Una herencia inesperada (Maplewood Falls 1) 15 Sarah
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SARAH

Me quedé en la recepción viendo cómo mis nuevas huéspedes, Vicky y Joyce, dos mejores amigas de unos cuarenta años de Nueva Jersey, salían de la posada como si fueran dueñas del lugar.

Iban en bikini, sandalias y salidas de playa transparentes que les rozaban las piernas desnudas, con bolsos enormes de tela golpeándoles las caderas al caminar, pegajosos de bloqueador y llevados con una soltura envidiable.

—¡Volvemos para la hora de la comida! —gritó Joyce al salir.

—¡Guárdanos el tocino! —añadió Vicky, saludando con la mano.

Les devolví el saludo, sonriendo todavía un poco aturdida. Iban rumbo a la playa privada de la posada, una frase que todavía me costaba creer que también hablara de mí.

Cuando llegué, ni siquiera sabía que ahí abajo hubiera playa.

Edna nunca mencionó nada en su carta, demasiado ocupada como estaba restregándome lo del “fracaso”, así que yo había dado por hecho que el acantilado caía directo sobre rocas filosas y una muerte bastante aparatosa, de esas costas que vienen con señalamientos de advertencia y placas conmemorativas.

Por eso, cuando Joyce mencionó al pasar “la playa de abajo” durante nuestra llamada de registro del día anterior, me reí con educación antes de ir a comprobarlo como una mujer que esperaba encontrarse una escena del crimen.

Y no, no estaba alucinando.

Habían tallado escalones de piedra en el acantilado, lisos y gastados por el tiempo, que bajaban poco a poco hasta una pequeña cala protegida, con arena blanca y agua tranquila.

Era el tipo de playa que parecía sacada de un folleto turístico, no algo que estuviera justo debajo de un edificio que, técnicamente, me pertenecía.

Boomer también había bajado, con un palo bien sujeto entre los dientes, corriendo de un lado a otro por la orilla como si todo aquello fuera suyo, mientras su dueña descansaba a la sombra de un pino, con un libro en la mano y sin la menor culpa por estar viviendo la fantasía vacacional que le correspondería a otra persona.

Fue ahí cuando algo se movió en mi cabeza.

Al día siguiente agarré la laptop, encontré una roca plana cerca de las escaleras y me senté a escribir.

Y cuando digo escribir, me refiero a que me quedé viendo la pantalla durante diez minutos, suspiré con dramatismo, borré de golpe todo en lo que llevaba meses trabajando y empecé otra cosa como una desquiciada.

Mi historia, por supuesto, ahora giraba en torno a una posada, porque era imposible que no lo hiciera, y mi nueva protagonista, Sloane Mercer, era una cazarrecompensas mitad vampira que perseguía criminales sobrenaturales y usaba la posada como base de operaciones.

Una vez que arranqué, los dedos dejaron de pedir permiso y simplemente se soltaron.

Las palabras salieron como si por fin hubiera destapado algo que llevaba años atorado.

Escribí dos capítulos antes de acordarme de comer; al día siguiente, tres más; y para el final de la semana ya llevaba diez. Diez. En menos de siete días.

Antes, un solo capítulo me tomaba meses y, honestamente, algún tipo de sacrificio ritual.

Había algo en las olas de abajo, o en el aire salado, o en el hecho de que por primera vez en mucho tiempo mi vida se sentía anclada en vez de a la deriva. Fuera lo que fuera, funcionaba.

Margarette iba a tener su novela en menos de cuatro meses, y no una hecha al vapor, sino una buena.

Sonreí mientras hojeaba el libro de cuentas en la recepción.

Completo. Todas las habitaciones ocupadas.

Vaya.

Si alguien me hubiera dicho una semana antes que iba a estar dirigiendo una posada —y además bien— me habría reído, habría llorado, tal vez me habría hecho un poquito encima y luego le habría pedido ayuda para venderla. No podía imaginarme queriendo esta vida, y mucho menos siendo buena en ella.

Los últimos días habían sido una mezcla de sudor, pánico, terquedad y cafeína, todo sostenido apenas por pura fuerza de voluntad, pero lo estaba logrando. Yo. Lo estaba logrando de verdad.

¿Y lo peor?

Que lo quería. Todo.

La posada, los huéspedes, la responsabilidad, el olor a café por las mañanas, el sonido de los pasos en el piso de arriba, la sensación de estar construyendo algo real.

La posada Hartwell ya no era solo un edificio. Ya era parte de mi vida, parte de mí, algo que importaba.

Y era mío. Solo mío.

El golpeteo seco de unos tacones sobre la madera me sacó de mis pensamientos.

Lola entró por la puerta principal como si la hubiera diseñado en persona la lujuria. Llevaba un vestido rojo ajustado que parecía menos comprado que puesto sobre ella a la medida, con tacones a juego, y del brazo —porque desde luego eso no era un bolso— traía a un hombre.

Un hombre muy atractivo, de unos treinta y tantos, si tenía que calcular.

Tenía ojos oscuros enmarcados por pestañas absurdamente tupidas, de esas que dan ganas de preguntar qué acondicionador usa solo para molestarse cuando descubres que no necesita ninguno, y estaba en forma de esa manera que huele más a deporte que a gimnasio de espejo.

Sonreía, además, como si supiera perfectamente por qué estaba ahí.

