Capítulo 14
C uando el sol le dio en la cara a la mañana siguiente, Juliet mantuvo los ojos cerrados un momento más. Algo, en lo más hondo de ella, había cambiado. Era distinto. De un modo liberador y, al mismo tiempo, del todo inquietante. Pero ¿qué era?
Los labios se le curvaron en una sonrisa al recordarlo. Ah, sí. Xander.
Por supuesto, también había estado el encuentro con Shiplack en la salita, uno que podía tener consecuencias de largo alcance tanto para ella como para Xander. Pero prefería, con mucho, recordar todo lo que había venido después.
Se volvió y alargó un brazo en su busca, pero en vez de encontrarlo, dio con un espacio vacío en la cama.
Suspiró. Sabía que tenía responsabilidades que atender y, con toda probabilidad, muchas explicaciones que dar por lo de la noche anterior, igual que ella.
Y aun así, le habría gustado despertarse a su lado.
Se incorporó y alzó los brazos por encima de la cabeza mientras se preguntaba si volvería a pasar alguna vez, si existía la posibilidad de que encontraran el camino de regreso el uno al otro o si aquello no había sido más que una respuesta momentánea a todas las emociones que se habían desbordado durante la velada.
Por todo lo que Xander le había dado a entender, seguía sintiendo por ella lo mismo que ella por él.
¿Había superado, entonces, sus absurdas reservas, esa ridícula idea de que una vida sin él sería más segura, mejor para ella, que una vida con él?
No tenía ni idea, pero debía asegurarse de no entregar su corazón hasta saberlo.
A menos que ya fuera demasiado tarde.
Cuando la puerta empezó a abrirse, Juliet alzó la vista, esperanzada, hasta que Annabelle entró y soltó una risita al ver la expresión de Juliet.
—¿Esperabas a otra persona?
Juliet se sonrojó intensamente mientras miraba a ver si su ropa seguía amontonada en el suelo, sorprendida al descubrir que, en cambio, estaba colgada sobre la silla delante del tocador. Al parecer, Xander seguía cuidando de ella.
—Lo siento, Annabelle —empezó a decir, pero su amiga se limitó a reírse entre dientes y quitarle importancia con un gesto.
—Claro que te perdono, siempre que me cuentes todo lo que pasó.
—Ah…
—Muy bien. No todo. Todo lo que quieras contar. Ya he oído una versión del altercado por boca de los criados, pero preferiría la verdad, si no te importa.
Juliet asintió y empezó a contárselo todo: lo sucedido durante la cena, lo ocurrido con Shiplack y, después, una versión mucho menos detallada de lo que todo aquello había llevado a que pasara con Xander.
Annabelle se frotó la frente.
—Tenemos que marcharnos de aquí.
—Hablas igual que Xander.
—Pero es verdad. Si viene ese comprador… Sé que mis piezas son buenas, Juliet, pero no tan buenas. Ni la masilla ni el falso oro van a engañar a un hombre que trabaja con joyas de calidad todos los días y que, sin duda, sabría enseguida que las mías son una falsificación.
—¿Las joyas auténticas siguen escondidas en el bosque más allá de la finca?
—Sí. No me estarás sugiriendo que quieras devolverlas, ¿verdad? —preguntó Annabelle, incrédula—. Será mucho mejor marcharnos con lo que ya tenemos.
—Pero ¿merece la pena si no tenemos el collar?
Annabelle suspiró y se encogió de hombros.
—Es mejor que nada. Quizá no baste para empezar una nueva vida, pero al menos haría que todo esto valiera un poco la pena.
—Bueno, supongo que lo primero será ir a desayunar y ver si todavía soy bien recibida en esta casa. ¿Has oído algo sobre la salud del barón?
—Por lo que he oído, está bien, descansando en sus aposentos.
—¿Los Shiplack siguen aquí?
—Por ahora, sí, aunque no creo que el señor Shiplack esté en condiciones de sentarse a la mesa contigo en uno o dos días, al menos, si es cierto lo que me han contado.
—Oh, Dios. ¿Ha dicho el barón algo sobre mí?
—No ha dejado de preguntar por ti. Le dije a su ayuda de cámara que le dijera que aún dormías.
—Muy bien. —Juliet respiró hondo y se irguió—. Será mejor que vaya a enfrentarme a lo que me espera.
Tan convencida estaba de que le pedirían que abandonara la finca del barón y no regresara jamás, que se quedó atónita al descubrir que, cuando llegó al comedor, todo estaba de lo más normal, salvo por la ausencia de todo el mundo excepto una doncella y Damien.
—¿Dónde está todo el mundo? —le preguntó en voz baja, recorriendo la estancia con la mirada como si la gente fuera a salir de debajo de las sillas.
—Bueno —dijo él en un tono igual de bajo—, si te refieres a Xander, ahora mismo está hablando con Wilington, porque lo han llamado arriba. La señora Shiplack ha regresado a su casa, mientras que Shiplack sigue en la finca, recuperándose.
—Ya veo —dijo Juliet. Cogió un plato para servirse y descubrió que los dedos le temblaban apenas un poco. Lo dejó enseguida de nuevo en su sitio—. ¿Has oído alguna indicación del barón sobre lo que debo hacer?
