Capítulo 7
J uliet sintió su mirada clavada en ella nada más entrar en el salón. Intentó apartar la vista, pero él era como uno de esos cuadros en los que el retratado parece seguirte con la mirada vayas donde vayas.
Cuando alzó la cabeza para coger una copa de una bandeja, sus miradas se encontraron. Cuando fingió reírse de algo que dijo la señora Shiplack, él ocupó todo su campo de visión. Cuando se puso en pie para la cena, notó su mirada siguiéndola mientras caminaba.
Al entrar en el comedor, el señor Shiplack le agarró del codo sin previo aviso.
—Ven —dijo—, siéntate a mi lado.
Fue entonces cuando Juliet buscó adrede la mirada de Xander y vio su mandíbula tensa y los puños cerrados por el contacto de Shiplack, aunque no pudiera hacer nada.
Ninguno de los dos podía, no hasta que aquello acabase.
Era solo una cena, se dijo Juliet mientras se dejaba conducir por Shiplack a la mesa.
La colocó en el extremo mientras él se sentaba a su lado, con el barón a la cabecera de la mesa, junto a ella.
La señora Shiplack estaba frente a ellos, y Juliet logró esbozarle una sonrisa, pues sería la única persona capaz de hacerle llevadera aquella cena.
Al menos el barón le había dado los pendientes para que los luciera esa noche.
Le dijo que eran una de sus piezas favoritas y le pidió que, por favor, los luciera por él.
Ella había sonreído, conteniendo las ganas de poner los ojos en blanco ante el hecho de que la veía como poco más que un escaparate donde exhibir sus riquezas.
Ahora Juliet solo necesitaba encontrar un momento para escabullirse y reunirse con Annabelle para intercambiarlos antes de que el ayuda de cámara del barón le pidiera que los devolviera.
Colocaron un plato frente a ella, y Juliet tuvo que obligarse a no volverse cuando olió y sintió la presencia de Xander a su espalda. Su brazo rozó la piel desnuda de su cuello al retirar la mano, y la reconfortó saber que él estaba allí, que no estaba sola.
Podía no confiar en que no la dejara sin su parte del botín, pero sabía que nunca permitiría que le hicieran daño.
Sin querer, le vino a la mente el recuerdo de la primera vez que conoció a Xander.
Por lo general era tan hábil, pero estaba metiendo la mano en el bolsillo de aquel hombre cuando la distrajo la esposa del hombre.
La mujer llevaba un collar de esmeraldas y rubíes; incluso entonces, Juliet había sido incapaz de resistirse al atractivo de las joyas hermosas.
El hombre se había vuelto, atrapando su muñeca con la mano. Juliet gritó, dejando caer la moneda que había sustraído. Cuando miró el rostro del noble, vio la falta de piedad, el asco que sentía por ella. Cuando amenazó con llevarla ante el magistrado, supo que cumpliría su amenaza.
Y entonces hubo una conmoción a un lado. Un joven y una joven empezaron a gritarse, justo en medio de la calle. Al primer indicio de distracción, el agarre del hombre se aflojó, y Juliet fue alzada y llevada lejos.
De alguna manera, supo que no tenía por qué tener miedo. Luego Xander la dejó en el suelo, le dedicó aquella sonrisa amplia y encantadora, y ella supo que todo iba a salir bien.
Durante los siguientes tres años, él siempre había estado allí. Su amigo. Su protector. Nada más, salvo en su corazón. Cada mirada, cada roce, le recordaba que ya no estaba sola, que siempre lo tendría a él.
Como se sentía en ese momento.
Sin embargo, en el instante en que sintió el calor de su roce, notó algo rozándole la pierna, y dio un respingo al ver al señor Shiplack sonreírle con astucia. Juliet tragó saliva mientras apartaba las piernas todo lo que pudo sin golpear las del barón.
La cena fue insoportablemente larga, pero afortunadamente logró hacerle suficientes preguntas a la señora Shiplack como para que la mujer charlara sin parar y llenara el tiempo y el silencio.
Por fin, llegó el momento de que las damas se retiraran al salón, y Juliet exhaló un suspiro de alivio.
Cuando estaban a punto de cruzar la puerta, casi miró a Xander para asentirle, pero antes de que pudiera hacerlo, se oyó un fuerte estruendo detrás de ellas.
Se volvió, sorprendida, junto con el resto de las damas, solo para descubrir que el barón había caído de su silla al suelo.
Juliet se quedó mirando un momento antes de darse cuenta de que probablemente debía mostrarse mucho más preocupada.
Se apresuró hacia él, y llegó justo cuando lo hicieron Xander y el señor Shiplack.
Los tres observaron a lord Wilington durante un momento, comprobando que respiraba pero sin saber qué había causado su desmayo.
