CAPÍTULO CUATRO #2
Yo crecí con una en casa todos los días, desayunando frente a mí, y la única diferencia entre las dos es que yo nunca tuve que preguntarme por qué no me quería. Lo sabía. Me lo dijo. Lo repitió durante tres décadas para que no lo olvidara.
Y por eso esas veinte cartas me enfurecieron tanto.
Porque Vivian, que no tenía absolutamente nada, se sentó en una mesa de cocina a las dos de la mañana con un bebé de meses durmiendo a su lado, para escribir con quince años de antelación lo que le iba a decir a su hija el día en que alguien le rompiera el corazón a esa niña.
Y mi madre, que lo tenía todo, no fue capaz de hacerlo en persona ni una sola vez.
✽✽✽
DOS CARTAS EN esa caja no eran para Josie.
La primera estaba encima de todas ellas, colocada en cruz, como si la hubieran puesto allí al final y con prisa.
Lili ♥
Eso es todo. Mi nombre, y un corazón dibujado al lado, igual que en el teléfono.
La abrí sentada en el suelo de su dormitorio, apoyada contra la cama.
Lili,
Si estás leyendo esto, probablemente hice algo muy estúpido, como morirme. Lo siento. Sé que odias el desorden.
Estás ahí, ¿verdad? Estás ahí, con mi hija en la cadera y una lista en la mano, ocupándote de todo. Sé que lo estás. Por eso fuiste tú.
Necesito contarte algo que no te he contado en casi dos años, y no voy a poder decírtelo a la cara, así que aquí está, en papel, que es de cobardes, pero es lo que tengo.
El padre de Jo se llama Ethan Carter.
Vive en Willow Creek, Wisconsin. Tiene una granja. No sé la dirección, pero el pueblo es pequeño, lo encontrarás, hay una cafetería en la calle principal y la mujer de allí conoce los asuntos de todo el mundo.
No sabe nada de Jo.
No es lo que estás pensando. No huyó, no me abandonó, no es un idiota —y deja de poner esa cara, puedo verte poniendo esa cara desde aquí.
Es culpa mía y es demasiado largo para una carta que vas a leer llorando.
Le escribí todo. Está en el fondo de la caja, ese sobre sellado con su nombre. No lo abras, Lili. Lo digo en serio. Es lo único que voy a pedirte en la vida: no lo abras.
Solo ponlo en su mano.
Encuentra a Ethan Carter, amiga mía.
No porque quiera que él se la quede. No es eso. No te estoy quitando a mi hija, es tuya, siempre fue tuya, la sostuviste en una iglesia con una vela en la mano y eres la persona más responsable que ha existido en la historia del planeta Tierra.
Es porque ese hombre tiene derecho a saber que existe.
Y porque yo le quité eso.
Te quiero. Riega mis plantas.
V.
✽✽✽
LO LEÍ CUATRO veces.
A la cuarta, ya tenía el teléfono en la mano y escribí el nombre antes de decidir hacerlo.
Ethan Carter Willow Creek Wisconsin.
Sin redes sociales. Sin foto. Había un registro de propiedad rural en la web del condado, con un nombre y un número de parcela, y una mención en un periódico local de 2019 sobre una cooperativa lechera que no pude abrir porque la página pedía suscripción.
Un hombre que existe y no aparece.
Me quedé mirando esa pantalla, y lo primero que sentí —y voy a ser honesta aquí también, igual que lo fui en el aparcamiento— no fue alivio.
Fue miedo.
Porque si ese hombre era el padre de esa niña, tenía derecho a ella.
Y yo estaba sentada en el suelo de un piso que olía a tierra húmeda, con la hija de mi mejor amiga jugando en el salón, diez días después de decirle a una jueza que no quería ser madre.
Diez días.
Y ya no quería entregarla.
✽✽✽
EL OTRO SObrE estaba en el fondo, debajo de todo, tumbado, como algo escondido.
Blanco. Sin nada. Sellado.
Una sola palabra escrita en el anverso:
Ethan.
Le di vueltas entre las manos. Lo acerqué a la lámpara y no pude leer nada, solo vi que había varias hojas dentro, cuatro, quizá cinco. Escribió mucho.
Y quise abrirlo.
Quiero dejar esto por escrito, porque más adelante en esta historia habrá cosas que me harán quedar mejor de lo que soy, y la verdad es que pasé dos minutos enteros con el pulgar bajo esa solapa sellada, en el suelo de su habitación, calculando si el vapor funcionaría.
Necesitaba saber qué había dentro. Estaba a punto de meterme en un coche con una bebé e ir tras un desconocido en otro estado, y lo único que tenía era un sobre lleno de información que no podía leer.
No lo abras, Lili. Lo digo en serio.
Aparté el pulgar. Dejé el sobre en el regazo y me quedé mirándolo. Y entonces dije en voz alta, sola, en una habitación vacía, a una mujer que estaba muerta y no podía oírme:
—Está bien. No lo abriré.
El ventilador de techo giraba despacio. El mismo ventilador del que Josie se había reído durante diez minutos, probablemente. En el salón, algo de plástico cayó al suelo y Josie se rio sola.
—Pero escúchame —dije—. Tampoco voy a poner esto en la mano de un hombre al que no he visto en mi vida solo porque escribiste su nombre en un papel.
Silencio.
—Me mentiste, Viv.
Y me tembló la voz, y dejé que temblara.
—Pues esto es lo que va a pasar: iré allí. Encontraré a este hombre, le hablaré de Jo, y puede hacerse una prueba —apreté el sobre con las dos manos—. Y el día que haya un papel que diga que es el padre de esa niña, el día que haya certeza, le daré tu carta. No antes.
Miré ese nombre escrito en el sobre.
—No antes, Vivian. No va a recibir tus últimas palabras por un tal vez.
Fue lo más sensato que dije en diez días.
Y fue la promesa que casi destruyó mi vida.
✽✽✽
NO LO SABÍA entonces, claro.
Esa noche me limité a meter el sobre en el bolsillo interior del bolso —el de la cremallera, donde guardo el pasaporte—, cerré la cremallera y seguí trabajando hasta la una y media de la madrugada.
Regué treinta plantas. Luego las publiqué en internet y dejé una llave al portero, para regalarlas si alguien venía a buscarlas. Prometió ayudar y pasarse todos los días a regarlas hasta que yo volviera.
Metí la ropa a medio doblar en una maleta y terminé de doblarla sentada en su cama.
Lavé la taza de café.
Y a las once de la noche, cuando Josie se quedó frita en una alfombra vieja en medio del salón, agarrando el conejo de una oreja, cogí el móvil y llamé a la única persona que sabía que me cogería el teléfono a esa hora.
—Ruth. Perdona por llamar tan tarde.
—No pasa nada —el sonido de una taza al otro lado—. Dime.
—Necesito pedir una excedencia.
Una pausa breve.
—¿Cuánto tiempo?
Miré el bolso sobre la mesa, con la cremallera cerrada.
—Seis semanas —dije.