Una historia diferente Capítulo 3 La inquisición 2.0
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Capítulo 3 La inquisición 2.0

Ben

El comedor, que se encuentra situado en la primera planta, es bastante más amplio de lo que imaginaba.

Las paredes son blancas, decoradas con molduras de escayola, hay abundante luz proveniente de las tres impresionantes lámparas de cristal que penden del techo, y las ventanas, que ocupan casi por completo uno de los laterales y no tienen cortinas de ningún tipo, permiten contemplar las farolas y el movimiento de las copas de los árboles del parque situado en la acera de enfrente, al otro lado de la calle.

Al echar un vistazo a mi alrededor descubro que el sistema de cenas es un bufé situado al fondo del salón y provisto de diferentes alternativas culinarias gracias al que cada huésped puede servirse lo que más le apetezca degustar.

Las sillas, las cuales tienen el respaldo de madera blanco, parecen cómodas y las mesas son redondas, cubiertas con un mantel blanco, de diferente tamaño y, para mi sorpresa, están todas ocupadas.

—Aquel es nuestro sitio —me indica Uxía señalando una de las más alejadas donde Manuela y Carmen charlan de forma despreocupada.

Nos dirigimos hacia ellas provocando algún que otro crujido de la tarima del suelo, que se mezcla con el agradable sonido de la música ambiental, la cual tiene el volumen perfecto para crear una atmósfera agradable sin ser un impedimento a la hora de conversar.

—¡Qué bien que estéis aquí! ¡Me muero de hambre! —nos recibe Manuela.

Dedico una sonrisa a las dos ancianas, que es evidente se han arreglado para la ocasión.

Carmen lleva el pelo blanco recogido con un broche en una coleta baja y viste una falda verde botella por debajo de la rodilla y una chaqueta de punto un par de tonos más clara.

Manuela, en cambio, lleva su media melena gris recogida con una diadema, falda marrón y blusa beige con botones en forma de perla.

Está claro que, a pesar de la edad, les gusta cuidarse y siguen siendo coquetas. ¡Bien por ellas!

—Siento haberos hecho esperar. Me entretuve por la escalera viendo algunas de las fotografías —me disculpo.

—Todas y cada una de ellas cuentan parte de la historia de nuestra familia —comenta Carmen con orgullo.

—Voy a por algunas cosas de comer, puedes acompañarme para elegir lo que más te apetezca —me ofrece Uxía—. Enseguida volvemos —les dice a las dos ancianas, que asienten desde la mesa.

—No tengáis prisa —comenta Manuela.

—No pensamos movernos de aquí —añade Carmen.

—Ya… —murmura ella dándose la vuelta.

La sigo hasta la mesa del fondo, donde aparecen expuestas varias tarteras y un par de fuentes.

—Espero que estés preparado para lo que se te viene encima. —El tono que utiliza oscila entre la advertencia y la diversión.

Aparto la mirada de la comida y centro en ella toda mi atención.

Al menos parece que ha decidido enterrar el hacha de guerra y ya no me mira con esa aversión camuflada de educación, como si no le quedase otra más que aguantarme, pero en su fuero interno estuviese deseando arrancarme la cabeza.

—A qué te refieres —cuestiono con curiosidad.

—¿Ves a las dos ancianitas que nos observan desde la mesa con cara de no haber roto un plato en su vida mientras me apuesto lo que quieras a que sonríen con inocencia? —pregunta ella sin molestarse en darse la vuelta.

Miro hacia atrás un momento y descubro que, en efecto, tanto Carmen como Manuela esbozan una sonrisa de lo más cándida y, sin quitarnos ojo, cuchichean algo con las cabezas muy juntas.

Me vuelvo para contemplarla de medio lado y asiento.

—Pues no deberías fiarte ni un poquito de ellas —lo dice con tanta seguridad que no sé si está hablando en serio o, por el contrario, quiere quedarse conmigo y me está tomando el pelo—. Solo están esperando a que te confíes y, cuando menos te lo esperes, ¡zas!…

—Estás de broma —murmuro.

—Para nada —afirma con seriedad—. Son como una Boa constrictor estudiando a su presa mientras espera el momento oportuno para atacar.

Me giro de nuevo hacia ellas, las dos tienen aspecto de abuelitas de cuento infantil…

—No deberías dejarte engañar por su apariencia inofensiva —comenta Uxía como si acabase de adivinar exactamente lo que se me pasa por la mente—, porque es más falsa que un billete del Monopoli. Esas dos tienen más peligro que un león hambriento delante de una gacela coja.

—¿Seguimos hablando de Manuela y Carmen? —pregunto—. Porque, con tanta analogía con la fauna salvaje, no tengo muy claro de si estamos hablando de tu abuela y su amiga o de un par de sicarios de la mafia calabresa.

—Sí, sí, tú búrlate lo que quieras, pero luego no vengas a decirme que no te lo advertí cuando lo único que quieras hacer sea escapar de aquí —murmura.

Dirijo una nueva mirada a las mujeres cuyo aspecto me parece dulce e incluso entrañable.

—Está claro que no las conozco, pero creo que estás exagerando un poco —replico cada vez más convencido de que solo quiere reírse de mí.

Una chispa ilumina sus ojos durante un instante.

—No digas que no te lo advertí cuando estés en medio de un tercer grado —suelta encogiéndose de hombros como si tal cosa—.

