Una joya por robar (Pasiones robadas 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

X ander observó a Juliet un momento, preguntándose si podía confiar en ella o no.

Al final decidió que no le quedaba mucha elección.

—Muy bien —dijo—. Tengo algo que enseñarte.

Ella inclinó la cabeza.

—Y me interesa. Pero primero Annabelle y yo tenemos que esconder las joyas.

—Damien puede ayudarla —dijo Xander, y no se le escapó cómo Juliet entrecerraba los ojos ante lo que, estaba seguro, ella llamaría darle órdenes—. Será mejor que nos vayamos antes de que alguien note nuestra ausencia.

—Pero si ni siquiera... —¡Ah!

Xander sabía que no le iba a gustar lo más mínimo, pero ya estaba harto de tanta protesta. Sabía que al final decidiría acompañarlo de todos modos, porque no podría resistirse a la curiosidad. Pero no tenía tiempo para seguir discutiendo con ella.

La atrajo contra su costado y entrelazó su brazo con el de ella como si fueran una pareja paseando tranquilamente por la calle, como habían hecho tantas veces, muchos años atrás. Aquello, sin embargo, distaba mucho de ser un paseo tranquilo mientras la sujetaba con fuerza contra él.

—Puedo caminar sola —dijo ella, indignada, intentando soltarse el brazo, pero cuando logró sacarlo de su agarre, él se limitó a atraparle los dedos entre los suyos.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, alzando la vista hacia él con una mirada fulminante.

—Llevarte a lo que te he prometido enseñarte.

—Puedo seguirte perfectamente.

—Lo sé. ¿Y si te dijera que me gusta tomarte de la mano?

Le sonrió con aire burlón, provocándola, sabiendo que no hacía más que irritarla, pero ella comprendió enseguida el juego y, en vez de eso, le dedicó una preciosa sonrisa.

—Muy bien —dijo, apretándole los dedos con tanta fuerza que estuvo a punto de borrarle la sonrisa, aunque logró mantener el rostro impasible—. Guíame.

En realidad no tenían que ir muy lejos, lo cual resultaba bastante desafortunado, porque podía admitir ante sí mismo que le gustaba tener la mano de Juliet entre las suyas.

Le recordaba al pasado. A un pasado en el que los dos habían creído que pasarían el resto de sus vidas juntos, cuando se habían jurado amor y prometido que nada los separaría jamás.

Cerró los ojos, recordando el momento en que le había declarado su amor, la alegría que lo había inundado cuando ella le había confesado que sentía lo mismo.

Había sido una de las escasas noches que habían tenido para ellos solos.

Él había insistido en cocinar para ella, y Juliet se había sentado en la encimera a observarlo divertida mientras él intentaba recordar todo lo que Calli le había enseñado.

Había estado nervioso, pero creyó haberlo disimulado bien...

Hasta que ambos probaron lo que había cocinado y decidió que aquello solo servía para un perro.

Xander había imaginado que llenarían el resto de sus vidas de recuerdos así.

Hasta que ella resultó herida. Por su culpa. Y su juramento cambió: por encima de cualquier otra cosa, quería mantenerla a salvo.

—¿De dónde ha salido esto? —preguntó Juliet, deteniéndose en seco y sacándolo de sus pensamientos.

— Esto es lo que quería enseñarte.

Abrió la puerta del pequeño edificio, que parecía la cabaña de un guardés, aunque no tenía razón de estar allí, en la finca de un barón, sobre todo cuando las tierras de alrededor se dedicaban a la agricultura y no a la caza en absoluto.

—¿Es una de esas construcciones inútiles que la aristocracia coloca en sus terrenos para darse cierto aire medieval, tan de moda?

Xander sonrió ante su descripción, pero negó con la cabeza, aunque ella probablemente no podía verlo en la oscuridad. Sin soltarle la mano, la condujo al interior de la cabaña y, guiándose de memoria, encontró la chimenea y pasó la mano por la repisa hasta dar con la caja de yesca.

Encendió fuego en el hogar, apenas lo suficiente para que pudieran ver por la habitación.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Juliet, empezando a inspeccionarlo por su cuenta.

—Por lo que he podido averiguar, es un escondite —dijo Xander, cruzándose de brazos—.

Damien y yo lo descubrimos y pensamos que sería el lugar perfecto para reunirnos y guardar todo lo que necesitáramos, pero pronto descubrimos que alguien más había tenido la misma idea.

Había provisiones, un maletín preparado para una huida rápida, además de dinero y documentos de identidad.

Juliet se volvió hacia él con consternación.

—¿Pero quién iba a querer hacer algo así?

Xander negó con la cabeza.

—O alguien más está intentando hacer lo mismo que nosotros, o el barón en persona no es de fiar.

