Capítulo 13
X ander sentía la sangre martilleándole en las venas mientras revivía la escena en su cabeza.
Shiplack, apretando su cuerpo contra Juliet.
Juliet, forcejeando bajo él. La mano del hombre alzarse y golpearla en la cara.
Todo pensamiento racional, toda razón lo habían abandonado cuando apartó al hombre de un tirón e intentó dejarlo inconsciente a golpes.
Si Damien no lo hubiera apartado, no estaba seguro de hasta dónde habría llegado.
Cerró los ojos y respiró hondo mientras sentía la vibrante presencia de la mujer a su lado, envuelta en su brazo.
Tenía que mantener el control. Por Juliet.
En medio del caos, cuando empezó a recobrar la calma, la había buscado, presa del pánico al no encontrarla. Pero mientras Damien comenzaba a ocuparse de todos los demás en la sala, Xander pudo buscarla como es debido, con un único objetivo: encontrarla.
Ahora no quería soltarla nunca.
Annabelle se cruzó con ellos en la escalera, los ojos muy abiertos por la preocupación, pero Juliet le aseguró que todo estaba bien y que Xander la cuidaría.
Annabelle asintió, con una expresión que dejaba claro que comprendía mucho más de lo que Juliet estaba diciendo, pero siguió escaleras abajo, probablemente para ayudar con todo el alboroto de abajo.
Por fin estaban en la habitación de Juliet, benditamente solos.
—¿Estás bien? —preguntó Xander, volviéndose para sujetarla con delicadeza por los brazos mientras la examinaba.
—Por supuesto —dijo ella, tan fuerte como siempre, aunque él no pudo pasar por alto el ligero temblor que recorría su cuerpo—. Te dije que podía cuidarme sola, ¿no?
—Creo que le rompiste la nariz —reconoció Xander. Había oído el crujido justo antes de derribarlo él.
Alzó la mano de Juliet entre sus propios puños ensangrentados y observó los nudillos amoratados.
—Será mejor que le pongamos agua fría a esto —dijo, acostumbrado a aliviar ese tipo de golpes—. Y lo mismo con tu cara.
Ella rio, y él sintió cómo parte de la tensión empezaba a abandonarla, y se alegró por ello.
—Creo que tú estás peor.
—Estoy bien —dijo, aunque le hizo caso y se acercó a la palangana, donde vertió agua sobre sus manos para lavar la sangre y no tocarla con ellas manchadas.
Vertió agua sobre un trozo de lino antes de acercarse a Juliet.
Le sujetó el paño contra la cara y luego le tomó la mano para presionar con suavidad la tela contra los nudillos.
De algún modo, el gesto resultó mucho más íntimo que cualquier cosa que hubiera ocurrido entre ellos desde que se habían vuelto a encontrar.
—¿Mejor? —preguntó en voz baja, y ella asintió.
—Mejor.
La condujo hasta la cama y la sentó en ella.
—Mañana, Damien y yo intentaremos entrar en la caja fuerte y conseguir las joyas —dijo—. Si no funciona, nos iremos, todos nos iremos. Esto se está volviendo ridículo.
—Pero ¿qué dirá Arie si no le llevamos lo que está esperando?
Xander se encogió de hombros.
—Ya no me importa. Es más importante mantenernos a salvo. El entrometimiento de Shiplack y lo que ha intentado hacerte han cruzado la línea. Además, probablemente acabo de perder mi empleo, y quién sabe qué te dirá Wilington, si es que aún respira.
Juliet se mordió el labio.
—Santo cielo. Ni siquiera me fijé en él. Qué horrible soy.
—Yo diría que él lo es —replicó Xander, y enarcó una ceja—. Pero si te hace sentir mejor, ya estaba sentado cuando me fui a buscarte. Apostaría a que su corazón no soportó todo lo que estaba ocurriendo ante él.
—Oh, me alegra saber que pudo volver en sí —dijo Juliet con una larga exhalación—. Al menos me tranquiliza oír eso.
