Una hija para Ethan Carter (Para siempre en Willow Creek nº 1) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

Lili

El primer problema fue la silla de coche.

Tenía a Josie en la cadera en medio del aparcamiento de la guardería, rebuscando las llaves con una sola mano, cuando Denise apareció por detrás.

—No tienes silla de coche.

—Lo sé.

—No puedes irte de aquí sin una silla de coche.

Me di la vuelta. Debía de tener un aspecto terrible, porque retrocedió medio paso antes de continuar.

—Es la ley —dijo, en voz más baja—. Y no es ninguna tontería. La niña tiene que ir segura en el vehículo.

Lo entendía. Pero la silla de Josie estaba en el coche de Vivian. No sabía dónde estaba el coche de Vivian. Ni siquiera sabía si todavía existía algo que pudiera llamarse el coche de Vivian, y esa fue la primera vez en todo el día que mi mente se fue demasiado lejos y tuve que frenarla en seco.

Denise levantó una mano, desapareció dentro de la guardería y volvió diez minutos después con una silla de coche gris con la tela desgastada, de esas de repuesto que guardan para emergencias.

La instaló ella misma en la parte trasera de mi coche. Se arrodilló en el asfalto con su camiseta amarilla de la guardería, pasó el cinturón y probó el enganche dos veces.

Yo solo observaba.

Yo —que negociaba contratos de siete cifras, que podía leer un balance al revés, que a los treinta y tres años tenía un apartamento en el piso catorce pagado y sin hipoteca— no sabía cómo pasar un cinturón por la silla de coche de un bebé. No sabía ni por dónde empezar.

—Presta atención —dijo Denise, sin levantar la vista—. Este va por debajo. Este va por encima. El clip del pecho va a la altura de las axilas, no en la barriga. En la barriga le hará daño si frenas en seco.

—Vale.

—Repítemelo.

—Por debajo, por encima, a la altura de las axilas.

Se levantó. Se sacudió la rodilla.

—Aprenderás —dijo—. Todas las madres primerizas aprenden...

¿Madre? Yo no era madre. Madrina, sí. Pero ¿madre? Miré a la pequeña Josie un segundo y aparté la vista.

Metimos a Josie en la silla y me despedí rápidamente antes de volver a Chicago.

Josie lloró todo el camino. Más de cincuenta minutos.

✽✽✽

MI APARTAMENTO TIENE doscientos metros cuadrados, sofá blanco, suelos de hormigón pulido y una pared entera de ventanas con vistas al lago. Ha salido en una revista de diseño. En dos, de hecho.

Cada centímetro proclamaba que pertenecía a una mujer de éxito. Siempre pensé que era impecable y completo, hasta que me di cuenta de que no había ni un solo rincón mullido donde dejar a un bebé. Nada salvo mi cama.

Dejé a Josie en medio de mi cama enorme, rodeada de almohadas, y me quedé allí mirándola unos dos minutos intentando averiguar qué se suponía que tenía que hacer.

La bolsa que me dio la guardería contenía: un pañal, un potito a medio comer, un chupete, una muda de ropa y un conejo de peluche al que le faltaba una oreja.

Un pañal.

Cogí el teléfono y escribí, con el pulgar, en la barra de búsqueda: dónde duerme un bebé de 14 meses.

Luego: qué come un bebé de 14 meses.

Luego: cuántas veces se despierta por la noche un bebé de 14 meses.

Y fue al leer la respuesta a esa última pregunta cuando empecé a reírme sola, de pie en medio del dormitorio a las doce menos veinte de la noche. Una risa muy fea, muy corta, que murió en dos segundos.

Porque la respuesta era: depende del bebé.

Y yo no conocía a esta bebé.

✽✽✽

SE DESPERTÓ A las dos y diez.

No fue un llanto. Fue un grito. El grito de una persona que abre los ojos en una habitación que no es la suya, rodeada de un olor que no reconoce, buscando a alguien que no está y que nunca va a volver.

La cogí. Me empujó el pecho con ambas manos y gritó más fuerte.

