19 Sarah
SARAH
Me quedé allí paralizada, con el café a medio camino de la boca, esperando a que la escena se reorganizara en algo que tuviera sentido. Parpadeé y volví a parpadear, por si acaso la borrachera de la noche anterior me había llevado, por fin, al terreno de las alucinaciones.
No.
Era el tipo del torbellino, y estaba en el escenario.
La luz del sol se reflejaba en su piel, haciéndolo parecer como si lo hubieran iluminado a propósito.
Llevaba jeans y una camisa azul marino abotonada, con las mangas remangadas hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos musculosos tatuados con motivos oscuros y sutiles.
Un cinturón de herramientas descansaba bajo en sus caderas, cargado con herramientas de verdad.
Maldita sea, ¿se veía mejor de lo que recordaba?
Todavía tenía la boca abierta. ¿Estaba babeando? Posiblemente.
—Así es, chicas —anunció Helen, claramente disfrutando del momento—. Hoy tenemos a un soltero muy especial.
Los labios del tipo del torbellino se crisparon, como si supiera exactamente el efecto que estaba causando.
—Nuestro inversionista inmobiliario local —continuó Helen—. Lo admito, me costó convencerlo, pero, al final, esto es por el bien del pueblo. —Hizo una pausa para crear efecto—. Y me complace decir que aceptó.
La multitud murmuró, las tarjetas crujieron y alguien suspiró.
—Así que —dijo Helen con entusiasmo—, empezaremos la puja en seiscientos dólares por el “Manitas por un día”.
Becca me dio un codazo en el costado.
—Tienes que pujar.
Por fin recuperé la voz.
—Ni hablar.
Me limpié la boca con los dedos, por si acaso se me había caído la baba.
—Ese es tu hombre.
Se me escapó una risa sorprendida.
—No es mi hombre.
Aunque a una parte de mí le gustaba la idea. Quiero decir… estaba ese beso.
—¡Seiscientos! —gritó una mujer de la primera fila, la que estaba demasiado bronceada desde ayer, ya inclinada hacia delante como si se hubiera entrenado para esto.
—¡Ochocientos! —intervino otra voz.
Mi pulso se aceleró. ¿Debería pujar? No.
Por supuesto que no. Eso no iba conmigo; yo no era una de esas mujeres que venían ese fin de semana dispuestas a tirarle dinero a un soltero como si fuera una canasta de regalo de una subasta silenciosa con un extra de sexo.
Yo pagaba mis facturas a tiempo, reciclaba, tenía zapatos cómodos. No pujaba por hombres.
Eché un vistazo a Becca, que parecía estar a punto de hacerlo por mí con solo levantar una ceja, y sentí que mi determinación flaqueaba.
Porque, al parecer, bastaba con un hombre callado y tonto, de hombros anchos y con una mirada capaz de incendiarme la ropa interior, para que mi brújula moral empezara a dar vueltas.
—Sarah —insistió Becca, sonriendo—. Lo deseas. Se te nota en la cara.
—También se me nota el vino de anoche —le dije, porque todavía sentía la cabeza como si unos gnomos de jardín me hubieran pateado la nuca.
Becca se inclinó hacia mí.
—Solo digo: mira esos brazos. Ese hombre podría levantar muebles con el meñique. O personas.
En el escenario, el tipo del torbellino sonrió con aire burlón cuando alguien de la primera fila le dijo algo que no pude oír. Inclinó la cabeza cortésmente, como si no estuviera siendo objetivado abiertamente por doscientas personas.
—No voy a pujar por un ser humano —le dije, mientras mi mente traidora gritaba: hazlo, hazlo, hazlo.
—Por favor —dijo Becca—. Apenas es humano. ¿Has visto ese trasero? Eso es artesanal.
Resoplé.
—No acabas de decir que su trasero es artesanal.
—Claro que lo dije —respondió con orgullo—. Hecho a mano por una diosa. ¿No te gustaría probar un pedazo de esa obra maestra?
—Cállate —me reí—. Estás loca.
Volví a mirar al tipo del torbellino. No sabía si realmente se lo estaba pasando bien o si solo estaba montando un espectáculo para la fila de mujeres que no ocultaban su entusiasmo.
—Si no pujas —añadió Becca con dulzura—, lo vas a perder.
—No puedo perderlo si aún no lo tengo.
Mierda. Tenía las manos sudorosas, así que me las froté contra los jeans.
La sonrisa de Becca se amplió.
—Eso suena a cobardía.
—No soy cobarde —empecé—. Es solo que… no. No, no, no. No puedo creer que siquiera esté pensando en esto.
Apreté los labios, como si eso pudiera impedir que mi cerebro cayera en picada.
—Esto es una mala idea. Con M mayúscula. Y con I mayúscula.
