11 Sarah #2
Fruncí el ceño. Odiaba esa estatua, quizá más de lo que odiaba a mi tía por haberme metido en esta situación. ¿Qué clase de persona se enoja con una estatua? Claramente estaba perdiendo la cabeza, y era una lástima porque mi mente solía ser mi mejor cualidad.
El tipo del torbellino la maniobró por la puerta con facilidad, inclinándola apenas lo necesario para librar el marco.
—¿Dónde la quieres? —preguntó, ya en movimiento.
Me quedé viéndolo con la boca abierta, lo cual no era nada favorecedor y probablemente me hacía parecer un pez dorado confundido.
—En la bodega —dije—. Debajo de las escaleras. Por ahora.
Él asintió y se llevó la estatua de Edna en su carrito.
Le hice un gesto con el dedo.
El salón se sintió diferente de inmediato, más luminoso y abierto. Miré por encima de la repisa de la chimenea y me estremecí por dentro. Todavía quedaba el problema del gigantesco cuadro de Edna, pero ese lo podía mover fácilmente yo misma o pedirle ayuda a María.
Cuando el tipo del torbellino volvió, se limpió las manos con un trapo como si hubiera terminado una tarea rutinaria.
—¿Estás bien? —preguntó, recorriéndome de arriba abajo con la mirada, despacio.
Sentí que se me subía el calor a la cara.
—Sí.
Y ahí, de pie, viéndolo resolver en unos minutos lo que a mí me había tomado una hora, algo muy parecido al respeto se me instaló en el pecho. De ese que te mueve cosas por dentro. De ese que no quería examinar demasiado de cerca, menos en ese momento.
—Gracias —dije—. Creo que me acabo de ganar una hernia y un latigazo al mismo tiempo.
El tipo del torbellino levantó la vista mientras se limpiaba las manos con el trapo. Asintió apenas, como si aceptara el agradecimiento igual que aceptaba la gravedad, como una constante más.
—Sí —dijo—. No hay problema.
Cambié el peso de un pie al otro, de pronto demasiado consciente del sudor, de mi pelo y de que acababa de estar tirada en el piso como una heroína victoriana, solo que con peor condición física.
—Debería… —señalé vagamente hacia mi bolsillo— puedo pagarte. En efectivo, con cheque, con café… ahora que ya no lo quemo, me sale bastante bueno.
Él hizo un gesto con la mano, restándole importancia, y se agachó a recoger la correa que había usado con la estatua, enrollándola con cuidado.
—No hace falta.
Parpadeé.
—En serio, no. Ya viniste dos veces.
A ayudarme. A arreglar cosas que yo no habría podido resolver sola, por más horas que me hubiera pasado en Google o viendo videos de YouTube.
Volvió a quitarle importancia con la mano y guardó la correa en su caja de herramientas.
—Nos arreglamos después de la inspección.
Claro. La inspección. Ya lo había mencionado ese mismo día.
Asentí, aliviada de no habérmelo inventado en una alucinación por estrés.
No habría sido la primera vez. Una vez imaginé una conversación entera con la zorra de mi ex que terminaba conmigo haciéndole un jiu-jitsu entusiasta, y completamente imaginario, en la cara.
—No te oí entrar —dije—. La puerta principal se atora.
—Ya la arreglé —dijo, alejándose.
—Ah.
Lo seguí por el pasillo mientras revisaba el lugar con la mirada, recorriendo el techo, las esquinas y esos puntos que parecían inocentes, pero no lo eran.
—La casa tiene buena estructura —dijo—, pero es vieja. El techo cede cerca del tercer piso. El cableado ha ido sobreviviendo a base de parches. Hay partes que están bien. Otras… son puro optimismo.
Solté un resoplido.
—A Edna le encantaba el optimismo, pero no en la gente.
Se le movió apenas la comisura.
—Las tuberías aguantan —continuó—. Quiero asegurarme de que todo esté en regla.
Mi mente se quedó en blanco. Estar en regla. Mierda. ¿Y si no lo estaba? ¿Entonces qué?
—La próxima semana es Pearls & Pints —dije, sintiendo que se me disparaba la presión nada más pensarlo.
Me miró de reojo.
—Lo sé.
Arqueé una ceja.
—Ah, ¿sí?
—Es difícil no enterarse —dijo—. El pueblo se llena. Desaparece el estacionamiento. Y los hombres empiezan a fingir que no les importa que los subasten.
—Fingir —repetí.
—Se las arreglan —dijo.
Solté una risa por la nariz.
—Sí, eso suena bastante acertado.
Me recargué en el barandal, con los brazos cruzados.
—Entonces lo has visto. De cerca.
¿Por qué le estaba preguntando eso?
—Todos los años.
Interesante.
—¿Y? —pregunté—. ¿Qué te parece?
Se lo pensó un momento.
—Trae dinero. Mantiene las cosas andando.
—Vaya, se nota que estás profundamente conmovido.
—Soy práctico —dijo.
Claro que sí. Dudé y aun así le pregunté.
—¿Alguna vez haces voluntariado?
Ahí iba yo otra vez, hablando de más.
Levantó un poco las cejas.
—Depende.
—¿De qué?
—De si me lo preguntas como posadera o como alguien con curiosidad.
Sentí que el calor me subía por el cuello.
—Como posadera —dije enseguida—. Es pura curiosidad profesional. Solo quiero saber con qué me voy a topar.
Mentira total. Bueno, una mentira piadosa. Eso no contaba.
—Entonces no —dijo—. Ayudo a montar todo, arreglo lo que se descompone, pero no me subo a la tarima, si eso es lo que quieres saber.
—¿Por qué no?
Miró hacia las ventanas del frente y la carretera más allá.
—Me gustan las tardes tranquilas.
Tenía sentido. De alguna manera.
Mi pulso hizo algo inesperado. Lo ignoré.
—Bueno —dije, apartándome del barandal—, la posada tiene que sobrevivir a la próxima semana.
—Lo hará —dijo, volviendo la mirada hacia mí.
La seguridad en su voz aflojó algo que llevaba apretado en el pecho.
—Hoy no voy a alcanzar a hacer todo —añadió—. Tengo otras propiedades que revisar.
Claro.
—¿Cuándo vuelves? —pregunté.
El tipo del torbellino acomodó la caja de herramientas como si la pregunta requiriera un cálculo breve.
—Mañana —dijo—. Temprano.
Eso no me sorprendió. Tenía pinta de ser de esos que creen que madrugar es una virtud moral.
—Aquí voy a estar —dije.
—Lo sé.
Ahí estaba otra vez. Esa certeza tranquila, como si la posada, la inspección y mi caos general ya estuvieran perfectamente acomodados en su agenda.
Se giró hacia la puerta del sótano, con las botas firmes sobre el viejo piso y la caja de herramientas balanceándose apenas a su lado. Por un segundo pensé que eso era todo. Había resuelto el problema inmediato, dicho lo necesario y desaparecería hasta mañana como un adulto funcional.
Entonces se detuvo y giró un poco.