Una historia diferente Capítulo 14 Paco y Benito #3
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Capítulo 14 Paco y Benito #3

—¿Defender al pueblo? ¿Vosotros? —cuestiona con escepticismo mientras los señala con el dedo—. ¿Pero quiénes os creéis que sois? ¿Don Quijote y Sancho Panza? ¡Anda, anda, tirad para casa que me parece que lo de ver películas de vaqueros se os va a terminar a los dos durante una temporadita larga!

—No nos movemos de aquí mientras no echemos a los ocupas —se resiste Benito, aunque su grado de convicción está a ras de suelo.

—Eso mismo —lo apoya Paco con voz dubitativa.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo vais a hacerlo, descerebrados? ¿Con una escopeta que lleva más de cinco años descargada? ¡No hagáis más el ridículo, por favor! ¡Mentecatos, que sois un par de mentecatos!

Me quedo alucinada de que en un cuerpo tan pequeño pueda haber tal cantidad de mala leche acumulada; los rasgos físicos de Hermelinda pueden hacerla parecer vulnerable y delicada, pero es tan solo un espejismo.

Me recuerda a una de esas pequeñas ranitas de colores brillantes de apariencia inofensiva pero que te matan de forma fulminante si te atreves a tocarlas.

Lejos de quedarse satisfecha con el rapapolvo que les acaba de echar, la mujer sigue cantándoles las cuarenta sin parar.

—Además, ¿ocupas? ¿Pero qué ocupas ni qué ocho gaitas?

¡A vosotros dos debieron daros una pedrada en la cabeza cuando erais niños!

¡Es la única explicación que se me ocurre para que seáis tan lerdos!

Es que desde luego lo que hay que escuchar.

¡¿Ocupas?! ¡Ocupas ni más ni menos! Anda que…

En este pueblo no tenemos ni habitantes y vamos a tener ocupas.

—La voz de la mujer es severa y afilada.

—Pues no sería tan raro —insiste Benito entre dientes, sin dar su brazo a torcer del todo.

Desde luego el hombre cabezón es un rato porque que siga insistiendo con la bronca que le están echando tiene tela.

—Pero vamos a ver, alma de cántaro. ¿Quién va a querer ocupar este palacio? —pregunta Hermelinda señalando a su alrededor con un gesto tan despectivo que hasta me resulta un poquito ofensivo.

—¡Eso mismo les dije yo! —exclama Ben ya más tranquilo ahora que sabemos que la escopeta no tiene balas y que ha llegado alguien con un mínimo de sentido común dispuesta a hacerlos entrar en razón.

La mujer avanza hasta situarse entre Benito, Paco y nosotros, y sus ojos vivos e inteligentes nos estudian con atención.

—Y vosotros, ¿se puede saber quiénes sois?

—Me llamo Uxía, soy la nieta de Antonio y Carmen, los dueños de esta casa —respondo de inmediato, contenta de tener al fin la oportunidad de explicarme.

Lo sorpresa brilla en su mirada y me recorre de arriba abajo.

—¿La nieta de Antonio y Carmen? —repite como si estuviese tratando de asimilar esa información.

Asiento.

—Han pasado más de veinte años desde la última vez que se dejaron caer por aquí —murmura—. Recuerdo que tú eras una niña que correteaba por el pueblo jugando con mis nietos.

En mi cabeza revolotean vagos recuerdos de una niña rubia de mi edad y de un niño de pelo castaño, un par de años más mayor que yo, con los que jugaba al escondite por los alrededores cada vez que tenía ocasión.

—Siento mucho lo de tu abuelo —murmura la mujer con sinceridad—. Era una persona muy querida en este lugar.

—Gracias —respondo.

—Espero que Carmen siga bien de salud, siempre fue como un roble.

—Está como una rosa, la verdad.

—Me alegra escucharlo. —Una sonrisa desdentada pero franca empieza en sus labios y se extiende al resto de su cara—. Bueno, pues ahora que este par ya os ha despertado, vámonos todos a desayunar al bar.

—¿Al bar? —cuestiona Ben con escepticismo.

Ella asiente.

—Estoy segura de que al resto del pueblo les alegrará ver a la nieta de Antonio y Carmen —comenta avanzando hasta nosotros para engancharnos a cada uno con un brazo—. Veréis qué sorpresa se van a llevar.

—¿Ahora? —pregunta Ben de nuevo.

—¿Es que pretendes hacerlos esperar otros veinte años? ¿O quedarte aquí debatiendo con Paco y Benito? —Ella le dedica una mirada achicando los ojos.

—Es que ni siquiera nos hemos lavado la cara todavía… —protesto.

—Tranquila, no os hace falta, estamos en familia —replica la mujer quien, por lo visto, no va a marcharse sin que la acompañemos.

Ben y yo nos miramos de reojo, y me encojo de hombros, tampoco hay mucho que podamos decir para negarnos, sobre todo, porque ella prácticamente ya nos está arrastrando.

—Vosotros, id a avisar a los demás —les ordena a Benito y Paco con autoridad—. Deciles que ha venido de visita la nieta de Carmen y Antonio, con el novio, y que los esperamos en el bar.

—No somos novios… —la corrijo de inmediato.

—¿No habéis venido juntos?

—Pues sí, pero nos conocemos solo desde hace tres días… —explico.

—Caramba, pues sí que aprovecháis el tiempo los jóvenes de ahora —me interrumpe persignándose—. Se ve que lo de «con calma y a fuego lento» no va con los de ciudad.

—Me refiero a que no somos pareja —insisto, tratando de hacerla comprender mientras recorremos el camino que nos aleja de la casa.

—Lo que vosotros digáis, ya sé que ahora os gusta llamar a las cosas de otras maneras…

Suspiro y decido no añadir nada más, total, ¿para qué? Si diga lo que diga, va a pensar lo que le dé la gana y no me va a creer.