Capítulo 9 Viaje al Amazonas
Viaje al Amazonas
Ben
El deterioro que la lluvia, el viento y demás inclemencias meteorológicas sufridas por el paso del tiempo han provocado en la hinchada y dañada madera es evidente. Cruje bajo sus dedos al desplazarse para cedernos el paso, y sus bisagras chirrían como un par de gatos agonizando.
Ni siquiera hemos puesto un pie dentro cuando un intenso e irrespirable olor a humedad se abre paso hasta nosotros, envolviéndonos y, en lugar de entrar, nos quedamos estáticos, clavados en el suelo.
Por la expresión de Uxía, deduzco que ya no está tan convencida de que venir en medio de la noche haya sido la mejor opción, sin embargo, ahora que estamos aquí no hay solución, así que la animo a continuar.
—¿Vamos?
Ella asiente, enciende la linterna de su móvil y avanza un poco para acceder a la cocina.
La imito y me sirvo de la luz de mi propio teléfono para observar con curiosidad a mi alrededor.
No es un espacio demasiado amplio, pero su dimensión cuadrada le da un aire práctico.
Una mesa de madera rectangular cubierta por una espesísima capa de polvo y rodeada de cuatro sillas ocupa el hueco central, el mueble antiguo que permanece erguido a su derecha y la cocina de hierro colocada en el frontal componen el resto del mobiliario.
El olor, consecuencia de llevar tantos años cerrado, es tan fuerte aquí dentro que respirar por la nariz se convierte en un esfuerzo más que considerable.
—Este hedor es insoportable —bufa.
—¿Qué esperabas? Tú misma has dicho que lleváis sin venir más de veinte años —le recuerdo.
Ella ignora mi comentario.
—Cuando mi abuelo era pequeño, aquí al lado estaban las cuadras, pero en el momento en que él y mi abuela se casaron, como ya no tenían ni cerdos ni vacas, hicieron una pequeña reforma y lo convirtieron en el salón de la casa —me explica dirigiéndose hacia el sitio en cuestión.
Al igual que sucede en la cocina, tanto el mueble de madera que abarca una de las paredes laterales como el sillón, la mesa y las sillas aparecen cubiertos por una capa tan gruesa de suciedad que resulta imposible distinguir su color.
Estoy convencido de que la bombilla que cae sobre nuestras cabezas debe de llevar años fundida, con toda probabilidad ni siquiera los fusibles estarán en un estado decente, pero, aun así, me la juego, pruebo suerte y presiono un interruptor.
Uxía me mira como si me faltase un hervor.
—¿Pretendes que una lámpara que hace más de dos décadas que no se utiliza funcione? —Alza las cejas con incredulidad.
—Por si acaso, nunca se sabe —me justifico.
La veo abrir la boca y estoy convencido de que está a punto de soltar algún comentario mordaz, pero este se transforma en un grito agudo y su expresión muda de la incredulidad a la repulsión en el momento en que un par de cucarachas de un tamaño bastante generoso cruzan por medio de sus pies para dirigirse hacia la puerta del salón.
—No me digas que te dan miedo un par de insectitos de nada —me burlo.
Tiene tela que conduzca como una loca y luego se asuste por dos bichitos.
—No son un par de insectitos de nada; son cucarachas, cucarachas enormes y negras que están por aquí campando a sus anchas. —Se estremece al ver un nuevo ejemplar pasando ante nosotros con total naturalidad.
—Vamos al piso de arriba —me dice, deseosa de salir de aquí.
—A sus órdenes —accedo, siguiéndola hasta la escalera de madera, la cual enfoco con mi linterna—. No tengo claro que sea seguro subir por aquí, algunos peldaños están podridos y otros parecen a punto de convertirse en polvo bajo nuestros pies —anuncio.
Ella la observa, dubitativa.
El estado tanto de la barandilla como de los escalones es tan lamentable que de verdad creo que cargar nuestro peso sobre ellos es una temeridad.
Ninguna persona con un mínimo de sentido común ascendería por esta escalera en medio de la noche sin comprobar a plena luz del día dónde puede o no puede pisar…
—Creo que deberíamos pasar la noche en el salón y esperar a mañana por la mañana para…
Por lo visto, de sentido común Uxía debe de andar bastante escasa, porque ni siquiera me da tiempo de terminar la frase antes de que comience a subir sin mirar atrás.
Contengo la respiración, convencido de que de un momento a otro la escalera entera con ella encima se va a derrumbar como un castillo de naipes.
—Evita pisar el segundo y el cuarto escalón, cuidado con el sexto y no se te ocurra poner un pie en el séptimo —me advierte mientras la madera gime de forma lastimera bajo sus pies y ella ralentiza su avance—. Y el noveno, ni roces el noveno.
—¿Pretendes que me salgan alas y suba volando? —resoplo ofuscado.
Comienzo a ascender, despacio, conteniendo el aliento y con sumo cuidado para no tocar la barandilla por miedo a que, si lo hago, se convierta en polvo entre mis dedos y procurando no apoyarme en los escalones que la inconsciente de mi acompañante me ha indicado, y ya voy por la mitad cuando la escucho soltar un grito desgarrado.