—¿Bebió demasiado? —preguntó Juliet al notar lo gris que estaba su piel en ese momento.
—Lo dudo —dijo el señor Shiplack, mientras Xander hacía señas a Damien para que se acercara.
—No tiene buen aspecto —dijo Xander, compartiendo una mirada preocupada con su hermano—. Quizá deberíamos llamar a un médico.
Todos los presentes se giraron para mirar a Juliet, y ella se dio cuenta de que esperaban que tomara la decisión. Afortunadamente, el mayordomo entró en ese momento, y juntos decidieron que sería mejor buscar al más cercano que pudieran encontrar.
—Por si acaso —dijo Juliet, intentando sonreír con tranquilidad al resto de los invitados—. Estoy segura de que lord Wilington se encuentra bien.
Sin embargo, la verdad era que no estaba segura en absoluto. Se lo había visto más débil y pálido durante los últimos días, pero había asumido que la estancia en el campo le había sentado mal.
Ahora se preguntaba si era algo mucho más grave.
El médico debería poder decirlo. Siguió a Xander y Damien escaleras arriba mientras llevaban al barón, sin estar segura de qué más debería estar haciendo. No era la señora de la casa y, sin embargo, no había nadie más que pudiera desempeñar ese papel.
Salió de la habitación, no queriendo esperar dentro pero sabiendo que debía estar cerca cuando llegara el médico.
Cuando el ayuda de cámara del barón entró, Xander se unió a ella en el pasillo. Damien lo siguió, pero ante alguna señal tácita de Xander, continuó más allá de ellos.
—¿Estás bien? —preguntó Xander en voz baja, mirando alrededor para asegurarse de que no había nadie cerca.
—Creo que sí —susurró ella—. Pero ¿qué hago? Si algo le sucede, no puedo quedarme aquí.
—No —dijo él—, pero, como mínimo, parece un superviviente. Damien y yo tenemos un plan, pero tendremos que trabajar rápido. Estamos trabajando en las cerraduras, pero podría llevar algo de tiempo ya que estoy esperando otras herramientas. Sin embargo, hay algo más.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, enarcando las cejas y preguntándose qué más podía pasar.
—Hemos descubierto algo. Algo que nos dice que no somos los únicos que van tras las joyas.
Juliet se quedó de piedra.
—Pero ¿cómo puede ser? ¿Quién más iba a...?
—No lo sé —dijo él, pasándose una mano por el pelo con gesto de frustración—.
Pero tenemos que averiguarlo. Aunque solo sea para mantenerte a salvo.
Cuando tengamos ocasión, te lo enseñaré, pero hasta entonces debes andar con cuidado, Juliet.
Mantente bien lejos de Shiplack. No me fío de él y no me gusta cómo te mira.
—A mí tampoco —murmuró Juliet con un estremecimiento—. Pero está casado y es el amigo más íntimo del barón. No tiene ningún motivo para amenazarme.
—Oh, sobran los motivos, solo que ahora no voy a entrar en eso —dijo Xander con gesto sombrío—. Tendremos que hablarlo más tarde, porque ahí viene el médico.
Al volverse, le apoyó una mano en la parte baja de la espalda durante un instante, y Juliet halló consuelo en su contacto y en su presencia, por mucho que la desconcertara lo que aquello pudiera significar.
El médico, un hombre alto de cabello gris y ralo y gafas, avanzó por el pasillo con la bolsa en la mano.
Juliet lo saludó y se presentó antes de que ella y Xander lo siguieran al dormitorio del barón.
Juliet explicó lo sucedido antes de que el hombre empezara a examinarlo.
El silencio se le hizo casi insoportable.
No era que le importara en exceso lord Wilington, pero no deseaba ver a nadie perder la vida, ni siquiera a un hombre como él.
El médico iba ya por la mitad del examen cuando los ojos del barón se abrieron de golpe y de pronto se incorporó en la cama.
—¿Qué significa esto?
—Milord, conoce al señor Anderson, el médico. Ha venido a verlo después de que se desplomara tras la cena —explicó Juliet.
—No necesito al médico —dijo, y fulminó con la mirada al hombre, que parecía inquieto pero retrocedió cuando lord Wilington le apartó la mano de un manotazo.
—Milord, le rogaría que lo reconsiderase —dijo el señor Anderson, ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz—. Creo que está bastante enfermo. Su pulso es muy irregular.
—¡Solo porque me irrita tenerlos a todos revoloteando a mi alrededor como si fuera un niño enfermo! Déjenme.
—Milord, le sugeriría que lo mejor para usted en este momento sería guardar reposo.
—¿Reposo?
—Sí, milord —insistió el médico—. Reposo y tratar de recuperar la salud.
—De eso nada.
