Capítulo 8
J uliet estaba harta. Habían pasado dos días y el barón la reclamaba constantemente.
Para llevarle comida. Bebida. Algún libro.
Siempre que se marchaba volvía a llamarla, y solo agradecía que su ayuda de cámara estuviera siempre cerca, de modo que al menos no se quedaba a solas con él todo el tiempo.
No tenía ni idea de por qué esperaba que lo atendiera cuando disponía de todo un servicio, pero no estaba en posición de discutir.
Deseaba que Xander estuviera allí con ella, pero no tenía ni idea de dónde estaba ni qué hacía. También odiaba que le importara tanto su paradero.
Por eso, cuando fue a cenar aquella noche, se sintió aliviada cuando él la interceptó, tomándola del brazo y conduciéndola a una salita vacía.
—Xander —dijo con alivio, pasándose una mano por la frente—. ¿Dónde has estado?
—He estado ayudando a la mayoría de los invitados a recoger sus pertenencias y marcharse —dijo—. Como sabes, todos se van excepto los Shiplack.
Juliet cruzó los brazos sobre el pecho.
—Por muy contenta que esté de no quedarme a solas con lord Wilington, lamento que sean ellos quienes se quedan.
—Opino lo mismo —dijo Xander, asintiendo con gravedad—. ¿Cómo ha ido con Raymond?
—Insoportable —dijo con una mueca—. Pero seguro. No ha intentado nada indecoroso, su ayuda de cámara está siempre en la habitación y al menos estoy lejos del señor Shiplack.
—Algo es algo —convino Xander—. Tengo que hablarte de algo.
—¿Qué ocurre? —dijo, preocupada al ver que el rostro de Xander mostraba inquietud, lo cual no era habitual en él.
—El barón cree que alguien le está robando.
—¿Cómo? —dijo sorprendida mientras su corazón empezaba a acelerarse—. ¿Por qué?
—Dice que es una sensación que tiene. Dime, Juliet, ¿has cogido algo ya?
—No —dijo, pero ante la mirada inquisitiva de Xander, descubrió que no podía mentirle del todo—. No realmente.
—¿Qué significa eso?
—Significa que puede que haya alguna que otra… joyita que he guardado.
—Bueno, ten cuidado —advirtió Xander—. Me ha pedido que vigile las cosas por él, y ahora que ha enviado de vuelta a la mayoría de los invitados, cree que podrá determinar quién es el ladrón.
El barón puede parecer débil, Juliet, pero creo que le gusta esa sensación de poder, y no quiero ni pensar en lo que podría hacer si descubriera que le has estado mintiendo.
—Por supuesto que tengo cuidado —dijo, bastante indignada de que pensara que era una novata que se dejaría atrapar con tanta facilidad—. He aprendido bien a lo largo de los años, Xander.
—De acuerdo —dijo con un suspiro, pasándose una mano por el pelo mientras se acercaba y la atraía hacia sí—. No pretendo decirte lo que has de hacer, Juliet. Es solo que… me preocupo por ti. No quiero que te pase nada.
—Lo sé —dijo en voz baja—. Y lo entiendo.
Deslizó una mano desde el pómulo hasta sostenerle el mentón, antes de alzarle el rostro para que lo mirara.
Le buscó en los ojos durante unos instantes antes de inclinar la cabeza y presionar suavemente los labios contra los de ella.
Juliet suspiró contra él, sin apartarse como debería sino saboreando cuanto él le ofrecía.
Puede que no volviera a verlo después de aquello —ni deseaba hacerlo—, pero iba a disfrutarlo.
Ya se preocuparía más tarde de lo mucho que le dolería marcharse.
Él puso fin al beso con la misma delicadeza, antes de darle un último beso rápido en la frente y luego abandonar la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Y eso estaba bien. Porque Juliet tenía mucho en lo que pensar y mucho que planear. Necesitaba encontrar a Annabelle... y rápido.
* * *
Xander agradecía de verdad que la mayoría de los invitados se hubieran marchado, porque eso significaba que él y Damien tenían algo más de margen para deambular por la casa y los terrenos sin llamar la atención.
El problema de la actual mala salud del barón era que eso hacía que pasara casi todo el tiempo en su dormitorio, lo que les impedía casi por completo acercarse a las joyas.
Como aún no habían recibido las herramientas que estaban esperando, él y Damien habían decidido que quizá tendrían que intentar entrar por la fuerza, pero el ruido alertaría a cualquiera que anduviera cerca.
Aunque el barón saliera de su habitación, estaba el ayuda de cámara rondando siempre, y Shiplack, que parecía tener un ojo demasiado avizor.
