Capítulo 6
A veces te escucho cuando hablas
Liam
Espero delante del portalón de su casa. Mucho exigirme a mí puntualidad, pero ella ya llega cinco minutos tarde…
Espero que se dé prisa, todavía estoy molesto por lo que pasó en la casa de Ryan y Maddy y no tengo ganas de aguantar tonterías, por lo que espero que lo que sea que tiene planeado sea rápido para poder terminar con esto temprano.
Como la temperatura es agradable, bajo la ventanilla y un ligero olor a jazmín se cuela en el coche.
Me entretengo buscando una canción en mi lista de Spotify y, cuando vuelvo a alzar la mirada de la pantalla del móvil, la veo saliendo del jardín.
Viste de manera informal, con unos vaqueros anchos, un jersey de lana y unas botas planas. Lleva el pelo rizado recogido en una coleta alta que deja a la vista la delicada piel de su cuello, y en las orejas luce unos aros de plata. Y lleva una bolsa en la mano.
Me saluda con un movimiento ligero de cabeza y, en lugar de abrir la puerta del copiloto, se dirige directa al maletero .
—¿Cómo se abre esta cosa? —me pregunta buscando por dónde levantarlo.
—¿Estás llamando cosa a mi Porsche? —cuestiono, haciéndome el ofendido a la vez que la miro a través del espejo retrovisor—. ¿A mi precioso Porsche? —repito con énfasis mientras acaricio con cariño la tapicería de piel.
—Sigue teniendo motor y cuatro ruedas, ¿no? —pregunta, encogiéndose de hombros como si tal cosa.
—Evidentemente —respondo resoplando.
—Pues entonces es una cosa —corrobora cerrando el maletero con un golpe que me hace encogerme en mi sitio y poner una mueca.
—¡Hala! ¡Ya podemos irnos! —anuncia en tono desenfadado al tomar asiento a mi lado.
—Va a ser difícil si no me dices a dónde.
—Tranquilo, te iré dando indicaciones —dice ajustándose el cinturón de seguridad—. Lo primero que tienes que hacer es salir de la urbanización y girar hacia la derecha.
—¿No sería más fácil que me dijeras la localización exacta a la que tengo que dirigirme y ya está?
—No, eso le quitaría toda la gracia, y ya te expliqué el otro día que me interesa ver tu reacción al llegar a los sitios para comprobar si mis elecciones pueden sorprender a las personas que participen en la yincana o no.
—Está bien —accedo de mala gana.
—Por cierto, ¿tienes algo de música decente que podamos escuchar?
—¿Necesitas una limpieza de oídos? —le digo señalando la pantalla donde se lee el nombre de la canción que suena en este momento por el altavoz.
—He dicho música, no ruido.
—Que primero te metas con mi coche y ahora con Nas solo confirma lo que ya sabía.
—¿Y qué es lo que ya sabías?
—Que tienes un gusto de mierda .
—Mi gusto está muy por encima del de la media.
—Seguro que sí —murmuro.
Aria sonríe mirando hacia la ventanilla; no entiendo por qué, pero parece estar de buen humor… A ver cuánto nos dura la racha.
—Gira a la izquierda y coge el ramal I-687 N hasta tomar la salida en dirección a Bruckner Boulevard.
Me guardo la indicación en la cabeza y vuelvo la mirada hacia ella un par de segundos.
—A ver, sorpréndeme. ¿Quién está en tu lista? —pregunto, porque de verdad tengo curiosidad. A pesar de todo el tiempo que compartimos por culpa de nuestros amigos, hay un montón de cosas que no sabemos el uno del otro, y sus gustos musicales son una de ellas.
—¿En mi lista? —parece confusa.
—De Spotify —le aclaro.
Una sutil sonrisa que se apresura a esconder asoma a la comisura de sus labios.
—Ah, tengo una gran variedad, pero todos tienen una cualidad en común: saben cantar.
—Los raperos también cantan.
—Si tú lo dices…
—¿De verdad piensas eso o solo quieres fastidiar?