Juliet tarareó para sí misma del modo en que siempre lo hacía cuando estaba pensando.

—Me lo creo. Lord Wilington no parece llevar sus negocios de la manera más legítima. Creo que la mayoría de las joyas también fueron compradas de forma deshonesta.

—Lo fueron.

Juliet alzó la cabeza de golpe.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé porque Arie conoce al hombre al que estafaron quitándole lo que era suyo por derecho.

La comprensión asomó al rostro de Juliet.

—Así que por eso estás aquí.

—En parte, sí. Arie prometió que recuperaría el dinero para él. El resto es para nosotros.

—¿Y cómo se va a sentir Arie cuando lo compartas conmigo? —preguntó Juliet, avanzando hacia él.

Xander tragó saliva ante su cercanía y al ver que se aproximaba peligrosamente a la verdad.

—Arie lo entenderá.

Ella resopló antes de reírse mientras se apartaba de él.

—Sí, claro, porque Arie siempre ha sido de lo más comprensivo.

Xander se pasó una mano por el pelo.

—A veces me resulta extraño recordar lo bien que conoces a mi familia.

Juliet bajó la vista, y cuando volvió a mirarlo, él pudo leer la tristeza que velaba sus ojos mientras recordaba.

—¿Cómo están? Sobre todo Calli. Siempre le tuve cariño a Calli.

Xander sonrió al recordar lo unidas que habían llegado a estar Juliet y su hermana. ¿Cuántas veces había estado celoso de su hermana por la cantidad de tiempo que ella y Juliet pasaban juntas? Calculaba que Juliet conocía a Calli casi tan bien como a él. Casi.

Cuando había dejado a Juliet, Calli se había quedado destrozada, insistiendo en que fuera a buscarla.

Ella misma lo intentó, pero descubrió que Juliet se había marchado, que había desaparecido y que otra persona vivía en sus habitaciones.

Xander no estaba seguro de si Calli le había perdonado del todo su decisión.

Xander sonrió, una sonrisa auténtica.

—De hecho, Calli está mejor que nunca. Ahora está casada.

—¿Casada? —preguntó Juliet, con los ojos muy abiertos—. ¿Con quién?

Xander sonrió de verdad.

—No me creerías si te lo dijera.

—Tienes que decírmelo —insistió ella.

—Con el duque de Hargreave.

—¿Un duque ? ¿Un duque de verdad?

Xander se rio, con una carcajada sincera, complacido por su reacción.

—Sí. Es una larga historia, pero es increíblemente feliz.

—¿Sabes qué? Ahora que lo dices, había oído algo sobre eso —dijo Juliet, adoptando una expresión pensativa—. ¿Y qué opina ese duque de tu familia?

Xander se balanceó de un pie a otro y luego se recostó contra la pared desnuda que tenía detrás.

—Digamos que él y Arie llegaron a un entendimiento. Calli ya no tendrá más participación en nuestros… negocios.

—Ya veo —dijo Juliet, con expresión contemplativa—. Nunca pareció disfrutar mucho de esa vida, de todas formas.

—No, no le gustaba —dijo Xander, negando con la cabeza—. Fui yo quien la arrastró a esto.

Ella lo miró con complicidad.

—No tienes por qué sentirte culpable por eso. Calli siempre tuvo una buena vida con tu familia.

—La tuvo, pero… —no podía seguir mirando a Juliet—. Casi lo pierde todo por eso.

Juliet dio un paso hacia él, con gesto preocupado.

—Bueno, parece que todo acabó bien para ella. —Levantó una mano y la apoyó contra su mejilla, y él no pudo evitar inclinar la cabeza hacia el contacto—. ¿Pero qué hay de ti?

* * *

Juliet no sabía qué la había impulsado a tocarlo.

Pero parecía tan triste, tan disgustado consigo mismo, que no había podido evitar intentar ofrecerle algún consuelo.

Por mucho que le costara olvidar cómo la había herido, sus recuerdos también estaban llenos del tiempo que habían pasado juntos y de todo el amor que había habido entre ellos. Era difícil renunciar a eso.

—¿Y yo qué? —preguntó Xander con aspereza, volviendo el rostro hacia ella.

—¿Qué va a hacerte feliz? ¿Otro robo? ¿Volver a hacer lo que Arie te ordene?

—Es lo mismo que estás haciendo tú, ¿no? —replicó él, y Juliet supo que solo intentaba desviar la atención de sí mismo.

—Hago esto para ganar lo suficiente y acabar con todo de una vez por todas —dijo—. Aunque, ahora que tú estás metido en esto, quizá tenga que replanteármelo. No pensaba repartir el botín.

—Lo siento —murmuró, pasándose una mano por el pelo—. Pero no hay nada que hacer.

