Capítulo 17
A quella fue, con toda probabilidad, la cena más dolorosamente insoportable en la que Juliet había participado jamás.
Shiplack, Arie y lord Wilington se pasaron la mayor parte intentando determinar cuál de los tres era más masculino y cuál podía jactarse de los logros más admirables.
Conocía a Arie lo bastante bien para saber que, aunque desde luego se sentía orgulloso de sus éxitos, no era hombre de alardear de ellos abiertamente: dejaba que el temor y el respeto de quienes lo rodeaban hablasen por él.
No, Arie sabía integrarse en cualquier grupo que eligiera. Y eso era precisamente lo que había decidido hacer en ese momento.
Cuando retiraron la cena, se levantó con gracia y esperó un instante, hasta que por fin los hombres se dieron cuenta de que ya no seguía sentada.
—Si me disculpan un momento —dijo, empezando a apartarse de la mesa.
El barón la miró con el ceño fruncido.
—Aún no le he dicho que pueda marcharse.
—Volveré enseguida —empezó ella, pero él la interrumpió.
—Solo tiene que quedarse unos minutos más para que podamos examinar la pieza. Después, mi ayuda de cámara saldrá a su encuentro para llevársela.
Asintió despacio. Desde luego, no querría cambiar la pieza por la falsa antes de que empezaran a examinarla con más detenimiento. Volvió a sentarse.
—Supongo que puedo esperar unos minutos.
Y luego tendría que ingeniárselas para cambiarla por la falsa con Annabelle antes de que llegara el ayuda de cámara a recogerla.
—Por hermosa que luzca en su cuello —dijo Arie con una sonrisa untuosa—, quizá podría verla en mis manos.
Le tendió la mano y Juliet alzó los dedos para desabrochar el cierre, pero Shiplack llegó antes de que pudiera hacerlo.
—Permítame —dijo, y cuando sus dedos le rozaron la piel, Juliet tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no estremecerse de horror.
Casi podía sentir la angustia de Xander al otro lado de la estancia, pero no había nada que hacer. No sin delatarse.
Arie sopesó el pesado collar en la palma, con los ojos relucientes como si contemplara a una amante desnudándose para él.
Por lo que Juliet recordaba de él, prefería con mucho su riqueza y los artefactos que se la proporcionaban a cualquier mujer.
—Precioso —dijo, y por fin sus palabras sonaron sinceras, sin el menor asomo de fingimiento.
Sus dedos se deslizaron por la superficie y, cuando Xander se acercó a llenar las copas de los hombres, ella alzó la vista y se encontró con sus ojos. Advirtió la preocupación que encerraban cuando él miró a Arie y luego volvió a observarla.
Intentó sonreírle para decirle que estaba bien, pero le costó hacerlo.
Por fin, Arie se lo devolvió, y esta vez lo aferró entre las manos antes de que Shiplack pudiera intentar abrochárselo de nuevo.
—De verdad debo retirarme solo un momento. Haré que mi doncella me ayude con esto.
—No es necesario. Grant estará esperándola —dijo el barón con ligereza.
Cuando Juliet se volvió para marcharse, alzó la vista hacia Xander, preocupada, mientras salía apresuradamente de la estancia, con la esperanza de ser más rápida que el ayuda de cámara.
No tuvo esa suerte.
Allí estaba el fiel guardián, apostado junto a la puerta.
—Señorita Simpson —dijo sin expresión, tendiéndole la mano—. ¿El collar?
Juliet tenía dos opciones. Podía darle el collar… o echar a correr.
Pero, si lo hacía, aún tendría que encontrar a Annabelle y después la colección que tenían escondida. Si los mozos de cuadra estaban al tanto de lo que hacían, no habría manera de hacerse con un caballo tal como habían planeado.
Tragó saliva mientras miraba con pesar el collar en su mano antes de entregárselo a Grant.
—Por supuesto —dijo, apenas por encima de un susurro.
Él, sin advertir su desconsuelo o sin que le importara, se volvió y se alejó, con las botas resonando sobre el suelo.