Por cierto, te recomiendo la zorza —añade señalando una de las fuentes que contiene trozos pequeños de carne adobada y patatas fritas un segundo antes de servirse una ración en su propio plato.

La imito, porque lo cierto es que huele de maravilla y, como desde que subí al avión no he probado bocado, mi estómago comienza a protestar a causa del hambre.

—Voy a coger unos trozos de empanada para que la pruebes… —me informa apropiándose de unos cuantos que ya están cortados en cuadrados para facilitar la tarea de los comensales.

Aguardo a que termine y, sosteniendo con cuidado los platos, los dos nos dirigimos de nuevo a la mesa.

En cuanto tomamos asiento, las dos nonagenarias centran toda su atención en mí sin dejar de murmurar frases que me resultan inteligibles.

—No entiendo nada de lo que dicen —le susurro a Uxía.

—Es porque están hablando en gallego —me explica ella.

—Lela, es de mala educación que estéis chismeando en un idioma en el que vuestro invitado no puede entenderos —le recrimina a la anciana.

—Una de las cosas que más me sorprendió de tu abuela es que hablaba un español perfecto desde el día en que llegó.

—Mi bisabuelo era español, emigró a Alemania cuando tenía veinte años, como tantos otros, en busca de trabajo.

Y lo que en principio era para unos años se volvió permanente cuando se enamoró y se casó, pero siempre extraño su país natal.

Por eso, desde que mi abuela nació, habló con ella en español, porque siempre quiso que, además del alemán, su hija dominase su lengua patria.

—Hago una pausa y continúo—. Después, mi abuela imitó su ejemplo con mi madre y también conmigo.

—Dijiste que te llamas Ben, ¿verdad? —pregunta Manuela, a pesar de que estoy convencido de que se acuerda de sobra de mi nombre.

—Sí, señora —respondo.

Ella asiente y sigue preguntando.

—¿Dónde vives?

—En Londres.

—No me gusta nada ese lugar… —comenta a la vez que frunce el ceño y esboza una mueca de disgusto.

—No puedes decir eso —la reprende Uxía, que me dedica un gesto de disculpa.

—Claro que puedo —rebate la anciana.

—¡Es imposible que sepas si te gusta o no cuando nunca has estado allí! —exclama Uxía.

—No lo necesito para saber que es una ciudad gris y húmeda… No me extraña que los ingleses vayan por la vida siempre con prisa y cara de vinagre, como si se hubiesen tragado un palo.

—Manuela… —Uxía pronuncia su nombre en tono de advertencia.

—Es cierto… —se reafirma la anciana mientras Carmen se lleva un trozo de empanada a la boca y asiente dándole la razón—. Son unos estirados.

La escucho un tanto extrañado; no es que me moleste, pero sí me sorprende un poco que no se corte ni un pelo a pesar de que esté yo aquí.

—Estás generalizando y eso nunca es bueno —la regaña Uxía.

Manuela pone los ojos en blanco.

—¿Siempre has vivido ahí? —intervine Carmen con curiosidad.

—Sí, tanto mi hermano como yo nacimos y nos criamos en Londres —explico—. Nunca hemos vivido en otro lugar.

—Tienes un hermano, qué maravilla. ¿Cómo se llama? —pregunta Carmen.

—Finn —respondo—. Somos mellizos, aunque no nos parecemos demasiado.

—¿Y os lleváis bien? —se interesa Manuela.

—Muy bien; de hecho, cuando dejamos la casa familiar, los dos nos mudamos a la misma urbanización, somos vecinos, así que seguimos viéndonos a diario.

—Qué suerte —asiente la mujer—. Yo también tenía uno, el pobre ya murió.

—Lo siento —digo con sinceridad.

—No te preocupes, fue hace algo más de siete años y la verdad es que, aunque de pequeños estábamos muy unidos, hacía tiempo que nuestra relación se había deteriorado y ya casi no teníamos contacto.

—Y todo por culpa de la Lagarta —anuncia Carmen con total seriedad.

—La Lagarta —repito alzando las cejas.

—Sí, mi cuñada, que era un mal bicho —declara Manuela como si fuese un dato sin importancia.

—Ella era una víbora y él, un calzonazos —sentencia Carmen—. Y eso, querido —añade señalándome con el dedo— siempre es una mala combinación.

—¡Abuela! —la reprende Uxía.

—¿Qué? —replica ella—. Si era tonto, era tonto, las cosas como son—. El muy pánfilo se dejaba manipular como una marioneta, la traía en palmitas y ni siquiera se daba cuenta de que la muy pécora le ponía ojitos a cualquiera que se le acercaba.

Yo las contemplo a todas un tanto sobrepasado por recibir en tan poco tiempo tanta información.

En mi círculo no son muy dados a airear los trapos sucios con tanta facilidad; Manuela y Carmen, sin embargo, lo hacen con total naturalidad.

La chica niega con la cabeza, dejándolas por imposible, y las ancianas comparten una mirada llena de complicidad.

—Pero no estamos aquí para hablar de eso… Cuéntanos algo más sobre ti —solicita Carmen clavando sus intuitivos ojos en mí—. Aparte de tu hermano, ¿tienes más familia?

—Todos mis abuelos y mi padre murieron, así que solo estamos él, mi madre y yo.

—Siento lo de tu padre —murmura Uxía a mi lado con sinceridad.

—Gracias —contesto.

—¿Nadie más? —Carmen me estudia con atención.

—No —respondo.