Una joya por robar (Pasiones robadas 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

X ander no se había dado cuenta de lo larga que podía llegar a ser una comida de mediodía.

Al menos le habían dado de comer en las dependencias del servicio.

Pero seguía en tensión por lo que había presenciado al sorprender a Juliet con el barón.

De no haber llegado a tiempo, no sabía qué podía haber pasado.

Ni qué podía llegar a pasar. Porque si Wilington era capaz de llegar tan lejos teniendo a todos los invitados de la casa como testigos potenciales, ¿qué haría si lograba pillar a Juliet a solas?

Ella parecía capaz de impedir que Wilington llevara a cabo cualquiera de sus intentos, y Xander diría que tenía tanta fuerza como el viejo, pero si se veía obligada a rechazarlo por la fuerza, ¿cuáles serían las consecuencias?

Xander no tenía ni idea, pero todo aquel plan se había vuelto demasiado complicado con la participación de Juliet.

Por fin llegó la hora de marcharse. Consiguió captar la mirada de Juliet un instante, pero ella se limitó a asentir con rapidez, sin querer evidentemente llamar la atención sobre su comunicación.

Aunque todos los invitados habían ido en carruaje, la distancia a pie no era mucha, y Xander agradeció la oportunidad de estirar las piernas al aire libre... mientras podía vigilar a Juliet.

Ahora que habían regresado a Lochrich, necesitaba hablar con ella. Pero antes tenía que encontrar a Damien y ver si había descubierto algo.

Tuvieron un momento a solas mientras se preparaban para servir la cena, y Damien parecía bastante exultante, si es que algo así era posible.

—Creo que sé dónde está la caja fuerte —dijo Damien—.

Hay un pequeño armario en la habitación del barón, dentro del vestidor.

Parece de lo más inocente, pero al lado hay un espacio que no cuadra.

No hay explicación para lo que hay detrás de esa pared.

Y da la impresión de que sería por donde esperaríamos que desembocara la puerta del túnel.

Me colé en el dormitorio mientras el ayuda de cámara tomaba el té. Ese hombre es como un centinela.

—¿Podemos entrar desde el vestidor? —preguntó Xander, con el corazón acelerado.

Damien se encogió de hombros.

—Si hay alguna manera, no consigo encontrarla —dijo Damien—, aunque tampoco estuve mucho rato allí dentro, porque no tenía a nadie vigilando.

Si tenemos otra oportunidad, podemos intentarlo de nuevo, pero quizá sea mejor probar desde la entrada del túnel.

Nunca ha habido una cerradura que se te resista, hermano.

Xander asintió, sintiendo una nueva oleada de culpa por haber dejado a Damien solo, expuesto, cuando era él quien había fracasado hasta el momento.

—¿Qué tal fue tu expedición? —preguntó Damien, y Xander le contó lo ocurrido. Damien soltó una maldición.

—Al menos podemos consolarnos con que le estamos robando a un cabrón —murmuró Damien, y Xander asintió con una sonrisa sombría.

—Aunque tenemos que acabar con esto cuanto antes —dijo Xander—. Hay que sacar a Juliet de aquí.

—¿Qué pensará cuando nos vayamos con el alijo?

—No lo sé —dijo Xander—, pero ya le dejé todo lo que tenía una vez. Con lo que le dejemos llevar tendrá que conformarse.

Damien no parecía convencido, pero no añadió nada más mientras salían de la habitación para servir la cena. Otra cena que Xander tendría que pasar esforzándose por atender a cualquiera que no fuera la única mujer a la que amaba. Y la única que nunca podría tener.

* * *

Juliet sabía que debía darle las gracias a Xander por su oportuno rescate, por mucho que odiara necesitar que la rescataran.

Al levantarse de la mesa tras otra comida insufrible, alzó la vista y captó su mirada.

Le hizo una leve inclinación de cabeza, que él devolvió con los ojos muy abiertos.

Juliet tuvo entonces que pasar las tres horas siguientes charlando con mujeres a las que solo les importaban los últimos cotilleos de la alta sociedad, aunque la mayoría no tenían nada que ver con el círculo nobiliario del que hablaban.

Asintió y sonrió, sin saber quiénes eran las personas de las que hablaban, aunque le intrigó bastante cuando mencionaron que el duque de Hargreave se había casado hacía poco con «una advenediza» que había estado trabajando como su institutriz.

Bien, pensó, deseándole a aquella mujer desconocida la mejor de las suertes para enfrentarse a quienes, con toda probabilidad, harían cuanto estuviera en su mano por amargarle la vida.

Por fin llegó la medianoche y, tras explicarle a Annabelle adónde iba, Juliet se escabulló en la oscuridad de la noche, cruzando la extensión de césped hasta el cenador al borde de los terrenos.

El corazón le latía deprisa cuando vio la silueta de Xander a la luz de la luna, que esa noche estaba llena y los observaba desde lo alto en medio del calor del verano.