—La mayoría de los raperos no cantan, hablan —afirma, dispuesta a defender su teoría con argumentos.
—¿Has escuchado sus canciones? Sus letras son arte.
Siento su mirada recorrerme de arriba abajo.
—No te pega nada —comenta después del escrutinio.
—Pues tuve una época en la que rapeaba —confieso, y yo mismo me sorprendo de haberlo dicho en voz alta.
—¿En serio?
Por la forma en que me observa deduzco que he conseguido sorprenderla.
Asiento.
—Fue en el instituto y enseguida comprendí que no era lo mío, pero sí, hubo una época en la que lo hice, y la verdad es que me encantaba .
—En esa desviación mantente a la izquierda —me ordena señalando el punto al que se refiere sin apartar sus ojos de mí.
Me estudia como si fuese un rompecabezas que no tiene solución.
—¿Estamos de camino al puente George Washington? —pregunto alzando las cejas al darme cuenta de la dirección que estamos tomando.
Ella se limita a encogerse de hombros y no dice nada, pero, por segunda vez desde que subió al coche, veo una sonrisa luchando por dibujarse en su cara.
Tomo el camino indicado y, poco después, cuando me doy cuenta de cuál es nuestro destino, soy yo el asombrado.
—El faro rojo que se esconde debajo del puente George Washington —murmuro.
Desde que lo descubrí, poco después de llegar a la ciudad, este lugar se convirtió en uno de mis lugares favoritos, y me encanta venir aquí a pasar el rato, observar las vistas del río o simplemente pensar y desconectar.
—Me encanta este sitio —reconozco bajándome del coche para avanzar hasta la misma barandilla sobre la que tantas y tantas veces me he apoyado.
—Lo sé —reconoce ella, que se acerca después de sacar la bolsa que antes metió en el maletero.
Me giro en su dirección alzando las cejas.
¿Cómo es posible que lo sepa? Tal y como he dicho antes, apenas sabemos nada sobre los gustos o intereses del otro, y siempre que he venido aquí lo he hecho solo.
Mi desconcierto aumenta cuando de la bolsa saca dos envases con porciones de mi plato preferido en el mundo: la tarta de manzana de la pastelería Cassi’s.
Estoy confuso, no entiendo nada… El faro, la tarta. No comprendo a qué viene todo esto y la miro con fijeza tratando de encontrar las respuestas a todas mis preguntas en las aguas de esos ojos verdes e innavegables que casi siempre me contemplan fríos e inalcanzables.
—¿Por qué? —pregunto al fin.
Su mirada se pierde en el vasto río que fluye ante nosotros.
—Sé que te encanta este sitio y que la tarta de manzana de Cassi’s es tu preferida —confiesa.
—¿Desde cuándo tienes toda esa información?
—Savannah me chivó lo del faro —admite—. Al parecer, cuando empezó a trabajar en Los Lobos le dijiste que este era uno de tus sitios favoritos y que solías venir aquí a relajarte.
—Es cierto. —Mi mente vuela hasta ese momento.
Nuestra amiga acababa de empezar a trabajar con el equipo y las cosas no estaban siendo del todo fáciles para ella.
Así que un día que la vi agobiada le recomendé buscar un lugar en el que poder desconectar y relajarse, uno que fuese solo para ella.
Cuando me preguntó cuál era el mío, le hablé del faro y de lo mucho que me gustaba venir aquí.
—En cuanto a lo de la tarta, tú mismo lo has dicho en más de una ocasión —anuncia, trasladándome de nuevo al presente.
—Ah, ¿sí? —cuestiono.
—Sí, la semana pasada sin ir más lejos estabas comentándole a Ryan el tiempo que llevabas sin comerla y las ganas que tenías de tomarte un buen trozo.
Así que, voilà . Aquí la tienes —afirma abriendo uno de los envases de cartón dentro del que se encuentra la suculenta tarta, y ofreciéndomelo a continuación.
