Una jugada arriesgada Capítulo 3
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Capítulo 3

Un pimiento, un coche sucio y una colleja

Aria

Estoy sentada en un taburete de la cocina de la abuela María picando pimiento rojo mientras Logan hace lo mismo al otro lado de la isla, solo que en su caso ha tenido menos suerte y se las está viendo con la cebolla.

Hoy toca cena con mi numerosa, ruidosa, algo alocada y maravillosa familia y, como es costumbre, todos tenemos que arrimar el hombro.

Elevo la mirada hacia mi primo y disimulo una sonrisa al preguntarme qué pensaría la gente si lo viese en este momento, el serio y orgulloso propietario de Los Lobos de Nueva York, siempre trajeado e impecable, vestido con un pantalón de deporte, una camiseta vieja y un delantal de flores que, a juzgar por su apariencia, ha debido de pasar por varias generaciones.

—¿Habéis visto el biberón de Michael? —pregunta mi tía Guadalupe entrando como un huracán con el bebé de seis meses entre sus brazos.

—Creo que Dulce lo llevó antes al salón —deja caer Logan refiriéndose a la hermana del pequeño quien, desde los brazos de su madre, parece querer controlarlo todo y no se pierde detalle.

Mi tía sale como una bala hacia allí para preguntarle a su hija dónde lo ha dejado, justo en el momento en que la puerta que da al jardín se abre y nuestra abuela entra con una cesta repleta de moras y frambuesas.

—¿Has salido a comprar? —pregunta mi primo frunciendo el ceño—. No hacía falta, tienes la casa llena de gente, podríamos haber ido cualquiera de nosotros.

Mi abuela lo fulmina con la mirada. Siempre ha sido una mujer autónoma, resolutiva, independiente y adelantada a su tiempo y no lleva nada bien verse limitada o que alguien le diga lo que debe o no debe hacer. Ni siquiera el favorito de sus nietos…

Porque sí, aunque nos quiere a todos con locura, para nadie es un secreto que Logan es su ojito derecho, ventajas o privilegios de haber nacido el primero; yo soy la segunda, nos llevamos solo un año y, aunque algunos de mis primos dirán que exagero, no me cabe ninguna duda de que soy la preferida de mi abuelo.

Las risas de dos de mis primos pequeños se mezclan con los gritos de algunos de mis tíos cuando los New York Knicks meten el triple que los adelanta en el partido y con la canción de Luis Miguel que el abuelo (quien a sus noventa empieza a escuchar mal) tiene sonando a todo trapo.

Como ya he dicho, somos una familia numerosa y, cuando nos juntamos todos (cosa que intentamos que ocurra a menudo), bastante escandalosa, lo cual, por otro lado, entra dentro de lo normal teniendo en cuenta que entre abuelos, tíos y primos somos unas veintipico personas.

Mis abuelos, colombianos de nacimiento, se instalaron en la ciudad cuando mi madre, sus dos hermanas y sus tres hermanos todavía eran pequeños.

No debió de ser fácil para ellos, no tenían ayuda ni parientes a los que acudir, eran una pareja humilde que tuvo que recurrir a varios empleos para sobrevivir, pero si algo sobra en mi familia son las ganas de trabajar, la ilusión y el arrojo y, con mucho esfuerzo y sacrificio, consiguieron sacarlos adelante a todos.

Nunca se dieron por vencidos, por muy jodidas que se pusieran las cosas, ellos siempre tiraron para adelante, juntos y de la mano; lo hicieron cuando mi madre llegó encinta de un estadounidense que se desentendió de ella en cuanto supo que estaba embarazada, cuando escaseaba el dinero o incluso en el peor momento de su vida: cuando su hijo, el padre de Logan, murió de forma repentina rompiéndoles el corazón.

En cuanto a mi madre, mis tíos y mis tías, todos ellos aprendieron desde muy pequeñitos a ser una piña y a cuidarse los unos a los otros y, a día de hoy, lo siguen haciendo, a pesar de que los años han pasado y todos han ido haciendo su vida.

