Una jugada arriesgada Capítulo 2
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Capítulo 2

Por favor…, los extintores a mano

Liam

—¿En serio? —pregunto, arrugando la nariz un tanto decepcionado, cuando el coche se detiene delante de un pequeño café especializado en tortitas que se encuentra en Harlem—. ¿El primer reto es comer tortitas?

Aria me observa de reojo con aire serio. No ha dicho ni una sola palabra desde que me recogió en la puerta de mi casa y no parece estar de un humor especialmente bueno esta mañana, por lo que yo también he decidido guardar silencio.

—¿Algún problema? —cuestiona cruzando los brazos sobre su pecho una vez detiene el motor.

—Ninguno. —Niego con la cabeza sin dejar de observar la gran cristalera que ocupa parte de la pared que da a la calle del pintoresco local.

Es bonito, eso no lo voy a negar; la madera que forma la estructura exterior está decorada con molduras y pintada de un agradable tono azul cielo a juego con las pocas mesas y sillas que se aprecian dentro .

—¿Decepcionado? —insiste mi acompañante.

La miro a los ojos, a esos ojos verde agua insondables que echan chispas cada vez que nos enredamos en una de nuestras discusiones.

Creo que eso es lo único que tenemos ligeramente en común, el tono de nuestros ojos, ambos verdes, aunque los míos son mucho más oscuros y los suyos, suaves como el agua esmeralda del Caribe.

En cuanto al resto, somos como el día y la noche: su piel tiene un ligero tono canela mientras que la mía es mucho más pálida; su cabello, oscuro, rizado y cuidado, el mío, liso, rubio y, por norma general, alborotado… Y del carácter mejor ya ni hablamos.

—No —admito con sinceridad—. No estoy decepcionado, adoro comer y me flipan las tortitas, por lo que para mí cualquier actividad que incluya ambas cosas es un buen plan—. Es solo que, conociéndote, esperaba algo más —añado.

Su semblante cambia, combinando una fascinante mezcla de cabreo y diversión.

—No sé cuál de las dos cosas me sorprende más —me espeta a la vez que abre la puerta, dispuesta a salir—. Que pienses que me conoces o que creas que la actividad de hoy se va a centrar en comprar tortitas.

La imito y echo a caminar tras ella.

—¿Me puedes decir qué hacemos aquí si no vamos a comer tortitas? —pregunto algo fastidiado.

Ahora tengo ganas de tortitas. ¡Quiero comer tortitas!

—No he dicho que no vayamos a comerlas —matiza volviéndose hacia mí justo antes de abrir la puerta—. Solo que no vamos a comprarlas, sino a hacerlas.

Una sonrisa burlona se extiende por su rostro y entra en el local sin darme tiempo a contestar.

Entrecierro los ojos y me tomo unos segundos antes de seguirla.

No es ningún secreto que me apasiona comer tanto como odio cocinar.

Todos saben que mi relación con los fogones es desastrosa y que se me da fatal, y ese «todos» la incluye a ella, por lo que estoy seguro de que la finalidad de esta primera prueba no es otra más que tocarme los cojones y dejarme quedar mal.

—¿Vienes o no? —La media sonrisilla que intenta ocultar ratifica mi teoría.

—La madre que la parió —murmuro mientras la sigo hasta el interior.

Una mujer bajita que rondará los setenta y algo, de mirada atenta y pelo canoso nos recibe con entusiasmo.

—Bienvenidos a Los dulces de Luci —nos saluda.

—Señora Yenkins, gracias por recibirnos —la saluda Aria extendiendo la mano, que la mujer acepta gustosa—. Estamos encantados de estar aquí.

—Estaba esperándoos —nos informa—. Lo tengo todo listo en el obrador, seguidme.

Los dos pasamos por detrás del pequeño mostrador y atravesamos un pasillo hasta llegar a un obrador que dobla el tamaño del local.

Suelto un silbido en señal de admiración.