Las puertas del comedor se abrieron a su espalda, y Xander llegó a su lado en cuestión de instantes. Aunque llevaba una bandeja en una mano, con la otra le acarició el hombro cuando las puertas se cerraron tras él.
—No te preocupes, preciosa —dijo, apretándole el hombro—. Lo recuperaremos. Te lo prometo. Y te lo explicaré todo. Esta noche, ven a verme al cenador.
Ella asintió distraídamente antes de empezar a subir las escaleras para reunirse con Annabelle, sintiendo la mirada de Xander sobre ella mientras avanzaba; su presencia firme era, al menos, un escudo entre ella y los hombres que la amenazaban en la estancia contigua.
* * *
Xander solo quería que aquella velada terminara para poder reunirse con Juliet.
Mientras la había visto subir las escaleras con aquella figura melancólica, tan sola, sin él, una cosa había quedado clara.
Cuando saliera de aquella casa, le daba igual llevarse alguna de las joyas o no. Lo único que quería era a ella, y solo a ella.
Pero aquello se había complicado todavía más, ahora que Arie estaba allí.
Porque decírselo a Arie no haría más que demostrar que Arie había tenido razón desde el principio: que Juliet le hacía olvidar sus obligaciones con la familia.
Por fin los hombres decidieron retirarse por la noche cuando Wilington se desplomó en su sillón, vencido por el agotamiento, la mala salud, la bebida... o las tres cosas a la vez, y, después de que Xander y Damien lo dejaran una vez más en su habitación, encontraron a Arie esperándolos abajo.
—Vaya, vaya, vaya —dijo Arie desde el rellano, cortándole a Xander la huida hacia las dependencias del servicio—. Esta noche ha traído consigo unas revelaciones de lo más interesantes.
—Supongo que te refieres a Juliet —dijo Xander mientras Damien los conducía a una de las salitas. El fuego no estaba encendido, pero el frío no les molestaba a ninguno. Todos habían soportado cosas mucho peores.
—Qué interesante que no mencionaras antes su implicación..., su mera presencia —dijo Arie, despojándose por completo del encanto falso con el que se había revestido durante toda la noche.
—No importa —dijo Xander—. Todo seguirá adelante según lo previsto.
—No soy idiota, Xander —dijo Arie, cruzándose de brazos—. Sé perfectamente que jamás la dejarías sin nada. Se te ablanda el corazón con demasiada facilidad para eso.
—Es cierto que está aquí por el mismo motivo que nosotros —admitió Xander, sin ver forma de esquivarlo. Arie siempre acababa desenterrando la verdad—. Sin embargo, sabe que hay ciertas piezas que no podrá llevarse.
—Quieres decir que no habrá ninguna pieza.
—Arie... —Xander intentó encontrar la humanidad que sabía que existía en su hermano mayor, el hombre que había cuidado de él y de su hermana cuando creyó que todo estaba perdido—. No podemos dejarla sin nada. Lleva meses...
—¿Prostituyéndose? —dijo Arie, enarcando una ceja, y los dedos de Xander empezaron a cerrarse en un puño junto al costado.
—No lo ha hecho —dijo Xander, oyendo la tirantez en sus propias palabras al pronunciarlas.
—¿Lo sabes con certeza? —preguntó Arie, dando un paso hacia él, y Xander supo en aquel instante que, si Arie decía una sola cosa más para poner en duda a Juliet, no tendría el menor reparo en estamparle el puño en mitad de la cara, igual que había hecho con Shiplack.
—Basta ya —dijo Damien, interponiéndose entre ambos mientras intentaba rebajar la tensión del ambiente—. Xander tiene razón. Juliet no ha hecho nada distinto de lo que hemos hecho nosotros, y prometimos trabajar juntos.
—¿Y cómo pudiste prometer eso, sabiendo cuál era nuestro plan? Le prometimos a Jasper que recuperaríamos las joyas para que pudiera recobrar lo que le corresponde. Cuando hayamos terminado, apenas quedará suficiente para nosotros, y mucho menos para Juliet.
—Solo ese collar ya valdrá miles —protestó Xander.