—Solo que quiere verte después de que hayas comido, nada más —dijo Damien y, evidentemente, sí se había dado cuenta de su turbación, porque cogió un plato para ella y se lo llenó, pese al gritito de protesta de la doncella que entró y lo sorprendió haciéndolo.
Damien la despachó con un gesto y ella se marchó, aunque no sin antes recibir un guiño de él que la hizo sonrojarse.
—¿Crees que va a echarme?
—Por lo que he podido ver, no recuerda gran cosa de anoche —dijo Damien, antes de alzar la vista hacia ella—. La cuestión es: ¿qué te gustaría hacer a ti?
* * *
—Milord —saludó Xander a Wilington al entrar en la habitación, ajustándose ya el cuello.
Era muy consciente de que aquello probablemente significaría sus últimos minutos en la casa, antes de que el barón le dijera que se marchara y no volviera jamás.
—¿Cómo se encuentra esta mañana?
—Bien —gruñó Raymond, incorporándose hasta quedar sentado, mientras Xander advertía que el ayuda de cámara, por una vez, no estaba por ninguna parte—. No sé por qué está todo el mundo tan preocupado.
Quizá porque el hombre no paraba de desmayarse, sobre todo en medio de situaciones caóticas.
—El médico sí dijo que debía guardar reposo, milord —no pudo evitar recordarle Xander, y el barón respondió con otro gruñido.
—No tiene nada que ver con el corazón —replicó—. Creo que hay otra cosa.
—¿Ah, sí?
—Creo que alguien está intentando matarme.
Xander arqueó las cejas, desconcertado. Sí, había varias personas intentando robarle al hombre, pero ¿matarlo? Eso ya era un asunto completamente distinto. ¿Era el barón demasiado perspicaz o simplemente demasiado aprensivo?
—¿Qué le hace pensar eso, milord?
—No hay otra explicación para lo que sigue aquejándome. Estoy seguro de que me están envenenando.
—Espero que no, milord, pero si hay algo de verdad en eso, haré todo lo que esté en mi mano para impedir que quien esté detrás de semejante cosa tenga éxito.
—Precisamente por eso está usted aquí. John, necesito que esté atento. ¿Ha descubierto algo sobre quién me está robando?
Xander vaciló.
—No, milord. A menos que sepa de algo que haya desaparecido, no parece faltar nada, y no he observado ningún comportamiento sospechoso.
O que quisiera contarle al barón.
—Hum —dijo el barón, cruzándose de brazos sobre el pecho—. Bueno, Shiplack no puede ser. Ese hombre ya está ganando dinero a mi costa. Juliet tampoco. No tiene cabeza ni para saber por dónde empezar.
Xander cambió el peso de un pie a otro, obligándose a no responder. Porque Juliet era cualquier cosa menos tonta, aunque el hecho de que el barón creyera tal cosa jugaba en ese momento a su favor, lo que la hacía más lista de lo que cualquiera de ellos le había reconocido.
—Debe de ser alguien del servicio —decidió el barón, pensando en voz alta—.
Eso significa que usted está en la mejor posición para averiguar quién es.
También le he pedido a mi ayuda de cámara que intente averiguarlo, pero no se relaciona mucho con los demás sirvientes.
Un lacayo está en mucha mejor posición, y usted no lleva aquí el tiempo suficiente para haberse hecho amigos o enemigos.
—Es una valoración justa, milord.
—Sí —dijo el barón antes de clavar en Xander una mirada dura—. Y si averigua quién es, asegúrese de que entienda exactamente por qué nadie debería atreverse a cruzarse conmigo. ¿Me ha oído?
Y al clavarle aquella mirada, la certeza en sus ojos le dijo que, por mucho que Wilington fingiera no recordar todo lo ocurrido la noche anterior, estaba tan al corriente como los demás.
Entonces, ¿por qué fingía estar senil? Tal vez era más inquietante que cualquier otra cosa que estuviera ocurriendo en aquel lugar.
* * *
Casi media hora después de empezar, Juliet seguía mirando su plato de desayuno todavía bastante lleno cuando oyó un murmullo bajo a su espalda. Se volvió y encontró a Xander de pie en el umbral; él y Damien conversaban en voces tan bajas que no podía oír nada de lo que decían.
Finalmente, Damien asintió y salió de la habitación, mientras Xander ocupaba su lugar, dejándolo a solas con Juliet.
—Está justo en el pasillo, fuera de la puerta —dijo Xander—. Si alguien va a entrar, nos avisará.
—No estoy segura de que sea posible arruinar mi reputación más de lo que ya está —dijo Juliet con pesar, girando ligeramente su asiento para poder mirar a Xander.
Él cruzó la habitación y acercó una silla junto a ella, A horcajadas sobre el respaldo, con el rostro cerca del de ella mientras aquellos ojos violeta la recorrían en algo casi parecido a una caricia.
—¿Cómo estás? —preguntó en voz baja, y el corazón de Juliet estuvo a punto de derretirse por él una vez más.
—Bien, dadas las circunstancias —dijo, tomando aire, sin querer que viera lo alterada que estaba por toda su situación. Necesitaba saber qué iba a ser de ella. Se sentiría mucho más tranquila si supiera si todo aquello estaba siendo en vano o si aún podía salir adelante.