Es verla y empezar a salivar; como siempre, tiene una pinta espectacular, sin embargo, en lugar de cogerla e hincarle el diente tal y como estoy deseando hacer, me quedo mirando a Aria con cara de tonto y descolocado a más no poder.
No es por ser desagradable ni desagradecido, es solo que nuestra relación nunca ha sido amistosa y no comprendo a qué viene este cambio ahora.
—No sé por qué tienes esa cara de susto.
—No es susto, es que todo esto me resulta un tanto extraño… —murmuro.
Por su gesto, tengo la sensación de que está comenzando a perder la paciencia .
—No me malinterpretes, lo que ocurre es que el simple hecho de descubrir que me escuchas cuando hablo ya es una sorpresa, estaba bastante convencido de que cada vez que abría la boca te las arreglabas para ponerte unos tapones imaginarios y desconectar.
—Como idea no está mal. —Su tono es serio, pero en sus ojos brilla una chispa de diversión.
Continúo observándola con curiosidad.
—¿Cuál es tu película Disney favorita? —pregunto sin venir a cuento.
Ella me contempla unos segundos como si acabasen de salirme antenas y mi cerebro estuviese empezando a cortocircuitar, hasta que de repente sus ojos se iluminan divertidos.
Esa es una de las cosas por las que discutir con ella me resulta tan adictivo: su mente es rápida, el problema es que su lengua lo es todavía más.
—Puedes estar tranquilo, aunque la tarta sea de manzana no estoy planeando envenenarte —comenta esbozando una ligera sonrisa.
—Es un alivio —concedo echando un nuevo vistazo al pastel.
—Además, no tienes pinta de Blancanieves, más bien te pareces al enanito gruñón —indica.
—Los dos sabemos que ni soy un enanito ni soy un gruñón.
—Difiero en lo segundo —anuncia—, porque teniendo en cuenta que mides uno ochenta y cuatro, reconozco que lo primero no admite discusión.
—Los dos nos observamos con atención, como si fuésemos los dos oponentes de un duelo a muerte a punto de entrar en acción.
—Ahora en serio, ¿vas a explicarme a qué viene todo esto? —pregunto al fin.
Ella suspira con resignación.
—Después de nuestra pequeña discusión en la casa de Ryan, estuve hablando con Savannah y ella cree que por el bien del grupo deberíamos plantearnos una pequeña tregua —lo suelta de carrerilla, como si pronunciar cada palabra le costase un montón—.
Dice que nuestras continuas discusiones pueden acabar afectándolos a todos.
Por lo que supongo que esta tarta podría ser algo así como mi versión de la pipa de la paz.
Medito sus palabras durante unos momentos y me siento un poco ofendido y un tanto incomprendido por parte de nuestros amigos.
Sé que los chicos solo se preocupan por nosotros y que lo hacen con buena intención, pero ni que fuese para tanto.
Solo son unos pequeños piques, no es que vayamos a matarnos.
—Qué exageración —protesto negando con la cabeza.
—¿Verdad que sí? ¡Ni que fuésemos a arrancarnos la cabeza de un momento a otro! —exclama.
—Sabemos controlarnos —insisto.
—Por supuesto que sabemos, no somos un par de irracionales.
—Podemos estar sin discutir si nos lo proponemos —añado.
—Eso mismo es lo que siempre les digo yo.
Ambos nos quedamos en silencio, con la mirada clavada en el otro.
—Pero… supongo que, si se quedan más tranquilos y eso los hace felices, podríamos intentar discutir un poco menos —propongo.
—¿Firmar la tregua? —pregunta.
—Sería una pena desperdiciar esta tarta que te has molestado en comprar.
Ella me ofrece otra vez el envase y, en cuanto lo cojo y le doy un bocado al pastel, poco me falta para ponerme a ronronear de puro placer.
—Madre mía, pues sí que te gusta esta tarta —comenta ella conteniendo la risa.
—¿La has probado? —pregunto con la boca llena y sin dejar de masticar.
Aria niega con la cabeza.
—Pues deberías hacerlo, no sabes lo que te estás perdiendo —le aconsejo.