—Ninguno de vosotros tenéis ni idea de cómo elegir bien las frambuesas, cada vez que os mando a por ellas me las traéis o verdes o demasiado pasadas, y es fundamental que estén en su punto exacto para que la mermelada tenga dulzor —explica mi abuela con fastidio.

Mi primo y yo intercambiamos una mirada de complicidad mientras la buena mujer coloca la cesta en la despensa.

—¿Qué tal te fue con Liam? Un pajarito me ha contado que ayer tuvisteis vuestra primera cita.

—No fue una cita, sino una actividad de trabajo —lo corrijo de inmediato—. Y, por cierto, Maddy es un pajarito demasiado charlatán que tendría que tener el pico más cerrado.

Él se encoge de hombros y yo bufo, fingiendo que estoy molesta.

Maddy y Logan son buenos amigos y, al margen de lo profesional, tienen una relación cercana.

No puedo culparla por sentir un aprecio sincero por mi primo teniendo en cuenta que él fue el primero en darle una oportunidad y que la contrató y apostó por ella como entrenadora contra viento y marea, a pesar de las críticas y el desacuerdo de la plantilla, la afición y casi toda la prensa deportiva nacional.

Ahora las cosas son muy diferentes, pero, cuando Maddy consiguió el puesto de entrenadora jefa, convirtiéndose en la primera mujer en la historia de la NFL en optar a un cargo de esa magnitud, las cosas se pusieron bastante feas, e incluso en ese momento, mi primo no vaciló, se mantuvo firme y siempre confió en ella .

—Pero sí, ayer nos sacamos de en medio la primera actividad —comento con hastío.

—Solo quedan seis —responde tratando de animarme.

—Yujuuuu —replico con ironía—. Y te parecerá poco.

—Venga ya, no ha podido ser tan terrible, fuisteis a comer tortitas... —comenta, a sabiendas de que me vuelvo loca por ellas.

—Y estaban deliciosas —admito.

—¿Ves?

—Durante un rato incluso conseguimos mantener una conversación civilizada. Lo malo vino después…, cuando nos subimos al coche para volver.

—¿Qué hiciste? —pregunta con curiosidad intentando contener una sonrisa.

—¡Eres de lo que no hay! ¿Se puede saber por qué das por hecho que fui yo quien hizo algo?

Su respuesta es levantar tanto las cejas que por poco se le salen de la frente.

—Pues no, listo… —replico poniendo una mueca—. Para tu información, fue él quien me provocó.

—¿De qué manera se supone que te provocó? —Basándome en su expresión de escepticismo, deduzco que no termina de creerme.

¡Manda huevos! ¡Desde luego, cría cuervos…!

—Me insultó —afirmo.

—¿Te insultó? ¿Liam Jackson te insultó sin más? ¿Así de repente? —Su tono de incredulidad es tal que, si no fuese porque tal vez, y solo tal vez, estoy exagerando un pelín de nada lo que ocurrió, hasta me resultaría ofensivo.

Me remuevo en mi asiento y aprieto los labios antes de responder.

—Más o menos —murmuro entre dientes.

—Estoy bastante seguro de que debió de ser menos que más.

—Se metió con el estado de limpieza de mi coche, eso equivale a un insulto —me defiendo.

—Eso no es un insulto, es una realidad —me suelta el muy descastado echándose a reír—. De hecho, solo por haberse atrevido a meterse dentro sin vacunarse primero el chaval ya me parece digno de ser reconocido con una condecoración al valor.

Dejo el cuchillo sobre la isla y cruzo los brazos sobre mi pecho en actitud desafiante.

—No me mires así, es cierto —se reafirma él sin dejar de reírse—. Con lo ordenada que eres en el trabajo y en tu casa, no comprendo cómo puedes tener el coche en ese estado tan lamentable.

—No te pases, solo son unos cuantos papeles… —siseo.

—¿Unos cuantos papeles dices? —repite él resoplando—. Facturas, modelos de campañas…

—Son cosas que necesito para el trabajo y que luego se me olvida sacar.

—Varias sudaderas, alguna cazadora.

