Una institutriz para arruinarlo (Serie Escándalo y secretos nº 6) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

El Sr. Quayle llevaba sus propias cuentas en la Casa del Guarda, en una habitación trasera a la que su ama de llaves tenía prohibido entrar a limpiar, y las cuentas que guardaba allí no tenían nada que ver con dinero.

Había abierto el expediente sobre la institutriz el diecinueve de abril, como parte de la rutina habitual, porque una criada nueva en una gran casa es una incógnita, y las incógnitas son lo que un hombre prudente elimina. Esperaba cerrarlo en quince días.

A finales de septiembre ocupaba nueve páginas, y el Sr. Quayle, que era un hombre justo en el único sentido que le importaba, lo consideraba el trabajo más interesante que había realizado desde el año once.

El método era suyo y no era complicado. No se empieza por la persona.

Se empieza por el papel que la persona ha dejado tras de sí, porque la gente miente y el papel no; el papel simplemente no concuerda con otro papel, y todo lo que hace un hombre de negocios, al final, durante toda su vida, es poner dos documentos uno junto al otro y examinar la juntura.

Punto uno, la carta de recomendación. Tres páginas, de un clérigo de Yorkshire, y llevaba insatisfecho con ella desde mayo sin poder decir por qué, hasta que al fin, el cuatro de agosto, a las nueve de la noche, con la lupa de su padre, descubrió el motivo: la palabra instrucciones, en la tercera línea de la segunda página, con un trazo ascendente en medio, y el mismo trazo en la palabra exactamente en una solicitud de material escolar de puño y letra de la institutriz.

Se quedó un rato reflexionando sobre aquello y después se sirvió una copa muy pequeña de brandy, algo que hacía unas dos veces al año.

Punto dos, la carta de la condesa. En junio la había tomado por un muro.

Un muro magnífico; lo había frenado durante seis semanas y lo había elogiado en voz alta.

Pero en agosto volvió a examinarla con la lupa, y la pregunta ya no era «¿es esto cierto?

», sino «¿por qué se toma tantas molestias una mujer de ese rango?

». La Condesa Viuda de Arundel había escrito cuatrocientas palabras al administrador de un duque sobre una institutriz de niños pequeños.

Las grandes damas no hacen eso por las pupilas de sus capellanes. Lo hacen por las suyas.

Punto tres, Lady Augusta en el estribo del carruaje en julio. Tiene porte. En mi vida me ha recibido una institutriz.

Punto cuatro, el niño hablando. Un niño de esa casa no empieza a hablar con la huérfana de un cura por agradecimiento hacia una gramática latina.

Empieza a hablar con alguien que no le tiene miedo, y las personas en Inglaterra que no le tienen miedo al hijo de un duque son poquísimas, y todas han nacido siéndolo.

El punto cinco era aritmética, y el Sr. Quayle llevaba treinta y un años dedicado a la aritmética.

Una mujer joven de veinticinco años, bien nacida, bien educada, que necesitaba un puesto con la desesperación suficiente para falsificar una carta de recomendación, y lo bastante bien nacida para que una condesa viuda cometiera perjurio por ella a vuelta de correo, y sin colocación ni familia que la reconociera en el año dieciséis, significaba una familia venida a menos.

Las familias de abolengo no caen en silencio. Caen en los periódicos.

* * *

Fue a Northampton el once de agosto y pasó dos días en la sala de lectura de la biblioteca por suscripción, que le costó una guinea al año y fue la mejor guinea que gastó en su vida.

Cogió los volúmenes encuadernados de los periódicos ilustrados y del Gentleman's Magazine de los años diez al catorce, y los revisó despacio, desde el principio, sin saltarse nada.

Quiebras. Ejecuciones de bienes. Suicidios, que se llamaban de otra manera. Ventas por orden de los síndicos. Hijos muertos en España y padres arruinados a su espalda.

Tenía once candidatos el lunes por la tarde y cuatro el martes por la mañana, y hacia el mediodía del martes, en la página doscientos once del volumen del año doce, llegó al que llevaba aproximadamente una hora sabiendo que encontraría.

MAITLAND. El catorce del corriente, en la prisión de Fleet, de unas fiebres, Robert Maitland, antiguo Coronel de Intendencia de Su Majestad, de cuarenta y nueve años de edad, ingresado en prisión en noviembre último a instancias de la Corona bajo acusación de fraude en relación con ciertos contratos de avituallamiento, sin haber llegado nunca a juicio. Deja viuda y tres hijos.

El Sr. Quayle permaneció sentado en la sala de lectura de la biblioteca por suscripción de Northampton, un martes de agosto, con las manos extendidas sobre la página.