—¿Ha entrado alguien ahí hace poco? —preguntó Xander, señalando la cabaña más allá de donde caminaban, apenas visible en la escasa luz.
Damien asintió.
—Encontré una maleta con ropa, documentos... Parece que alguien se está preparando para marcharse.
—¿Pero quién? —preguntó Xander, alzando las manos a los lados—. No puede ser el barón. No tiene adónde ir, y ¿por qué iba a dejar un lugar donde lo tiene todo?
—A menos que haya hecho enfadar a la gente equivocada y tema por su vida.
—Es posible —concedió Xander.
—Pero lo que más te preocupa es lo que le pasaría a Juliet si huyera.
—Eso me preocupa, sí —admitió Xander—. No tenemos ni idea de qué lugar ocupa ella en su plan.
Tenemos que acabar con esto. Uno de nosotros tiene que vigilar a Wilington.
Si logramos sacarlo de su habitación y esperamos a que el ayuda de cámara esté ocupado en otra cosa, podremos intentar entrar por la puerta del pasadizo.
—Ahí es donde Juliet podría sernos útil —señaló Damien.
Xander estaba de acuerdo, y sin embargo se resistía a implicar a Juliet en aquel plan más de lo estrictamente necesario. Pero ¿qué otra opción tenían en aquel momento?
De pronto, oyeron un crujido a su derecha, y Xander y Damien intercambiaron una mirada. Aquella noche no corría ni una pizca de viento, y dudaba que hubiera muchas criaturas por allí. No en aquellos céspedes tan cuidados.
—¿Qué crees que ha sido eso? —murmuró Damien, y Xander negó con la cabeza, sin saber qué pensar.
—Iré a echar un vistazo.
Avanzó sigilosamente junto al seto hasta llegar a él y, de pronto, se detuvo en seco... cara a cara con Juliet.
—¡Xander! —exclamó ella, llevándose una mano al pecho—. Casi me has matado del susto. Otra vez.
—¿Ah, sí? —preguntó él, sorprendido—. ¿Y qué crees que estás haciendo aquí fuera?
—Yo... —Pareció debatirse en busca de una respuesta adecuada—. Yo...
Antes de que pudiera contestar, una voz sonó al otro lado de los árboles.
—Juliet, ¿dónde estás? Cuesta ver algo entre estos árboles. Yo...
Annabelle apareció, con la boca aún abierta, pero las palabras se le esfumaron al encontrarse cara a cara con Xander.
Llevaba el pelo rubio recogido, despejado del rostro, y un vestido oscuro; era evidente que intentaba ocultarse en la oscuridad de la noche.
Cuando Damien se apresuró a situarse a su otro lado, ella miró a Juliet en busca de instrucciones, pero había poco que esta pudiera decir, porque Annabelle sostenía una maleta de viaje que parecía bastante pesada.
—¿Vais a alguna parte? —preguntó Xander con voz suave, aunque no pudo ocultar la indagación que había en ella.
—A ninguna parte. Solo he salido a dar un paseo nocturno —dijo Juliet, con una mentira demasiado obvia. Se le daba bastante bien, pero nunca había logrado ocultarle nada; él siempre sabía cuándo intentaba esconder algo.
Recordó la vez en que Calli había intentado darle una sorpresa por su vigésimo cumpleaños.
Había convencido a Juliet para que lo distrajera —cosa que, por supuesto, no había sido especialmente difícil—, pero él supo, desde el mismo instante en que ella le pidió pasar un rato a solas, que estaba tramando algo.
Había acertado, claro, aunque nunca se lo dijo; prefirió ver la alegría en su rostro cuando creyó haber contribuido con tanta pericia a darle la sorpresa.
Aquella noche, con toda su familia y sus amigos y, por supuesto, Juliet reunidos para celebrarlo con él, había sido una de las mejores de su vida.
—Annabelle, qué placer verte de nuevo después de nuestro viaje juntos en el pescante —dijo Xander, dedicándole a la amiga de Juliet su sonrisa más seductora, y Juliet entrecerró los ojos, algo que él disfrutó un poco más de la cuenta.
Dio un paso hacia Annabelle, que intentó ocultar la pesada maleta de viaje tras la espalda—. Dime, ¿qué llevas ahí?
—Vestidos nuevos para Juliet —dijo Annabelle, pero su seguridad flaqueaba de manera evidente.
—Parecen terriblemente pesados —observó Xander—. ¿Por qué no me deja que se los lleve yo?