—Nunca se sabe cuándo puede refrescar —insisto sin dar mi brazo a torcer—.

Además, ¿qué importa que tenga algunas cosas de más?

Es un coche, un trozo de chatarra con cuatro ruedas que solo sirve para desplazarse y que, con papeles o sin ellos, cumple su función igualmente —expongo como si eso lo explicase todo.

—Si tú lo dices…

—El caso —insisto para no desviarnos del tema principal— es que él se metió con mi coche, yo critiqué su cara y al final acabamos enzarzados en una discusión de narices.

—¿Qué le pasa a su cara? —pregunta mi primo, que parece estar divirtiéndose un montón con esta conversación.

—¿Bromeas? Rezuma arrogancia y vanidad por cada poro de su piel —afirmo.

—¿Arrogancia? ¿Liam? ¿Estás segura de que estamos hablando de la misma persona? —me mira como si acabasen de salirme cinco ojos y tres bocas.

—Por suerte, en el mundo solo hay un Liam Jackson. Dudo que la humanidad estuviese preparada para sobrevivir a dos como él.

—Te encanta dramatizar —me acusa.

—No dramatizo.

—Por supuesto que sí, lo haces desde pequeña. Eres especialista en exagerar las cosas y sacarlas de quicio .

—Liam es quien me casa de quicio.

—Si tú lo dices… —Mi primo se encoge de hombros.

—Lo digo, por supuesto que lo digo.

Él se limita a contener una nueva carcajada y a guardar silencio, observándome con una cara de perdonavidas tan insoportable que me entran ganas de lanzarle algo. Algo duro, contundente y que le haga daño mucho, pero que mucho daño.

—El caso es que todavía os quedan unas cuantas actividades, y esta campaña tiene que salir bien, no podemos quedar mal con el Ayuntamiento —me recuerda, volviendo a su rol de superjefazo—.

Por lo que te recomiendo que intentes controlar tu genio y te centres en sacar a relucir tu lado más profesional, ese que los dos sabemos que tienes.

Hago un mohín, porque sé que tiene razón, pero eso no quita que me fastidie igualmente.

—Manda cojones, ya se os podía haber ocurrido algún otro jugador para ser la imagen de la puñetera campaña.

Todavía no he terminado la frase cuando una colleja resuena en mi cuello, rápida como un latigazo, y me encojo, llevándome la mano a la dolorida nuca.

—Esa boca, en esta familia no decimos palabrotas —me advierte la abuela quien, al parecer, para lo que le interesa tiene oído de elefante.

Logan finge tener toda su atención puesta en la cebolla y disimula la risa para evitar recibir otra.

¡Maldito Liam Jackson! ¡No solo tengo que aguantarlo cuando estoy con él, es que hasta sin estar presente acaba fastidiándome!

—¿Y las niñas? ¿No van a venir a cenar? —pregunta la abuela refiriéndose a mis amigas.

—No pueden, Maddy estaba cuidando de su sobrina y Aria y Brad tenían una cita especial.

La abuela intenta mantenerse seria, pero se le ilumina la mirada al hablar de ellas; le encanta tenerlas en casa, de hecho, hace tiempo que las considera casi como a un par de nietas más, por ello no es raro que nos acompañen en muchas de las cenas que solemos celebrar.

—Diles de mi parte que espero verlas a las dos en la próxima, y que se traigan a esos novios tan majos y guapetones que tienen, ya saben que ellos están invitados también.

Lo saben, claro que lo saben porque tanto a Ryan como a Brad les bastó acompañarlas a un par de comidas para conquistar no solo el corazón de la abuela, sino el de todos los demás. Los muy embaucadores tienen comiendo en su mano a toda la familia.

¿Qué puedo decir? Son encantadores, todo lo contrario que Liam, que es soberbio a más no poder. ¡Ya podría pegársele algo de ellos!

—Seguro que para la próxima los tienes aquí —le digo, y con eso ya consigo hacerla sonreír.

¡Qué poco hace falta para tenerla contenta! Llénale la casa de gente y bullicio y solo con eso conseguirás hacerla la mujer más feliz.