—Eres demasiado buena, Juliet —dijo Xander, incapaz de contenerse, y le rozó con los dedos la suave piel del rostro.
—No lo soy en absoluto —protestó ella—. —No, no quiero que ese hombre muera, pero soy la culpable de toda esta agitación que está agravando su dolencia cardíaca. ¡Se supone que debe evitar este tipo de situaciones, y soy yo quien las está causando!
—Shiplack ha causado esto.
—Supongo.
Xander le colocó un mechón de cabello color miel tras la oreja mientras estudiaba su rostro: esos ojos grandes, llenos de una mezcla de amor, pesar y arrepentimiento, clavados en él.
—Te he echado de menos —murmuró—. Muchísimo.
Ella apartó la mirada.
—Yo también te he echado de menos. Más de lo que imaginas. Solo que estoy preocupada, Xander.
—¿Por qué?
—Por ti. Por mí. Por lo que pasará si me permito volver a enamorarme de ti.
Tuvo que obligarse a respirar; aquellas palabras casi le dejaron sin aliento.
—Sé que no soy digno de ti.
—Eres un buen hombre, Xander. Y ahora entiendo que todo lo que hiciste partía de una buena intención. Pero eso no significa que no vayas a actuar igual otra vez, incluso con la mejor de las intenciones. Y yo no puedo soportar que vuelvas a tomar esa decisión.
Él le tomó el rostro entre las manos.
—Lo único que quiero es que seas feliz.
—Era feliz —dijo ella, alzando la vista hacia él, escrutándole los ojos— cuando estaba contigo.
Él gimió cuando aquellas palabras lo desarmaron, y se inclinó, le alzó la barbilla y, al bajar la cabeza, posó los labios sobre los de ella.
Xander esperó a que lo apartara, a que le dijera que no podía hacer esto, que era demasiado y que necesitaba poner distancia entre ellos.
Pero, en lugar de eso, ella se inclinó hacia él, posó las manos sobre su pecho como si extrajera fuerzas de él y le devolvió el beso con el mismo abandono apasionado con que él la besaba.
Él la rodeó con los brazos, sosteniéndola con ternura, convencido de que no quería volver a soltarla jamás.
Cuando Xander le entreabrió los labios con la lengua, buscando, saboreando, lo invadió a un tiempo el alivio y la incredulidad de que se le concediera otra oportunidad de estar con Juliet.
Había pensado, cuando la miró por última vez, que no volvería a verla jamás, y mucho menos que podría estar tan cerca de ella como ahora.
Cuando los dedos de ella empezaron a desabrocharle los botones de la camisa, él retrocedió. Antes de llegar más lejos, tenía que asegurarse de que era eso lo que ella quería, de que no se arrepentiría de lo que pudiera ocurrir entre ellos.
—Juliet —dijo, notando la aspereza de su propia respiración, tan entrecortada como la de ella—, ¿estás segura de que quieres continuar? Y tu cara... Debería ir a buscar algo para esa marca.
Alzó la mano y le rozó la marca con ternura, luchando contra la rabia que volvía a aflorar al ver la hinchazón púrpura que ya se estaba formando.
—No —negó ella con la cabeza, y sintió que el corazón se le caía a los pies al pensar que quería que la dejase, aun sabiendo que había sido él quien lo había sugerido.
Ella debió de leerle la expresión, porque continuó rápidamente—: Quiero decir que sí, quiero seguir adelante con esto.
Pero no, no te vayas a buscar nada para la cara. No me dejes otra vez.
Él tuvo la sensación de que no solo estaba hablando de ese momento, sino del para siempre. No podía hacerle esa promesa, no ahora. Pero había un voto que sí le haría.
—Te prometo, Juliet, que me aseguraré de que jamás vuelvan a hacerte daño. ¿Me entiendes?