Una cosa era verlo de pasada, a la vista de todos los invitados.

Incluso sus breves miradas, por mucho que los conectaran, no suponían ninguna amenaza... salvo para su propio corazón.

Pero pensar en encontrarse con él allí fuera, a solas...

Te dejó, Juliet , se recordó a sí misma. Sola. Herida. Sin nada. Después de haberte prometido una vida juntos.

Enderezó los hombros mientras su paso se volvía más decidido al acercarse al cenador.

Era bastante romántico, tenía que admitirlo, con su forma octogonal y el enrejado que velaba ligeramente la figura en su interior.

Las hiedras trepaban por los laterales, enroscándose alrededor de los postes y haciendo que el cenador pareciera parte del propio jardín.

El lugar perfecto para una cita romántica. Solo que Juliet no era de esas mujeres que albergaban ideas románticas, se recordó. Ya no.

Xander debió de verla llegar, porque dio un paso adelante hasta la entrada del cenador, apoyándose en el poste de madera mientras la observaba.

Mechones rebeldes de su pelo oscuro le caían sobre la frente de un modo irresistible, y le dedicó esa sonrisa seductora que siempre le hacía dar un vuelco al corazón. No había cambiado en absoluto.

Le tendió una mano, y ella se la tomó, dejando que la ayudara a subir el escalón hasta el cenador. Un escalofrío la recorrió al contacto de su piel, y se estremeció a pesar del calor de la noche.

—¿Tienes frío? —preguntó él, con voz ronca.

Ella negó con la cabeza mientras intentaba controlar sus emociones.

—En absoluto —respondió, cerrando los ojos un momento, recordándose que estaba allí para darle las gracias y decidir cómo proceder. Nada más—. Gracias por acceder a verme.

—Por supuesto —dijo él, clavando en ella sus ojos violetas—. Siempre que me necesites.

Lo había necesitado. Cinco años atrás... cuando él la había dejado.

Sus miradas se encontraron y Juliet se quedó sin hablar un instante, olvidando todo lo que iba a decir. Estaba perdida en sus ojos y en los recuerdos de todo lo que habían sido el uno para el otro, de todo lo que habían sentido.

Sin quererlo, afloró un recuerdo: la noche en que comprendió que lo que sentía por él no era solo la ternura no correspondida de una joven por un muchacho.

El escenario no se parecía en nada a aquel.

Habían estado en un callejón sucio, junto al club donde Damien acababa de derrotar a su séptimo rival en un combate a puñetazos.

Durante la pelea, Xander se había abierto paso entre la multitud, vaciando bolsillos mientras Juliet distraía a los hombres para que no se dieran cuenta...

aunque tampoco es que la necesitara de verdad, de lo ligero que era de manos.

Estaban celebrando su éxito cuando Xander la alzó y la hizo girar. Mientras sus faldas giraban a su alrededor, el corazón le latió con fuerza ante su cercanía, y cuando sus labios se posaron sobre los de ella, supo que a los dieciocho años había encontrado al hombre con el que estaría para siempre.

Cerró los ojos ahora, intentando apartar de sí el amor y el deseo que la invadían al recordar cómo se había sentido. Lo echaba de menos. Añoraba su encanto, su ingenio, la forma en que la amaba y la hacía sentir como si fuera la única mujer del mundo.

Pero todo había sido una mentira.

Se aclaró la garganta y despejó la mente, volviendo al presente y a la razón por la que estaba allí cuando debería estar en la cama, preparándose para otro día.

—Solo quería darte las gracias. Por volver a por mí hoy y aparecer de una manera tan… oportuna.

Él sonrió ante eso.

—Te he evitado un buen baño de barro, nada más.

—Sí. Bueno, probablemente también evitaste que el barón intentara propasarse aún más.

La sonrisa de Xander se desvaneció y sus ojos se oscurecieron ante eso.

—Lo hice, Juliet, pero puede que no esté ahí la próxima vez que lo intente. ¿Qué vas a hacer si lo hace?

Ella suspiró, caminando hacia un lateral del cenador, rodeando con la mano uno de los postes mientras contemplaba la oscura extensión del jardín más allá.

—Comparto tu preocupación, Xander. No es que no pueda impedirle lo que intenta, pero si lo hago, todo mi plan se arruinará.

Lo sintió más que oyó acercarse por detrás. Él colocó la mano justo encima de la de ella alrededor del poste, con el cuerpo tan próximo pero sin llegar a rozarla, y Juliet tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para no recostarse contra él.

—Entonces abandona este plan —dijo, y su aliento le erizó la piel allí donde le rozaba la parte alta de la oreja, como el susurro más leve del viento en un día perfectamente calmado—. Deja esta finca y vuelve a casa, a Londres. Damien y yo nos encargaremos del resto.