Él había redactado aquella carta. Recordaba toda la tarde, como un pintor recuerda un cuadro: la dificultad de la tercera frase, que debía insinuar que el coronel había aceptado sobornos sin llegar a decir nunca que hubiera pasado dinero de manos, porque una suma concreta puede rastrearse y una insinuación no; y el placer de dar con la fórmula correcta hacia las cuatro; y subírsela al viejo duque, que leyó la primera línea y alargó la mano hacia la pluma.

No había pensado en el nombre de aquel hombre en cinco años. Nunca se había preguntado qué había sido de él. Sabía que algo debía de haberle ocurrido, obviamente, de esa forma vaga en que uno sabe que un árbol talado acaba convertido en leña.

Una viuda y tres hijos.

Retrocedió cuatro páginas hasta las crónicas del juicio y encontró el grabado.

Era un grabado mediocre, hecho a partir de un retrato, de cuatro pulgadas por tres, impreso en papel barato para un público al que le gustaba ponerle cara al escándalo: un hombre de cejas pobladas con uniforme militar, pasados los cuarenta, con el mentón bajo y los ojos muy separados y serenos, que miraba desde la página con una expresión de paciencia extremadamente irritada, como si le hubieran hecho la misma pregunta estúpida tres veces.

El Sr. Quayle lo contempló largo rato.

Luego sacó su cuaderno de notas y no escribió absolutamente nada. Había visto aquella cara en junio, al otro lado de una mesa del aula, con una bolsa de cerezas en la mano: en una mujer de veinticinco años, tocada con una cofia de institutriz, que se estaba burlando de él.

Devolvió él mismo el volumen al estante en lugar de dejarlo para el chico, y salió al sol de Abington Street, y comió en el George, y lo disfrutó.

* * *

No hizo nada durante seis semanas, que era su mayor virtud y aquello que nadie en aquel condado, incluida la mujer que lo andaba cazando, llegó jamás a creer de él.

Un secreto revelado es un secreto perdido. Cualquier necio con un dato sale corriendo a pregonarlo; un hombre de negocios pregunta cuánto vale ese dato, y para quién, y en qué momento, y si aguantará.

Este aguantaría. Nada de aquello podía mejorar para nadie más, y todo podía mejorar para él.

Sopesó sus opciones por escrito, en la habitación trasera de la Casa del Guarda, el catorce de agosto, en tres columnas, como sopesaba todo.

La primera era acudir al duque de inmediato, lo que le garantizaba la expulsión de una espía en cuestión de una hora y revelaba a un hombre que en octubre había estado yendo a los hornos de cal hasta dónde llegaba el asunto. Rechazada.

La segunda era acudir a la joven y ponerle precio, lo que le garantizaba un par de ojos obedientes y un retiro tranquilo; salvo que la había visto mentirle en un patio en julio sobre una parroquia, y lo había hecho bien, y una persona que miente tan bien, asustada, no es una criada: es un segundo frente.

Rechazada, y con pesar, porque había una versión del mundo en la que le habría gustado mucho trabajar con ella.

La tercera era guardarla hasta que fuera necesaria, y usarla no como un arma sino como una cortina de humo.

Esa era la opción correcta, y una vez elegida escribió al pie de la hoja una sola línea: El mejor uso de un escándalo no es herir a una persona con él sino mantener ocupado a un condado durante quince días.

Sabía que lo estaban vigilando. Lo sabía desde marzo, más o menos; no se puede llevar una casa durante doce años sin darse cuenta de cuándo alguien empieza a hurgar en los rincones.

Había visto al duque caminar hasta los hornos de Marbury en octubre y había pasado el invierno moldeando la opinión del condado sobre un hombre afligido, y en septiembre había visto a Sir Charles Ockley cabalgar hasta las canteras de Willoughby y regresar demudado, y había comprendido esa tarde, sin emoción alguna, que el veintisiete de septiembre iba a ser una mañana interesante y que más le valía que su propio negocio no estuviera en medio cuando llegara.

Adelantó los asuntos del trimestre al veinticuatro.

Eran cinco días.

Ya había reflexionado, cuatro días antes, sobre qué debería dejar un hombre tras de sí en un camino donde un magistrado aguarda con una orden judicial y nadie a quien aplicársela, y la respuesta, por supuesto, era mucho ruido procedente de otro lugar.

* * *

Solo se equivocó en una cosa en todo el verano, y fue precisamente en aquello de lo que estaba más seguro, y cometió el error en su propio escritorio el veintiuno de septiembre mientras redactaba el párrafo.

