Una historia diferente Capítulo 15 Un desayuno singular
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Capítulo 15 Un desayuno singular

Un desayuno singular

Ben

El bar del pueblo al que nos conduce Hermelinda resulta ser el bajo de una casa que los vecinos han equipado con unas cuantas mesas de plástico y sillas del mismo material que, con total probabilidad, han traído de sus casas, una estantería repleta de latas de aceitunas, patatillas, algún que otro aperitivo más, servilletas, platos y vasos de plástico, un microondas y una nevera que, según nos informa Hermelinda, compraron entre todos y que cada semana se encargan de rellenar por turnos.

En cuanto llegamos, deduzco que el paso tranquilo y relajado de Hermelinda y sus múltiples paradas durante el trayecto para contarnos diferentes anécdotas del pueblo no eran más que una triquiñuela para que el resto de los vecinos, alertados por Paco y Benito, tuviesen tiempo de llegar antes que nosotros y, para cuando ponemos un pie dentro del lugar, dieciocho pares de ojos caen directos sobre nosotros, escrutándonos sin disimulo y cuchicheando, algunas cosas las entiendo, otras en cambio me resultan ininteligibles, entre ellos sin parar.

La expectación que generamos es tal que por un momento me siento como si fuese Bad Bunny saliendo al escenario del WiZink Center para dar un concierto delante de su club de fans .

Los observo con curiosidad; me atrevería a apostar que una mujer que rondará los ochenta años debe de ser la jovenzuela del lugar, el resto tienen que andar cerca de cumplir las tres cifras si es que no las han pasado ya y, sin embargo, la mayoría de ellos tiene un aspecto bastante saludable y una envidiable vitalidad.

—Caramba, menudo recibimiento —susurra Uxía a mi lado.

—Algunos están hablando en gallego, ¿verdad? —pregunto en el mismo tono.

Ella asiente.

Hermelinda, que me escucha, carraspea reclamando la atención de los asistentes.

—En castellano —les exige—. Si no el pobre chico no nos entiende.

—Pues sí que empezamos bien… —protesta Paco.

—¿Tú eres la nieta de Antonio y Carmen? —le pregunta una mujer de pelo rizado y blanco como la nieve.

—¿Has venido con tu novio? —se interesa otra, que viste un chal violeta y, a juzgar por su sonrisa, debe de pensar que está en vivo y en directo en el plató de un programa de cotilleo.

—Claro que es su novio, quién va a ser si no —le contesta la primera—. ¿No ves que han venido juntos?

—Yo qué sé, las juventudes de ahora son tan raras… —replica la del chal encogiéndose de hombros—. Mi nieta dice que su compañera de piso es poliamorosa.

—¿Poli… qué? —pregunta un hombre desde una esquina.

—Poliamorosa —repite la mujer.

—¿Y eso qué es? —se interesa Paco desde su silla.

—Por lo visto, quiere decir que lo mismo está con uno que se va con el de al lao —le explica ella.

—Juventud, divino tesoro, si yo tuviese unos años menos… —replica la del pelo rizado, suspirando.

—¿Os parece si nos centramos? —les pide Hermelinda que, por lo visto, debe de ser la que dirige el cotarro.

Todos se callan y vuelven a concentrarse en estudiarnos.

—¿Qué tal está tu abuela? Hace mucho que no se deja caer por aquí —comenta con gesto enfadado un hombre pasado en kilos y ataviado con chaleco de lana y pantuflas—. La casa está hecha un desastre, no deberían tenerla tan descuidada, eso no es buena imagen para el pueblo.

—¿Buena imagen? —repite Hermelinda alzando las cejas—. Ni que fuésemos a salir en una revista de viajes.

—Imposible salir en ningún sitio con las casas en el estado en que está la de Antonio y Carmen —insiste el de las pantuflas dedicándonos una mirada que podría calificarse de todo menos amigable.

—Cualquier día se le van a caer hasta las tejas —lo apoya un señor delgado en extremo y bajito que se sienta a su lado.

—Y la cerca está carcomida —añade el que está pasado de kilos.

—Y las ventanas rotas —insiste el delgado.

—Manolo y Gervasio, callaos un poco. Han dormido en ella, así que creo que ya se han hecho una idea de las condiciones en las que la casa está o deja de estar —los regaña Hermelinda con severidad.

—¿Cuánto tiempo vais a quedaros? —se interesa la mujer que, cuando entramos, deduje que es la más joven de todos ellos.

—¿Venís de vacaciones? —cuestiona la del chal.

—¿Va a pasarse por aquí tu abuela? —pregunta Benito, que aún parece tener dudas de que mi parentesco con Carmen y Antonio sea real.

—¡Madre mía, qué martirio! ¡Dejadlos respirar que acaban de llegar!

—exclama una vecina que va ataviada con una bata de casa y lleva el pelo gris perfectamente recogido en una coleta baja—.

¿Habéis desayunado? Mi hijo Ignacio siempre dice que el desayuno es la comida más importante del día —afirma con los ojos brillantes de orgullo.

—Mercedes, tu hijo Ignacio es un tragón que no perdona ni el aperitivo del mediodía —replica Benito riendo entre dientes.

Los labios de la mujer se convierten en una línea fina y su mirada se vuelve afilada.

—Es cierto que tiene buen apetito, pero una cosa no quita la otra y, si él lo dice, es cierto, que para eso siempre ha sido el más inteligente de sus amigos —asevera ella.