Ella se volvió, desconcertada por su cercanía, pero él se negó a dar un paso atrás, atrapándola entre su cuerpo y la media pared del cenador.

Juliet arqueó una ceja, sin dejarse amilanar.

—Y si hago tal cosa —dijo con retintín—, estoy segurísima de que compartirás todo el botín conmigo.

Habría jurado que sus mejillas se enrojecieron ligeramente, pero él asintió.

—Por supuesto.

Juliet resopló y pasó junto a él.

—Hace tiempo que aprendí que no puedo creer nada de lo que dices. En otro tiempo lo habría hecho, pero ahora sé que las mentiras se deslizan de tus labios con más facilidad aún que cualquier verdad.

—Juliet —dijo en tono de súplica, alargando la mano y tomando la de ella entre las suyas, atrayéndola de nuevo hacia él—, nunca te mentiría.

—Pero lo hiciste —dijo con fiereza, señalándolo con un dedo—. Me dijiste que siempre estarías ahí para mí. Que siempre velarías por mí cuando te necesitara. Y en el momento en que más te necesité, me abandonaste .

Xander alargó la mano y tomó su dedo señalador entre las suyas, doblándolo suavemente de vuelta entre el resto de sus dedos.

—Lo sé, Juliet, y lo siento muchísimo. Tienes que creerme —la miró con una expresión tan suplicante que ella casi cedió, hasta que recordó quién era él y de qué era capaz—.

Pero tienes que entenderlo. Te dejé porque pensé que era la única manera de protegerte.

Saliste herida por mi culpa. Casi mueres.

No quería que te pasara nada más. No podía permitir que te pasara nada más.

Pensé que podrías empezar una nueva vida, que podrías encontrar un camino mejor.

Y sin embargo, aquí estás. —Su voz se tiñó de desesperación—.

Tienes que saber lo mucho que me destroza verte aquí, poniéndote en peligro una vez más.

—Necesito esto, Xander —le imploró, esperando que aún quedara en él algo que se preocupara lo suficiente como para conmoverse, comprender y apiadarse, y permitirle tener lo que tanto necesitaba—.

Tú tienes a tu familia, tienes planes y otros objetivos en los que confiar.

Yo no tengo nada. Esto es todo. Hasta la última libra que tenía la gasté en hacerme presentable, en convertirme en una mujer que el barón deseara.

Y ha funcionado, hasta ahora. Annabelle y yo hemos llegado ya muy lejos.

Por favor, no arruines esto para nosotras.

Xander se adelantó y le apartó un mechón rebelde, colocándoselo detrás de la oreja.

—Trabajemos juntos y compartámoslo, entonces. No lo arruinaré, Juliet. Pero déjame ayudarte. Por favor.

—Yo… —Debería decir que no. Debería decirle que nunca volvería a confiar en él, que había arruinado cualquier posibilidad de que volvieran a trabajar juntos, de que ella volviera a creer una palabra de lo que dijera.

Pero cuando la miraba así, allí, en el jardín, con el aroma de las lilas envolviéndolos y la luz de la luna iluminando su silueta mientras los recuerdos de su tacto, su sabor, su abrazo la asaltaban de nuevo, descubrió que no podía decir que no.

En cambio, cuando él se inclinó hacia ella y sus labios descendieron hacia los suyos, le resultó más natural que respirar alzar la cabeza y encontrarse con él a medio camino.

Y, Dios santo. Su beso era todo cuanto recordaba. Sus labios eran suaves y firmes a la vez, buscando, saboreando, extrayéndole todo, todo el anhelo que había estado contenido dentro de ella durante cinco años, esperando. Esperándolo a él.

Alzó las manos para aferrarse a sus hombros, y sus dedos se hundieron en la tela de la chaqueta que llevaba, ya no la librea del barón sino una tela suave, fina, familiar, con su aroma adherido a ella y ahora a su alrededor, dentro de ella.

Podía contarse todas las mentiras que quisiera: que lo odiaba, que nunca volvería a confiar en él, que había pasado página y ya no sentía nada por él.

Pero este beso demostraba qué grandes mentiras se estaba contando a sí misma.

Porque cuando la besaba así, con su lengua abriéndose paso ya, buscando, acariciando, buscando la suya, supo que la había arruinado para cualquier otro y que, por el resto de su vida, solo amaría a un hombre. Al hombre que tenía justo delante.

La sujetó entre sus brazos, estrechándola con fuerza contra él como si nunca fuera a dejarla marchar, y en aquel momento ella no albergaba el menor deseo de que lo hiciera jamás.

Quería quedarse allí, con él, y acceder a todo lo que le pidiera, si eso significaba que podría tener aquello otra vez, que podría haber una posibilidad de que los dos estuvieran juntos.

Aunque ella era mejor que eso. Era más inteligente que eso. Necesitaba entender que esta era la última y única vez que sucedería.

Pero, maldita sea, lo bien que sentaba.