Los tenía calados a los dos. Un viudo de treinta y seis años que no había mirado a una mujer desde que murió su esposa, y una dama hermosa e inteligente, sin colocación, de veinticinco años, que vivía en su casa bajo un nombre falso.

Era evidente para cualquiera. Lo había visto cuatro veces en su carrera y siempre acababa de la misma manera.

El hombre la deseaba. El hombre se avergonzaría de desearla.

Y cuando se le dijera a todo el condado, esa misma mañana, que la mujer de su cuarto de niños era una impostora e hija de un estafador deshonrado, la vergüenza haría el resto: el duque la metería en un carruaje ese mismo día, cerraría la puerta, se comportaría con suma corrección, y después sería incapaz de abrir la boca sobre ningún tema durante un año, porque un hombre no puede ir a un tribunal a procesar a su propio administrador con eso en boca del condado.

No lucharía. Nadie de ese rango lucha en ese terreno; no hay nada que ganar y todo que perder, y toda la maquinaria de sus vidas existe para asegurarse de que nunca se llegue a eso.

En ninguna parte de las nueve páginas de cuentas anotó el Sr. Quayle la posibilidad de que el duque de Harwood pudiera un día decidir que la verdad era peor para Quayle que para él mismo.

No se le ocurrió escribirlo, porque no se le había ocurrido. Había pasado treinta y un años entre caballeros, y se había ganado bien la vida gracias a una observación invariable: que un caballero pagará casi cualquier cosa con tal de que no hablen de él.

Nunca en su vida había conocido a uno dispuesto a sacrificar su propio nombre para conseguir una condena.

* * *

Escribió la carta a medianoche del veintiuno de septiembre en la oficina de la finca, y le llevó cincuenta minutos, lo cual era mucho para él.

No porque fuera difícil. Porque era buena, y la disfrutó, y no había razón para apresurarse.

La escribió con letra redonda, vertical y generosa, bellamente espaciada, en papel liso, y se la dirigió al Sr. Toller del Marbury Herald, y comenzaba: Señor, me dirijo a usted como alguien que ya ha demostrado estar atento a un asunto que este condado ha preferido ignorar durante demasiado tiempo, y continuaba durante dos páginas, y no contenía ni una sola palabra que no fuera cierta.

La joven que se hacía llamar señorita Wells no era la señorita Wells.

Era la señorita Louisa Maitland, hija mayor del difunto coronel Robert Maitland, detenido en el año once por fraude contra el erario público y muerto en la prisión de Fleet antes de poder ser juzgado.

Había entrado en la casa del duque de Harwood en marzo con una carta de recomendación falsificada a nombre de un clérigo inexistente.

Había tenido a su cargo exclusivo a los herederos de esa casa durante seis meses.

Había sido observada por el autor, y por otros, disfrutando de una intimidad con Su Excelencia que el autor no detallaría más en un medio público.

Y el autor dejaba al condado considerar con qué propósito la hija de un caballero había ocultado su nombre, falsificado una carta de recomendación, y se había enterrado en el cuarto de niños de la misma familia cuyo cabeza había aportado las pruebas contra su padre.

La releyó dos veces.

Luego escribió una nota adjunta para Toller, con su letra habitual, en su propio papel, con su propia firma, haciéndose pasar por un viejo servidor de la familia que había obtenido la información en el cumplimiento de su deber y había luchado con su conciencia durante algunas semanas; y en esa nota pedía una sola cosa: que el editor retuviera el asunto y lo publicara en la primera edición del viernes veintisiete, para que el autor tuviera tiempo de presentarlo ante Su Excelencia primero, como era su deber, y ahorrarle a la familia lo que pudiera ahorrarse.

Selló las dos juntas y las puso en la valija de Northampton en lugar de la de Marbury, porque los cajistas de Toller componían los jueves y la valija de Northampton se llevaba a mano.

Entonces el Sr. Quayle apagó la lámpara, cerró con llave la oficina de la finca y se fue a casa cruzando el patio en la oscuridad, bajo la ventana del extremo del pasillo del cuarto de niños, donde aún ardía una luz a la una de la madrugada.

Alzó la vista hacia ella al pasar.

No era, habría dicho si alguien se lo hubiera preguntado, un hombre cruel.

Había cargado en brazos a un enfermo de fiebre para subirlo a un carro en el año nueve, y le había prestado a Fenner, el del molino, once libras en Navidad, y nunca se las pediría.

Simplemente tenía, y siempre había tenido, una visión muy clara de la diferencia entre lo que cuesta una cosa y lo que vale, y ni una sola vez en cincuenta años había logrado sentir lo primero cuando podía ver lo segundo.

Dos días, pensó, y entró a cenar.