Una historia diferente Capítulo 10 Nuevos amigos #2
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Capítulo 10 Nuevos amigos #2

Echo un vistazo al horizonte y observo que las vallas que delimitan los prados que colindan con el terreno de mis abuelos se encuentran todas en pie, pintadas de blanco y en un estado bastante más decente que las nuestras.

Caminando despacio, porque en la zona en la que me encuentro las hierbas me llegan por encima de la rodilla y no veo lo que hay debajo, me aproximo a la más próxima y comienzo a recorrer el perímetro alrededor de ella.

No tengo que caminar más de un minuto cuando me detengo en seco al verlo.

Me quedo petrificada, porque no sé cómo reaccionar y porque la situación que tengo ante mis ojos es tan surrealista que, de forma inconsciente, los froto preguntándome si todavía estaré soñando o esto será real.

Allí, en el interior del prado cercado, a poca distancia de donde me encuentro yo, acorralado entre el tronco de un inmenso roble y un par de toros que lo observan a menos de dos metros de distancia se encuentra Ben; con las manos en alto, como si estuviese delante de un par de atracadores que lo apuntan con sus pistolas y una expresión de pánico que ni se molesta en disimular mientras les dedica a los animales una mirada espantada.

—¡Ben! —exclamo subiéndome a la valla.

—Muuuuu —me responde uno de los toros sin quitarle la mirada de encima.

—¡Shhhhhhhh! No grites que lo vas a asustar —me regaña él en un tono de voz mucho más bajo del que yo acabo de emplear.

Sé que no está bien, y que lo está pasando mal, pero no echarme a reír en este momento me cuesta una barbaridad.

—¿Se puede saber qué haces ahí? —pregunto en tono mucho más bajo.

—¡Jugar al parchís si te parece! —exclama entre dientes.

—Veo que ya has hecho amigos en el pueblo —me burlo.

—¿En serio te parece un buen momento para tocarme las narices? —farfulla.

Contengo la carcajada a duras penas. ¿No se reía de mí esta noche por tenerles miedo a los insectos? Pues ahora que el karma ha decidido tomarse la revancha, ajo y agua.

—Deja de hacer el tonto y ven —ordeno.

—¿Y qué crees que es lo que llevo un rato intentando hacer? ¿Te piensas que sigo aquí por gusto? —resopla.

—Hasta donde yo sé, para desplazarte deberías moverte, y la verdad es que no te veo hacerlo.

—Porque cada vez que lo intento estos bichos se preparan para atacar —rebate.

—No los llames bichos que se van a ofender.

—Muuuuuuu —interviene de nuevo el toro, como si estuviese enterándose de nuestra conversación y me diese la razón.

—¿Ves? —pregunto señalando al animal—. Con lo bonito que tú eres —añado en dirección al toro—. Normal que te enfades, yo también lo haría.

Durante un instante, Ben me contempla como si estuviese chalada, pero enseguida centra de nuevo su atención en los ejemplares que le cierran el paso, los cuales, así a ojo, deben de rondar los quinientos o seiscientos kilos.

—Me miran como si quisiesen devorarme… —gimotea.

—Son herbívoros, así que dudo que entres dentro de su menú degustación ideal —razono.

—¿Has visto el tamaño de sus cuernos? —Su voz suena cada vez más aguda.

—Pequeños no son, para qué vamos a decir lo contrario —reconozco divertida, porque estoy convencida de que no van a hacerle nada.

—¡Gracias por los ánimos! —protesta.

—¡Es que es evidente que no te van a atacar! ¿Quieres venir de una vez o pretendes quedarte ahí todo el día?

—Tenía la esperanza de que se aburriesen y se marchasen —admite.

Dirijo a los animales una mirada escéptica antes de responder.

—Pues la verdad es que no tiene pinta… Se les ve de lo más entretenidos.

—¿Por qué no vas al pueblo y buscas ayuda? De alguien tienen que ser.

—¿Tú sabes el tiempo que puedo tardar en encontrar a su dueño? ¿De verdad quieres quedarte ahí parado con ellos todo ese tiempo? Es que al final van a terminar atacándote por puro aburrimiento.

—¡No les des ideas! —resopla enfadado.

—Uy, sí, claro, seguro que van a hacerlo solo porque yo lo haya mencionado —comento con ironía a la vez que niego con la cabeza.

—¿Y qué propones? A ver, ¿tú como saldrías de aquí? —Su voz suena ahogada y, muy a mi pesar, porque bien que se reía él a mi costa anoche, comienzo a apiadarme de él.

—¿Cómo va a ser? Pues de la única forma posible: andando, con calma y sin ponerte nervioso.

—Es un poco tarde para eso —refuta.

—Tú respira despacio, muévete hacia la izquierda para alejarte poco a poco del tronco y camina hacia mí sin darles la espalda muy muy despacio —le indico.

—Esto no es una buena idea —protesta cerrando los ojos con fuerza durante un segundo—. Me van a cornear fijo…

—Qué va, hombre, como si no tuviesen nada mejor que hacer los pobres toritos.

—Me va a hinchar a cornadas, voy a terminar con más agujeros que un colador.

El comentario me hace gracia, pero lo está pasando tan mal que me esfuerzo por contener la risa.

—Y eso, si con suerte llego vivo al hospital, porque lo mismo me desangro por el camino… —añade con un dramatismo digno de Shakespeare.

—¿Resulta que la araña de ayer por la noche no podía ser venenosa, pero tú sí que corres el riesgo de morir desangrado? ¡Quieres dejar de ser tan fatalista y venir de una vez! —exclamo.

Lo veo ponerse más rígido e inspirar tres veces con fuerza antes de dar dos pequeños pasos en paralelo hacia la izquierda para separarse un poco del árbol.

—Muy bien, toritos, toritos buenos… —murmura en voz baja mientras da un par de pasos más.

—Sigue así —lo animo—. Ahora, con calma y sin hacer movimientos bruscos, comienza a caminar hacia atrás.

Incluso desde la distancia a la que me encuentro, puedo ver que su cuerpo está tan rígido que cada uno de sus músculos parece esculpido en piedra.

Contengo el aliento mientras da un paso, dos, tres, cuatro… Todo parece ir bien hasta que a uno de los animales parece llamarle algo la atención y, estirando un poco el cuello, adelanta una de sus patas.