—Hola, Lola —dije, con una sonrisa que se me escapó antes de poder evitarlo. Esa mujer tenía un don, no había duda.

—Este es Thomas —ronroneó ella, deslizándole una mano impecablemente cuidada por el pecho antes de apretarle el pectoral—. Es mi prueba para el fin de semana de solteros de Pearls & Pints de mañana.

Diablos.

Tenía razón. Mañana arrancaba el fin de semana de solteros de Pearls & Pints: el festival, el caos, las perlas, las pintas, los hombres, las mujeres y todo el pueblo metido en una locura organizada con fines benéficos.

Sí, cero presión.

Lola agarró a Thomas por el frente de la camisa y lo arrastró hacia la escalera como una mujer con un plan y un agarre envidiable.

—Hasta luego, cariño. Vamos a hacer nuestras propias Olimpiadas en el dormitorio, mi deporte favorito, y no queremos interrupciones durante al menos dos horas.

Se rio como si anunciar eso en un lugar de trabajo fuera perfectamente normal.

—Aunque oigas gritos, muchos, muchísimos gritos deliciosos.

Qué asco.

Thomas me guiñó un ojo al pasar.

Qué asco al cuadrado.

Desaparecieron arriba, dejando detrás una estela de risas como purpurina que jamás iba a salir del todo de la alfombra, entre otras cosas en las que prefería no pensar.

Bajé la vista hacia mi taza vacía.

Claro. Café. Mi droga favorita, mi salvación, la única relación en mi vida que nunca me ha fallado.

Me levanté del escritorio y crucé el pasillo con un paso más ligero que cualquier otro día de esa semana. A mis espaldas, la posada hervía de vida: voces, puertas abriéndose y cerrándose, el leve tintineo de los platos. Sonaba… viva. Y me encantaba.

Empujé la puerta de la cocina.

Lo primero que me golpeó fue el olor: tocino, café y algo mantecoso, cálido, que se sentía como un abrazo en la cara. Ese tipo de aroma con el que una podría subir cinco kilos solo por respirarlo.

Dottie estaba junto a la estufa, con la espátula en la mano y el delantal ya salpicado de harina.

A su lado había un chico joven al que no conocía, de veintitantos tal vez, todo brazos largos y entusiasmo, con un delantal rosa prestado y una concentración tan intensa que parecía estar desactivando una bomba.

—Buenos días —dije.

Dottie miró por encima del hombro, me recorrió con la vista y se detuvo.

—Vaya. Mira nada más.

Me frené apenas crucé la puerta.

—¿Qué? ¿Otra vez tengo tinta en la cara?

Todavía me daba pena pensar en cuando el tipo del torbellino me lo había dicho unos días antes. Seguramente había pasado horas con esa mancha absurda en la mejilla, saludando huéspedes como si nada, y nadie había tenido el valor de decírmelo. Nadie, excepto él.

Dottie se giró por completo y me observó de arriba abajo como si estuviera comparando una foto del antes y el después. En su delantal rosa se leía, en letras enormes: ESTO PODRÍA SER VENENO.

Bueno. Ok.

—Pareces de aquí —dijo.

Fruncí el ceño.

—Tengo aliento a café y estoy casi segura de que me senté en algo pegajoso en la recepción.

Hizo un gesto con la mano.

—No es eso. Pareces… metida en esto. Como si supieras lo que haces.

Vaya.

Me apoyé en la encimera y, de pronto, me di cuenta de algo: ya no traía los hombros pegados a las orejas, ya no tenía la mandíbula trabada, ya no estaba esperando el golpe.

—Ah —dije—. Eso.

El chico nos miró a las dos, confundido pero educado.

—Me llamo Jason —dijo enseguida—. Soy el ayudante de Dottie. Voy a estar aquí todo el tiempo que haga falta. Puedo hacer huevos, tostadas, preparar cosas, limpiar… y se me dan muy bien las listas.

Dottie soltó un resoplido.

—Me acomodó por orden alfabético todo el estante de las especias.

—Estaba muy desordenado —dijo Jason, sin rastro de culpa.

—Ya me cayó bien.

Jason sonrió de oreja a oreja.

Unos días antes yo ya había quedado con Dottie en que iba a necesitar ayuda en la cocina para el fin de semana de Pearls & Pints.

Jason también iba a hacerla de mesero, algo que nos hacía muchísima falta, y yo había dejado que ella se encargara de contratarlo porque ese era su territorio, no el mío.

Dottie deslizó una taza hacia mí sin preguntar. Café: oscuro, fuerte, exactamente como lo necesitaba.

—Mañana es el festival —dijo con toda calma, volteando algo en la sartén—. El pueblo ya está desatado.

—No me lo recuerdes —suspiré, rodeando la taza con las manos como si fuera un salvavidas.

Dottie me lanzó una mirada firme.

—Estás lista. No te preocupes.

Parpadeé.

—Perdón, ¿te pegaste en la cabeza o qué?

Me ignoró por completo.

—La cocina está cubierta, las habitaciones están llenas, los huéspedes están contentos, tienes ayuda y lo estás haciendo muy bien.

Jason asintió con entusiasmo.

—Todo el mundo está impresionado. Escuché a alguien decir que este lugar es “una joya escondida”.

Sentí un cosquilleo raro en el pecho.

—Excepto los Harrington —dije sin pensar.