—Aaaahhhhhh. —Su voz aguda se cuela en mi cuerpo oprimiéndome el pecho y el corazón se me sube a la garganta.
—¡Uxía! —exclamo, olvidándome al instante de dónde estoy para echar a correr escaleras arriba en su dirección.
Lo primero que veo al llegar al piso superior es que su móvil está en el suelo; a continuación, en cuanto elevo la mirada, me la encuentro con la cabeza inclinada y haciendo aspavientos, revolviéndose el pelo y dando manotazos al aire como si estuviese enajenada.
Convencido de que se ha hecho daño con algo, me acerco a toda prisa y la agarro por ambos brazos, obligándola a levantar la cabeza para mirarme a la cara.
—¿Estás bien? ¿Te has golpeado? ¿Qué te duele? —pregunto, preocupado, mirándola de arriba abajo.
—¡Una telaraña! —grita—. ¡Una telaraña con una araña gigante!
—¿Una qué? —pregunto, alzando las cejas a la vez que la observo con cautela.
—Una telaraña descomunal se me ha enredado en el pelo —me explica, alterada y con la voz jadeante—. Y había una araña enorme en ella, era inmensa, tan grande que estoy convencida de que debía de sufrir algún tipo de mutación genética.
Una sensación inmensa de alivio me invade y exhalo de forma brusca el aire que mantenía retenido en los pulmones sin darme cuenta, a la vez que con mi teléfono alumbro a su alrededor, y termino enfocando un punto concreto de la pared.
—¿Esa pobre arañita es la alimaña inmensa y descomunal que te ha atacado? —pregunto señalando a una pequeña araña de patas largas que recorre la pared a toda velocidad.
—De pobre nada, seguro que es hasta venenosa.
—No seas ridícula. —Suelto una carcajada—. ¿Es que te piensas que estamos en el Amazonas? —me burlo.
—No solo hay especies venenosas en la selva, listo. En España hay tres tipos de arañas venenosas: la violinista, la viuda negra europea y la de saco amarillo.
La observo entre divertido y alucinado.
¡Pues sí que está puesta al día en lo que a bichos se refiere!
—Puedes estar tranquila, te garantizo que nuestra compañera de piso no era ninguna de esas.
—Seguro que me ha quedado un trozo de telaraña en la cabeza… —murmura, y su expresión muestra una mueca de terror—. ¿Y si ha puesto huevos?
Tiembla con violencia y, aunque estoy a punto de echarme a reír, al ver el pánico en su expresión me apiado de ella y, conteniendo la risa, me acerco, enfoco con el haz de mi linterna su larga melena castaña y la examino, tomándome mi tiempo y con meticulosidad.
—No tienes nada —afirmo tratando de calmarla.
—¿Seguro? —insiste todavía alterada.
Incluso con la escasez de luz que nos rodea, puedo ver sus pupilas dilatadas.
—Completamente.
Ella exhala con fuerza, aliviada.
—Menudo susto me has dado, por el grito que has pegado estaba convencido de que o te habías abierto la cabeza o te habían atacado cinco zombis dispuestos a despedazarte y devorarte —bromeo.
—Prefiero los zombis, a ellos les habría pateado el culo —replica estremeciéndose y pasándose de nuevo la mano por el pelo.
—Me queda claro que no solo te dan miedo las cucarachas, sino también las arañas. —El tono divertido de mi voz la hace apretar los labios en una especie de puchero de lo más gracioso.
—Ya te dije que no me gustan los insectos.
—Una cosa es que no te gusten y otra, tenerles pavor.
—Reconozco que no me gusta ningún bicho, no obstante, de entre todos, las arañas son lo peor… —Se estremece de nuevo.
—Las arañas son unas pobres artistas incomprendidas —rebato convencido.
—¿Me estás vacilando? —cuestiona, mirándome como si ahora el enajenado fuese yo.
—Para nada. —Niego con la cabeza—. Si te detienes a observar con atención una de esas telas de araña que tanto repelús te dan, te darías cuenta de que son auténticas obras de arte.
—Sonrío—. Una obra de arte que seguro esa pobre arañita lleva años construyendo y que tú te has cargado sin inmutarte en un momento.
—Que me denuncie a Patrimonio Nacional —refuta sin un ápice de arrepentimiento a la vez que cruza los brazos sobre su pecho.
Me echo a reír, pero ella, en lugar de imitarme, se pasa de nuevo una mano por el pelo y mira a su alrededor con gesto desconfiado.
—Estoy empezando a pensar que no ha sido tan buena idea venir esta noche, quizás sí deberíamos haber esperado hasta mañana —reconoce.
—Ah, ¿sí? ¿En serio? ¿Estás empezando a pensarlo ahora? —la vacilo, porque es evidente que esa idea ha rondado por su cabeza desde que nos cruzamos con las cucarachas del salón.
—Vale, quizás hace un rato —reconoce de mala gana.
—Podría decirte que te lo dije, pero… —comento esbozando una sonrisa satisfecha.