—De veras creo que...
Pero el barón ya lo estaba despachando con un ademán mientras llamaba a su ayuda de cámara de toda confianza, que acudió corriendo.
—Todos los demás, fuera —ordenó el barón, y Juliet y Xander intercambiaron una mirada—. He dicho fuera . Juliet, vuelva usted por la mañana.
—Por supuesto, milord —murmuró ella antes de seguir a Xander hasta la puerta, con el médico tras ellos.
—Gracias, señor Anderson —dijo, avergonzada a pesar de que en realidad nada de aquello era culpa suya—. Le ruego me disculpe. Lord Wilington es un hombre orgulloso.
—He vivido por estos lugares toda mi vida, señorita...
—Simpson.
—Señorita Simpson.
—Señorita Simpson. Conozco el temperamento del barón.
Si no desea ayuda, no hay nada que yo pueda hacer.
Sin embargo, creo que es un hombre muy enfermo.
No sabría decirle exactamente qué tiene, pero puede que algo no ande bien en su corazón.
Si su estado empeora lo más mínimo, por favor, hágame llamar.
Mientras tanto, intente asegurarse de que permanezca en la cama y evite cualquier esfuerzo.
—Haré todo lo posible —dijo Juliet con una leve sonrisa antes de acompañar al médico hasta la puerta principal. Xander permaneció al fondo, fuera de la vista, pero seguía allí para apoyarla.
Al ver que el vestíbulo estaba vacío, sin otros invitados ni criados, se acercó a él y alzó la vista con gesto suplicante.
—¿Y ahora qué se supone que debo hacer? —preguntó, levantando las manos con impotencia—. No soy la señora de la casa y, aun así, ¿quién se supone que va a ocuparse de todo?
—Podrías volver a casa —dijo Xander, aunque no sin amabilidad—. Te prometo, Juliet, que yo me ocuparé de todo.
—Y yo te ayudaré —dijo ella con firmeza, pero antes de que pudieran seguir hablando, una voz atronó desde lo alto de la escalera.
—¡John! ¡John! ¡Sube aquí!
—Supongo que eso va por ti —dijo Juliet, arqueando una ceja, a lo que Xander respondió con un gruñido.
—Supongo que sí. Me pregunto qué querrá ese hombre.
—Será mejor averiguarlo.
* * *
Xander odiaba el olor de la habitación del barón. Era una mezcla de humo de tabaco y perfume empalagoso. No tenía ni idea de cómo el ayuda de cámara podía pasarse allí día tras día, pero agradecía que la vacante en Lochrich hubiera sido de lacayo y no de ayuda de cámara.
—¿Milord? —dijo al abrir la puerta y encontrar a lord Wilington aún en la cama, aunque tenía el rostro algo más encendido que antes. El ayuda de cámara estaba a un lado, como un centinela.
—John, entra.
Xander se preparó para contener la irritación que le producía que le hablaran de aquel modo, pero se recordó que allí era el criado y no tenía derecho a objetar.
—¿Sí? —dijo al acercarse hasta el borde de la cama.
—Necesito su ayuda. Hay algo en esta casa que no está bien.
—¿Ah, sí? ¿En qué aspecto?
—Creo que alguien me está robando.
Xander se obligó a no dejar traslucir su sorpresa. Desde luego, tenía intención de robar al barón, pero aún no lo había hecho.
Pensó en la cabaña con la que se habían topado él y Damien el día anterior. Al principio había parecido desierta, un edificio extraño escondido en la parte trasera de la finca del barón. ¿Podría tener algo que ver con aquello? ¿La estaría usando alguien para ocultar lo que estaba robando?
—¿Qué le hace pensar semejante cosa?
—No puedo decirlo con certeza. Pero lo noto.
Xander asintió, frotándose el mentón pensativo. Quizá el barón estuviera más alerta de lo que él y Damien le habían dado crédito, incluso teniendo en cuenta su mala salud.
—¿Qué quiere que haga?
—Quiero que vigile lo que ocurre. Voy a enviar a casa a la mayoría de los invitados, así que, si se trata de alguno de ellos, ya no debería ser un problema.
Mientras tanto, quiero que esté atento a cualquier comportamiento sospechoso y, si lo hay, que le ponga fin.
Es usted un hombre grande, igual que el otro al que contraté con usted. Haga lo que sea necesario.
Xander asintió.
—Muy bien.
—Bien. ¿Y John?
—¿Sí?
—No le diga a nadie que hemos hablado de esto, ¿me ha entendido?
—Entendido, milord.
—Ahora váyase. Vuelva mañana y dígame qué averigua.
—Muy bien. Espero que pueda descansar, milord.
La única respuesta del barón fue un bufido mientras Xander salía de la habitación.