Asintió, mirándolo a los ojos mientras deslizaba las manos sobre sus hombros y volvía a atraerlo hacia sí.
—Lo entiendo. Y aunque solo yo puedo proteger bien mi propio corazón… te estoy muy agradecida también. Ahora, no te preocupes por mi cara. Está perfectamente bien.
Dicho esto, se acercó y alzó los labios hacia los suyos, convirtiéndose esta vez en quien tomaba la iniciativa al besarlo con más intensidad de la que él había empleado. Su intención era clara: lo deseaba y no iba a aceptar un no por respuesta.
Esta vez actuó con determinación al desabrochar los botones restantes de su chaqueta, y él nunca se había alegrado tanto de librarse de aquella odiosa prenda.
La arrojó al suelo, se quitó la camisa y rasgó los botones de la parte trasera del vestido de Juliet para, acto seguido, deslizarlo con mucha más delicadeza sobre sus hombros mientras ella se deshacía de él.
Se le cortó la respiración al contemplar tanta piel, suave como la seda y, mientras volvía a posar los labios sobre los de ella, la alzó y retrocedió hacia la cama, la depositó sobre el colchón y quedó sobre ella, enmarcándola entre sus codos mientras se deleitaba con su boca.
Había pasado muchísimo, muchísimo tiempo, y había imaginado este momento una y otra vez, tanto despierto como en sueños. No iba a apresurarse.
Mientras la besaba, deslizó la mano por los delicados huesos de sus hombros y clavículas, rozó con los dedos la parte superior de su camisola y los fue deslizando más abajo, le cubrió el pecho con la palma y acarició con el pulgar su pezón mientras ella arqueaba el torso hacia él, pidiendo más.
Sonrió con malicia cuando, en cambio, deslizó la mano hacia su estómago, y soltó una risa cuando ella le dio un manotazo.
—Sigues siendo un provocador insufrible —prácticamente gruñó, y él se inclinó y le mordió suavemente el labio inferior.
—Pero te encanta.
—¡No es verdad!
—Sí que te encanta.
Como para darle la razón, bajó la mano, la deslizó sobre la curva de su cadera, se la ahuecó con la palma y la atrajo hacia él, pero sin permitirle rozarse contra su cuerpo ni avanzar más.
Ella se apartó, entornando los ojos.
—Dos pueden jugar a ese juego —amenazó, y por el destello peligroso en sus ojos, Xander supo que estaba en apuros.
Bajó la mano y la deslizó sobre la botonadura de sus pantalones, pero no hizo ningún movimiento para desabrocharlos ni para explorar lo que ocultaban. Solo sonrió mientras lo rozaba con una caricia ligera como una pluma, provocándole una punzada de deseo deliciosa.
—Mensaje recibido —murmuró, provocando que ella riera, un sonido que disfrutaba más que casi ningún otro en el mundo.
Le rodeó la espalda con las manos para desatarle las cintas del corsé antes de deslizar la camisola sobre sus hombros, su cintura, sus caderas, hasta que la tuvo en las manos y luego se unió a la colección de ropa en el suelo junto a ellos.
Xander se arrodilló allí sobre ella, deleitándose con su visión, apenas capaz de creer que aquella mujer volviera a ser suya, al menos por esta noche.
Había pasado por una experiencia bastante difícil esta noche, era cierto, pero no era ninguna señorita delicada.
Había pasado, muy a pesar de él, por experiencias mucho más angustiosas en su vida.
Sus ojos se dirigieron por sí solos a su muslo, donde seguía estando la cicatriz rosada e irregular, un recordatorio de la última vez que habían estado juntos.
—No lo hagas —dijo ella, con palabras severas pero compasivas a la vez—.
No fue culpa tuya. No sé cuántas veces tengo que decírtelo, pero es la verdad.
Participé tanto como tú en la planificación y ejecución de aquel robo.
Tomé mis decisiones igual que tú tomaste las tuyas y no permitiré que pases el resto de tu vida echándote la culpa de ello.
