Una herencia inesperada (Maplewood Falls 1) 12 Alex
43%

12 Alex

ALEX

El sótano olía a concreto húmedo, polvo viejo y algo vagamente metálico, que casi siempre era señal de que alguien había hecho arreglos superficiales esperando que todo saliera bien.

Me quedé parado frente al tablero eléctrico, mirándolo. Y mirándolo. Y luego lo miré un poco más, solo para asegurarme de que no me estuvieran fallando los ojos.

No me estaban fallando.

A quien fuera que metió mano por última vez en ese tablero deberían prohibirle volver a tocar electricidad en su vida. Y quizá también herramientas. Tal vez hasta dejarlo solo con unos lápices de colores.

Los cables se cruzaban donde no tenían nada que hacer.

Las etiquetas estaban escritas con tres tipos de letra distintos.

Había una tira de cinta aislante haciendo un trabajo para el que la cinta aislante jamás fue creada.

Uno de los interruptores estaba marcado como “¿quizá cocina???”, con tres signos de interrogación, como si hasta el que lo escribió hubiera perdido la fe a media frase.

—Dios.

Solté el aire lentamente por la nariz. Si esto fuera una de mis remodelaciones, habría despedido al electricista en el acto. Después de cobrarle de vuelta. Y luego lo habría vuelto a despedir por daños emocionales.

Me agaché y abrí por completo la tapa del tablero, cuidando no tocar nada hasta entender ese desastre.

Viejos cables forrados en tela corrían junto a otros más nuevos, con recubrimiento plástico, empalmados en lugares que me hacían apretar la mandíbula.

Algunas secciones más recientes estaban limpias y bien resueltas.

Quien hizo esa parte sí sabía lo que hacía.

Otras zonas parecían hechas con Edna parada al lado, fumando, señalando con el dedo y diciendo:

—Funciona. No lo toques.

Y el electricista, obediente, le había hecho caso.

Seguí una línea con el dedo por la pared, por encima de una viga y de vuelta al tablero: cableado original, tan viejo como la casa, todavía intacto. No era bonito, pero era sólido. En esa época la gente construía para que las cosas duraran, porque fallar no era opción.

Eso sí me inspiraba respeto.

Luego estaban los atajos. Las modificaciones. Las “soluciones temporales” que se habían vuelto permanentes solo porque pasó el tiempo. Ese tipo de cosas que los inspectores detestan y los dueños ignoran hasta que algo suelta chispas o hace un ruido capaz de quitarte años de vida.

Revisé la conexión a tierra: mejor de lo que esperaba. Luego revisé el balance de carga: peor de lo que esperaba.

Me recargué sobre los talones y eché un vistazo al sótano mientras mis ojos se acostumbraban a la poca luz.

Las tuberías corrían sobre mi cabeza, algunas reemplazadas, otras originales.

La caldera estaba cerca, ahora zumbando en lugar de rechinar como lo había hecho esa mañana.

Al menos ese problema había sido sencillo.

El tablero eléctrico no.

Y, de algún modo, a pesar de todo, la casa seguía en pie. Las luces prendían. La calefacción funcionaba. No había marcas de quemaduras. No olía a cable chamuscado.

Lo que solo podía significar una cosa: alguien, probablemente Edna, había sabido exactamente hasta dónde podía tensar la cuerda sin romperla.

Me puse de pie y giré los hombros, sintiendo cómo se me instalaba la tensión en el cuerpo.

Esto no era un arreglo rápido. Ni siquiera era un arreglo limpio.

Era un trabajo lento, metódico, de deshacer nudo por nudo.

Y eso requería tiempo y atención. Tiempo que normalmente no invertía en lugares así.

Saqué el celular del bolsillo trasero y empecé a tomar fotos. Luego abrí mis notas: arreglar, mejorar, redirigir.

—Joder.

Eso ya era más de lo que había calculado. Y costaría miles. Dinero de verdad. De ese que la gente no trae suelto en el bolsillo, menos alguien que acababa de heredar una posada vieja con el reloj corriendo en su contra.

Apoyé un hombro en la pared de concreto y revisé otra vez las fotos. Empalmes mal hechos, un desastre escondido detrás de un sistema que apenas se mantenía funcionando. El tipo de problema que espera el peor momento posible para reventar.

Mi mente volvió a subir las escaleras sin permiso.

Nueva York tirada en el suelo del salón, con el pelo suelto y la cara enrojecida por el sudor.

Atrapada entre su terquedad y la gravedad, negándose a dejar que cualquiera de las dos ganara.

Me había mirado como si su propia resistencia la hubiera sorprendido, como si no hubiera planeado necesitar ayuda, pero la hubiera aceptado de todos modos.

Esa mirada se me quedó clavada. Y no tenía por qué haberse quedado.

Maldita sea.

Negué una vez con la cabeza, bloqueé el celular y me lo guardé en el bolsillo como si ese pensamiento fuera un cable suelto al que acababa de taparle el problema con cinta aislante.

Esto era trabajo: un encargo, una clienta que necesitaba arreglos antes de una fecha límite que haría que cualquier persona en su sano juicio dijera que no y se largara.

Yo no me involucraba con clientas. No desdibujaba límites. Arreglaba problemas, cobraba y seguía adelante.