Era una mala idea. ¿Verdad? No podía pujar por un hombre que realmente me gustaba y obligarlo a una cita falsa como si fuera una silla plegable en una rifa benéfica.
Eso cruzaba varias líneas morales, probablemente también legales.
Sin embargo, mi cerebro seguía dando vueltas, recordándome amablemente que una vez había comido sushi de gasolinera y había sobrevivido; claramente, mi historial de toma de decisiones no era un argumento sólido en este caso.
Incluso para mí, esto parecía… ambicioso.
—¿Qué esperas? —Lola apareció detrás de nosotras y se agachó entre las filas—. Quédatelo.
La miré fijamente.
—¿Acabas de decir que me lo quede o que … ?
Lola hizo un gesto con la mano.
—Ya sabes a qué me refiero. ¿Por qué no estás pujando con todas tus fuerzas?
Miré de reojo y vi a Mark, el marinero, mirando abiertamente a Lola mientras ella se agachaba. Claro que lo hacía. Hombres.
—¿Lo odias? —preguntó Lola, estudiándome la cara como si estuviera diagnosticando una erupción.
La miré con el ceño fruncido.
—No. Por supuesto que no.
—¿Crees que no es atractivo?
—No.
—Entonces, ¿cuál es exactamente el problema? —preguntó—. Porque, desde mi punto de vista, esto es un caso de manual de moderación innecesaria.
—Yo no pujo por hombres —dije con voz débil, y sí, sonaba bastante patético, pero era lo único que se me ocurría en ese momento.
Lola suspiró.
—Cariño, a los hombres les encanta que pujen por ellos. Los hace sentirse elegidos.
Se inclinó hacia mí y bajó la voz.
—Y cuando un hombre se siente elegido, empieza a intentar ganárselo; de repente se vuelve atento, generoso en la cama y muy… comprometido con superar las expectativas.
Abrí mucho los ojos.
—Esto es una subasta benéfica.
Aunque tenía la sensación de que todas las mujeres allí esperaban algo de esos solteros. Si lo conseguían o no, no tenía ni idea.
Lola sonrió.
—Exactamente. Él cree que invertiste en él.
Hizo una pausa.
—Los hombres se vuelven muy ambiciosos cuando creen que fueron seleccionados. Una vez pujé por uno que se pasó toda la cita intentando demostrar su gratitud: copas, cena, cumplidos, resistencia. Fue agotador. —Suspiró—. En el mejor sentido.
Gruñí.
—Por favor, basta.
Lola me dio una palmadita en el brazo.
—Solo digo que un hombre que cree que lo deseabas lo suficiente como para subir tu puja se esforzará mucho por justificar esa decisión. En todos los sentidos.
—Eso no me ayuda.
—Ponte los pantalones de mujer adulta y puja de una vez —dijo Lola—. O no lo hagas y pasa el resto de la tarde preguntándote cómo se habrían sentido sus hombros bajo tus manos. O su trasero…
Tragué saliva. Eso tampoco ayudaba.
—No sé —dije con voz débil—. Es mucho dinero.
—Yo lo pago —dijo Lola con naturalidad, como si se ofreciera a pagar el brunch.
Becca asintió con entusiasmo.
—Yo también lo apoyo.
Negué con la cabeza.
—No puedo dejar que hagan eso. Ya me han ayudado muchísimo.
Y era cierto. Si Lola no me hubiera extendido ese cheque enorme, probablemente ni siquiera estaría allí en ese momento, mucho menos pensando en pujar por el hombre que me había besado en mi estudio y que ahora estaba de pie en un escenario con un cinturón de herramientas, viéndose demasiado guapo.
Y entonces la mirada del tipo del torbellino se posó en mí.
Ah, demonios.
Sentí un nudo en el estómago. ¿Nervios o estúpidas hormonas? Difícil saberlo; quizá ambas cosas. Mientras lo veía allí arriba, mirando a la multitud, me dije a mí misma que estaba bien, que no esperaba otra cosa, que así era como siempre iba a ser.
Excepto que eso no era cierto.
El beso no había parecido accidental. No había parecido un error de juicio ni un lapsus momentáneo de cordura. Bueno, quizá un poco por mi parte. Pero aun así había sido… increíble. Para los dos.
También hacía falta ser un buen hombre para cumplir su palabra.
Dijo que ayudaría con la inspección de la posada, y lo hizo; incluso más que eso.
Apareció cada mañana durante días, no solo inspeccionando, sino arreglando cosas en silencio mientras estaba allí, como si diera por hecho que yo no me daría cuenta.
Me di cuenta.
Me di cuenta de cómo arregló el radiador del segundo piso cuando creía que no lo estaba espiando, aunque sí lo estaba, claro que sí.
También de cuando sustituyó una moldura del techo que se había podrido por completo debido a un antiguo daño causado por el agua en el tercer piso.
Pequeñas cosas. Cosas innecesarias. El tipo de arreglos que se hacen cuando algo te importa, no cuando estás trabajando por horas.
