Una historia diferente Capítulo 3 La inquisición 2.0 #3
13%

Capítulo 3 La inquisición 2.0 #3

—Por no hablar de su enfermiza adicción al trabajo —prosigue mi hermano, que parece la mar de entretenido poniéndome a caldo.

—Ser responsable y un adicto al trabajo son dos cosas muy diferentes —replico, a pesar de que ninguno de los presentes parece interesado en conocer mi opinión.

—Lleva más de tres años sin coger vacaciones —añade Finn para dar más credibilidad a su información.

—La empresa ha estado en un momento delica…

—Por si eso fuese poco, no le gusta viajar —asegura interrumpiéndome.

—¿A quién no le gusta viajar? —pregunta Carmen indignada y resoplando, como si eso fuese poco menos que un pecado capital.

—Por lo visto, al aguafiestas de mi hermano y, por cierto, ya que estamos, muchas gracias por acogerlo esta noche, veo que no podría estar en mejor compañía —comenta adulándolas y dedicándoles una de esas sonrisas suyas con las que, a juzgar por las caras de las ancianas, ya se las ha metido en el bolsillo.

—Es un placer —responde Manuela atusándose el pelo con coquetería.

Uxía pone los ojos en blanco y niega con la cabeza.

—Volviendo al tema que nos interesa, ¿tú crees que por eso no sale con nadie? —le pregunta Carmen a Finn.

El muy capullo parece pensárselo.

—No siempre fue así —les explica.

—¿A qué te refieres? ¿No siempre fue frío como un iceberg? —se interesa Manuela.

—Uy, sí, lo de ser frío y controlador le viene de serie —contesta Finn—. Sin embargo, antes disfrutaba más de la vida.

Frunzo el ceño al escucharlo, convencido de que, si en lugar de al cabronazo este, hubiese llamado a mi peor enemigo para que me describiese, lo habría hecho con más cariño y me habría dejado quedar mejor.

—¿Y qué fue lo que cambió?

—Desde que rompió con Greta se encerró en sí mismo y en su trabajo: ni fiestas, ni amigos, ni siquiera una alegría para el cuerpo de vez en cuando.

—¿Quién es Greta? —se interesa Carmen.

—Finn, ya basta. —Mi tono no tiene nada de amistoso, y mi hermano, que lo capta, me dirige una mirada de disculpa por haber contado de más.

También Uxía parece darse cuenta de que el terreno se ha vuelto peligroso y decide intervenir.

—Cada uno puede tener o no tener las relaciones que le dé la gana —afirma.

—Lo siento, tesoro, pero no estoy de acuerdo. —Su abuela se muestra terca al respecto—. El celibato no es natural en un chico soltero y de su edad. Ni siquiera en uno adicto al trabajo.

—¡Qué me va a contar! —resopla Finn a quien, por lo visto, el arrepentimiento le ha durado poco—. ¡Mira que yo le insisto y le insisto para que salga a divertirse y a relajarse! ¡Pero es como hablar con una pared!

—¡Claro que sí! ¡Es que darle una alegría al cuerpo de vez en cuando es saludable! —exclama Manuela venida arriba.

—¡Manuela! —la regaña Uxía, que ya es incapaz de contener la risa por más tiempo.

—¡No me mires así, niña! ¡Lo que van a comerse los gusanos que lo disfruten los humanos!

—¡Tú sí que sabes, Manuela! —la anima el muy descarado soltando una carcajada.

—Ahora en serio —añade cuando consigue dejar de reír—. La verdad es que Ben es un gran tipo, un poco serio y, sin duda, un tanto aburrido, pero un gran tipo.

—A buenas horas —murmuro de mala gana, volviendo el teléfono hacia mí—. Se nos enfría la comida, te voy a colgar, Finn.

—¿Ya? —parece desilusionado.

—Sí, ya.

—Con lo interesante que estaba la conversación.

—Creo que por hoy ya has hablado de más —le informo con gesto duro.

Él no insiste y lo deja estar.

—De acuerdo, luego llámame —me pide.

—Que sí, que sí —respondo de mala gana, porque, después de todo lo que ha rajado, lo que me pide el cuerpo no es precisamente llamarlo, sino ignorarlo.

—Encantado de conocer… —corto la llamada antes de darle tiempo siquiera a despedirse del todo, no vaya a ser que le dé otra vez por ponerse a largar.

—¿De verdad que no te gusta viajar? —pregunta Uxía sin ocultar la sorpresa que le produce ese dato en particular.

Me llama la atención que de todo lo que mi hermano ha soltado por esa boquita se haya quedado justo con eso.

—No es que no me guste, de hecho, viajo a menudo por trabajo.

—Eso no es viajar —rebate torciendo el gesto.

—Digamos que soy capaz de apreciar y disfrutar de los pequeños placeres que me reporta el día a día —digo un poco a la defensiva—. Quizás por eso no necesito coger un avión ni desplazarme a cientos o miles de kilómetros para encontrar un lugar o un momento especial.

—Y, aun así, a pesar de que no te gusta viajar, ¿has cogido vacaciones en tu trabajo después de tres años para venir a nuestro hotel solo porque, al ver una foto de tu abuela delante de la fachada, has dado por hecho que estuvo aquí?

—pregunta Carmen en un tono que no sabría definir, adentrándose por fin en el tema que de verdad me interesa.

Dudo durante unos segundos, pero no tiene sentido ocultar información cuando soy yo quien ha venido en busca de respuestas.

—Es que no solo encontré esa foto —respondo con pesar—. En la misma caja, guardada dentro de un vestido, estaba esta.

Me saco del bolsillo la imagen en la que mi abuela aparece rodeada de hombres y todos, incluso ella, lucen el brazalete con la esvástica en el brazo mientras hacen el saludo nazi, y la coloco encima de la mesa.

La expresión de Uxía cambia en cuanto sus ojos se posan sobre ella, sin embargo, Carmen ni se inmuta y eso me sienta como si acabasen de vaciarme un jarro de agua fría sobre la cabeza.