Una joya por robar (Pasiones robadas 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

J uliet tomó aire. Y luego otro más. Empezó a bajar el arma, que le temblaba entre los dedos, antes de cruzar la habitación con vacilación, asustada por lo que iba a encontrar.

Mientras inspeccionaba la cabaña había encontrado una habitación trasera, y en una de las bolsas preparadas para partir, una pistola. Había aprendido a disparar un arma hacía muchos años, y no era la primera vez que apuntaba a una persona.

Pero nunca había disparado para matar. Y aunque sabía cómo usar una pistola, no era como si su puntería fuera especialmente buena. Podría haber matado a Xander tan fácilmente como a la señora Shiplack, y no sabía cómo podría vivir consigo misma si lo hubiera hecho.

Justo cuando dio un paso más hacia los cuerpos y las sillas, sonaron pasos detrás de ella, y se giró en redondo, alzando el arma cuando Shiplack volvió a entrar en la habitación, con los ojos muy abiertos al ver a Juliet de pie con la pistola.

—No ha sido su esposa quien ha disparado —dijo, sorprendida de lo firme que sonaba su voz—. Le sugiero que suelte esa bolsa.

Shiplack hizo lo que le ordenaban, abriendo y cerrando la boca sin que saliera sonido alguno.

Juliet aún no podía ver qué había dentro de la habitación, pues fuera estaba oscureciendo y el humo apenas dejaba ver.

El único al que podía ver era Arie, así que con el arma apuntando a Shiplack, se acercó a él y empezó a forcejear con los nudos que lo ataban a la silla.

Sin embargo, no le resultó fácil con una sola mano, y casi gritó de alivio cuando Annabelle entró corriendo por la puerta de la cabaña.

—¡Juliet! —dijo, con las manos en las rodillas, pues aparentemente había hecho un gran esfuerzo para llegar hasta allí—. Tengo que decirte...

Se detuvo abruptamente cuando se tomó un momento para ver todo lo que tenía delante, pero Juliet no tenía tiempo para explicaciones.

—Desata a Arie —dijo, y Annabelle asintió y se puso a trabajar mientras Juliet mantenía el arma apuntando a Shiplack, incluso mientras oía un gemido desde el centro de la habitación.

El corazón le latía más rápido de lo que probablemente era normal mientras se preguntaba quién yacía herido, pero no había nada que pudiera hacer hasta tener más ayuda.

Después de lo que parecieron horas en lugar de segundos, Arie quedó libre.

Caminó hacia ella y le tomó la pistola de las manos, retirándole lentamente los dedos uno a uno, pues ni siquiera se había dado cuenta de que los tenía agarrotados sobre el arma.

—Yo me encargo de esto —dijo, con una suavidad que Juliet jamás habría creído posible en él.

En el momento en que él la tuvo, olvidó todo lo demás mientras volaba por la habitación hacia Xander. El humo había empezado a disiparse, aunque estaban perdiendo luz a medida que pasaba el tiempo.

—Xander —gritó, precipitándose hacia donde permanecía desplomado en su silla.

Forcejeó con las ataduras, presa del pánico, y en seguida Annabelle se situó a su lado para ayudarla, con movimientos mucho más serenos que los de Juliet.

Una vez que liberaron a Xander de sus ataduras, lo recogió en sus brazos y, al ver un hilo de sangre en la frente, el pánico se apoderó de ella.

Alguien gritaba su nombre y, un instante después, comprendió que era ella quien lo hacía.

Mientras lo tendía en el suelo junto a la señora Shiplack, que gemía, vio que todos sus peores temores se hacían realidad: le había disparado.

Estaba muerto por su culpa, y jamás podría perdonárselo.

De repente, una oleada de comprensión la invadió al entender —demasiado tarde— por qué la había abandonado en un principio.

Cuando fue ella quien recibió el disparo, cuando la bala le atravesó la pierna, Xander había estado fuera de sí. Y ahora sabía cómo se sentía.

Se había ido porque le aterraba que volviera a suceder, tener que revivir ese pánico y ese miedo, ese pensamiento de que podría perderla para siempre.

Pero le había sucedido a él.

