Una historia diferente Capítulo 3 La inquisición 2.0 #2
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Capítulo 3 La inquisición 2.0 #2

De nuevo, las ancianas vuelven a compartir una mirada y escucho a Uxía suspirar resignada.

—¿Estás seguro? —insiste la mujer.

—Bastante seguro, sí.

Frunzo el ceño y las contemplo un tanto sorprendido hasta que, cuando Manuela formula la siguiente pregunta, descubro lo que quiere saber en realidad.

—¿Mujer o prometida?

—Ninguna de las dos. —Niego con la cabeza disimulando una sonrisa.

—¿Novia? —sugiere.

—Tampoco.

—¿Alguna exnovia tocapelotas por ahí? —deja caer Carmen como si tal cosa.

Me remuevo un tanto incómodo en el asiento, porque no esperaba que mi vida sentimental tomase protagonismo dentro de la conversación, y mucho menos mientras ambas me estudian con tanta atención que me siento como si estuviesen analizando mi reacción.

—Tocapelotas —repito, porque me hace gracia escuchar ese término de los labios de la anciana.

—Sí, tocapelotas —suspira ella—. Una mosca cojonera de esas que no sabe aceptar un no y que piensa que todavía hay algo entre vosotros cuando ya no queda nada.

—No que yo sepa —contesto llevándome el vaso a la boca para beber un trago de agua.

Al final, Uxía va a tener razón… La contemplo de reojo y descubro que, aunque parece muy concentrada en su plato, apenas es capaz de contener la risa, en el fondo lo está disfrutando.

—Ya comprendo… —deja caer Manuela, y de inmediato fijo la mirada en ella.

Casi me da miedo preguntar, pero, aun así, lo hago…

—¿El qué?

—Eres más de rollos de una noche —afirma con naturalidad.

—Sí, de esos de aquí te pillo, aquí te mato, pero solo te quiero para un rato —añade Carmen asintiendo de forma enérgica.

Soy incapaz de creer lo que estoy escuchando y, durante un par de segundos, me limito a abrir y cerrar la boca, como un pez al que acaban de sacar del agua, a la vez que paso la mirada de forma alternativa de la una a la otra.

—Te lo dije —susurra Uxía entre dientes, incapaz de contenerse por más tiempo.

—No, tampoco me van los rollos de una noche —consigo responder cuando recupero la compostura.

«Esta conversación es una de las más surrealistas que he tenido en mi vida», pienso mientras me remuevo incómodo en la silla, y me llevo el vaso a los labios para beber de nuevo.

Ellas comparten un gesto de extrañeza y me miran de arriba abajo con cero disimulo y bastante desparpajo.

—Igual es que estamos apuntando al sexo equivocado. ¿Te gustan los hombres, Ben? —La pregunta de Carmen me coge tan de improviso que me atraganto y me pongo a toser de forma un tanto exagerada.

—¡Abuela! —exclama Uxía frunciendo el ceño mientras trata de contener una carcajada que apenas puede disimular al ver mi cara descompuesta—. ¿Estás bien? —se interesa, dándome un par de palmadas en la espalda—. No tienes por qué responder a ninguna de las preguntas de este par de cotillas.

—Solo queremos conocerlo un poquito mejor —se defiende Carmen con un aire tan inocente como poco creíble.

Asiento mientras noto como el calor por el esfuerzo de no ahogarme me tiñe la cara.

—No tengo ningún problema en contestar. —Toso un par de veces más y añado con voz rasposa y entrecortada—: No me gustan los hombres.

—A pesar de que todavía no he recuperado del todo mi capacidad de hablar con normalidad y me pica la garganta, el tono me ha salido agudo y unos decibelios por encima de lo normal, vamos, que ha sonado demasiado efusivo, por lo que Manuela se apresura a preguntar en un tono mucho menos cordial.

—¿No serás un homófobo de esos que se pasan la vida amargándole la vida al resto de la humanidad, juzgando a los que le rodean y creyéndose mejor que los demás?

Mis ojos se abren de par en par. ¡Joder con la adorable viejecita!

—¡Por supuesto que no! ¡Nada más lejos de la realidad! —me defiendo, preocupado por haber ofrecido una imagen tan distorsionada de mi forma de ser.

—Así me gusta, porque no se puede ir por ahí metiéndose en la vida de la gente —asiente Manuela.

—Exacto, ni criticando a todo el que se cruza en tu camino. Criticar está fatal —sentencia Carmen con una seriedad total.

—Cierto, muy, pero que muy mal —la apoya Manuela—. Nuestro lema es vive la vida y deja vivir a los demás.

—¡Manda narices lo que tengo que escuchar! —protesta Uxía, observándolas a ambas con incredulidad.

—Nosotras no criticamos, opinamos con criterio, que no es lo mismo —se defiende su abuela alzando la barbilla.

—No podría estar más de acuerdo, los años nos han dado mucha sabiduría —corrobora Manuela con un brillo divertido bailando en sus ojos.

—No soy homófobo —repito con firmeza por si no les ha quedado claro la primera vez que lo he dicho, ya que no quiero que les quede ninguna duda al respecto—. Me traen sin cuidado las preferencias sexuales de los demás, sin embargo, a mí no me atraen en absoluto los hombres.

Ellas se acercan un poco más la una a la otra, como si por el mero hecho de recortar ese par de centímetros los demás no pudiésemos escucharlas, y empiezan a cuchichear haciendo cábalas.

—Pues sí que es un poco raro este chico —murmura Carmen.

—Y tanto que sí —corrobora Manuela.