—No es necesario regodearse —me interrumpe.
—No me regodeo, solo hago hincapié en que yo tenía razón.
—Eso se parece bastante a regodearse… —musita en voz baja.
Durante unos segundos, los dos mantenemos la mirada fija en la del otro.
En medio de la penumbra, bajo el haz de la linterna de mi móvil, el tono caramelo de sus ojos resulta más brillante e hipnótico.
—El caso es que, ahora que ya estamos aquí, lo único que podemos hacer es buscar un sitio para acomodarnos y dormir un poco, por la mañana veremos las cosas de otro color —trato de sonar positivo.
—Ni muerta pienso pasar la noche en este sitio.
—Venga, mujer, no es para tanto —la pico—. ¿Dónde está tu espíritu aventurero?
—Se quedó en el hotel, ahora mismo debe de estar tomándose un chocolate caliente la mar de a gustito en mi apartamento.
—Vamos, igual esta zona está mejor — la animo, y abro la primera puerta que me encuentro, la cual, tal y como esperaba, da a una habitación.
Al igual que en el resto de la casa, la cantidad de polvo que cubre tanto los muebles, los cuales se componen de un cabecero metálico, un somier con un colchón desnudo, un armario viejo y una pequeña mesilla a la que le falta una pata, como el suelo y la ventana es tal que, en cuanto pongo un pie dentro, los dos sentimos la imperiosa necesidad de toser y estornudar.
—Por lo menos hay un colchón… —consigo decir entre estornudos.
—Te lo repito: no voy a cerrar los ojos ahí —asegura Uxía, señalándolo con una mueca de asco—. Eso debe de estar lleno de chinches y pulgas…, puede que incluso haya garrapatas.
—Igual hay sábanas o algo para extender sobre el suelo —sugiero, caminando hacia el armario.
—¿Sobre este suelo? —Su cara de asco es tan genuina que me entran ganas de reír.
—No te pongas tan exquisita.
—No soy exquisita, es que estoy segura de que entre toda esta mugre debe de haber cepas de varias enfermedades que ya están erradicadas, lo mismo hasta desatamos una nueva pandemia mundial.
—Estoy descubriendo que tienes un lado dramático muy divertido. Te llevarías bien con mi hermano, a él también le dan miedo las arañas.
—Lo que demuestra cuál es el más inteligente de vosotros dos —murmura.
—¿Dices algo? —pregunto, a pesar de que la he escuchado de sobra.
—Que si no pretende hacerme dormir en este suelo, seguro que me llevaría mejor con él que contigo —dice.
Ahogo una carcajada; no pienso reconocerlo en voz alta, pero la situación tiene su gracia, pienso mientras abro la puerta del armario.
En cuanto lo hago, un ratoncito pega un chillido y sale disparado.
El grito de Uxía rompe la barrera del sonido.
—Solo era un ratón —asevero.
—No estoy ciega, ya lo he visto y, definitivamente, no pienso dormir aquí.
Sin esperar un solo segundo o darme un instante para hacerla cambiar de opinión, sale de la habitación y se dirige de nuevo a la escalera, conmigo pisándole los talones.
—Uxía —la llamo, pero me ignora por completo—. ¿A dónde vas? —lo intento de nuevo.
—Al coche —responde.
—¿Pretendes pasar la noche en el coche?
—Cualquier sitio me parece mejor que este —suelta sin parar de avanzar.
—¿No crees que estás exagerando un poco? En el coche apenas hay sitio y va a hacer frío.
—Tú puedes quedarte si quieres, yo, mientras no se haga de día, no pienso volver a poner un pie aquí.
La sigo de cerca, preocupado por que con las prisas no se fije en los peldaños que no debe pisar de la escalera.
Por suerte, conseguimos salir sin mayores percances.
El aire de la noche es frío, pero, lejos de molestarme, incluso me resulta agradable, y aspiro con fuerza tratando de deshacerme del terrible olor que inundaba el interior.
Uxía no se molesta en cerrar con llave la puerta de la entrada, en lugar de eso, camina hasta el coche y hace el amago de abrir la puerta del copiloto.
—Espera —la detengo.
Ella se gira hacia mí.
—Acuéstate tú en el asiento trasero y yo ocuparé ese —le ofrezco.
Ella no parece convencida.
—¿Estás seguro? —Se muerde el labio inferior y mis ojos se desvían hacia ese punto exacto en cuestión.
Por lo que he podido comprobar durante este tiempo que hemos pasado juntos, es un gesto que le sale de forma inconsciente cuando duda o algo no la convence—.
Que hayamos venido de noche es culpa mía.
—Pero estás aquí por hacerme un favor a mí —le recuerdo—. Yo soy el primer interesado en encontrar esas cartas.
—Gracias —accede, abriendo la puerta trasera para deslizarse en el asiento.
Me dirijo al maletero y saco un par de chaquetas de la maleta antes de hacer lo propio en el delantero y echar un último vistazo a mi alrededor.
Va a ser una noche larga, una noche muy, pero que muy muy larga.