Capítulo 10 Nuevos amigos
Nuevos amigos
Uxía
Me remuevo en el asiento para buscar una posición que me permita evitar el muelle que desde hace un rato siento clavándose en la parte baja de mi espalda, y me cubro los hombros con la cazadora que Ben me ha dejado para usar a modo de manta.
Suerte que por lo visto es un chico previsor y ha traído varias, porque la temperatura tanto fuera como dentro del coche es más bien baja.
Además, cuando Ben comentó que era mejor no encender el coche para poner la calefacción por si la batería se nos agotaba, decidí callarme y omitir el hecho de que, aunque lo hiciésemos, no serviría de nada, porque hace años que no recargo el depósito del aire caliente.
Después de la brasa que me dio con el temita de la ventanilla, no me apetecía darle nueva munición con la que atacarme.
Contemplo las estrellas a través de la ventana; el cielo está despejado y la vista es espectacular, hacía tiempo que no veía tantas juntas… Imagino que es lo especial de los pueblos: te regalan este tipo de momentos que no se pueden apreciar desde la ciudad.
Desvío la mirada hacia Ben, quien permanece tumbado en el asiento del copiloto, el cual ha reclinado un poco para estar algo más cómodo.
Desde mi posición, recorro su perfil; así de relajado, con los ojos cerrados e iluminado solo por la luz plateada y misteriosa de la luna y por los miles de farolillos que titilan en la oscuridad del firmamento, adquiere un matiz aún más atractivo y, a pesar de ello, su semblante sigue siendo frío y tan lejano e inalcanzable como las estrellas que brillan en el cielo.
—Ben… —pronuncio su nombre entre susurros, aunque nadie pueda escucharnos.
Aguardo unos segundos, pero, al no recibir respuesta, decido intentarlo de nuevo.
—Ben… ¿Estás dormido? —insisto.
—Mmmmmm —murmura a modo de respuesta.
Observo como frunce los párpados con fuerza y abre los ojos repetidas veces.
—¿Estás despierto? —repito.
—Ahora sí —musita él disimulando un bostezo.
—No puedo dormir —admito.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que una araña gigante se cuele en el coche para envolverte en su tela y devorarte lentamente? —bromea.
La imagen que acaba de proyectar en mi cabeza me resulta tan aterradora como repugnante, y dejo escapar un gemido y golpeo el respaldo de su asiento con una rodilla.
—Por tu culpa voy a tener pesadillas durante una semana.
Él se gira con expresión vacilona.
—Estás de coña, ¿no?
—Para nada —contesto arrugando la nariz por el asco que me provoca volver a pensarlo—. Ha sido un comentario demasiado gráfico.
—Eres consciente de que no existen las arañas gigantes, ¿verdad? —Hay cierta condescendencia en su voz—. Ni los monstruos, ni los fantasmas, ni los unicornios o las criaturas fantásticas.
—¿Y tú de que hay muchas especies que todavía no han sido descubiertas? —digo con solemnidad.
—¿Seguimos hablando del planeta Tierra? —Su voz suena incrédula y me estudia con atención en medio de la oscuridad.
—Hay profundidades marinas y recónditos lugares en las selvas en los que el hombre no se ha podido adentrar.
—¿Y crees que si alguien lo hiciese se encontraría con una araña del tamaño de King Kong?
—Todo es posible… —musito.
—Tienes demasiada imaginación —me acusa sonriendo.
Es una sonrisa de medio lado, bonita, seductora y peligrosa, una de esas sonrisas que, sin proponérselo ni esfuerzo, te entra por las pupilas, se cuela en tu cabeza, te caldea el pecho, te acelera los latidos del corazón y te desestabiliza por completo.
Durante unos segundos, me quedo colgada de ella, sin decir nada, como si mi cerebro necesitase resetearse para volver a encontrar las palabras.
Siento que me ruborizo, y eso me incomoda, me desconcierta y me molesta.
No es algo que me suela pasar; este tipo de cosas no suelen afectarme, pero al menos él no se da cuenta, porque la oscuridad se convierte en mi aliada ocultando el delator sonrojo que me ha teñido la cara.
—¿Crees que encontraremos las cartas? —pregunto al final, buscando un tema inofensivo y neutral que me ayude a desviar mi atención de la rara sensación que me recorre por dentro.
—Eso espero —admite con un suspiro—. De verdad me gustaría aclarar todo este lío.
Asiento, porque comprendo lo que quiere decir. No debe de ser fácil que la imagen que toda la vida has tenido de una persona importante para ti se tambalee de esta manera.
—Por cierto, todavía no te he dado las gracias por venir conmigo —añade con sinceridad clavando sus ojos en los míos—. Te lo agradezco de verdad.
El contacto visual me descoloca y tardo un par de segundos de más en reaccionar.
—No pasa nada; hasta el momento, si obviamos lo de las cucarachas, mi encuentro con la araña asesina y el ratón, está siendo divertido.
—A ese pequeño listado yo le añadiría la parte en la que casi muero en la carretera.
—Hala, hala, mira que eres exagerado.
—¿Exagerado? Si te viesen los de Ferrari, te contratarían fijo.
—Pues te informo de que nunca he tenido un accidente. —Alzo la barbilla con orgullo.
