Capítulo 14 Paco y Benito #2
No comprendo qué ocurre, así que me pongo de puntillas y, al alzar la mirada por encima de su hombro, me quedo estupefacta y un grito escapa de mi garganta cuando, en medio de la oscuridad, descubro a los dos hombres de avanzada edad que nos apuntan con un arma.
—Bajad la escalera despacio y caminad delante de nosotros —nos ordena una voz fuerte.
Ben se vuelve un momento hacia mí y, durante el escaso par de segundos en que nuestros ojos se encuentran, puedo ver la duda reflejada en su mirada.
—No tengo todo el día —nos apremia el hombre, golpeando el suelo con lo que deduzco es un bastón, el cual es, sin duda, el causante del sonido que me despertó—. Y no hagáis ninguna tontería si no queréis comprobar lo buena que es nuestra puntería.
Ben me agarra del brazo y comienza a bajar despacio los peldaños que faltan, colocando su cuerpo en el ángulo preciso para proteger el mío, e incluso cuando llegamos abajo, mientras nos conducen al salón, tiene cuidado de no apartarse de mí en ningún momento.
Nos colocamos a un lado de la chimenea y cuando, gracias a los primeros rayos de luz del amanecer que comienzan a colarse por la ventana, al fin tenemos una visión más clara de los ladrones, secuestradores o lo que quiera que sean, ambos compartimos una mirada de sorpresa, porque los dos personajes que aparecen ante nuestros ojos están a años luz de cualquier imagen que pudiese proyectar nuestra imaginación en la penumbra de la escalera.
Ben los contempla estupefacto y yo no salgo de mi asombro, no es para menos…
Porque ninguno de ellos debe de bajar de los noventa y pico años.
El bastón que provocaba el ruido que me despertó al golpear contra el suelo lo lleva el más alto de los dos.
Es un hombre delgado, tiene bigote, una gran mata de pelo canoso, cara de malas pulgas, y nos estudia con una expresión tan molesta y agria como si acabase de comerse un limón.
El otro lleva entre las manos una escopeta y es mucho más bajo, le sobran unos cuantos kilos, no debe de tener más de diez pelos en la cabeza y usa unas gafas tan anchas que no sé si lo que lleva delante de los ojos son lentes o el culo de un par de vasos.
—Apúntalos bien, Paco —le ordena el del bastón sin quitarnos ojo—. Más a la derecha.
El tal Paco mueve la escopeta con rapidez, enfocando directamente a la chimenea.
—¡A tu otra derecha, Paco! —murmura su amigo entre dientes.
Ben y yo intercambiamos una mirada de reojo. Este hombre no ve un burro a cuatro pasos, lo que lo convierte en un auténtico peligro con un arma en la mano.
—Con tan poca luz no veo nada, Benito —protesta él dirigiendo, ahora sí, la escopeta en nuestra dirección.
—Tú no ves nada ni con poca luz ni con mucha —refunfuña el otro.
Paco se vuelve hacia él y el arma se zarandea de forma peligrosa.
—¡¿Quieres apuntarlos a ellos y no a mí? —gruñe Benito enfadado.
—¡Eso hago! —le responde ofendido el pobre Paco.
—Ah, ¿sí? ¿Tú crees? —Pregunta Benito en tono sarcástico.
—¿Y si mejor baja el arma y no apunta a nadie? —sugiere Ben con calma.
—¡Tú a callar! Nadie te ha dado permiso para hablar —responde el tal Benito, que tiene una mala leche de cuidado, lanzándonos una mirada letal—. En este lugar los ocupas no son bienvenidos. —Las palabras salen con rabia de sus labios.
—¿Ocupas? ¡Nosotros no somos ocupas! —protesto al comprender lo que está pasando—. ¡Piensan que nos hemos colado en la casa de forma ilegal y que pretendemos ocuparla!
—¡Este es nuestro pueblo y no vamos a dejar que se llene de alimañas, ni de ladrones! —exclama Benito alzando un puño al aire con fuerza.
—No somos ocupas —repite Ben tratando de mostrarse sereno—. En tal caso, los únicos que están infringiendo la ley aquí son ustedes, que están allanando una propiedad privada.
—¿Alla… qué? —repite Paco arrugando la nariz.
—No dejes que te líe con palabras remilgadas de señoritingo de ciudad —lo reprende su amigo—. No son más que unos delincuentes de poca monta que quieren apropiarse de una casa ajena.
—No estamos robando nada, esta es mi casa —intervengo—. Además de que hay que tener mucha cara para acusarnos de algo cuando los únicos delincuentes de esta historia sois vosotros, que os habéis colado en mitad de la noche y estáis apuntándonos con un arma.
Enseguida comprendo que mi aportación a la negociación no ha sido demasiado acertada, cuando la expresión de Benito se vuelve feroz; el hombre es el vivo reflejo de la indignación, está tan enfadado que hasta le tiembla la voz.
—¡Paco! —exclama alzando el tono.
—Dime, Benito —responde este igual de exaltado, aunque en su caso no parece enfadado.
—¿¡Nos han llamado delincuentes!? ¿Tú lo has escuchado igual que yo?
—Lo he escuchado, Benito, lo he escuchado —afirma Paco asintiendo con tanta fuerza que por un segundo estoy segura de que se le van a caer las gafas.
—¡Levanta la escopeta y apunta, Paco! Apunta que a mí no me llama delincuente ni… —grita.
Trago saliva y se me acelera el corazón, es evidente que a estos dos no solo les falta una tuerca, es que les falta la caja de herramientas entera.
Ya me estoy imaginando con una bala entre ceja y ceja cuando la puerta principal se abre con un golpe seco y una mujer menuda y muy delgada hace su aparición.
Viste de negro, lleva moño y sus ojos aparecen tan rodeados de arrugas que su rostro de inmediato me recuerda a un bulldog .
—¡Lo que me faltaba! —grita enfadada a la vez que coloca ambas manos en jarras y contempla ceñuda a los dos hombres quienes, al verla, comparten una mirada de circunstancias.
En el rostro de Benito ya no queda ni rastro de ira, ni se le ve alterado, más bien diría que su expresión me recuerda a la de un niño al que acaban de pillar en medio de una gamberrada y no sabe cómo salir del paso.
—Hermelinda, ¿cómo nos has encontrado? —pregunta él en un tono de voz mucho más bajo.
—Cuando me desperté no estabas en casa, y Dolores me dijo que tampoco encontraba a Paco, así que las dos nos imaginamos que ya la estabais armando —responde ella dedicándoles una mirada acerada.
Deduzco que Benito es su marido.
—No estamos armando nada, solo defendemos al pueblo de este par de criminales indeseables —replica el hombre alzando la barbilla con orgullo.
La mujer nos recorre con la mirada antes de volver a centrar su atención en ellos.