate escondido por rincones que ni se puede imaginar.
Una sonrisa asoma a mis labios al escuchar a mi abuelo tratar de defenderse sin resultado.
Son polos opuestos, y muchas veces andan como el perro y el gato, pero son afortunados de compartir su vida: se quieren con locura, se respetan y tienen la relación más bonita a la que cualquiera podría aspirar.
Incluso yo, que no creo que en las relaciones y que me siento orgullosa de ser una mujer independiente que no busca en ningún hombre su propia estabilidad ni felicidad, me doy cuenta cada vez que los veo juntos de que lo que hay entre ellos es algo con lo que muy poca gente puede soñar.