Al contrario de lo que sucede en la parte visible del establecimiento, que luce una decoración clásica, todo aquí dentro es moderno y práctico.

Desde las relucientes encimeras de acero inoxidable hasta las numerosas estanterías del mismo material donde se apilan de forma ordenada incontables utensilios y recipientes.

—Tengo que confesar que estoy feliz de tener la oportunidad de compartir este ratito con usted, porque me declaro fan incondicional de sus tortitas —anuncia Aria—. Espero no quitarle demasiado tiempo.

—Primero, no me trates de usted, me haces parecer incluso más mayor —la regaña ella señalándola con el dedo índice—.

Y por lo otro, tranquilos, tengo todo el tiempo del mundo —nos informa—.

Mi marido y yo abrimos el local hace más de cincuenta años y, aunque me gusta estar por aquí y meterme a echar una mano de vez en cuando, ahora son mi hija y mis nietos quienes se encargan del negocio; en caso contrario, me hubiese sido imposible acceder a tu propuesta y colaborar con vosotros.

—De nuevo muchas gracias por aceptar —insiste mi acompañante, que parece ilusionada de verdad.

—De nada, el favor es mutuo —admite la mujer mientras comienza a coger los ingredientes que vamos a utilizar—. Tenemos una clientela bastante fiel, pero nunca viene mal atraer a gente nueva con un poco de publicidad. Además, será divertido.

Dejo escapar un gemido y ella se vuelve hacia mí alzando las cejas.

—Igual cuando yo salga de este sitio no opinas lo mismo —confieso pasándome una mano por el pelo.

Ella suelta una sonora carcajada.

—No puede ser para tanto —replica.

—Hace un mes casi incendio la cocina de mi amigo Ryan intentando freír unos huevos, había tanto humo que saltó la alarma de incendios … —admito para que se haga una idea del nivel al que nos acercamos.

Aria me observa asombrada. Por lo visto, ese es un pequeño capítulo de mi vida del que no estaba enterada, así que me hago una nota mental para acordarme de darle las gracias a Ryan por guardarse para él esa humillante información.

—Tranquilo, tendremos los extintores a mano por si acaso —se carcajea la anciana guiñándome un ojo—. Aunque te aseguro que no los necesitaremos y que, cuando cruces la puerta después de hacer mis famosísimas tortitas de chocolate y pistacho, saldrás convertido en un auténtico pastelero.

—¡No me digas que además de ser una maravillosa repostera también haces magia! —le dice Aria con guasa.

—Muy graciosa —respondo al mismo tiempo que me pongo el delantal que Luci nos acaba de entregar.

—Siempre, ya lo sabes, es una de mis múltiples virtudes.

—Por supuesto, como la modestia.

—Soy modesta.

—Uy, sí, tan humilde como simpática —comento con sarcasmo .

Una risita nos interrumpe y los dos nos giramos hacia Luci quien, por alguna razón que desconozco, nos contempla con ilusión y nostalgia.

—Sois una bonita pareja, me recodáis a mi marido y a mí cuando nos hicimos novios —suspira con melancolía.

—Oh, no, no, no —se apresura a aclararle ella.

—Para nada —añado yo—. No somos pareja, no de ese tipo. Solo pertenecemos al mismo grupo de amigos.

—Exacto —me apoya—. Mis dos amigas son las novias de sus dos amigos.

—No hay dos sin tres —replica la anciana.

—En este caso, ni tres, ni cuatro, ni cinco, ni seis —rebate la publicista poniendo una cara de susto de lo más graciosa.

—Ya veremos —susurra Luci sin dar su brazo a torcer—.

Ya veremos —repite agachándose para coger la harina a la vez que me observa de reojo con una mirada repleta de inteligencia y perspicacia con la que me asegura que, aunque lo deje estar, no está de acuerdo y nuestras explicaciones no la han convencido nada de nada.

—¿Cómo encontraste este sitio? —pregunto mirando a mi alrededor cuando, al girar una esquina, llegamos a nuestro destino.