—Oh, no podría —dijo Annabelle, sacudiendo la cabeza—. Tendrá mucho que hacer. Juliet y yo estamos bien, nosotras…
—Insisto —dijo Xander con suavidad, y antes de que Annabelle pudiera seguir protestando, extendió una mano y le arrebató el bulto mientras ella ahogaba un grito.
Una sonrisa de satisfacción le asomó al rostro cuando alzó el bulto y caminó hacia uno de los bancos diseminados por los terrenos de la finca del barón.
Ya tenía abiertos casi todos los broches antes de que Juliet pudiera siquiera decir nada.
—Oye, eso es propiedad mía, y no voy a permitir que tú…
Pero allí estaban, todas las joyas reluciendo incluso bajo la luz tenue. Xander alzó la vista hacia ella con ojos incrédulos antes de volverse hacia Damien con una sonrisa forzada.
—Vaya, vaya, parece que tenemos un buen botín. —Cuando se dirigió a Juliet, intentó ocultarle el dolor de que lo hubiera engañado así. Le había hecho una promesa, pero era obvio que había planeado traicionarlo. —Juliet, olvidaste informar a Damien del plan.
—Este plan estaba en marcha mucho antes de que vosotros dos aparecierais —dijo, cruzándose de brazos sobre el pecho como si se defendiera de él—. Annabelle y yo trabajamos duro para esto, demasiado duro.
—Y yo que creía que lo compartiríamos todo siempre.
Juliet alzó la barbilla con gesto desafiante.
—No puedes decirme que en realidad planeabas compartir todo por igual con nosotras.
Xander no respondió a su acusación. No podía.
—Bueno, la verdadera pregunta es —dijo en cambio—, ¿qué vamos a hacer a partir de ahora?
Xander era muy consciente de que lo único que le preocupaba a Juliet era el hecho de que la hubieran descubierto.
Él, que había pensado que habían llegado a un entendimiento. Intentó ignorar el hecho de que ella tenía razón y que, al final, él sí iba a quedarse con la mayor parte para su familia, pero eso no venía al caso.
Ahora necesitaba determinar qué iba a hacer, porque si Arie se enteraba de que Juliet se había llevado la mayoría de las joyas, habría que pagar las consecuencias.
—Sé que la salud del barón no es buena, pero ¿no va a darse cuenta cuando de repente haya desaparecido la mitad de las joyas que te ha prestado?
Juliet compartió una sonrisa triunfal con Annabelle.
—Esa es la genialidad de nuestro plan. Nadie lo sabrá, al menos no de inmediato.
—¿Por qué?
—Estás ante una de las joyeras más hábiles de toda Inglaterra.
Xander la estudió con una ceja arqueada y ella suspiró como si fuera un idiota. Aunque no estaba siguiendo del todo el hilo, tampoco era para que lo mirase así.
—No yo —dijo con exasperación, antes de señalar a su amiga—. Annabelle.
—¿Tu doncella personal? —intervino Damien, y Xander casi se echó a reír cuando Juliet puso los ojos en blanco, esta vez dirigidos a él.
—En realidad, Annabelle no es una doncella personal. Ella y yo trabajamos juntas en una joyería cuando descubrió que yo era una ladrona. Resultó que estaba dispuesta a pasar por alto el hecho y nos hicimos amigas. Luego le interesó ayudarme con este plan.
A medida que el plan se aclaraba, Xander tuvo que admitir que en realidad era ingenioso. No pensaba admitírselo a Juliet.
—¿Así que has estado haciendo copias de las joyas y devolviéndolas mientras te quedabas con las piezas auténticas?
—Básicamente —dijo Juliet asintiendo, y Xander se cruzó de brazos mientras admiraba su plan.
—Mi única pregunta es por qué no me lo contaste.
—Te dije por qué estaba aquí —dijo Juliet con ese aire desafiante suyo que siempre lo había atraído hacia ella—. Nunca te conté cuál era mi plan. Ni tú me has contado mucho del tuyo.
Xander resopló ante sus palabras antes de volverse hacia Damien. Su hermano lo conocía lo bastante bien como para entender lo que estaba pensando, y Damien inclinó ligeramente la cabeza para hacerle saber que estaba de acuerdo.
—¿Qué te parece esto, Juliet? —empezó—. ¿Por qué no somos todos completamente sinceros los unos con los otros? La única manera de que esto avance es trabajando juntos.
Juliet miró del mismo modo a Annabelle, quien se encogió de hombros, obviamente dispuesta a confiar en lo que Juliet decidiera sobre la propuesta.
—Muy bien —aceptó—. ¿Y ahora qué hacemos?