—Lo sé, pero…
—Nada de peros —dijo con firmeza, alzando un dedo en el aire—. Prométeme que no volverás a disculparte por ello.
—Yo…
— Prométemelo .
Suspiró. Ella podría pedirle absolutamente cualquier cosa en ese momento y él estaría demasiado débil para negársela.
—Te lo prometo.
—Bien. Porque estoy completamente curada y perfectamente bien. Ahora. —Curvó un dedo hacia él—. Ven aquí.
Hizo lo que le pedía, avanzando hacia ella hasta quedar lo bastante cerca para que comenzara a desabrocharle la botonadura delantera del pantalón.
Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, maravillado por el tacto de sus dedos sobre él, esos dedos hábiles que podían ganzuar una cerradura casi tan bien como él y deslizar botones por sus ojales.
Se le ocurrió que nunca le había preguntado si ella le había sido fiel a él , pero decidió que no importaba. Si no lo había hecho, era solo porque él la había abandonado. Podría haberla tenido para toda la vida, pero él había elegido lo contrario.
Cuando terminó, se bajó los pantalones por los muslos y las pantorrillas hasta que su sexo quedó libre y erguido hacia ella.
—Oh, Xander —dijo con un suspiro antes de alzar los ojos hacia los suyos—. Cuánto te he echado de menos.
Sonrió con gesto lobuno ante aquello antes de inclinarse sobre ella, tomando sus labios y cubriendo sus pechos con las manos, pues parecía no tener suficiente, ni poder sentir bastante de ella.
Sus manos estaban por todas partes, y por mucho que quisiera prolongar la experiencia, era igualmente consciente de que no podía demorarse demasiado, pues su cuerpo empezaba a tener otras ideas.
Deslizó una mano por su cuerpo hasta su entrepierna, el pulgar acariciando su punto más sensible mientras deslizaba un dedo en su interior, encontrándola húmeda y lista para él.
Echó la cabeza hacia atrás con un gemido, aferrándose a sus bíceps mientras exclamaba ¡sí, ahora!
, y se preguntó si toda la casa la habría oído.
Pero no importaba mientras se deslizaba en su interior, sabiendo al hacerlo que estaba volviendo a casa, donde pertenecía.
Cuando estuvo completamente dentro de ella, se aferraron el uno al otro, ambos tan abrumados que necesitaron un momento para adaptarse al hecho de que aquello era real, estaba sucediendo, antes de que comenzara a moverse.
O más bien, comenzaran a moverse. Siempre habían estado tan compenetrados que no sorprendía que lo estuvieran ahora también, mientras Xander se deslizaba dentro y fuera de Juliet al mismo tiempo que ella alzaba y bajaba las caderas hacia él.
La besó una vez, dos, antes de apoyarse en los codos y mirarla fijamente, sus ojos se encontraron, cargados con el recuerdo de todo lo que había habido entre ellos y de todo lo que el futuro podía ofrecerles.
Si elegían aceptarlo.
Unidos así, cuerpo, mente y alma, cuando Juliet comenzó a palpitar a su alrededor, Xander dejó escapar un grito al perder todo control, embistiéndola hasta quedar agotado, todo cuanto había en él derramado en ella.
Se sentía colmado de ella, pero también completamente rendido, así que no pudo hacer más que tumbarse a su lado. La atrajo hacia sí, rodeándola con un brazo mientras alzaba los dedos de la otra mano y comenzaba a acariciarle el pelo.
—Pensé que nunca volvería a experimentar esto —murmuró tan suavemente que Xander tuvo que incorporarse sobre el codo para oírla mejor.
—¿Nunca?
—Es como dijiste tú —dijo encogiéndose de hombros, mirando por encima del hombro hacia él—. Nunca podría haber otro. Solo tú.
En respuesta, apretó el brazo a su alrededor, sosteniéndola tan cerca como podía.
No creía poder volver a soltarla jamás.