Aria sonríe abiertamente y toma asiento en una de las mesitas de madera mientras yo echo un vistazo a mi alrededor.

El jardín de la amistad, que así se llama el lugar donde nos encontramos, es un pequeño espacio no demasiado ancho, con el suelo adoquinado, jardineras con plantas a ambos lados y pequeños bancos y mesas de madera.

Lo más curioso del lugar es que, aunque la vegetación no es tan abundante como en la mayoría de los parques, las paredes del callejón que delimitan el espacio lucen pintadas por completo en tonos azules y adornadas con multitud de flores de colores vivos que se mezclan con los árboles y las plantas reales generando un espacio diferente, secreto y especial.

—¿Lo conocías? —se interesa mientras coloca sobre la mesa los envases de cartón que contienen las tortitas.

La imito, apoyando los cafés que hemos comprado para acompañar el delicioso manjar que nosotros mismos elaboramos con la ayuda de Luci, y miro una vez más a mi alrededor antes de responder.

—No, la verdad es que ni había venido antes ni había escuchado hablar sobre este jardín —reconozco.

—Bien —aplaude ella satisfecha—. Esa es la idea. Descubrir a los neoyorkinos y neoyorkinas y, por supuesto, a los visitantes de otras ciudades pequeños tesoros ocultos de la ciudad que todavía no conocen.

—Estoy seguro de que les va a encantar —admito sorprendido porque desde luego no me esperaba algo así para nuestro primer destino.

—El jardín de la amistad se fundó en el año mil novecientos ochenta y dos y era usado sobre todo por los vecinos de la comunidad cuando querían encontrar algo de paz, quedar con los amigos o incluso para festejar aniversarios o celebraciones, pero en ese momento todavía no tenía la apariencia que ves ahora —me explica—.

En el año dos mil siete se consiguió la financiación necesaria para renovarlo y fue entonces cuando Edward Pierce elaboró este maravilloso diseño inspirado en el mundo de Oz.

—¿Oz? —repito con interés mirando de nuevo a mi alrededor.

—Exacto, acabas de adentrarte en el mágico mundo del mago de Oz sin salir de la ciudad —me explica—. ¿Ves aquel pozo de allí? —pregunta señalando el pozo que se encuentra en medio del jardín.

Asiento, desviando la mirada hacia él.

—Es un pozo de los deseos —afirma en voz baja, como si estuviese revelándome el más inconfesable de los secretos—. O al menos ese es el papel que Edward Pierce quiso darle al diseñarlo —añade encogiéndose de hombros.

—Es curioso que un espacio tan pequeño pueda generar tantas sensaciones —digo—. Sé que seguimos en Nueva York, pero, tal y como acabas de decir, aquí sentado me siento como si acabase de adentrarme en un pequeño mundo secreto, protegido y escondido.

—Esa es la idea. —Aria sonríe y, mientras se levanta y saca su móvil del bolsillo de su pantalón, me doy cuenta de que es la primera vez que estamos tanto tiempo juntos sin pelearnos ni saltarnos a la yugular.

—Ahora dale un buen mordisco a tu tortita, voy a colocar la cámara del móvil con la cuenta atrás para que nos saque algunas fotos con las que documentar la prueba y poder promocionarla al añadirla a la yincana —ordena enfocándome.

Por norma general, mi primer impulso sería oponerme a cualquier petición que saliese de sus labios, pero cuando el plan incluye disfrutar de unas deliciosas tortitas en un lugar tan lleno de magia como este, ¿quién soy yo para ponerle pegas?

Al fin y al cabo, las cosas han salido bastante mejor de lo esperado: he cocinado sin provocar un incendio o chamuscar la cocina de Luci, acabo de descubrir un lugar que sin duda se va a la lista de mis favoritos y, por si eso fuese poco, estoy devorando unas de las mejores tortitas que he probado en mi vida, así que, por sorprendente que parezca, la verdad es que se me ocurren formas bastante más desagradables de pasar el rato…