Mientras yacía allí, con las solapas de su chaqueta apretadas entre sus dedos, era ajena a cuanto la rodeaba; el dolor la ahogaba, la cegaba y le impedía ver u oír nada más en aquella habitación.

Finalmente, Annabelle le sacudió los hombros con tanta fuerza que la chaqueta de Xander se le escapó de los dedos. Juliet volvió en sí de golpe.

—¡Juliet! —gritó Annabelle ahora en su cara—. ¡Escúchame! Xander está vivo.

—¿Qu-qué? —dijo, preguntándose si realmente había oído lo que Annabelle había dicho, o si solo oía lo que deseaba oír.

—He dicho que está vivo. Está respirando. Parece que una bala pasó cerca de su cabeza, pero solo lo ha rozado. Se pondrá bien.

Juliet se llevó una mano al pecho mientras intentaba tomar aire, dándose cuenta de que apenas había estado respirando ella misma.

—¿Por qué no responde?

—Dale un minuto —Damien se agachó a su lado; alguien —Annabelle o Arie— había desatado sus ataduras—. Recibió un golpe en la cabeza en el armario y ahora le ha rozado una bala, aunque de refilón. Pero es un cabrón difícil de tumbar; se recuperará en un minuto. Tiene la cabeza muy dura.

Juliet alzó la vista y vio a Shiplack sentado en un rincón, con la cabeza entre las manos, como aturdido, mientras Arie y Annabelle examinaban a la señora Shiplack y a lord Wilington.

Abrió la boca para preguntar por su estado justo cuando Xander se movió entre sus brazos.

—¿Xander? —dijo, llevando las manos a su cara—. ¿Xander?

—Juliet —murmuró. Alzó una mano, le rozó la mejilla y la dejó caer de nuevo. Ella y Damien lo ayudaron a sentarse, y luego Damien lo movió para que quedara apoyado contra el sofá.

Una vez que los ojos de Xander se abrieron y permanecieron así, Damien retrocedió, dejándolos solos.

—Oh, Xander —dijo Juliet, hundiéndose frente a él, tomando su cara entre sus manos, incapaz de detener el torrente de lágrimas que había contenido hasta ese momento y que ahora rompían a brotar, liberadas por el alivio—. ¡Pensé que estabas muerto!

—Nunca —dijo con aquella sonrisa descarada—. Nunca podría dejarte así, ya lo sabes.

—Ibas a hacerlo —replicó ella, entrecerrando los ojos al mirarlo, aunque en aquel instante le habría perdonado cualquier cosa—. Ibas a llevártelo todo y a dejarme otra vez. Pues ¿sabes qué, Xander Murphy? No voy a permitirlo.

Aunque su sonrisa parecía dolorida, la reconfortó por completo cuando la atrajo hacia sí y la acomodó entre sus piernas, con las de ella dobladas alrededor de él.

—Voy a darte una noticia, Juliet Simpson —dijo, rozándole la nariz con la suya—. No pensaba irme a ninguna parte sin ti.

—Pero te oí —insistió ella—. A través de la puerta. Aunque ya da igual, porque todo ha terminado, y lo importante es que estás vivo, que estás bien y que nosotros…

—Solo lo decía para que Arie no intentara separarnos o volver a dejarte fuera del botín —dijo él, pasando los dedos de una mano por los mechones que se habían soltado de lo que en otro momento había sido su elaborado peinado—.

No iba en serio. Lo único que he querido siempre —lo único que quiero ahora— es salir de aquí contigo.

Que estemos juntos. Me importa un comino quién tenga las joyas o qué sea de ellas.

Mientras estemos juntos, ya encontraremos la manera.

Fui un idiota al dejarte hace años —murmuró, sin dejar de acariciarle el pelo—. ¿Podrás perdonarme alguna vez?

—Para siempre —susurró ella, con el labio tembloroso mientras luchaba por contenerse—. Entiendo lo que intentabas hacer. De verdad. Pero una vida sin ti no es vida.

Él asintió y la estrechó aún más contra sí, apretándola con fuerza, antes de besarle la coronilla, la frente, las mejillas, los ojos llenos de lágrimas, la punta de la nariz, hasta posar la boca sobre la suya.

Entonces fue mucho más impetuoso: la besó con tanta fuerza, con tanta pasión, que ella temió que volviera a desplomarse sobre ella.