Nunca las mencionó, nunca las señaló y nunca las añadió a ninguna factura imaginaria. Cualquier otro en su lugar me habría cobrado cada minuto, cada tornillo, cada respiro.
El tipo del torbellino no lo hizo.
Simplemente apareció, hizo el trabajo y dejó las cosas mejor de lo que las había encontrado.
El tipo del torbellino era un buen hombre, leal y confiable.
Y, por si fuera poco, sexy como el demonio.
Aun así, antes no me habría permitido pensar en él de esa manera; pero allí, de pie con el océano a sus espaldas, la subasta en marcha y mi corazón haciendo algo que no tenía permiso para hacer, por fin dejé de fingir.
Me gustaba. Me gustaba de verdad.
Y tenía la sensación de que yo también le gustaba.
—¡Nueve mil! —gritó alguien desde las filas del medio.
Me estremecí.
—Eso es un coche usado —susurré.
—¡Diez mil! —dijo otra voz, tranquila y aterradora.
El césped estalló mientras las tarjetas se alzaban: gritos ahogados, aplausos y alguien riéndose como si aquello fuera un deporte.
Me quedé muy quieta, con la taza de café inútil en el regazo, mientras mi cerebro hacía los cálculos sin que nadie se lo pidiera y, por razones de seguridad, se apagaba de inmediato.
—¿Entonces no vas a pujar? —preguntó Becca.
Negué con la cabeza.
—No.
Lola se inclinó hacia delante de nuevo.
—Ya te lo dije, yo lo pago.
—No —repetí con firmeza—. No voy a dejar que me compres un hombre como si fuera un bolso.
—He comprado cosas peores —respondió Lola, encogiéndose de hombros.
No lo dudaba.
—Gracias, pero no. No pasa nada, de verdad.
En el escenario, el tipo del torbellino cambió el peso de un pie a otro, con las manos apoyadas con naturalidad en el cinturón de herramientas, como si se hubiera visto envuelto en aquella situación por accidente y hubiera decidido manejarla con elegancia.
Sonrió al público, educado, sereno y completamente ajeno a que el precio de su tiempo hubiera alcanzado cifras que hacían que mi cuenta bancaria se encogiera y llorara.
—¡Diez mil quinientos! —gritó una voz femenina.
Arqueé una ceja. Aquello estaba oficialmente fuera de mi presupuesto. De mi presupuesto de toda la vida. Me sentí rara por no pujar, no exactamente celosa, sino… fuera de lugar, como si hubiera salido de un momento que quizá, después de todo, no estaba destinado para mí.
Sin embargo, sabía que estaba haciendo lo correcto.
No podía permitirme ese dinero, no en ningún universo en el que tuviera pensado mantener las luces encendidas en la posada, y en ese momento la posada era lo más importante. Tenía que serlo.
—A la una —dijo Helen.
Exhalé lentamente por la nariz.
—A las dos…
Una mujer se levantó de la primera fila.
Era deslumbrante de una forma que se sentía cara, probablemente rondaba los cincuenta y cinco, y su larga melena pelirroja y ondulada le caía en cascada sobre los hombros como si le hubiera pagado una fortuna a alguien por lograrlo.
Llevaba una gargantilla de perlas ceñida al cuello, sus enormes pechos se erguían con la sola fuerza de su seguridad en sí misma, y sus pantalones blancos de lino, ajustados y perfectos, parecían no conocer el miedo.
Levantó su tarjeta con dedos bien cuidados.
—Quince mil —dijo, sonriendo como si él ya fuera de su propiedad.
—Demonios —susurró Becca.
—Que alguien me mate —añadí.
Helen parpadeó y luego sonrió.
—¿Alguien ofrece más?
Silencio. Un silencio absoluto y reverente.
—Vendido —dijo Helen, señalando—. A la señora de blanco.
Los aplausos retumbaron por todo el césped.
La mujer le lanzó un beso al tipo del torbellino. Él se rio, esta vez de verdad, sacudiendo la cabeza mientras daba un paso adelante para aceptar su destino.
Me quedé sentada, con las manos cruzadas en el regazo y el corazón sintiendo algo incómodo, pero soportable; extraño, sin duda, pero correcto.
Vi cómo el tipo del torbellino saltaba del escenario y se acercaba a la ganadora, que ya le decía algo con entusiasmo y le tocaba el brazo como si la familiaridad fuera algo decidido de antemano.
Y, por primera vez desde que comenzó la subasta, me permití apartar la mirada.
No había pujado.
Y aunque una parte de mí quería rebobinar los últimos cinco minutos y tomar una decisión muy diferente, había algo de lo que estaba segura: hay cosas que no están destinadas a ganarse con una paleta y un número.
Aunque se vieran para chuparse los dedos con un cinturón de herramientas.