—Estoy bastante convencido de que eso es porque casi no usas el coche.
Pongo una mueca y, al comprender que acaba de dar en el clavo, emite una risa suave y sensual que aumenta un par de grados la temperatura a nuestro alrededor.
Sus ojos brillan en medio de la penumbra y me tapo con su chaqueta hasta la barbilla.
Mala idea; huele a él, a esa mezcla de aroma a limón y limpio que desprende su piel.
Aparto un poco la prenda, aparentando una indiferencia que estoy muy lejos de sentir.
¿Qué narices me está pasando? A ver si al final sí me ha picado la araña y estoy sufriendo algún tipo de reacción alérgica que me está aletargando las neuronas.
Cierro los ojos y finjo un bostezo que espero que haya quedado más natural de lo que ha sonado en mi cabeza.
Cuando vuelvo a abrirlos, descubro que su mirada sigue fija en mí, estudiándome como si estuviese ante un enigmático algoritmo cuyo resultado necesita descubrir.
—¿Dormimos? —pregunto, entre susurros, revolviéndome en mi asiento.
—Claro —responde él de inmediato, parpadeando un par de veces.
Se vuelve hacia delante y se acurruca de nuevo en el asiento del copiloto; yo hago lo propio y trato de dejar la mente en blanco, a ver si con un poco de suerte consigo dormir aunque sea un par de horas antes de que salga el sol.
—Uxía… —susurra.
¿Por qué me da la sensación de que mi nombre suena diferente en sus labios?
—¿Sí? —pregunto en el mismo tono.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Ben.
Ha sido un día bastante peculiar, divertido pero peculiar… Si alguien me hubiese dicho esta mañana cuando me levanté que terminaría durmiendo en mi viejo coche, en el jardín delantero de la vieja casa del pueblo de mi abuelo, le habría contestado que estaba loco.
Estoy convencida de que, entre el frío y lo incómoda que me siento en esta posición, conciliar el sueño se va a convertir en una tarea cuando menos complicada; no obstante, no llevo ni un par de minutos con los ojos cerrados cuando el cansancio hace mella en mí y siento como una sensación de pesadez comienza a envolverme mientras fuera de nuestro pequeño e improvisado refugio, el sonido de los grillos y de algún que otro animalillo nocturno parece entonar una nana que me acuna con calma.
El sopor se va colando en mi mente, ralentizándolo todo dentro y fuera de ella, y poco a poco me dejo arrastrar hacia un sueño mucho más profundo de lo que esperaba.
Un dolor en el lado izquierdo del cuello me hace abrir los ojos y, soltando un gemido, me llevo la mano a la dolorida zona para masajearla a la vez que parpadeo un par de veces y miro a mi alrededor intentando ubicarme.
Los recuerdos de la noche anterior se abren paso en mi todavía adormecido cerebro.
Estoy en el pueblo, en el coche, con Ben…
Echo un vistazo hacia delante.
¿Dónde está Ben?, me pregunto al no verlo en el asiento en que ha pasado la noche.
Trato de sentarme un poco más derecha, pero tengo los músculos entumecidos, agarrotados, un pie dormido y, en cuanto trato de enderezarme, un pinchazo agudo nace en mi cuello y me recorre el cuerpo entero en forma de calambre.
—¡Auch! —protesto en voz baja, frotando la zona con un poco más de fuerza.
Contemplo a través de la ventanilla lo que la oscuridad de la noche no nos dejaba apreciar.
Estamos en una zona de terrenos que parecen formar un infinito océano verde del que no se ve el final.
Algunas vallas, casi todas en pésimas condiciones, intentan delimitar los espacios en los que las hierbas crecen libres, y las notas de color las aportan las amapolas, margaritas y campanillas silvestres.
A pocos metros de donde nos encontramos, la casa de piedra de mis abuelos se alza orgullosa, resistiendo como puede el paso de los años.
A simple vista, compruebo que le faltan algunas tejas, una ventana del piso superior está rota y por la gruesa piedra de la fachada lateral trepan a su antojo interminables enredaderas, hasta el punto de que algunas de ellas incluso se cuelan por la chimenea y, aun así, iluminada por la luz del sol, me parece estar ante la imagen de la casita encantada de un cuento.
Abro la puerta, dispuesta a salir al exterior, y el aroma de las magnolias me recibe, dándome los buenos días y arrancándome una sonrisa de satisfacción.
No se me ocurre ni una sola flor que pueda oler mejor.
La brisa todavía es fresca, a pesar de que estoy convencida de que el sol ha salido hace ya algunas horas.
Saco el teléfono de mi bolsillo para mirar la hora, pero descubro que me he quedado sin batería.
¿Dónde narices se habrá metido Ben?, vuelvo a preguntarme a la vez que comienzo a caminar entre las hierbas. Me acerco a la casa y lo llamo por si por casualidad al despertar se le ocurrió entrar de nuevo para empezar a buscar.
Nada, no hay respuesta.
En la zona delantera del jardín tampoco lo veo, y por el lateral no hay ni rastro de él.
Me dirijo a la parte trasera, un río de margaritas florece pegado a los cimientos de piedra y me agacho para acariciarlas con la punta de mis dedos.