Lo hace y una sonrisa asoma a mi rostro al ver como sus ojos se abren de forma desmesurada.
—¡Oh, madre mía! ¡Esto es mejor que un orgasmo! —exclama soltando un gemido por el que por poco me atraganto.
—No sé si yo diría tanto —replico tosiendo .
—Y uno de los grandes —se reafirma, asintiendo muy seria mientras cierra los ojos.
En mi pecho nace una sonora carcajada, y sus ojos se abren de repente y vuelan hasta mí para observarme con una expresión extraña.
—¿Qué? —pregunto tratando de contener la risa.
—Nada —responde arrugando la nariz de una forma bastante graciosa.
—¿Cómo que nada?
—Pues eso: nada.
—Está bien, como quieras —acepto volviéndome de nuevo hacia el río a la vez que le doy otro bocado a mi porción de tarta.
—Así me gusta, buen chico.
—Siempre soy un buen chico, aunque tú te empeñes en pensar lo contrario —lo digo sin dobles intenciones, pero también sin pensarlo.
—¿De verdad quieres tomar ese camino? —cuestiona mirándome de reojo.
—No, tienes razón, mejor no, con lo bien que íbamos —rectifico.
—Eso pensaba yo.
Sonrío de nuevo.
—Ahora en serio. —Se vuelve hacia mí—. No conocía este lugar, pero ahora que estoy aquí entiendo por qué te gusta tanto.
Su mirada se pierde en la superficie del río antes de concluir:
—Entendería que no quisieses incluirlo en la yincana para mantenerlo como hasta ahora.
—¿Como hasta ahora? —repito.
—Alejado de las masas —me explica.
Lo medito durante unos segundos.
—Este sitio es especial, merece ser visto, la gente debería poder disfrutarlo —digo al fin.
Una sonrisa genuina se desliza por sus labios.
—Genial, entonces deberíamos sacarnos una foto —comenta sacando su teléfono del bolsillo para ponerlo en modo selfi y enfocarnos a ambos mientras le damos un bocado a la tarta de manzana con el río Hudson como telón de fondo .
—Hemos quedado bastante bien —reconoce mirando la imagen.
—¿Bastante bien? Hemos quedado genial —la corrijo quitándole el teléfono para contemplar la foto con detenimiento e interés.
Es la segunda foto que tenemos juntos y solos; la primera fue en el jardín de la amistad, pero esta es especial porque es la primera desde que hemos firmado la paz.
—Al menos yo —añado solo por picarla un poquito de nada.
—Menudo flipado, ¿nunca te han dicho que estás más guapo callado?
—Yo estoy guapo de todas formas.
—No, si encima el niño es modesto… —farfulla negando con la cabeza.
—Es cierto. ¿Has visto esta carita? —bromeo ladeando un poco el rostro y acariciándome la mejilla en una pose de lo más forzada y teatral.
—Yo no me lo creería tanto, chaval… —comenta con guasa.
—Ah, ¿no? ¿Y entonces por qué crees que me han elegido imagen de la campaña? —me regodeo.
—No te confundas, eso no fue por tu «supuesta» belleza —responde—, sino por ser el MVP de la pasada temporada.
—Es que, además de guapo, soy un jugador cojonudo. Vamos, que estoy hecho un partidazo —me cachondeo señalándome de arriba abajo al mismo tiempo que elevo las cejas repetidas veces.
—Lo que hay que aguantar —murmura y, aunque intenta mantenerse seria, a sus labios asoma una pequeña sonrisilla que es incapaz de disimular.
Su mirada se entrelaza con la mía, regalándome una descarga de energía y, a pesar de que siempre he pensado que este lugar estaba destinado a ser mi pequeña parcela de soledad, me sorprendo al darme cuenta de que estoy disfrutando de compartirlo con Aria.
Discutir con ella es divertido, pero quién sabe, igual esa tregua que acabamos de firmar no está tan mal, quizás me depara alguna que otra sorpresa inesperada.