La mecí. Canté algo, desafinado, que no sabía que conocía.

La paseé arriba y abajo por el pasillo. Encendí la luz.

La apagué. Le ofrecí agua. Le ofrecí el chupete, que escupió al suelo.

Le ofrecí el conejo sin oreja, y entonces cogió el conejo, se lo apretó contra la cara y lloró de otra manera —más bajo, más profundo e infinitamente peor.

—Mamá —dijo.

La primera palabra que oí decir a esa niña.

—Mamá... Mamá... Mamá.

Me senté en el suelo del pasillo con ella en el regazo, la espalda contra la pared, y dije lo único que se me ocurrió, que fue:

—Lo sé.

Y ella siguió llamando. Y yo seguí diciéndole que lo sabía.

A las tres y veinte el pañal se desbordó. Era el único.

A las 3:42 de la madrugada —exactamente doce horas después de que sonara mi teléfono por primera vez, aunque eso no lo supe hasta semanas después— estaba de pie en una farmacia de veinticuatro horas en Clark Street, en pijama, sin sujetador, con un abrigo echado por encima, con una bebé que gritaba apoyada en la cadera, mirando fijamente un estante con once tipos diferentes de pañales.

Once.

Recién nacido, 1, 2, 3, 4. Nocturnos. Diurnos. Protección contra fugas. Con indicador de humedad. Tacto algodón.

No sabía cuánto pesaba.

Me quedé allí con todo ese ruido en el oído, y la mujer de la caja se acercó por el pasillo. Unos sesenta años, pelo teñido de rojo, una placa con el nombre: Dolores.

—¿Cuánto pesa? —preguntó.

—No lo sé.

Miró a Josie. Luego me miró a mí, de arriba abajo: el pijama, el abrigo, la cara.

No preguntó nada más.

Sacó un paquete de pañales del estante del medio, me lo puso en el brazo libre y luego recorrió los pasillos recogiendo cosas: toallitas, crema para el pañal, un biberón, una lata de fórmula, una caja de galletas para bebés.

—Calienta la leche en el fuego, no en el microondas —dijo, apilándolo todo en el mostrador—. Pruébala primero en la muñeca.

—Gracias.

—¿La madre está enferma?

Abrí la boca para responder y no salió nada.

Dolores dejó de escanear. Me miró durante dos segundos.

Luego volvió a escanear, sin decir una palabra más, y al final metió en la bolsa un chupete rosa que yo no había pedido y no me cobró.

Volví a casa. Cambié el pañal tres veces antes de conseguirlo. Josie se durmió a las cinco y diez sobre mi pecho, en el sofá blanco, y no me moví durante dos horas y cuarenta minutos por miedo a despertarla.

No dormí.

Me quedé allí mirando el techo y haciendo, sin querer, lo único que sé hacer cuando me entra el pánico: una lista.

Abogado. Certificado de defunción. Su cuenta bancaria. Contrato de alquiler. Invernadero: notificar. Funeral.

Funeral.

Y solo cuando escribí esa palabra dentro de mi cabeza entendí que Vivian estaba muerta.

✽✽✽

EL FUNERAL FUE el jueves.

Lo organicé todo yo. Se me da bien eso: nunca en mi vida he sido tan buena en nada como lo fui en esos cuatro días. Elegí un ataúd en cuarenta minutos. Negocié el precio de la capilla. Hice una hoja de cálculo con sus contactos y envié ciento doce mensajes. Compré un vestido negro de camino.

No lloré ni una vez.

Vivian no tenía a nadie. Es importante decir esto, porque todo lo que pasó después empieza aquí: su madre murió cuando Vivian tenía diecisiete años (aunque eso daba igual, porque no se hablaban desde hacía años), y su padre era un nombre en un certificado al que nunca conoció y nunca le importó conocer.

Me tenía a mí. Tenía a la gente del invernadero donde había trabajado durante seis años, y todos vinieron, dieciocho personas, vestidos de colores vivos, porque dijeron que ella habría odiado que fueran de negro.

Tenían razón. Lo habría odiado.