—Ya le has dado todo —prácticamente siseó Arie—. ¿Cómo puede necesitar más?
—Nunca recibió lo que le di —dijo Xander, frotándose la sien—. La mujer con la que vivía se lo robó todo.
—Bueno, entonces eres un necio por no haberte asegurado de que llegara a sus manos y por haber decidido dárselo en primer lugar.
—Era bastante difícil, cuando tú me metiste tan de lleno en otro plan que no tuve tiempo de asegurarme de que Juliet estuviera bien —dijo Xander mientras todo empezaba a encajar—.
De hecho, creo que lo hiciste a propósito, porque querías separarnos.
No lo entiendo, Arie. ¿Qué tiene ella para que la odies tanto?
—No se trata de ella —dijo Arie, soltando los brazos y dejándolos caer a los lados—. ¡Se trata de ti! Te hace perder la cabeza, Xander.
—Claro que sí..., ¡porque la amo!
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, flotando entre ellos, mientras las espesas cejas de Arie se alzaban.
—¿Ah, sí? ¿Y cuánto la quieres, más que a tu familia, más que a la gente que lo ha hecho todo por ti, más que al hombre que te acogió cuando nadie más te ofrecía nada salvo una vida de pequeños robos?
—Nuestra vida también es una vida de crimen.
—Cierto, pero al menos es lucrativa. Nunca te he oído quejarte del techo que tienes sobre la cabeza ni de las comidas calientes, ni de las criadas que cuidan de la casa para que tú no tengas que hacerlo.
Xander se frotó las sienes; el dolor de cabeza empezaba a invadirlo.
No era un hombre al que le gustaran los conflictos; nunca lo había sido.
Él y Arie habían chocado una y otra vez, pero solo en una ocasión anterior había sido algo como esto: la última vez que dejó a Juliet.
La vez en que eligió a su familia por encima de ella, diciéndose que lo hacía únicamente para que pudiera forjarse una vida mejor.
Pero quizá aquello solo fuera una parte. Empezaba a darse cuenta de que también se debía a su incapacidad para plantarle cara a su familia —y, sobre todo, a Arie— y hacer lo que necesitaba hacer.
—En mi corazón hay sitio para todos vosotros: para Juliet y para toda la familia. Si no puedes entender eso, Arie, entonces el que carece de algo no soy yo.
—¿Y ella te quiere a ti también? —preguntó Arie.
—Por supuesto que sí —dijo Xander, indignado—. Fui yo quien decidió dejarla.
—Sí, pero cuando le dije que solo la estabas utilizando, que no te importaba nada, me creyó con tanta facilidad. Una mujer que te quisiera de verdad, que confiara en ti, nunca sería tan crédula.
—¿De qué estás hablando? —exigió Xander, y Arie se encogió de hombros, aparentemente ajeno a su ira.
—Fui a verla después de que la dejaras. Le ofrecí dinero si prometía no volver a buscarte nunca. Y no lo hizo, ¿verdad?
—No aceptó ese dinero. Sé que no lo hizo.
—No. Pero también comprendió la verdad: que no encajaba en tu vida. Nunca lo había hecho.
Xander no podía hablar, estaba tan furioso que no lograba formar las palabras que ansiaba decirle a su hermano, al hombre en quien siempre había confiado... o creía haber confiado.
Xander miró hacia Damien, que observaba la escena con cierta impotencia. Descubrió que, si se concentraba en Damien, podía decir lo que era necesario. Después de aquello, no volvería a dirigirle la palabra a Arie nunca más.
—Llévate a Wilington mañana —escupió—. Damien y yo conseguiremos las joyas. Luego nos iremos. Todos, Juliet incluida. En cuanto a ti, me da igual adónde vayas o qué hagas después de esto, porque no te quiero en mi vida nunca más. ¿Me entiendes?
—Claro, Xander —dijo Arie, mientras aquella sonrisa ladina le volvía a asomar a los labios—. Lo que tú digas.
Ignorando a Arie, Xander le hizo un gesto a Damien y salió a la noche en busca de Juliet.