Y desde luego no me quedaba parado en un sótano pensando en una mujer que, sudada y furiosa, se veía mejor que la mayoría de la gente arreglada para una gala.

Me aparté de la pared y volví al tablero, concentrándome en el zumbido del sistema, el peso de las herramientas y el trabajo que tenía enfrente.

Este lugar necesitaba atención. Eso era todo. Cualquier otra cosa era una distracción. Y las distracciones salían caras.

Me interné más en el sótano, siguiendo otro tramo del cableado.

Ahí era más nuevo. La instalación estaba limpia.

Las grapas, bien colocadas. Alguien se había preocupado por hacer las cosas bien, al menos una vez, probablemente en una de las remodelaciones más recientes.

Con eso sí podía trabajar, construir a partir de ahí en lugar de arrancarlo todo.

La posada no era un desastre. Era un lugar hecho por capas, parchado, ajustado. Seguía en pie a base de terquedad y de la habilidad justa para mantenerla viva. Y eso valía algo.

Me enderecé y miré hacia las escaleras cuando unos pasos cruzaron el piso de arriba.

La voz de Nueva York se oyó un momento después.

—Sí —dijo—. El próximo fin de semana.

Pausa.

—Sí, tengo disponibilidad.

Otra pausa, esta vez más larga. Me la imaginé pasando una página, con el bolígrafo ya en movimiento.

—Fin de semana de despedida de soltero de Pearls & Pints, sí. Ese mismo. Dos noches. De viernes a domingo. Una habitación con cama matrimonial.

Otra pausa.

—No, el desayuno está incluido. El café empieza temprano.

Ahí estaba otra vez. Ese tono firme, sin vacilaciones, sin que se le notara el pánico. Puro impulso.

—Te envío el correo de confirmación en un momento —añadió—. Nos va a dar mucho gusto recibirte.

Los pasos se reanudaron, ahora más rápidos, pasando ya a lo siguiente. Y no se había detenido ni una sola vez a tomar aire.

La mayoría de la gente ya se habría asustado a esas alturas. Habría levantado las manos, culpado al calendario, maldecido al pueblo y salido corriendo.

Ella no.

Volví al tablero, bajé un interruptor, observé la respuesta y luego lo subí otra vez. El sistema gimió, pero aguantó.

—Sí. Eres más resistente de lo que pareces.

Cerré el tablero con cuidado, repasando mentalmente lo que iba a necesitar al día siguiente. Interruptores nuevos. Etiquetas mejores. Un reequilibrio completo. Tal vez incluso reemplazar una sección entera si quería dormir tranquilo por las noches.

Y entonces caí en algo que me irritó mucho más de lo que ese cableado podría haberme irritado nunca.

Ya estaba haciendo planes para después de la inspección.

Y eso significaba que me iba a quedar, lo admitiera o no.

—¿Qué diablos estoy haciendo?

Me enderecé, acomodé la tapa del tablero y subí las escaleras de dos en dos.

El aire del sótano se me había pegado a la ropa —húmedo, metálico, a concreto viejo—, así que la planta baja me pareció, en comparación, casi limpia.

La posada crujió mientras subía, con ese sonido suave de protesta que hacen la vejez y el espacio vacío.

No sonaba a advertencia. Sonaba más bien a comentario.

A medio camino, la voz de Nueva York volvió a sonar desde arriba: tranquila, seca, firme.

—Sí, así es. El próximo fin de semana.

Hizo una pausa lo bastante larga como para que me la imaginara sosteniendo el teléfono entre el hombro y la oreja mientras hojeaba un libro de cuentas.

—Fin de semana de despedida de soltero de Pearls & Pints. Dos noches. De viernes a domingo.

Sus pasos iban y venían, rápidos y ligeros. La llamada terminó, pero casi enseguida empezó otra. Estaba manejando recepción con un solo cerebro y una oración.

Para cuando llegué al pasillo de la planta baja, ella ya estaba ahí, con una libreta en una mano y un bolígrafo en la otra, respirando un poco agitada, como si hubiera salido corriendo desde el mostrador.

—Eres… rápido —dijo, bajando la mirada antes de volver a levantarla.

Seguí caminando.

—Tú estás… muy ocupada.

Dio un paso detrás de mí y luego se frenó.

—¿Quieres que te acompañe?

—Como quieras.

Las luces del pasillo estaban encendidas, focos cálidos en lámparas viejas que intentaban verse encantadoras mientras hacían apenas lo indispensable.

Me detuve bajo el primer aplique, levanté la vista y seguí con la mirada la línea del techo.

La pintura había sido retocada más de una vez.

Algunas zonas se veían más lisas. Otras tenían esa pequeña protuberancia que queda cuando alguien repara y pinta a las carreras.

Estiré la mano y di un golpecito en la base de la lámpara. No se movió. Bien. Apagué el interruptor. Encendido. Apagado. Encendido.

La luz parpadeó una vez, un titubeo breve, y luego se estabilizó.

Saqué el celular y le tomé una foto a la base de la lámpara.

Algo se movió en mi visión periférica cuando Nueva York se inclinó hacia mí, pero enseguida se detuvo y retrocedió unos centímetros, como si de pronto se hubiera acordado del espacio personal.