Y yo, de negro, con su hija en la cadera.

El pastor habló durante nueve minutos. Una chica del invernadero, de unos veintidós años, intentó leer un poema y no pudo pasar de la segunda línea. Una mujer a la que no había visto en mi vida se me acercó al final, miró a Josie, se llevó una mano al pecho y dijo:

—Ay, pobrecita. ¿Y ahora quién se va a quedar con ella?

Y toda la capilla, que había estado murmurando, se quedó en silencio.

Todos miraron al suelo. Todos, al mismo tiempo, con una coordinación impresionante.

Excepto una persona.

✽✽✽

ME ESPERÓ FUERA, junto a mi coche, con una carpeta bajo el brazo. Unos cuarenta años, un traje barato, zapatos hechos para caminar mucho.

—¿Señora Hayes? Marla Reyes, Departamento de Servicios para Niños y Familias. Lamento abordarla hoy.

—No pasa nada.

—Sí pasa, y lo sé —lo dijo sin suavizar nada, y me cayó bien de inmediato—. Pero tengo una audiencia el lunes a las nueve, y necesito que entienda lo que va a pasar en esa sala.

Josie estaba en el cochecito, dormida, con el conejo sin oreja apretado contra la boca.

—La niña no tiene parientes vivos localizables —dijo Marla—. Ni por parte materna ni por parte paterna. La casilla del padre en el certificado de nacimiento está en blanco.

—Lo sé.

—En casos como este, el Estado asume la custodia y la niña va a un hogar de acogida temporal mientras el caso avanza —hizo una pausa—. A menos que alguien se presente.

El viento cruzó el aparcamiento y levantó una hoja del suelo. En septiembre, en Chicago, ya hace frío por la tarde.

—Alguien —repetí.

—Usted figura como madrina en el registro bautismal y como contacto de emergencia tanto de la madre como de la guardería.

Eso no le da ningún derecho automático —cambió la carpeta al otro brazo—.

Pero le da legitimación para solicitar la tutela temporal el lunes por la mañana.

Si la solicita, el juez la escuchará. Si no, no tendrá a nadie a quien mirar.

No dije nada.

Y lo que me pasó por la cabeza en ese momento no fue noble. Ni de lejos, y voy a escribirlo aquí exactamente como fue, porque si no soy honesta sobre esta parte no tiene sentido serlo sobre el resto.

Pensé: Tengo un vuelo a Denver el martes.

Pensé: No sé el nombre de su pediatra.

Pensé: No estoy obligada a asumir esto.

Pensé: No quiero.

Tenía treinta y tres años, un puesto que me había costado once años conseguir, un apartamento sin nada blando en él y una vida entera montada con mucho cuidado para que no incluyera exactamente este tipo de cosas.

Nunca quise ser madre. Nunca. No es una de esas cosas que una mujer dice a los veinticinco y se desdice a los treinta y cinco: simplemente nunca lo quise, igual que nunca quise vivir en el campo ni aprender a tocar la guitarra.

Pero entonces pensé en Vivian. Las dos en la universidad, cuando nos conocimos. Ella sonriendo, dulce, diciéndome que sería su amiga para siempre. Mierda. Ella nunca habría dudado por mí.

—¿Cuánto tiempo tengo para decidir? —pregunté.

Marla Reyes me miró con una expresión que vería muchas veces en los meses siguientes, en rostros muy distintos. Una expresión que no juzga ni perdona. Solo espera.

—Hasta el lunes, a las nueve de la mañana —dijo.

Me entregó una tarjeta. Se marchó.

Me quedé sola en el aparcamiento de la capilla.

Josie se removió en sueños, refunfuñó, y el conejo cayó del cochecito al asfalto. Me agaché, lo recogí, lo sacudí y se lo volví a poner en la mano.

Y fue entonces —justo ahí, con una rodilla en el suelo del aparcamiento de una funeraria, viendo a esa niña recuperar su conejo mugriento y sin una oreja— cuando descubrí que no tenía ninguna decisión que tomar.

Solo tenía una cosa muy difícil que iba a hacer.