Por fin, lo apartó con suavidad y ladeó la cabeza para poder examinarle la herida.

—¿Seguro que estás bien de verdad?

—No —dijo él, parpadeando varias veces—. Pero sé que me pondré bien.

—Si ya habéis terminado —intervino la voz de Arie—, será mejor que volvamos a la casa y llamemos al médico.

—¿Están muertos? —preguntó Juliet, mientras Damien se acercaba a ellos y ayudaba a Xander a ponerse en pie. Xander pasó un brazo por encima del hombro de Damien y el otro por el de Juliet mientras caminaban hacia la puerta.

—El disparo de la señora Shiplack se desvió, pero parece que el barón ha sufrido otra hemorragia interna. Del corazón, si tuviera que aventurarlo —dijo Damien—. Tú le diste a la señora Shiplack en el hombro, Juliet, pero yo diría que vivirá.

Juliet asimiló la información y descubrió que en realidad no le importaba, aunque suponía que se alegraba de no ser una asesina.

—¿Dónde está Annabelle? —Juliet miró a su alrededor.

—Se ha ido a esconder las joyas en el carruaje, aunque sigue sin fiarse especialmente de mí —dijo Arie con una sonrisa—. No la culpo.

Arie se echó al barón sobre el hombro, le dijo a Shiplack que levantara a su esposa y todo el grupo siguió el pasadizo de vuelta al interior de la casa y subió hasta la habitación del barón.

Arie dejó a Wilington sobre la cama y empezó a llamar al mayordomo justo cuando la puerta se abrió y apareció el ayuda de cámara, además de dos hombres desconocidos detrás de él.

—¡Tú! —exclamó Arie, señalándolo con un dedo mientras cruzaba la estancia—. Tú formas parte de esto. Tú...

Se interrumpió cuando el ayuda de cámara levantó una pistola y apuntó a Arie.

—Basta. Sentaos. Todos. Excepto usted —añadió, indicándole a Shiplack—. Uno de mis hombres lo acompañará a su dormitorio para que pueda dejarla en la cama.

—¿Sus hombres? —repitió Juliet, confusa, antes de que el ayuda de cámara guardara la pistola.

—No soy el ayuda de cámara —dijo, cruzando las manos ante sí—. Vengo de Londres. De hecho, soy detective de Bow Street.

—¿Qué? —dijo Xander, y Juliet supo que probablemente se estaba recriminando no haberse dado cuenta antes.

—Nos informaron de que el barón y su socio habían montado una estafa para desplumar primero a los vendedores y luego a los compradores privados. Decidimos que yo lo seguiría hasta su finca y me haría pasar por su ayuda de cámara para ganarme su confianza.

—Pero…

—Me llamo Fred Grant —dijo con un asentimiento mientras los otros dos hombres se unían a él—. Este es Marshall.

Los otros hombres asintieron, mirándolos a todos con desconfianza.

—Gracias por ayudarnos a capturar a los Shiplack —prosiguió—. Llevábamos tiempo vigilando a la esposa. Se había casado cinco veces y creemos que normalmente mata al marido, pero esta vez lo utilizó para acercarse al barón.

—Claro —dijo Arie, pensativo—. Bien, si eso es todo, nosotros nos retiraremos. Nosotros…

Grant alzó una mano.

—Antes de que se vayan, nos quedaremos con las joyas.

—No sabemos nada de ellas —dijo Arie, levantando las manos—. Les deseamos mucha suerte buscándolas.

—Ah, pero aún no conocen a mi otro compañero.

Entró el tercer hombre con una Annabelle muy abatida.

—Interceptó a esta mujer y, casualmente, llevaba encima todas las joyas. Gracias por su ayuda.

Les sonrió a todos, mientras Juliet sentía la tensión que flotaba en el aire entre ellos.

—Bien, creo que todos sabemos que ustedes hicieron bastante más que quedarse mirando. Sin embargo, puesto que lo hemos recuperado todo, les permitiremos marcharse. Pero, por favor, no vuelvan a llamar nuestra atención o el resultado será muy distinto. ¿Me entienden?

—Sí —dijo Juliet rápidamente—. Gracias, señor Grant.

Se marcharon tan deprisa como pudieron, antes de que los detectives cambiaran de idea.