—No —dijo ella con una sonrisa triste—. Supongo que no.

—Encontraré la manera de ayudarte, Juliet, te lo prometo. No quiero que tengas que seguir con esto. Hagas lo que hagas, aquí o en el futuro… —dijo con aspereza—. Tienes cuidado, ¿verdad?

—Por supuesto —contestó ella, algo indignada—. Sé cuidar de mí misma.

—Lo sé —repuso él, inclinando la cabeza—. No logro decidir si estás mejor conmigo cerca o sin mí.

¿De dónde venía eso, ahora? Juliet había pasado cinco años intentando convencerse de que, en realidad, estaba mejor sola, ¿y ahora salía él con que quizá pensara lo contrario?

Debió de leerle la expresión de la cara, porque alargó un brazo para atraerla hacia sí.

—Mira, Juliet, yo...

—Será mejor que me vaya —dijo ella, interrumpiéndolo, sabiendo que, si se quedaba, podría hacer algo de lo que se arrepentiría en aquella cabaña del guardabosques, o escondite, o lo que fuera.

En ese momento, no le importaba en absoluto.

No le importaban las joyas ni el barón ni aquel plan que había urdido.

Lo único que le importaba era su corazón: protegerlo del único hombre que tenía el poder de destrozárselo por completo otra vez.

Una vez había sido suficiente. Si lo dejaba entrar, si volvía a besarlo… todo estaría perdido.

Él guardó silencio un instante mientras la observaba, con la mandíbula tensa, pero después asintió y le ofreció el brazo.

—Te acompaño de vuelta.

—Sé el camino.

—Por favor, Juliet —dijo él, y la suavidad de sus palabras la hizo ceder un poco—.

Te he enseñado este escondite porque quería que supieras que aquí ocurre algo extraño.

Algo peligroso. Y no solo eso: el túnel de la casa, el que Damien y yo hemos estado buscando…

llega hasta aquí, y lo han ensanchado hace poco.

Alzó bruscamente la vista hacia él y empezó a comprender que quizá hubiera más en todo aquello de lo que había pensado al principio.

Estuvo tentada de decirse que era demasiado, que no estaba preparada para enfrentarse a algo así, pero irguió los hombros y afianzó su determinación.

Había estado antes en situaciones peores y siempre había encontrado la manera de salir de ellas.

—Puedo enfrentarme a cualquier cosa que se me ponga por delante —dijo, aunque luego ladeó la cabeza al estudiar a Xander—. Pero agradezco tu preocupación.

Él asintió mientras la guiaba fuera de la pequeña cabaña.

—Sé que, antes de que yo apareciera, estabas metida en algunos… pequeños robos.

Juliet esbozó una sonrisa torcida. Había sido una carterista y no muy buena. La había criado su padre, aunque llamarlo así era ser generoso, porque casi siempre andaba fuera, apostando todo lo que ella robaba, hasta el día en que lo mataron en una pelea a la salida de una sala de juego.

Un mes después fue cuando la pillaron metiéndole la mano en el bolsillo a un noble y Xander la salvó. Ella tenía quince años. Su familia la había aceptado casi como a una más, y poco a poco Xander y ella llegaron a ser mucho más que amigos, aunque se conocieran demasiado bien.

Luego todo había cambiado la noche del gran robo, cuando habían intentado estafar al conde, que resultó ser mucho más astuto de lo que habían imaginado. Juliet empezaba a preguntarse si ocurría lo mismo con el barón.

Caminaron en silencio por la noche iluminada por la luna, mientras los setos y la maleza que los rodeaban hacían que formas y sombras caprichosas parecieran abalanzarse sobre ellos.

Pero tanto Juliet como Xander ya habían visto más monstruos de los que deberían, y, en comparación, aquellos no daban miedo.

—Ten cuidado con Shiplack —dijo Xander antes de dejarla en la puerta principal de la finca—. Hay algo en él que me da muy mala espina.

—Lo sé —dijo Juliet al abrir la puerta—. Tendré cuidado. Y ahora deja de preocuparte por mí, ¿entendido?

En cuanto la puerta se abrió una rendija, ambos oyeron que la llamaban.

—¡Juliet!

Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza en el marco de la puerta.

—Maldita sea.

—Iré contigo.

—No —dijo ella, negando con la cabeza—. No pasa nada. Su ayuda de cámara también estará allí.

—Tampoco me fío de él —dijo Xander con tono sombrío—. Haría cualquier cosa por su amo y no se aparta de su lado. Ese hombre apenas abre la boca y, cuando lo hace, siempre da la impresión de estar lanzando una advertencia. Yo, en cambio, no tengo lealtades de esa clase. Ven. Vamos.