—No digas tonterías, para inteligente mi Ramiro que sí que fue a la universidad —interviene la mujer de pelo rizado con solemnidad.

—Uy, sí, claro que fue, y se tiró tantos años en ella que hasta estaban pensando en darle un título horroris causa de esos para ver si así se marchaba —se burla el de las pantuflas.

—Lo que ocurre —explica la mujer con expresión enfadada— es que su carrera era muy complicada y, para tu información, se dice honoris , no horroris , que vas de listo y eres un cateto.

El hombre se pone en pie, sulfurado, señalándose el pecho con un dedo.

—¡¿Cateto yo?! Te recuerdo, Pepa (por lo visto así se llama la madre del tal Ramiro) que yo soy un catedrático de la vida.

—¡Tú no sabes ni cómo se pronuncia la palabra «catedrático»! —se mofa ella—. No eres más que un simple taxista que no ha cogido un libro en su vida.

—¡Ni falta que me hace! Con lo que he escuchado en el taxi durante todos los años que he estado trabajando, deberían darme a mí un título universitario de esos.

—Os recuerdo a los dos que mi Candela sí es licenciada. —El hombre delgado, por lo visto, no quiere dejar pasar la oportunidad de dejar patentes las virtudes de su hija—. Qué suerte hemos tenido con ella, es más lista que el hambre —asegura alzando la voz.

—Lista lista…, más bien, listilla… —murmura Pepa—. Y un poco fresca diría yo.

—Ya empezamos… —susurra Hermelinda dejando escapar un suspiro resignado.

—¿Qué acabas de decir? —le pregunta el hombre volviéndose de golpe hacia ella.

—Que la mañana está fresca —se apresura a responder Hermelinda.

Al parecer, el hombre debe de ser un poco duro de oído, porque, aunque no parece convencido del todo, lo deja pasar.

Pero la mujer, que no parece haberse quedado a gusto, sigue azuzándolo.

—La suerte que tiene tu hija, Gervasio, es que su marido es un aparvado y un calzonazos.

—Por lo que estoy entendiendo, el hombre que parece hecho de papel de fumar se llama Gervasio —me murmura Uxía, quien parece de lo más entretenida y no aparta los ojos de la escena para no perderse detalle. ¡Solo le faltan las palomitas!

—Habla más alto, que estás rumiando y no te escucho… —le exige Gervasio a Pepa, enfadado.

—Que es… —La mujer se dispone a repetir lo que acaba de decir, pero Hermelinda se le adelanta de nuevo, retomando su papel de cortafuegos.

—Que tu hija tiene suerte, porque su marido está encantado, y que es un tipazo.

Gervasio, quien, al ver la sonrisa maliciosa que Pepa le dedica, empieza a darse cuenta de que algo huele a chamusquina, achica los ojos de tal forma que las arrugas que los surcan se vuelven infinitas.

—¡Lo que te pasa es que estás picada porque cuando tu chaval quiso salir con ella, mi hija no le hizo caso! —exclama el hombre con efusividad.

—¡Y cada día doy gracias por ello, no me gustaría verlo como su marido, con más cuernos que los toros que pacen en el campo! —resopla Pepa.

El hombre la observa de tal forma que estoy convencido de que está a punto de lanzarle algo.

—¡Gervasio, todos sabemos que tu hija es un poco ligerilla! —le espeta una mujer de sonrisa desdentada que permanece sentada en un rincón y, por lo visto, ha decidido que este es un buen momento para aportar su punto de vista a la conversación.

—¡Y dale! —bufa él—. ¡Que mi hija sea inteligente no la vuelve una listilla!

—No he dicho que sea una listilla, he dicho que siempre ha sido un poco… —insiste ella, dispuesta a hacerse escuchar.

Por suerte, Hermelinda interviene evitando que en este bajo comience la tercera guerra mundial.

—No, los chicos todavía no han podido desayunar, no les ha dado tiempo —dice respondiendo a la pregunta de Mercedes, la mujer de la bata que generó el comienzo de la discusión.

Mercedes asiente con los ojos brillantes y, autoproclamándose anfitriona, se dirige a la nevera mientras anuncia—: Lo primero es lo primero; son nuestros invitados, así que vamos a dejarlo estar para atenderlos como la ocasión merece y darles de desayunar.

Gervasio y compañía no parecen demasiado entusiasmados con la idea de abandonar su entretenida discusión, pero tampoco rechistan, ni ponen pegas, y Hermelinda, aliviada, suspira y nos señala una mesa vacía con varias sillas para que tomemos asiento.

Apenas hemos apoyado el trasero en ellas cuando Mercedes ya está a nuestro lado, dejándonos delante dos enormes tazas de café con leche y un paquete de sobados.

—Ya veréis como os va a gustar, en el pueblo las cosas saben mejor que en la ciudad —nos asegura—. Bebéoslo todo y no os quedéis con hambre, no seáis tímidos que hay más.

Me llevo el tazón a la boca y le doy un buen trago.

Su sabor es demasiado intenso, concentrado y fuerte para mi gusto, y soy incapaz de disimular una mueca de desagrado que, a juzgar por su expresión complacida, la mujer ha debido de interpretar justo al contrario.

Se la ve tan satisfecha que, como soy un tipo educado y no quiero disgustarla, me dispongo a darle otro sorbo para terminármelo cuanto antes, tratando de recrearme lo menos posible en ese sabor tan extraño.