—Un hombre tan guapo y que ni esté en pareja ni le interese nadie —susurra la primera con suspicacia.

—Igual es asexual… Ya sabes que ahora hay muchas cosas de esas —comenta Manuela.

—No creo… —responde su amiga mientras me estudia valorando dicha posibilidad—. No tiene pinta y sería un desperdicio.

Uxía carraspea en un intento inútil de llamar su atención para hacerlas callar.

—A ver si va a ser uno de estos sin oficio ni beneficio que se dedican a ver la vida pasar y por eso nadie quiere aguantarlo —teoriza Manuela.

—Pppsss, si se ha comprado una casa al lado de la de su hermano como dijo hace un rato, se supone que trabaja… Pero es evidente que alguna tarita tiene que tener —asegura Carmen en el mismo tono.

—Mujer, mientras sea una tarita y no una taraza… —replica la otra.

No se cortan ni un pelo y es evidente que les importa un bledo que yo esté delante.

—Quién sabe, la juventud de ahora es tan rarita… —Carmen se encoge de hombros como si esa fuese una posibilidad de lo más real.

—¿Trabajas, Ben? —se interesa Manuela en tono inocente, como si no hubiese estado escuchando todo lo que han comentado entre ellas.

—Trabajo en una empresa de marketing y publicidad —les informo alzando la barbilla con orgullo, porque otra cosa igual sí, pero de ser un vago sin oficio ni beneficio no me pueden acusar.

De repente mi móvil suena, avisándome de que Finn acaba de mandarme un mensaje preguntándome cómo me va.

—¿No respondes? —me pregunta Carmen.

—Es mi hermano, no es urgente, ya lo llamaré más tarde.

—¿Y por qué no ahora? —sugiere Manuela mientras su expresión cambia y le da a Carmen un ligero codazo de forma muy poco disimulada.

—¿Ahora? —repito alzando las cejas.

—¡Claro! Haz una llamada de esas con vídeo y así nos lo presentas —la apoya Carmen—. Me encantaría ponerle cara al otro nieto de Marie.

Dirijo un vistazo rápido a Uxía quien, con los brazos cruzados sobre su pecho, me observa con un «lo siento por ti, pero de esta no te vas a librar» impreso en la mirada, y se encoge de hombros dándome a entender que estoy solo en esto y que, cuando esas dos quieren conseguir algo, no podría frenarlas ni un ejército.

—Está bien —accedo, porque tampoco tengo demasiada alternativa.

Como es de esperar, responde al primer tono.

Su rostro aparece ocupando gran parte de la pantalla; aun sí, se puede apreciar la multitud de personas que a su espalda bailan al ritmo de una canción que suena a todo volumen en medio de lo que parece un enorme salón.

—¡Ben! ¡No imaginé que fueses a terminar tan pronto! —grita para hacerse escuchar por encima del sonido atronador de la música que se entremezcla con las voces.

—No lo he hecho —respondo—. Es que estoy con alguien que quiere conocerte.

Su cara de sorpresa precede a la luminosa sonrisa que aparece en su cara.

—Dame unos segundos para salir a la terraza —pide abriéndose paso entre la gente.

—Tú dirás —dice enfocándose de nuevo la cara en cuanto, a base de empujones, consigue acceder al exterior.

Suspiro con resignación.

—Finn, estas son Uxía, Manuela y Carmen digo enfocándolas de una en una.

—Tú no te pareces nada a tu abuela —comenta Carmen, quien parece un poco decepcionada.

Lejos de molestarse, él suelta una sonora carcajada.

—Lo sé —admite—. Ben se llevó todos los genes físicos de esa parte de la familia, yo he tenido que conformarme con los de mi padre, no obstante, para compensar siempre han dicho que tengo su carácter.

Pongo los ojos en blanco.

—Ah, ¿sí? —se interesa la anciana.

—Sí, yo soy alegre y encantador; él, en cambio, es frío como un refrigerador.

—Qué tonterías dices… —murmuro.

—¿Tonterías? —Mi hermano alza las cejas y se echa a reír. Es evidente que ya lleva encima un par de copas y su lengua está un poco suelta—. En el trabajo lo llaman Olaf, por el muñeco de nieve de la película Frozen .

Uxía ahoga una carcajada y me observa de refilón.

—Así que frío, ¿eh…? Sigue hablando —lo anima Manuela.

—Es un témpano, duro e imperturbable.

—Igual esa es una de las taras… —le comenta la anciana a Carmen, de nuevo hablando de mí como si yo no estuviese delante.

Ella asiente con energía.

—¿Taras? —se interesa él de forma inmediata—. ¡Uy, si su única tara fuese esa! —exclama moviendo de forma exagerada la mano.

—¿Hay más? —inquiere Carmen.

—¡Que si hay más! —exclama él resoplando—. Es demasiado serio y cuadriculado.

—Ya veo —comenta Manuela asintiendo con la cabeza.

—Ser ordenado no es lo mismo que cuadriculado —lo corrijo.

—Digamos entonces que es excesivamente ordenado —se reafirma Finn, haciendo comillas con los dedos.

—Y dale —protesto.

—De pequeño ordenaba los calcetines por colores —les suelta él desde el otro lado del aparato, consiguiendo que me arrepienta de haber accedido a llamarlo.

—Pufff… Esos son insoportables —comenta Manuela arrugando la nariz.

—Tiene que tenerlo todo siempre controlado —me acusa mi mellizo.

—Hasta donde yo sé, querer planificar las cosas no es malo —intervengo.

Los tres me ignoran…